Camina

09/05/2016

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El tiempo es superior al espacio.

Papa Francisco. Evangelii Gaudium.


 


 

Y entonces ocurrió. De las esquinas, los parques y las chabolas; de las chalupas, las barcas y las pateras; de las vallas, los muros y las fronteras; de los prostíbulos, las afueras y las calles rojas; de las guerras, los levantamientos y los genocidios; de las alacenas vacías, los currículos inservibles y los pies fríos surgió una multitud incontable que, sin prisa, con los ojos fijos más allá, caminó. En contra de los deseos de políticos, especuladores y vendedores de paraísos artificiales caminó, y atravesó plazas y carreteras, montañas y valles, semáforos en rojo y direcciones prohibidas, siempre adelante.

 

El Nono miraba a su alrededor y sonreía como hacía años, muchos años, que no alcanzaba a imaginar. No importaba ya aquel cartón sobre la hierba, en la falda del centro comercial, ni todos los paseantes que lo miraban de reojo cuando, habiendo quemado toda otra opción, abría su mano a la entrada de la Alameda; porque sus compañeros de camino eran aquellos que habían compartido su mirada y su vida, que habían bajado hasta más allá de la miseria vaciándose como esclavos o arrastrados por los que se retorcían de placer en sus mesas repletas de manjares que compartían sus perros aseados y gordos mientras fuera caía el telón del futuro con un rugido ensangrentado.

Llegaron, cada vez más, a las puertas del palacio del gobernador, y el Nono pensó: “sí, ahora es el momento de tomar lo que es nuestro, de sustituir a los que nos han hundido y hundirlos, de hacer justicia...”, y, con el puño en alto, se dispuso a ofrecer un grito de terror contra el terror.

 

Pero hete aquí que, desde las alcantarillas y el mar y los montes, una ligera brisa sonora acudió para dejar aquel alarido en tibio silbido inaudible mientras un susurro de esperanza danzante repetía: ¡No! ¡Camina! ¡Camina! ¡Camina!

 

Y así, como un solo hombre, el pueblo siguió, paso a paso, con los ojos fijos más allá...


 


 

El Nono despertó, respirando entrecortadamente, empapado de sudor y lágrimas. Miró a su alrededor. Todo parecía en calma al abrigo de la mole de Correos. Junto a él, la Trini y el Chato, también incorporados, echaban un ojo a derecha e izquierda.

 

- He tenido un sueño... -comenzó a decir.

- Camina... -siguió la Trini.

- ¿Vosotros también? -preguntó el Chato.

- No... no creo que... Es raro, ¿no? -acertó a contestar el Nono, secándose el sudor y los mocos.

- Venga ya, tío, ¡tú también has llorado! -gritó la Trini, señalándolo y soltando una carcajada.

- Bueno, ¿y qué hacemos? -preguntó el Chato.

- Joder, yo qué sé, Chato, con tanta pregunta ya. Supongo que levantarnos y caminar, ¿no? -contestó la Trini.


 

Y así, el Nono, la Trini y el Chato se pusieron en pie y se asomaron a la avenida, justo para ver, con asombro, a otros, desvelados por el mismo sueño, que empezaban a caminar presurosos. Se miraron, encogieron los hombros y avanzaron calle adelante. Entonces el Nono dijo:

 

- ¿Y ahora qué? A mí ese ¡No! me mosqueó bastante. Pero bueno, a lo mejor el vientecillo fresco tenía otros planes.

- Venga ya, Nono. Con lo listo que pareces, no me digas que todavía no sabes lo que está pasando -espetó, pegándole un guantazo en un hombro, la Trini.

- Yo qué sé, Trini. ¿Tú lo sabes?

- Me lo estoy oliendo. Camina, que es para hoy.


 

Y entonces ocurrió. De las esquinas, los parques y las chabolas; de las chalupas, las barcas y las pateras; de las vallas, los muros y las fronteras; de los prostíbulos, las afueras y las calles rojas; de las guerras, los levantamientos y los genocidios; de las alacenas vacías, los currículos inservibles y los pies fríos...


 

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