Duelo en la ciudad sin ley

29/05/2016

(Aquí te puedes bajar el libro electrónico en formato .epub)

 


 

Me llamo William Manny.

He matado a hombres.

He matado mujeres y niños.

He matado todo tipo de seres vivientes.

Y hoy he venido a matarte a ti.

 

William Manny, Sin Perdón.


 

El sol cae a plomo sobre el polvoriento camino. Pisadas bajando una escalera. Tintineo de espuelas. Patada a la puerta.

 

El vaquero pálido sale mascando tabaco. Un sombrero de ala ancha le cubre el rostro. Mirada certera, oscura, penetrante. Se coloca al descubierto, frente a la comisaría del Sheriff. Una voz dulce y aterrorizada suplica desde la desvencijada ventana del primer piso:

 

- ¡No lo hagas, amor!

- No te preocupes, nena. Esto es entre ese hijo de perra y yo. Y hoy los cuervos no vuelan por mí -responde, con voz grave, el vaquero.

- ¡Eh, tú! ¡Sí, el que está detrás de la puerta de esa pocilga! ¡El jefe! ¡Sal si tienes huevos! -grita, echándose el poncho a un lado. Resplandor de dos revólveres.


______


 

La puerta del despacho se abre lentamente. Los compañeros de trabajo se levantan de delante de sus ordenadores, y miran con espectral perplejidad. El jefe sale. Clava los ojos con asombro en su oponente, el empleado que acababa de dirigirse a él en tales términos. La ira le desencaja el rostro al reconocerlo.

 

- Otra vez usted, señor García. Es la última vez que… -comienza a decir.

- ¡Cállate, puerco! -responde el señor García -Tienes razón: es la última vez. Nadie aquí se va a atrever a hablar, así que aquí estoy.

- ¡No te consiento que te dirijas a mí…! -bufa el jefe.

- ¡Que te calles! -replica el señor García, sin dejarle terminar- ¡Oh, sí! ¡Sorpresa! Seguro que no te esperabas esto, ahí escondido detrás del muro de tu puerta. ¡Pues escucha, y llora, porque te está llegando la desgracia! ¡Tu riqueza, esa que has amasado a nuestra costa, está podrida, y tus vestidos son pasto de las polillas! Tu oro y tu plata están oxidados, y esa herrumbre es testigo contra ti: te corroerá las tripas como aceite hirviendo. ¡Has amontonado fajos de billetes! ¿Para qué, si está llegando la ruina? ¡El jornal que nos has robado está clamando! ¡Los gritos de los hijos que nunca tendremos, porque nos has gangrenado el futuro, han llegado hasta el cielo y han atravesado los infiernos! ¡Has vivido a todo pasto, te has aprovechado de los demás, te has cebado con lujuria, has engordado como un cerdo, pero ya llega el día de la matanza! ¡Nos has condenado a la esclavitud, has asesinado la dignidad de los inocentes, y se acabó!


______


 

Santiago García sopla los cañones humeantes de las pistolas, y las deja de nuevo en sus fundas. Después se vuelve. Tintineo de espuelas. Sonrisa de libertad. Nube de polvo atravesando el camino. Horizonte de grandeza.


 

(Discurso de Santiago García: cf. St. 5,1-6)

 

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