El hombre de negocios

06/05/2016

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- Vaya. Qué asco -dijo el hombre de negocios, intentando esquivar al pedigüeño que, molestamente, se interponía en su camino-. Deberían prohibir que esta gentuza pidiera aquí, en medio de personas decentes.

 

- ¿Cómo dice? -el pedigüeño se levantó al momento, cogiendo su escudilla, y se puso a caminar tras el hombre de negocios- ¡Vaya, vaya, vaya! Nos encontramos frente a una persona decente...

 

 

El hombre de inaplazables negocios ni siquiera se detuvo a comprobar si hablaban con él o no. Sin embargo, su sospecha creció cuando, tras más metros de los acostumbrados, el personaje callejero seguía justo tras él.


 

- ¡No me digas que no me conoces! Hay quien no se acuerda de los amigos, tras tantos años viviendo bajo el mismo techo. Pero no te acuso de ello: antes, yo también era una persona decente.

 

- Perdone -dijo el hombre nervioso, mirando su reloj y volviéndose-, pero ¿me está hablando a mí?

 

- ¡Oh, sí! ¿Parece acaso que me esté dirigiendo a otra persona?

 

- No sé, pero si está usted hablando conmigo le aconsejo que se aleje, y que busque a otro pardillo con quien probar suerte -le espetó el hombre ocupado.

 

- Deja de mirar tu reloj de oro como si pudiera salvarte de tu pobre mediocridad, enfermo embutido en Emidio Tucci, y mírame -le dio por contestación el personaje del traje roído.

 

- ¿Quién demonios eres? -preguntó el hombre preocupado y sin tiempo- ¿Quieres que llame a la policía?

 

- Soy el vómito caliente de las alcantarillas de esta ciudad, el desecho de aquellos que creen ser alguien. Hasta hace muy poco yo era como tú: el excremento de diseño de esta ciudad. Pero tuve algún problema, que ahora no importa, y me convertí en esto. En cuanto a tu segunda pregunta, es inútil. Están poniendo multas, y si vinieran se reirían de ti y se volverían a ir. Y ahora mírame, y dime lo que ves.

 

- No tengo tiempo para estos juegos -se dijo a sí mismo el hombre con demasiadas prisas-. Pero, si eso es lo que quieres, te diré lo que veo: no veo nada. Estamos en dos mundos distintos, gracias a Dios, y no solo no tengo nada que ver con tu horrible figura, sino que no quiero saber nada de ella. Tú eres alguien que sale de vez en cuando en las noticias, y produce una mezcla de hipócrita lástima e incomunicable asco. Eres un vago que tiene lo que se merece.

 

- ¿Ves a lo que me refiero? -dijo el vagabundo, sin sentirse molesto en absoluto con aquellas palabras-. Soy el vómito caliente de las alcantarillas de esta ciudad. Pero no te preocupes: no es tan difícil que me comprendas. Quizás mañana caiga la bolsa, quizás descubras que te han engañado, o quizás tu mujer se harte de tu insultante superioridad. ¿Qué más da? Y, lo más importante: ¿a quién le importará cuando caigas? ¿A todos esos amigos labrados a fuerza de dinero? Mírame, y tiembla: seguro que no has visto a nadie que tenga, tras toda esta mugre, una cara TAN PARECIDA a la tuya. Quizás yo no sea nadie aún, hasta dentro de unos años. ¡Tantos años viviendo bajo el mismo techo, durmiendo en la misma cama, compartiendo el mismo cerebro, y aún no me conoces! En fin, tengo que dejarte. Hasta que me veas en un espejo.


 

El desecho urbano de la escudilla desapareció en el aire. Y el hombre anonadado quedó quieto, en mitad de la calle, sin prestar atención a las demasiadas prisas ni a las preocupaciones ni al reloj ni a las ocupaciones, ni a los nerviosismos ni a los inaplazables negocios. Quieto. Sin moverse.

 

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