Donde las calles no tienen nombre

06/05/2016

(Aquí te puedes bajar el libro electrónico en formato .epub)

 


 


 

A U2, que labran, a su manera,

un mar de esperanza.


 


 


 

Érase que se era una mañana de nubes salpicando un amanecer de caprichosos rayos de sol de primavera. En la ciudad ya pocos miraban más allá de su reloj y su espejo, y quedaban lejos, muy lejos, los tiempos de castillos encantados, dragones, bosques hechizados, amores eternos y besos mágicos. Por eso, el hombre de gris era un ser raro en el atardecer occidental. Su vida parecía igual que las demás, y, sin embargo, era vivida con una intensidad mucho más profunda, podríamos decir, a la de la mayoría de sus vecinos.


 

Como cada mañana, el hombre de gris salió de su casa silbando una canción: una tonada de tiempos y lugares luminosamente plenos, que resonaba de vez en cuando en su memoria y le henchía el alma. Cerró la puerta deseando que los duendes que cuidaban sus sueños se mantuvieran alerta, dio gracias al Dios eterno por haberle regalado otra jornada, se puso de rodillas ante el Señor que lo nombraba caballero de la luz una mañana más, y bajó las escaleras, dispuesto a combatir contra todas las oscuridades del mundo, especialmente las que aún anidaban dentro de sus más oscuros recovecos. Y así, sonriendo, llegó a la calle, y esperó, en la parada, a que llegara el autobús.


 

El hombre de gris pensaba que todo había de tener su porqué, y que el azar es sólo el misterio de lo incomprensible... Que la vida no era lo que parecía ser, y que, tras cada hecho acaecido, aguardaba un acontecimiento que lo podía cambiar todo. Creía, en lo más profundo de su ser, que la realidad tenía que aprender mucho de los cuentos, que el progreso debería ir agarrado de la mano de la historia, y que la razón no podía subsistir sin la trascendencia.


 

Cuando el hombre de gris, pues, escuchó, al otro lado de la calle, cantar aquella canción, la misma que él había silbado mientras bajaba la escalera, el mundo se paralizó a su alrededor. El pájaro que levantaba el vuelo quedó suspendido en el aire, la bolsa que arrastraba el viento aguantó su deformada forma en mitad de la nada, el autobús no terminó de abrir sus puertas, el semáforo siguió en rojo, el barrendero miraba la misma baldosa sobre la que mantenía quieta la escoba, el deportista dejaba caer el pie izquierdo, que no tocaba el suelo, y allá, al otro lado de la calle, donde las calles no tienen nombre, aquella voz que cantaba resonó, de nuevo, en sus oídos, le abrió el horizonte del pasado, el presente y el futuro, y en un momento, en aquel instante que parecía no tener fin, comprendió que el Misterio de la vida acababa de abrir una puerta nueva, y que cualquier valiente caballero andante entraría por ella sin dudarlo. Desapareció el autobús, voló el pájaro, siguió su informe baile la bolsa, siguió con su tarea el barrendero, cayó el pie del deportista, cambió el semáforo... y la calle se convirtió, de repente, en un bosque enorme, y desde el otro lado una princesa tarareaba el mismo canto que hacía años, cuando aún eran niños, habían compartido entre risas, y alguna vez entre llantos.


 

Allí, allí enfrente, en aquel claro entre los árboles de hierro del bosque del anonimato, se erguía la figura de la mujer a la que siempre había amado, a la que hacía desiertos de tiempo que no veía, de la que nunca, en ningún fugaz instante, se había olvidado; para la que nunca, derrotado por el fantasma de la indecisión, había tenido la audacia de la confesión de su amor eterno. Y quería correr, esconderse, derribar los muros que la tenían encerrada, pero sólo si podía encontrarla, en el claro de la mañana, e hincar la rodilla y ofrecerse como su caballero protector y su amigo fiel en todo tiempo y lugar.


 

El hombre de gris empuñó su espada, abrió su capa, cruzó el bosque de metal y llegó al lugar donde ella aún esperaba, con su sonrisa irónica y aquel porte de niña sencilla que los años no había podido derribar, y le susurró al oído, sin pensar siquiera si ella no tendría ya su vida resuelta, si aquel cuento no podía ser real, si la aventura que creía estar viviendo no tendría el más amargo de los finales: “te enseñaré un lugar en lo alto de una llanura desierta, donde las calles no tienen nombre”.


 

Y allí, en el claro de la mañana, junto al semáforo, la mujer que había esperado encontrar a aquel chaval que soñaba hacía años con mundos mejores miró, contuvo la respiración, abrió los brazos y, como si solamente hubiera pasado un momento desde la última vez, dijo, casi en un susurro:


 

- Hola. Te estaba esperando...


 


 

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