Hasta ayer

06/05/2016


 

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A Edgar Allan Poe, el maestro


 


 


 

Hola.


 

Soy alto, guapo, rubio, con los ojos azules, la nariz perfecta, las mejillas sonrosadas, las orejas pequeñas y ligeramente escondidas tras el fino pero abundante pelo, el cuerpo con las proporciones exactas que deben darse en los tipos atléticos, y los órganos funcionando sin el más mínimo problema.


 

¿Y qué?, os preguntaréis. Es verdad que, en los días que corren y dados los avances científicos, esto resulta cada vez menos extraño. Pero, no sé, yo creí que era alguien especial, muy especial, casi único, podría decir.


 

Mi vida fue perfecta hasta que cumplí la veintena, precisamente ayer. Una educación envidiable, tanto por parte de mis educadores, es decir, de mis padres, profesores y demás personas e instituciones que colaboraron en forjarme como persona, como de mi inmejorable recepción de tan preciados bienes culturales, científicos, éticos, morales. Llegué a la mayoría de edad teniendo la sensación de nunca haber fallado a aquello que consideraba esencial en mi existencia, y dispuesto a triunfar desde mi libertad, en un mundo que, gracias a nuestra estructura de funcionamiento, no cesa de avanzar.


 

Nadie podía evitar que triunfara. Nadie. Era inevitable, al menos hasta ayer por la tarde. Fue ayer, por otra parte, un día, incluida la puesta de sol, especialmente positivo: hace una semana que me han nombrado director adjunto de mi empresa, una empresa de experimentación biológica. Mi novia, Calixta, la mujer más bella que imaginarse pueda, había aceptado mi petición de mano, y se disponía a compartir una vida de ensueño con un triunfador. Y entonces, mientras el sol desaparecía más allá de los montes, tocaron al timbre de la puerta.


 

¿Quién era? Era un paquete postal. Supuse que se trataría de otra felicitación por mi ascenso, o por mi anuncio de matrimonio. Lo recogí, di las gracias al cartero, cerré la puerta y lo abrí, con cierta tranquilidad no exenta de curiosidad.


 

Dentro había una carta, ya amarillenta por el tiempo. Abrí el sobre, desdoblé el folio que contenía, y comencé a leerlo sin esperar un momento. “Las buenas noticias –pensé- no admiten dilación”.


 

“Málaga, a veinticinco de noviembre de 2005.


 

Querido hermano de nombre desconocido:


 

Esta mañana voy a ser sacrificado, aunque sólo soy un embrión destinado a suplir las pocas carencias que puedan quedar en tu estructura celular antes de que el estado de gestación haga imposibles los sueños de papá y mamá; en otras palabras, soy el producto sobrante de un experimento cuyo fin eres tú mismo.


 

Oh, sí: ellos se quieren tanto, que decidieron tener un hijo perfecto para convertirse en la envidia de cuantos les rodean. Te idearon tal y como te ves ahora, que vas a cumplir veinte, si la vida y la educación que has recibido no te han llevado por lares desconocidos, y te idearon así para satisfacción de ellos. Sólo eres el perfecto resultado del egoísmo de nuestros progenitores, y cada perfección de la que, a lo largo de los años, te has jactado, no es más que una pura programación hecha en un laboratorio, un medio para un fin distinto a ti.


 

Claro, que tú al menos naciste. Yo tengo que morir para que tus músculos sean inmejorables, o quizás para que tu corazón no tenga ninguna posibilidad de pararse, algo que, por otra parte, es imposible, porque nadie dura eternamente.


 

Me despido. Como hermano mío, creo que tienes todo el derecho a saber la verdad. Adiós

 

Tu hermano sin nombre”.


 

Al principio creí que aquello era una broma pesada de alguien a quien no había gustado mi ascenso: ¡un embrión escribiéndome una carta! Hasta que, movido por la intranquilidad, decidí investigar.


 

El viento helado del atardecer golpea mi cara mientras me decido. La cornisa de la terraza de este edificio es un lugar tan bueno como cualquier otro para terminar con todo, con esta existencia fruto del capricho de aquellos a quienes maldigo mil veces. Y una pregunta hiere mis sienes mientras dejo caer este cuerpo perfecto a través de incontables pisos, hacia la lejana calle:


 

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?


 


 

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