El penúltimo cigarrito

13/01/2016

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La verdad es que siempre he sido un iluso.

Edward Bloom. Big Fish, de Tim Burton.

 

 

El Sol acababa de regalar su último haz de luz. El parque quedó vacío. Era entonces cuando Manuel encendía el penúltimo cigarrito de la vida y admiraba el paso de la noche pensando en lo que había sucedido aquella jornada, aquel largo día en cuyo fin se encontraba.

 

Le gustaba que el Sol se escondiera y los colores fueran desapareciendo como serpientes que reptan hacia el subsuelo huyendo de las estrellas. Su mente estaba poblada por seres oscuros, que surgen y viven entre las negras sombras. Incomprendidos, separados de las deseables personas comunes y corrientes no solo por sus rasgos físicos, verdaderamente siniestros en la mayoría de las ocasiones, sino también, y sobre todo, por supuestos odiosos estilos de vida. Personajes a los que nadie comprendía, y a los que muy pocos se esforzaban por comprender. Surgidos del miedo humano irracional, convertidos en blanco del podrido mercado del entretenimiento contemporáneo, reflejo de todo aquello a lo que los nuevos inquisidores señalaban con dedo acusador. Manuel había compartido con ellos toda su vida, y allí estaban, al final del sendero.

 

Los perdidos ojos vacíos del esqueleto vestido de negro asomaron desde detrás de un árbol. Saludó efusivamente con su huesuda mano, y se sentó a su lado en el banco. Le pidió una calada del cigarrito, aspiró el humo con lentitud, observó con curiosidad cómo salía por las aberturas del roído traje tras atravesar la caja de costillas. Sonrió con su enorme caja de dientes sin encías, y aspiró de nuevo. Aquel maligno ser flaco era su amigo, como tantos otros de cuerpo seco y mirada derramada que poblaban las esquinas y plazas en las frías noches del otoño.

 

¡Qué alegría le dio ver de nuevo a la Bruja, con aquel halo neblinoso, envuelta en húmeda suciedad, restregándose las largas manos de negras uñas inacabables! La supuesta gente de bien la señalaba, y procuraba cambiar de acera cuando la veía acercarse. Y, sin embargo, ¡si hubieran sabido de la vida de alguna de aquellas mujeres ante las que los príncipes de los nuevos castillos de cemento escupían! Él había sentido su dolor, y ella estaba ahora aquí, para despedirlo después del penúltimo cigarrito. Quizás hoy no fuera el penúltimo, al fin y al cabo.

 

Las lágrimas corrieron por sus mejillas cuando vio llegar a los demás: la mujer de trapo, que volvía a salir de casa después de escabullirse de su dueño, que se había empeñado en encerrarla, y el vampiro, que tenía que llenar sus venas vacías para sobrevivir en la noche, y volaba después por tenebrosos cielos irreales; el huraño hombre lobo, que no había tenido la oportunidad de recibir ninguna educación, y la araña venenosa, siempre apartada en su esquina, odiada, tejiendo su tela y esperando venganza contra los buenos; el niño gusano, necesitado de una mano que nadie le daba, culpado por haber llegado al mundo, y la niña sin boca, cuyas mudas lágrimas grises había compartido tantas veces en silencio; el hombre de la casaca roída, con su genial locura, y la joven de raíces aéreas, siempre en busca de un lugar donde reposar, a la que había ayudado más de una vez a encontrar su díscola sombra, con la que se había desternillado de cuando en cuando contagiado por ataques de risa nocturna; el espeluznante chico sin rostro, invisible para la multitud, y la anciana de dos cabezas, que solía discutir consigo misma…

 

– ¿Qué hay, Manuel? Menuda juerga nos vamos a pegar cuando te acabes el último cigarrito, ¿eh? –le dijo el esqueleto vestido de negro, castañeteando los dientes con soltura-. Y pensar que la gente sigue creyendo que somos una amenaza. Pobre gente…

 

Manuel rió, rió la Bruja, y todos se contagiaron. Luego llegó la última calada, y la risa atravesó los cimientos del mundo, fue y volvió mientras los adorables monstruos de este mundo preparaban un viaje más allá de cualquier sueño…

 

 

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