El Hombre del Saco

04/01/2016

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Wendy le preguntó dónde vivía.

– La segunda estrella a la derecha -dijo Peter-, y luego todo recto hasta el amanecer.

– ¡Qué dirección más rara!

Peter Pan. James Matthew Barrie.

 

Currito se había perdido. ¿Cómo podía haber pasado? Ni él lo sabía, aunque lo sospechaba. En el fondo, se había cansado de que su padre le dijera a todo el mundo que “tenían que tratar a su hijo Francisco mucho mejor, porque se lo merecía”. ¿Pero qué demonios sabría de él ese hombre, al que solo veía los cuatro ratos que no estaba haciendo aquellas cosas importantísimas para no se sabía quién, a las que llamaba “cosas de mayores”, y que le enseñaba únicamente estupideces que a él le importaban un pimiento y a las que llamaba “cosas que te servirán para llegar más alto cuando seas como yo”?

Se había perdido, o quizás se había querido perder. Fuese una u otra cosa, en aquel momento no tenía la más remota idea de dónde estaba. Era un callejón oscuro, húmedo, frío, y desconocido; y era de noche.

 

De repente, Currito sintió un extraño aliento justo detrás de la nuca. Se volvió, y vio, justo enfrente, a un extraño hombre de ojos saltones, pequeño, canijo y vestido con un saco, un saco de esos de patatas, con tela de saco y cuerda gorda. Currito gritó, gritó con toda el alma. Sin embargo, el hombre del saco no se inmutó. Simplemente, cuando dejó de gritar, le pidió silencio. Después le dijo, tranquilamente:

 

– ¿Por qué gritas? Ni que hubieras visto al Hombre del Saco.

 

Currito lo miró enarcando las cejas, aunque seguía muy asustado.

 

– Ah, vale. Crees que has visto al Hombre del Saco. O, mejor, dicho, crees que estás viendo al Hombre del Saco -le dijo el hombre del saco.

– Sí -contestó Currito, secamente.

– Pues ya ves. Yo no soy. Yo soy un hombre vestido de saco, y precisamente voy persiguiendo al Hombre del Saco –contestó el hombre vestido de saco, cruzando los brazos.

– ¿Perdón? -preguntó Currito.

– Que yo soy el hombre vestido de sa…

– Lo he escuchado. Pero no lo entiendo -repuso Currito.

– Ah, vale -dijo el hombre vestido de saco, sonriendo y levantando el dedo índice de su mano izquierda-. Pues verás: no sé si habrás escuchado alguna vez esa oscura leyenda del Hombre del Saco, que llega de noche y roba a los niños. ¿Sí? ¿Te suena?

– No sé, me suena de algo, pero no sé de qué.

– Vaya. Estos niños de hoy ya no creen en nada… Vamos a ver: básicamente, el Hombre del Saco es un tipo feo y con muy mala leche, que llega en el silencio de la noche, se pasea por calles abandonadas, roba a los niños, y estos no vuelven a aparecer nunca. El Hombre del Saco lleva actuando muchos siglos, es escurridizo y muy difícil de atrapar. Como mucho, se puede evitar que haga de las suyas, en algunos momentos y en algunas circunstancias. Y precisamente ese es mi trabajo.

– Me está hablando como si ese Hombre del Saco existiera de verdad -replicó, extrañado, Currito.

– ¿Pero qué estás diciendo, chaval? ¡Claro que existe! Deberías tener más cuidado con tus palabras, no quisiera estar en tu pellejo si llegaras a encontrarte con él… -dijo el hombre vestido de saco, mirando hacia atrás, a su izquierda y a su derecha, bajando la voz paulatinamente al tiempo que iba abriendo más y más los ojos.

– Perdón -acertó a decir Currito, pensando que hablaba con un loco.

– Vale. Sigamos. Como te decía, hace siglos que persigo a ese malvado engendro de las Tinieblas. A veces no consigo evitar que actúe, pero otras veces llego a tiempo.

– Es que… hoy ya casi nadie cree en el Hombre del Saco -dijo Currito, intentando encontrar algo de sentido a aquella conversación, en aquella calle, a aquellas horas.

– ¡Eso es lo peor, chavalote! -le dijo el hombre vestido de saco, apuntándole con el dedo índice-. Eso es lo que el Hombre del Saco quiere que creáis los niños. Así le es más fácil robar. Porque en estos días ha cambiado su forma de hacer las cosas: ya no roba niños. Ahora roba la infancia de los niños como tú -al decir esto, el hombre vestido de saco puso una mano al lado de su boca, susurrando.

– ¿Qué? -preguntó Currito, interesado de repente en lo que decía aquel hombre.

– Verás: mi lucha contra el Hombre del Saco se ha vuelto titánica, porque ese monstruo es ahora muy poderoso. Por eso es una suerte que te haya encontrado, y que te haya encontrado solo. Creo que tú puedes ayudarme, pero te va a costar mucho.

– ¿Yo puedo ayudarle? ¿Pero cuántos siglos de vida tiene usted?

– ¡Déjate de preguntas tontas, zagal! Muchos más que tú. Verás: hoy el Hombre del Saco está por todas partes. Está emboscado dentro de la Televisión, y crea cosas estúpidas para hacer estúpidos a los niños…

– Pero hombre, no debería usted decir palabrotas… -dijo Currito, recordando, sin embargo, lo que había pensado sobre su padre al entrar en aquella calle.

– ¿Ah, no? ¡Vaya mierda, joder, cago en la mar! -soltó el hombre vestido de saco, sin avisar- ¡Vamos, niño, pareces un adulto aburrido! ¿No te habrá atrapado ya, verdad? No, parece que todavía tienes esa mirada brillante… Bueno, continúo: el Hombre del Saco, también os espera dentro de las redes sociales, y de las consolas de videojuegos; pero eso no es lo más peligroso. Esto te va a parecer increíble: regala a los niños clases de solfeo, violines, pianos de cola, trompetas, academias trilingües y otras manzanas envenenadas que roban la infancia a mes por día; los quiere convertir en números uno de judo, kárate, yoga, fútbol, baloncesto, tenis, pádel, natación…, y por eso organiza, junto a adultos con silbato y reloj, horribles competiciones en las que no es posible divertirse jugando sin más… Incluso he escuchado por ahí que ese repugnante ser se disfraza de padre y madre ultraprotector que se convierte en amigote falso y paranoico, de profesor desilusionado o político estúpido e ignorante. Querido Currito: el Hombre del Saco quiere robarte la infancia, y lo hará, a no ser que luchemos contra él.

– ¡Vaya! No tenía ni idea -respondió Currito, abriendo mucho los ojos, contento de que aquel hombre lo hubiera llamado por su verdadero nombre de niño-. La verdad es que estoy harto de todo eso que ha dicho, pero no sabía que la cosa era tan grave. ¡Me están robando la infancia! ¿Y qué puedo hacer?

– Oh, yo estaré aquí para defenderte. Pero debes ser un niño inteligente. O, mejor dicho: debes ser un niño. No te dejes llevar por lo que quieren que seas. Si escuchas en el fondo de todo eso que te acabo de soltar, de esas cosas que te dicen y quieren hacer contigo cada día para que seas “un perfecto adulto”, oirás la risa lúgubre del Hombre del Saco, que se alegra de los años que te roba: ¡jo, jo, jo! Será una aventura difícil: quizás, para seguir siendo un niño, tengas que luchar contra tus padres, tus profesores o incluso tus propios amigos. El Hombre del Saco los ha hecho esclavos, y debemos liberarlos, para que encuentren al niño que han encerrado bajo llave en algún oscuro rincón de sus almas. Recuerda: lo que está en juego no es tu futuro, sino tu vida, y la de los demás.

– No se preocupe. Lucharé. Ya lo creo. ¡Quiero ser niño! ¡Quiero ser… Soy niño! -gritó Currito, mirando al frente-. Solo una pregunta más, hombre vestido de saco -repuso, volviéndose a su interlocutor.

– Dime.

– ¿Cómo podré encontrarle si lo necesito?

– Solo piensa en mí. Y allí estaré, dondequiera que sea, para luchar a tu lado. Como esta noche -dijo el hombre vestido de saco, mientras desaparecía entre una blanca niebla densa.

– ¡Gracias! Y ahora, ¡a por ellos! – gritó Currito, corriendo de vuelta a casa, dispuesto a liberar a los niños esclavos que habitaban en ella.

 

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