Colmillona y Pinchacuellos

04/05/2016

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Málaga, dos de mayo del año en curso, dos mil ciento quince.

 

No se puede negar, desconocido lector, que es toda una suerte tener la oportunidad de dormir en un colchón. Sí, es verdad: acaba uno acostumbrándose, y considerándolo un derecho inalienable. Y posiblemente lo sea, no voy a ser yo quien lo niegue, pero no cabe duda de que, de serlo, nunca ha dejado de ser una bella teoría sin aplicación práctica universal.

 

¿Y a qué viene esta perorata, habida cuenta de que el abajo firmante no necesita de tal utensilio para dormir o, por mejor decirlo en mi caso, morir cada amanecer? No me vayan a malinterpretar: a pesar de ser vampiro, tengo una cama medianamente cómoda en lugar de un tenebroso ataúd, que dejó de estar de moda mucho antes de que viniera yo al mundo bien como ser humano bien como nosferatu. Lo que, en realidad, pretendo narrarle no tiene nada que ver con modalidades diversas de planchar la oreja, sino con la imposibilidad de poder hacerlo, no por padecer insomnio, sino por carecer de un lugar donde pernoctar.

 

Así es: estábamos a comienzos del siglo XXI, y una cantidad cada vez más alarmante de personas, familias enteras, había sido privada por vampiros, mucho más peligrosos que el que se dirige a usted, de un hogar. Era poco más de medianoche, y MC, la vampiresa que acompaña mis centurias, de la que ya le he hablado en otras ocasiones, y yo mismo parloteábamos alegremente sentados en la cornisa de la torre mocha de la catedral de nuestra ciudad, también llamada La Manquita, envueltos en ropa oscura, no a causa de moda vampírica alguna, sino porque acabábamos de llegar de un concierto de The Cure.

- Impresionante cuando Robert Smith se ha arrancado con Lullaby. Los pelos como escarpias -me decía con mucha razón MC.

- ¿Y el momento Close to me? ¡Qué barbaridad, qué manera de hacer bailar al personal! -le respondí, por hacer notar el extremo alegre de la ya difunta banda de rock gótico.

- Calla. Y escucha -me dijo MC de repente, poniéndome una mano en el pecho. Obedecí al momento, conociendo a la perfección la fineza de sus orejas.


 

La conversación en cuestión venía desde la Plaza del Obispo, situada justo bajo nuestras cabezas. ¿De qué trataba? Dado que estaba a la mitad y tanto usted como nosotros desconocemos la parte inicial, esto es, más o menos, lo que llegó hasta nuestros oídos, atentos allá en lo alto de la cornisa:

- … Llegar, palos, y salir corriendo. Recordad: no quieren líos. Pero tampoco quieren que esa gente duerma más allí. Queda feo.

- Una pregunta: ¿hay niños?

- ¿Qué te pasa? ¿Te estás ablandando de repente? Llegar al jardín del Larios Centro, palos y correr. Da igual quien haya, nos van a pagar lo mismo.

- Vale. Es que, entiéndeme…

- No hay nada que entender, gilipollas. Aquella gente no le importa una mierda a nadie. Ni siquiera va a salir en las noticias mañana. Eso sí: nada de asesinatos. La fuerza justa para echarlos.

- Venga, una rayita y a trabajar.

- Adelante.


 

MC me miró. Yo también la miré, como podrá usted suponer, ya que, de no ser así, ni usted ni yo sabríamos que me había mirado.

- ¿Tienes ganas esta noche de hacerte el héroe? -me dijo, sonriendo.

- Como sigamos así, los que vamos a salir en las noticias somos nosotros -le respondí, refiriéndome a otras noches anteriores en las que habíamos puesto a prueba el ya tradicional lema de Desfacer entuertos-. Venga, vamos a ponernos un nombre: Colmillona y Pinchacuellos, los superhéroes de la noche malaguita.

- Colmillona. Vaya mierda de nombre. ¿Y qué será lo siguiente? ¿Colocarse unas mallas, y las bragas por fuera? -repuso ella, refiriéndose a la extraña moda que por aquellos entonces había invadido el mundo a base de películas de hombres araña, murciélago, hormiga, salamandra y demás animalitos variados y espectacularmente ridículos.

- En fin. Dicho así no resulta demasiado atractivo, la verdad -le respondí, mirándola de arriba abajo-. Aunque siempre depende de las bragas que lleves, claro.

- Eres un guarro. Ponte tú los calzoncillos por fuera si quieres. Yo voy así -me dijo, con las cejas alarmantemente enarcadas.

- Vale, era broma. Anda, tira. Ya has escuchado: llegar, palos a los de los palos, y a volar.

- La verdad es que se me está ocurriendo algo muy divertido. Escucha… -me susurró, haciéndome ver la locura que en aquellos breves momentos había diseñado, de la que, con variantes improvisadas, usted será testigo dentro de pocos párrafos.


 

Volamos, pues, hasta el jardín en cuestión, lugar donde algunas familias expulsadas de sus casas por bancos y políticos de peso moral infinitamente parco encontraban un pobre refugio en las frescas noches otoñales, y nos posamos sobre la copa de uno de los árboles cercanos, desde donde dominábamos la escena sin ser vistos. Respiramos profundamente, y esperamos acontecimientos.

 

Estos no tardaron en llegar, silenciosamente, desde ambos lados de la acera. Esta, amplia, desembocaba en una valla que había sido ajada junto a uno de los postes, presumiblemente con unas tijeras de podar que yacían un par de metros más allá, haciendo que la abertura se mantuviera invisible a simple vista. Claro está: si uno se acercaba lo suficiente el agujero resultaba más llamativo que un luchador de sumo con tacones; pero de noche, salvo que usted haya bebido la misma sangre que yo, todos los gatos son pardos. En la parte de allá de la recortada alambrada en cuestión, perteneciente a uno de los principales centros comerciales de la ciudad, en crisis profunda durante el tiempo de esta narración, dormía, al abrigo de los árboles que adornaban las afueras del hotel que campeaba por encima de los pisos de las tiendas, una decena de personas, entre ellas tres niños y una anciana. Todos tenían sacos de dormir y una limpieza medianamente aceptable, es decir, que estaban sin techo desde hacía poco tiempo. Se trataba, como pudimos descubrir después, de dos familias a las que hacía poco habían expulsado de sus hipotecadas viviendas, y que no tenían a nadie en el mundo que se pudiera hacer cargo de ellas, al menos en aquellos momentos.

 

En realidad esto último no era del todo cierto: ocho matones armados con palos estaban escalando la valla dispuestos a darles la bienvenida al mundo de la intemperie a base de castañazos. ¿Quién los enviaba? Todavía no lo teníamos claro, pero sospechábamos principalmente de la empresa que regentaba el hotel. ¿Razones? Es lo primero que se nos ocurrió.

 

Así pues, comencé a remangarme la camisa para sacudir a aquellos desgraciados, pero MC me calmó con estas palabras:

- Tranquilo. Hay que esperar el momento justo. Lo hacemos a mi manera, ¿vale?

 

Sugerencia del todo innecesaria, habida cuenta de que siempre hacíamos las cosas a su manera cuando estaba ella presente, una forma, todo hay que decirlo, bastante más sutil y retorcida que la que yo solía proponer, y que, para más señas, consistía en dar zambombazos mientras resultara necesario.

¿A qué manera exactamente se refería? El vozarrón que salió de sus pulmones fríos me dejó una duda de lo más incómoda:

- ¡Me pido dentro! ¡Y lo echamos a piedra, papel, tijeras! -gritó, justo cuando la mitad de los atacantes había saltado la valla.

 

Se hizo un silencio ruidosamente tenebroso, hasta que, debido a mi incapacidad para responder con un mínimo de sentido común a aquella orden totalmente fuera de cualquier plan previo, pregunté, a modo de súplica aclaratoria:

- ¿Pero qué coño…?

A lo que contestó ella:

- ¿Sí, o no? Contesta “sí” o “no”, joder, que hay que explicártelo todo…

- ¿Sí? -susurré.

- ¡Una, dos y tres! Piedra machaca tijeras. Tiro para adentro -aseveró, después de dar un explicativo puñetazo sobre mis dedos índice y corazón, abiertos automáticamente tras su “piedra, papel, tijeras”. Acto seguido salió despedida desde la copa del árbol con un acrobático salto digno de cualquier trapecista del vetusto Circo Ruso y, aterrizando cual ángel en anunciación, se dirigió a los cuatro matones que habían quedado del lado del jardín. Estos no habían movido un músculo desde nuestra entrada en escena, tal debía ser su asombro ante el estrafalario giro de los acontecimientos.

- Caballeros, permítanme que me presente. Rodolfa, agente especial de la TIA -frase seguida de una gran carcajada por mi parte que procuré cortar al instante, no estando el ambiente para tales muestras de cachondeo.

- ¿De la CIA? ¿Por qué la CIA? -preguntó, a modo de susurro, uno de los machotes, calvo y forzudo, al de su izquierda.

- ¡De la TIA, capullo! Agente Risuéñez, encárguese de los otros cuatro gilipollas que han quedado fuera -contestó Rodolfa, hasta aquel momento MC.

- ¡Sus órdenes, Rodolfa! -dije, emulando un saludo militar y bajando como un tiro para encontrar a los restantes luchadores empezando a enarbolar bates de béisbol para atizarme.

- Miren ustedes: no les aconsejo que empiecen con la fuerza bruta -advertí.

- ¿Ah, sí, agente de la TIA? ¿Y eso por qué? -escupió el que parecía ser jefe, que portaba una barba estúpidamente larga.

- Por esto -contesté. Di un salto hacia atrás, agarré la señal de tráfico más cercana, la arranqué de la tierra de un tirón y, con esfuerzo ímprobo, la doblé por la mitad-. Si no sueltas esa mierda de acero y te quedas quietecito, te voy a hacer lo mismo.

- ¿Cómo coño…? -preguntó retóricamente otro de los anonadados bateadores.

- A tomar por culo. ¡A por él! -se envalentonó un tercero, con una cantidad de grasa muy superior a la mínima necesaria para un futuro infarto.

 

Y comenzó el espectáculo. He de reconocer que los ocho apaleadores no habían sido coherentes del todo con su plan de no derramar sangre a mansalva, puesto que, al poco de comenzar los guantazos, brillaron navajas por doquier. Sin embargo, y corte arriba o abajo, magulladura acá o allá, pronto la pelea se empezó a decantar claramente. Justo en el momento en que un porrazo metálico me rompió un par de costillas y me estampó contra un quiosco cercano. Resoplando con cierto enfado, mientras procuraba cerrar la herida surgida en mitad del pecho, volví con las manos abiertas y le di tal bofetón al primero que me salió al paso que, tras dos vueltas de campana en el aire, aterrizó con el careto en la acera como si acabara de despeñarse desde un décimo piso. Los otros tres abundaron en su violenta idea de vencerme, así que, procurando tranquilizarme, les dije:

- Dejadlo ya, gilipollas: creo que he matado a este. ¿Alguno quiere ser el siguiente?

 

Creer a su gordo campeón fiambre les bajó un poco los humos. Escuché con atención y, al cabo de unos segundos, me llegó el debilísimo latido de su corazón podrido, así que respiré tranquilo: una vez más, había evitado el homicidio. Eso sí: de haber necesitado gafas a partir de aquel momento tendría que habérselas agarrado con una chincheta, pues el naso y los pómulos quedaron tatuados en los recovecos de una de las lastras de piedra que adornaban el suelo de la acera, tal y como quedó claro al dar la vuelta al desmayado cuerpo del otrora fortachón, para horror de sus compañeros de estéril cacería.

 

Reducidos, pues, a meros pasmarotes los cuatro de fuera, me acordé de mi amiga y supuse, como todo buen machote estúpido, que necesitaría desesperadamente mi ayuda.

 

Pues no. Había ella aprovechado los alambres de la valla para atar de pies y manos a los cuatro de dentro. Y estaba hablando con las dos familias, desveladas por el jaleo de la hondonada de palos.

- No se preocupen. Esta noche se vienen a dormir a casa, y mañana ya vemos lo que hacemos. Está claro que no se van a quedar aquí. Estos cabrones son muy peligrosos. Y vendrán más.

- ¡Papá, es la Viuda Negra! -exclamó un adolescente con cara de haber leído demasiados cómics.

- ¿Has visto? Al final vas a tener que ponerte las bragas encima de los pantalones -susurré a MC.

- Cállate, niño -dijo ella, no sé si refiriéndose a mí o al de la viuda, con evidente poco sentido del humor.

- ¡Seguro que es ella, papá! ¡Los rusos tienen esa mala leche, y ella es rusa! -siguió el chaval.

- A ver si nos tranquilizamos -dije yo, intentando meterme la media costilla que todavía sobresalía por entre los jirones de la camisa gris-. Esta mujer va vestida de negro, pero ni es viuda ni rusa. Hagan el favor de recoger sus cosas, salir por el agujero de la alambrada y esperar en aquella esquina, que tenemos que hacer una cosilla antes de irnos… que es mejor que no vean.

- ¡Cabrones! ¡Esto no va a quedar así! -gritaba desaforadamente el jefazo de los cazadores cazados.

 

Así, el joven admirador de mi amiga y Viuda Negra particular aquella noche, y toda su familia, recogieron su nómada habitáculo y aguardaron en el lugar indicado. MC, por su parte, me pidió que agarrara por detrás al amigo gritón, procediendo después a bajarle los pantalones y los calzoncillos, y dejando, consecuentemente, sus bolitas al aire. Después, con mucha parsimonia, le dijo:

- Vamos a ver, guapo. ¿Quién os ha mandado venir aquí?

- ¡Jamás te lo diré, zorra! -respondió.

- Está bien. Vamos allá -y fue alternando la susodicha pregunta con la extirpación, pelo a pelo, de toda la cabellera de su aparatito reproductor hasta que, llorando como una Magdalena, el pobre cabrón lo soltó todo, e incluso llegó a contestar mucho más de lo que le habíamos preguntado.

- Así me gusta, maricona -le dijo MC, dándole un besito en la frente.


 

Y de esta manera, más o menos, terminó la noche: después de lavarse las manos concienzudamente en una fuente cercana, llevamos a las dos familias a casa y las dejamos acostadas. Luego hicimos una visita al jefe de policía, que nos señaló a un juez, que nos señaló a un político de peso del ayuntamiento, que nos señaló a un gran empresario.

 

Optamos, en estos sucesivos acercamientos intimidatorios a tal desfile de corrupción exacerbada, por hacernos unos trajes medianamente dignos a base de pasamontañas, jersey Quechua, pantalones de chándal, y bragas, o calzoncillos, por dentro, no vaya usted a pensar lo que no es.

 

Regresamos a casa justo cuando amanecía. Las familias aún estaban descansando, así que, sin pensarlo mucho, extendimos dos sacos de dormir en el cuarto de los trastos, nos dimos los buenos días y morimos de un tirón hasta la puesta de sol. Mis últimas palabras fueron un “Toma ya, MC: al final te has convertido en Colmillona”. A lo que contestó ella, con los ojos ya cerrados: “Tus ganas, Pinchacuellos. Que te den”.


 

Siempre suyo: L., el vampiro.


 


 

Esta historia pertenece a la serie “Las aventuras y desventuras de un vampiro malagueño”. Las tres entregas anteriores son “Aprendiendo a vivir sin vida”, “El mafioso hombre araña” y “Post rigorem mortis”.

 

 

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