Despidámonos del día

21/05/2016

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- Así que, después de todo, me amas… -susurró la mujer, sonriendo al horizonte.
- ¿Alguna vez lo has dudado, Inés? -respondió el hombre, mirándola fijamente.
- Solo quería estar segura. Antes -repuso Inés, devolviendo la mirada.
- Estar segura. Precisamente hoy. Si no te amara no estaríamos aquí, juntos, contemplando el atardecer -dijo Pablo, volviendo sus ojos a la cordillera que los circundaba.
- Qué vamos a hacerle. Tendré que interpretar eso como un… -Inés encogió los hombros y agachó la cabeza.
- Tú sabes que te amo -la interrumpió Pablo-. Me he vuelto loco, sí. Tus ojos, tu coraje, tu esperanza, cada centímetro de tu piel, cada parte de cada uno de tus cabellos me han robado la vida. Ya lo sabes.
- Ya lo sé. Pero quería escucharlo de nuevo. Antes.
- Ahora guardemos silencio. Despidámonos del día.

 

El horizonte de la cumbre de la Maroma se recortaba majestuoso, acogiendo bajo la penumbra de sus rocosas alas colinas, valles, ríos, tajos y cascadas, lagunas, pantanos y bosques ante la mirada asombrada de los enamorados. El verde de la fronda se fue tiñendo de gris, la sombras alargaron su manto, la línea de luz reptó escalando la cordillera de Río Verde hasta que, en un último toque de color, el astro rey acalló su presencia.

 

Pablo tomó entre sus manos las de Inés, se sumergió en sus pupilas y acercó tímidamente los labios, que ella aceptó apasionada. Un búho ululó más allá, saludando al crepúsculo. 


A lo lejos se escuchó un presuroso galope. Inés se alzó sobre la rama del roble en la que estaban sentados, y aguzó el oído.

 

-Vienen por el arroyo de Juan Rojo. Al menos seis.
- En fin, es lo que esperábamos. Tres por cabeza -dijo Pablo, sin moverse.
- Oye, ¿veremos amanecer? -preguntó Inés.
- No creo. Esta noche va a ser larga. No se te ocurra despertarme antes de mediodía -contestó Pablo, sonriendo irónicamente.
- Muy gracioso. Estoy hablando en serio -replicó Inés, dándole un puntapié en el hombro.
- Yo también. Llegó el momento. Recuerda: de nosotros depende que los que han quedado atrás lleguen vivos a las claras del día.
- Y llegarán.

 

La mujer se recogió la melena pelirroja, se caló el gorro, comprobó que la daga estaba bien sujeta al cinto y agarró el arco. El hombre se puso en pie, sacó la espada de la vaina, la levantó frente a su rostro y suspiró.


- Una.
- Dos.
- A por ellos.


Y saltaron en silencio sobre los seis jinetes sedientos de sangre que cruzaban por última vez aquel bosque de la Sierra de la Almijara.

 

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