Robin Humolargo II. Pajarraca en Bar Barie

15/01/2016

(Aquí te puedes bajar el libro electrónico del teatro completo, en formato .epub)

 

 

ACTO II (ILÓGICAMENTE LÓGICA CONTINUACIÓN DEL ACTO I)

 

(Se abre el telón. A la izquierda, porche con sillas y mesas variadas, adaptables a los distintos tipos de extremidades, espaldas y cabezas existentes en el Universo conocido, junto a una pared que atraviesa el escenario a lo largo, desde el foro al proscenio. En mitad de este muro, puerta de entrada al Bar Barie, y cartel fluorescente azul con el nombre.

 

A la derecha del muro, dentro del Bar Barie, más mesas y sillas; tablado al fondo, a la izquierda, con tres micrófonos y una gurunfa eléctrica, un trondolio y una batería purskalanka. Delante del foro, barra del bar, con su zona de bebidas a la derecha y su zona de tapas a la izquierda. Más allá, como parte del telón de fondo, pared trasera y puerta de la cocina. Todo iluminado con una doble luz, rojiza desde la izquierda, azulada desde la derecha.

 

Personajes: Narrador (voz en off), Robin Humolargo, Gordo, Marian Raborrojo, Paquito Almendra, varios extraños clientes anónimos, cazarrecompensas reprivadano Mekunde y Batallón de combate amperial comandado por el Cabo Niloveo).

 

NARRADOR: Queridos amigos: nos encontramos en un pequeño planeta, Kokosha, a las afueras de la galaxia Sombradobleconpitufo. Es un sitio frío y húmedo, más húmedo que las piernas de un fluchóndredo: en pocas palabras, asquerosamente húmedo. Lo más interesante del planeta, habitado mayormente por seres salvajes y secos de trato, es el Bar Barie, un antro de clase muy inferior a la mínima, pero que tiene su gracia. Regentado hasta hace poco por el orejudo Gritinçón, al que el Hacedor concedió el extraño don de poseer de veinte a treinta aparatos auditivos, este, incapacitado para soportar el volumen sonoro de clientes y música en vivo, marchó a un monasterio Mud y vendió el local a alguien por una minúscula cantidad de dinero. Así pues, el bareto pertenece en la actualidad a ese alguien, que no tenemos ni pajolera idea de quién es. Como pueden ver, en su interior se encuentran las más diversas razas espaciales, cuya descripción nos llevaría más tiempo del deseable; además, es una tontería describirlas cuando las pueden observar con sus propios ojos u órganos alternativos. Así pues, atención a lo que está a punto de ocurrir en nuestro garito preferido.

 

(Aterriza sobre la esquina izquierda del decorado una nave espacial reprivadana, en lamentable estado, con un enorme chirriar de metales y no metales variados. Salen despedidos algunos trozos hacia el porche del bar. Se alza la puerta de la embarcación. Entran en escena Robin y Gordo. El primero camina, con sus cinco patas, hacia la entrada del bar. El segundo le sigue, reptando con sus tres tentáculos).

 

GORDO: (Tiritando) ¡Qué frío, santo polo de limón!

ROBIN: Tampoco es para tanto, Gordo. Después de lo que hemos pasado, esto es una tontería.

GORDO: Eso es. Después de lo que hemos pasado, para rematar, frío y humedad. ¿Qué porquería de planeta es este?

ROBIN: El planeta Kokosha. Perfecto para esconderse, ya te lo he dicho. ¿Quién coño nos va a buscar aquí?

GORDO: Ahí llevas razón. Por cierto, vaya aterrizaje. Hemos descubierto, con sorpresa por mi parte, que esa fama de buen piloto que tenías se ha quedado solamente en fama.

ROBIN: No te pases. Yo sé conducir las naves que sé conducir. Si robas una tartana reprivadana que ni corre, ni frena bien, y tiene los mandos donde le sale del tubo de escape, me cuesta cogerle el tranquillo. Pero dame una nave buena, y ya verás. De hecho, si la cosa no ha cambiado mucho, aquí podemos encontrar el pedazo de bicharraco que tenía antes de que me detuvieran. Aunque me temo que solamente podamos contemplarlo, porque…

GORDO: (Interrumpiendo) Todavía no me has dicho por qué te detuvieron, Robin. ¿Fue un intento de rebelión? ¿Un levantamiento popular?

ROBIN: (Pensativo) Más o menos. Cuando le quité la chocolatina a esa niña de mierda y le pegué el guantazo, no tenía ni idea de que perteneciera a la Nobleza.

GORDO: (Parando en seco y mirando fijamente a Robin) ¿Qué?

ROBIN: Era… Yo qué sé, sobrina segunda por parte de suegra del primo de la cuñada del Líder Supremo reprivadano, ya sabes, el del nombre raro, el que le ha puesto precio a nuestras cabezas. Eso sí: no le pedí perdón. Se lo merecía: maldita niña pija malcriada…

GORDO: (Mirando al patio de butacas) No me lo puedo creer. ¿He rescatado a un tío que estaba en la cárcel por quitarle una golosina a un niño? Y todos creyendo que era un héroe de guerra… (Volviendo a hablar con Robin, señalándolo) Pero vamos a ver, ¿qué hacías tú en el mismo sitio que esa niña… de familia tan importante?

ROBIN: Estaba allí de espía. Espía del Amperio. Me dio un hambre horrible, y cogí lo primero que tenía a mano.

GORDO: (Irónicamente) Y, claro, cuando te pillaron, seguramente les dijiste todo lo que querían saber, ¿no es verdad, oh gran héroe Humolargo?

ROBIN: (Levantando con autoridad los dos dedos índices de su segunda mano derecha) Mira, Gordo, estás hablando con un auténtico paladín. No dije ni una palabra…

GORDO: Menos mal.

ROBIN: (Bajando el brazo, y la cabeza) …hasta que me amenazaron con cortarme los dedos chicos de tres pies. Entonces lo vomité todo, y me metieron en el calabozo.

GORDO: (Dándose una palmada en la frente, justo debajo del ojo) ¡Lo sabía! Lo soltaste todo. Vendiste al Amperio. Menudo cabrón.

ROBIN: ¿Qué dices, majara? Digo que lo vomité todo, chocolatina incluida, en la facha del que me estaba interrogando. Por eso estaba en la cárcel. Me puse nervioso.

GORDO: (Moviendo con pesar la cabeza) En fin: mirándolo por el lado bueno, el hecho es asqueroso, ridículo, rozando lo estúpido, pero al menos mantuviste la dignidad.

ROBIN: (Con gesto de duda) Sí, más o menos…

GORDO: Mira, no quiero saber más. Con todos esos cazas reprivadanos persiguiéndonos como si fuéramos los forajidos más peligrosos de la Constelación, he tenido de sobra. Vamos a tomar algo.

ROBIN: Un ron. Es la especialidad de la casa. Te lo dije, amigo: estarán encantados de verme otra vez aquí.

 

(Robin y Gordo entran en el Bar Barie. Cuando abren la puerta, todos los que están dentro, en silencio hasta este momento, se ponen a hablar, reír, beber… En el instante en que cierran la puerta, todos se callan y miran fijamente a Robin durante unos segundos. Después, continúan a lo suyo. Se levantan cuatro de una mesa y, llegando al tablado, toman la gurunfa eléctrica, el trondolio y la batería purskalanka, y comienzan a interpretar “Wish you were here”, de Pink Floyd.

A partir de este momento, cada vez que habla el narrador, la escena se detiene).

 

GORDO: (Susurrando) Efectivamente, parece que todos están encantados de verte. Deja de saludar a la muchedumbre que se te acerca, porque así no vamos a llegar a sentarnos nunca.

ROBIN: (Dando un tortazo a Gordo en un hombro, con cierto enfado) Muy gracioso. Hemos pillado una hora mala. Pero en cuanto llame a la camarera, todo cambiará.

GORDO: Como el ron esté tan bueno como la bienvenida, vomito seguro. En fin, voy a sentarme.

 

NARRADOR: El Bar Barie es uno de esos lugares con un toque de distinción, sobre todo teniendo en cuenta el horripilante planeta en el que está situado. Sin embargo, en cualquier otro punto del espacio-tiempo este emplazamiento sería considerado un apestoso garito de carretera para gente con poco que perder. Eso sí: desde que lo consiguió ese alguien del que aún no sabemos nada, su particular ron se ha hecho famoso. Esto ha logrado que mucha más gente con poco que perder se acerque a su barra.

 

(Robin y Gordo se sientan en una de las mesas libres).

ROBIN: Atención, ya verás. (Gritando y extendiendo dos brazos izquierdos) ¡Camarera! (Hablando con Gordo) Te aviso de que tiene rabo. De hecho, la llaman “Raborrojo”.

GORDO: (Abriendo mucho el ojo) ¿Tiene rabo? ¿Qué me estás queriendo decir?

ROBIN: A ver: no pienses como si fueras uno de mi especie. Piensa como si fueras uno de la tuya.

GORDO: Vale. No te referías a… Está bien, tiene rabo trasero. Como los carcogres. Claro, es medio carcogre.

ROBIN: Ahí has acertado. Lo ha sacado de su madre.

GORDO: No te jode. Si lo hubiera sacado de su padre, el humano, se llamaría “Mariano”. Pero, ¿rojo? Creí que los carcogres tenían el rabo azul… o morado…

ROBIN: Calla. Ya viene.

 

(La puerta de la cocina del bar, tras la barra, se abre de un empellón, y aparece en escena la pelirroja Marian, meneando el rabo. Mira con atención a derecha e izquierda, con sus ojos de la cabeza, mientras mantiene cerrados los de los hombros. Al ver a Robin, cierra los seis dedos de su mano izquierda y pone el puño delante de la cara).

MARIAN: (Gritando en un tono nada amistoso) ¡Vaya! ¡Señor Humolargo!

ROBIN: (Sonriendo y chasqueando dos dedos) ¿Cómo te va, guapa?

 

(Marian salta por encima de la barra, con una acrobacia; se coloca en dos pasos frente a Robin, y le suelta un bofetón que le hace caer de la silla).

GORDO: (Asustado, tapándose la cabeza con las manos, a Marian) ¡Yo no soy su amigo, jovencita!

MARIAN: ¡Maldito hijo de Krakankra!

 

(La banda deja de tocar).

 

NARRADOR: La Krakankra es una especie de niebla violeta propia de la galaxia enana Batidodevainillaconpionono, lugar de origen materno de Marian. Todos la temen, ya que suele provocar, en un primer momento, risa contagiosa estremecedora, y, en uno subsiguiente, llanto nervioso deplorable. O al revés, dependiendo de la especie atacada.

 

MARIAN: ¡Por poco me matan después de tu huida! ¡Ya han venido dos o tres veces preguntando por ti, armados hasta las encías! ¡Y te atreves a presentarte otra vez! ¡Sonriendo! ¿Qué maneras son esas de tratar a una dama, mam…?

(Mirando hacia un grupo de clientes que está dos mesas hacia la derecha, Marian calla de repente).

 

ROBIN: (Pomiéndose en pie, aturdido) ¿Pero qué carajo…?

MARIAN: (Sonriendo forzadamente, abriendo los ojos de los hombros y guiñando con el derecho, mientras mantiene los de la cabeza entrecerrados con sus cejas enarcadas) ¡Es broma, Jacarando estúpido! ¡Dame un abrazo!

 

(La banda sigue tocando).

ROBIN: (Mirando fijamente a Marian y retrocediendo dos pasos) ¿Es broma? Yo creía que lo del incendio…

MARIAN: (Haciéndole señas para que se calle) ¡Que es broma! Como si alguno de nosotros tuviéramos que ver con persecuciones, armas o encías, je je… (Abraza a Robin, y le dice al oído) Capullo, haz el favor de sonreír como si todo fuera paz y felicidad. Me acabo de dar cuenta de que… aquí no puede fiarse una de nadie. En menudo lío me has metido…

ROBIN: (Sin comprender nada. Levantando los brazos) ¡Vale, era broma, claro! ¡Ya decía yo! ¡Anda, (Arrimando la boca a la de Marian) dame un besi…!

MARIAN: (Apartándole la boca) No te pases un pelo, estúpido. Hablemos de cosas normales, ¿vale? Ni revoluciones, ni besitos, ni otras tonterías, que te meto el puño por el culo delantero de enmedio y te lo saco por el izquierdo de atrás.

ROBIN: Esto… (Mirando a Marian con estupor) Pues… nada, tráete… un ron y… echamos un ratito.

 

(Marian va hacia la barra, y prepara tres copas de ron).

 

GORDO: (A Robin, en un medio susurro) ¿Alguien me puede explicar lo que está pasando? ¿Por ejemplo…, tú?

ROBIN: (Sonriendo estúpidamente) Creo que es uno de esos momentos en los que se debe sonreír, hablar del paralelismo entre la astronomía y la química atómica a través de la física cuántica, por ejemplo, y tararear lo que esté cantando la banda. Por lo demás, tengo la ligera sospecha de que aquí cerca hay uno o varios espías que nos miran y nos escuchan con cara de pocos amigos; aunque no sé quiénes son.

 

(La banda cambia de canción. Comienza a interpretar “Boys don’t cry”, de The Cure, en versión unplugged. Varios de los clientes situados en las mesas del fondo miran con atención la escena).

GORDO: (Gritando desaforadamente, y mirando a un lado y otro con desconfianza) ¡Eso se avisa antes, tío! No te preocupes, el alcohol lo arregla todo. ¡Yo también sufrí mucho cuando me dejó Brrrajkmalandla, pero un par de colegas y varios litros después, lo había olvidado por completo!

ROBIN: ¿Qué?

GORDO: (Susurrando) Tú sígueme el rollo, gilipollas. (Levantando un brazo) ¡Marian, amiga! ¡Que sea doble ese ron, yo pago!

MARIAN: (Desde la barra; sigue preparando las copas) ¡Menos mal, porque tu amigo es más de levantarse y dejar a deber para mañana! ¡Y mañana lo mismo!

GORDO: (A Robin, igual de irónicamente que antes) Oye, tienes razón: tu amiguita, no sé si con derecho a roce, pero sí con derecho a pegarte guantazos, es encantadora. ¿Por qué no le preguntas quién es el malo, y (Enseñando levemente la pistola de babas de gusanasco, que lleva al cinto) yo me encargo de él?

ROBIN: Procuremos no liarnos a tiros antes de tiempo. Voy a la barra a ver exactamente qué es lo que pasa. Tú tranquilo.

GORDO: Yo tranquilo, no te preocupes. Pero como alguien se ponga tonto, lo dejo frito.

 

(Robin se acerca a la barra del bar).

MARIAN: ¿Qué te pasa ahora? ¿Quieres unos granitos de café en el ron?

ROBIN: Verás, me gustaría saber dónde está exactamente el moscardón espacial, si me entiendes.

MARIAN: (Mientras llena una copa de ron, acercando la boca al oído de Robin) Te entiendo perfectamente. Dos ojos, tres cuernos retorcidos, gafas de sol de un solo cristal, color de piel verde amarillento, mesa fondo derecha. Creo recordar que se llama Mekunde. Cazarrecompensas Mekunde, de parte de la Reprivada. Ya lo había visto otras veces. Todo un regalito.

ROBIN: Y dime, ¿tú crees que estamos seguros aquí, con ese tío vigilando?

MARIAN: Hace un par de días, estábamos seguros. Ahora mismo, seguro que no lo sé. Si me preguntas mi opinión, habría que hacer mutis por el foro cuanto antes: ese cazarrecompensas es muy peligroso, y como sepa que sabemos que sabe algo, no quiero ni saber lo que sé que pasaría. Estamos listos. Así que optaría por salir a escape.

ROBIN: (Enarcando las cejas) Te refieres a que Gordo y yo nos vayamos, ¿no?

MARIAN: Ni de coña. Me refiero a que si intentas escaparte en la porquería de nave que has traído hasta aquí, y que seguramente habrán seguido todos los radares de la Reprivada y la mitad de los del Amperio, que, por cierto, he escuchado que también te busca para ajustarte las cuentas por haberte negado a rescatar a su princesa, vas a durar menos que un caramelo en la puerta de un colegio.

ROBIN: (Extrañado) ¿Un caramelo? ¿Qué es un caramelo?

 

NARRADOR: Un caramelo es una cosita hecha a base de glúcidos, compuesto de la…

 

MARIAN: (Mirando hacia arriba) ¡Cállate ya, narrador, con tanta explicación! (Mirando a Robin) Déjalo, son expresiones que me vienen de familia. A lo que me estoy refiriendo es a que el dueño del garito y yo nos vamos a ir en cuanto esto se ponga más chungo, que, si los cálculos no me fallan, va a ser muy pronto. Y que tu canijo Gordito y tú podéis venir como polizones, en mi nave, o quedaros aquí, o largaros en la vuestra. Las dos últimas opciones os llevan al mismo resultado: morir reventados.

ROBIN: ¿Me estás diciendo, si he entendido bien, que me ofreces un sitio en tu nave, mía hasta que me la robaste, con el desconocido dueño de este bar?

MARIAN: No te olvides de Gordo. Os veo muy unidos. Y… en realidad el desconocido dueño de este bar no es… tan desconocido. Por lo menos para mí.

ROBIN: (Cruzando cuatro brazos) ¡Vaya! Así que te has liado con el misterioso nuevo dueño, ¿eh?

MARIAN: (Mirando al patio de butacas) Es que me entran unas ganas de partirle la cara, que no puedo. (Mirando a Robin, con sorna) ¡Por supuesto! Ya verás cuando lo conozcas. Venga, siéntate otra vez con tu novio, y espera a que te llevemos el ron. Y ojito avizor.

ROBIN: (Mirando al patio de butacas) Esta tía es un poquito hija de puta a veces, no sé si alguien se ha dado cuenta. (Mirando a Marian) Tú misma. Yo atento. Pero tampoco creo que haya un peligro, no sé, de muerte, ¿sabes?

MARIAN: ¿Ah, no? Pues nada, quédate el tiempo que quieras. Y cuando termines, no te olvides de cerrar: te dejo las llaves. Yo ya tuve bastante con ver cómo ardía la última casa, por tu culpa, no sé si te acuerdas. Esta vez no me voy a quedar.

 

(Robin regresa refunfuñando a su asiento. Marian sale de escena por la puerta de la cocina. Al poco tiempo, se escucha, desde el fondo del escenario, la voz de Paquito Almendra).

VOZ DE PAQUITO: ¡Bueno, bueno, bueno! ¿Quién quiere unas copitas? Y de picoteo, ¡ay qué ricas las almendras!

 

(Entra en escena, por la puerta de la cocina, Paquito Almendra, un humano cincuentón de talla media, con sombrero de paja, camisa de cuadros con los dos botones primeros desabrochados, pelo en pecho, bermudas y sandalias de cuero. Coge una bandeja, coloca las tres copas que ha preparado Marian, añade un plato con almendras fritas y se llega a la mesa de Robin. El cazarrecompensas Mekunde, en su sitio, comienza a hablar disimuladamente por su caracol de comunicación).

 

PAQUITO: Paquito Almendra, pa servir a Dios y a ustedes.

GORDO: (Aterrorizado, señalando a Paquito) ¡Un humano! Esto tiene muy mala pinta, Robin.

 

NARRADOR: ¿Puedo decir algo, aprovechando que no está Marian? ¿Eh? Vale. Gordo teme a los humanos porque son los protagonistas fundamentales de las pesadillas infantiles de su especie, la navonárdica, en el papel de reventadores de ojo y taponadores de narices.

 

ROBIN: (Rascándose la cabeza) ¿Un humano es el dueño de…? Un momento. No será usted por casualidad el…

PAQUITO: (Cogiendo una de las copas) El mismo que viste y calza. (Tarareando) De Málaga, la bombonera, flor de la Costa del Sol, que tiene equipo de Primera en el fútbol español. De Primera a veces, a veces de Segunda, y otras de Segunda B, pero bueno, eso es lo de menos.

ROBIN: No puede ser usted el no…

PAQUITO: Ni el no ni el sí, yo soy el padre de la criatura. En fin, aquí he venido a traeros esto mientras mi niña termina de hacer cuatro cosillas pendientes.

GORDO: ¿Qué está pasando aquí? Cada vez entiendo menos, Robin.

ROBIN: (Sonriendo) ¡El pa…! Vale. Ahora lo pillo. Es el padre de Marian.

GORDO: (Mirando a ambos alternativamente con la boca muy abierta) ¿El que cambió los nombres de las galaxias?

PAQUITO: ¿A que quedaron tóóó guapos? (Echa un trago) Yo estaba allí en mi tierra, vendiendo almendras en calle Larios, ya sabéis, pleno centro, y una tarde llega una mozuela con un cuerpazo de no te menees y me dice que si quiero me lleva hasta las estrellas. ¿Quién me iba a decir a mí que llevaba un disfraz de humana, y que estaba hablando en serio? En fin, que me fui con ella, pero la pobre murió al parir a Marian; a mí me confundieron con un tío de ciencias y me hicieron cambiarle “la nomenclatura”, como decían ellos, a un montón de grupos de estrellitas, que fue un coñazo porque me quedé casi sin nombres de bebidas y de desayunos típicos. Total, que cuando me harté pedí el finiquito y me retiré aquí, hasta hoy, por lo que veo.

GORDO: ¿Por qué hasta hoy?

PAQUITO: Porque hoy me han dicho que me jubilo. Venga, un brindis por la jubilación, pulpo.

GORDO: (Entrecerrando el ojo) ¿Pulpo? ¿Qué es un pulpo?

PAQUITO: Pulpo es una cosa como tú, pero a la plancha. O frito. ¡Por la libertad!

GORDO Y ROBIN: (Cogiendo sus copas y brindando, encogiéndose de hombros) ¡Por la… libertad!

PAQUITO: (Señalando al cazarrecompensas Mekunde) Y ahora, niño, coge la mierda de pistola que tienes, vuélvete y pégale un tiro en la cabeza al hijoputa reprivadano del fondo. ¡Por la libertad!

GORDO: ¿Cómo?

PAQUITO: Que dispares. Ya.

GORDO: Joder, ¿estás seguro?

PAQUITO: ¡Dispara, coño!

 

(Gordo se vuelve, saca la pistola de babas de gusanasco, dispara un escupitajo ácido gigante, y alcanza al cazarrecompensas en la cabeza. Su testa se derrite rápidamente. La banda sigue tocando en medio del escándalo, pero cambia de canción, interpretando ahora “It’s the end of the world”, de R.E.M.).

 

PAQUITO: (Poniéndose en pie, en lo alto de la mesa) ¡A ver, atención todo el mundo! Se va a liar parda de aquí a nada, así que, si hay otro espía por ahí que tenga huevos, que levante la mano. Si nadie es uno de esos cabrones como el que acaba de hervir, salid ahora mismo todos pitando: el que no se vaya puede que no la cuente.

GORDO: (Volviéndose a los comensales, que todavía están sentados, mirándose unos a otros, cuchicheando) ¡Cuando ha dicho “que tenga huevos”, el sentido era figurado! ¡Quería decir “que sea valiente”! (Hablando a Paquito) Es que, verás, no todos los que estamos aquí tenemos testículos, hay otros muchos tipos de órganos reproductores masculinos que…

 

(Los comensales se levantan a una, y empiezan a correr de aquí para allá, sin ton ni son, gritando, pero permaneciendo en escena).

 

ROBIN: (Dando palmaditas a Gordo en la espalda) Déjalo, Gordo, no es el momento… En fin, Paquito, usted dirá. ¿Qué hacemos?

PAQUITO: Chavalote, no me vuelvas a llamar de usted. Que yo sepa, hasta que no le hagas una proposición indecente a mi hija, y ella acepte, cosa que no espero que pase próximamente, no soy tu suegro, y no me debes ningún respeto. Así que vamos a llevarnos bien, y hale.

ROBIN: Eh… (Sin saber qué decir) Pues eso, tú. ¿Qué?

PAQUITO: A la de tres, nos escondemos debajo de la mesa.

ROBIN: ¿Por qué?

PAQUITO: Porque está a punto de entrar el Amperio. ¡Tres!

 

(Los tres se esconden bajo la mesa. Desde la puerta del porche, entra un Batallón de soldados del Amperio, enfundados en el típico traje del ejército, rosa fucsia, símbolo de masculinidad y poder).

 

CABO NILOVEO: ¡Atención! (La gente se calla y se queda quieta. La banda también) ¡Aquí el Cabo Amperial Niloveo! ¡Todos quietos y sentados, esto es una redada! ¡Buscamos a dos fugitivos muy peligrosos!

 

(La gente sigue quieta. Se abre la puerta de la cocina, y sale Marian, con un cañón sobre el hombro izquierdo y una cinta de color negro en la frente).

 

MARIAN: ¡Muerte al Amperio! ¡Cabroneeeeees!

 

(Marian dispara el cañón, y un rayo de luz golpea a tres soldados amperiales, derribándolos. Los comensales comienzan de nuevo a correr sin sentido, y empiezan a pelearse unos con otros. La banda sigue tocando la canción de R.E.M. justo donde la había dejado).

 

NILOVEO: ¡Joder! ¿Pero qué cojones…? Ni lo he visto. ¡Retirada!

(Los soldados amperiales restantes se repliegan fuera del edificio, en el porche).

 

MARIAN: Vámonos, papá. ¡Papá, Robin, Gordo, vamos!

(Ninguno de los tres se levanta. La gente sigue golpeándose sin sentido, con los puños el que los tiene, a patadas, o con sillas, mesas o botellas).

 

PAQUITO: (Poniéndose en pie, y pegando un puñetazo a uno que se le acercaba botella en ristre) Si llego a hacer esto en Málaga, me acaban montando un partido político del tirón. ¡Abajo el poder! ¡Me siento joven de nuevo!

ROBIN: En fin, vámonos. ¿Dónde vamos, a todo esto?

GORDO: (Siguiendo con su ironía) Lo de venir aquí ha sido una idea muy buena, Robin. “Un sitio perfecto para esconderse”. Recuérdame que te lo agradezca toda mi vida.

MARIAN: ¡Nos vamos a mi planeta, Wershood! ¡Tenemos que organizarnos, y combatir!

GORDO: (A Robin, al oído) Robin, ¿tú les has dicho que todo esto ha empezado con una chocola…?

ROBIN: (Tras esquivar una silla) Cállate, tonto: tenemos nave para escapar, ¿no? Pues tira, y sonríe. ¡Viva la revolución!

PAQUITO: ¡Viva la revolución!

MARIAN: ¡Viva la revolución!

GORDO: ¿Quién me mandaría a mí meterme en esto? ¡La madre que me parió!

 

NARRADOR: Y ahora, mientras nuestro héroes llegan a la nave de Marian, ganada honradamente a Robin en el vetusto y no por ello poco vomitivo, dependiendo siempre de las razas participantes, juego de las prendas, y mientras, por supuesto, nuestra banda termina su canción, dejamos este Acto, no sin antes lanzar algunas preguntas. Porque supongo que todos querrán saber qué relación exacta ha habido entre Robin y Marian, o qué hizo exactamente Robin, después de lo de la chocolatina y el vómito, para agudizar la confrontación entre Amperio y Reprivada, o de dónde ha sacado el padre de Marian semejante capacidad de liderazgo revolucionario, o cuántos brazos tiene Robin, o cómo de cabreados estarán Niloveo, el Amperador Biennoloveo o el Líder Supremo reprivadano, cuyo nombre aún no conocemos. Estas, y otras cuestiones, siguen siendo cuestiones justo hasta que se conviertan en respuestas, probablemente en el tercer y culminante, que no sensato, Acto III.

 

(Mientras el Narrador habla, nuestros cuatro protagonistas, atravesando el barullo de la pelea general, que continúa, y dando algún que otro puñetazo, guantazo o patada, hacen mutis por la puerta de la cocina. Justo después, se cierra el telón y termina la canción, exactamente al mismo tiempo).

 

Fin del Acto II.

 

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