El Sol

06/05/2016


 

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La anciana miraba a través de la ventana, sonriente, sabiendo que ya no le quedaban más días que admirar puestas de sol. El frío había empezado a invadirla habitación, y la hora de su partida estaba pronta.


 

Era el momento de echar la vista atrás. Muchos habían llegado a su lado, durante la larga enfermedad, y le habían comentado a sus familiares que qué lástima terminar de esa manera, sin poder moverse, sin tener capacidad para expresarse; que para estar así era mejor morirse. ¡Qué poco sabían esos triunfadores sobre la vida! Nunca, jamás se le habría ocurrido recordar o vivir su historia con rencor, con odio, con cuentas pendientes que saldar.


 

Había sido un camino largo. Tortuoso en algunos momentos, estrecho en otros, siempre imprevisible, pero hermoso. Muy hermoso. Había aprendido tanto, de tanta gente, que no podía evitar que las lágrimas mojaran sus mejillas al recordarlos y darles las gracias. En realidad, ahora no estaba en la cama: estaba saliendo de un bosque profundo de primaveras, veranos, otoños e inviernos de quietud, de árboles enredados que habían hecho jirones sus seguridades; pero en este preciso instante, cuando llegaba al final y el último trozo de vida se le quedaba atrás, saludaba al sol desnuda, admirando un horizonte infinito que la acogía con inmensa piedad y eterno cariño.


 

¡Cuántos recovecos de amor se escondían en la senda que la había traído hasta este atardecer! ¡Cuántos momentos de entrega absoluta, de fidelidad apasionada, de lucha empedernida contra las piedras que habían intentado endurecer sus pies y engrandecer su figura hasta convertirla en un dios! ¡Cuántas aventuras de libertad, buscando siempre el sendero menos transitado, haciendo nuevo cada momento, animando a todos a bajar para encontrarse con los últimos, como hermanos, y ofrecer el hombro a los que no podían continuar!


 

Tantos compañeros de viaje habían quedado atrás, enredada el alma en pequeñeces importantísimas, devorado el tiempo por el ansia de escalar muros que sólo llevaban hasta ellos mismos... Tantos otros que la habían precedido en este último paso hacia la eternidad, y a los que esperaba encontrar allá, junto al horizonte, hermanos desnudos sin nada que esconder...


 

Miró una última vez hacia atrás. “Gracias por la vida, gracias a cada instante que me ha sido regalado y he acogido, gracias también a mis caídas y a los que me ofrecieron el hombro cuando estaba en el barro, sin esperanza”.


 

Y ahora, henchido el corazón, solamente quedaba mirar hacia delante y correr. Correr con los ojos abiertos, sin miedo; sin saber dónde acababa aquello, pero confiando en el que la había acompañado hasta allí y continuaba junto a ella. Y, con el último aire que sus pulmones dejaban salir, las últimas palabras, las del último salto de fe y esperanza: “Gracias a todos. Gracias por todo. Voy hacia Ti, Padre, ya llego”.


 


 

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