Juguetes abandonados: Lucía y el muñeco de trapo

04/12/2015

 

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Había una vez un cristalero, un hombre que era feliz dando forma a maravillosos recipientes y bellísimas figuras que luego, a mano, pintaba con el mayor de los cuidados y la más tierna delicadeza. Este cristalero estaba casado, enamorado de su mujer como pocas personas podrían imaginar, aunque pusieran todas sus fuerzas en ello; y un buen día se decidió a poner su entero arte en un trozo de cristal, y reflejar en él la belleza de la mujer a la que amaba.

 

Fue así como aquel artesano, día tras día, mes tras mes, trabajó un pequeño pedazo de cristal, hasta que, poco a poco, de él salió la figura de un hada, el hada más bella que nadie haya podido hacer jamás. Un hada que quería comenzar a volar, que tenía la vista fija en el cielo y el brazo izquierdo levantado, como para tocar con la luz y el calor de su magia lo más oscuro de la realidad. Así veía, sí, a su mujer. Cuando hubo terminado de pintar los labios del hada, se dispuso a regalársela a Lucía, su esposa.

 

Lucía llevaba un tiempo enferma, y el cristalero la cuidaba con todo el cariño del mundo. Entró, dispuesto a darle la mejor sorpresa de su vida. Se llegó a la cama, con una sonrisa en la boca y las manos a la espalda, escondiendo el presente; entonces se dio cuenta de que su mujer no lo miraba, de que tenía la vista perdidamente fija en el cielo y un brazo levantado, como para pedir ayuda en medio de la oscuridad más negra. Lucía exhaló su último hálito y quedó inmóvil, y el cristalero, con el corazón atravesado de dolor, cayó al suelo cuan largo era, y dejó caer el hada encima del colchón, incapaz de pensar o de asumir lo que había pasado.

 

 

Después de enterrar a su mujer, aquel buen hombre se dirigió a un anticuario y le entregó el hada de cristal; le dijo que portaba en sus ojos la belleza más grande y la tristeza más honda, que se llamaba Lucía y que, por favor, se hiciera cargo de ella. El anticuario, al ver que aquella figura de cristal era mucho más de lo que parecía, aceptó, y colocó la pequeña figura en una de las estanterías de su vieja tienda.

 

Lucía permaneció años enteros en aquel lugar, rodeada de vetustos objetos, y con el paso del tiempo llegó a creer que su rincón era el único mundo posible. Se acostumbró al polvo, a la oscuridad, al color amarillento, y el brillo primero se hizo menos intenso en su cristalina mirada, hasta casi desaparecer. Cuando ya los días habían perdido el sentido y se sucedían en una triste rutina sin horizonte, pasó por la tienda una anciana, preguntando al anticuario si tendría algo que ofrecerle. Le contó su historia: vivía en una antigua casa cercana a la vía del tren de carga y descarga del puerto. Hacía pocos meses que su joven hijo había muerto, y venía desesperada, buscando consuelo imposible en un lugar de recuerdos lejanos.

 

Entonces el dueño de la tienda se acordó de las palabras del cristalero, y le dijo a la anciana: “tengo algo que quizás le pueda ser útil. Hace tiempo que un buen hombre dejó por aquí un hada de cristal, una de las figuras más hermosas que jamás hayan pasado por mis manos, y me advirtió que porta en sus ojos la belleza más grande y la tristeza más honda. Se llama Lucía. Se la voy a traer”.

 

Fue así como el hada salió, tras años de espera y desesperanza, de la tienda del anticuario, y llegó a la antigua casa cercana a la vía del tren de carga y descarga del puerto. Volvió a brillar la luz del día en sus ojos, y su corazón de cristal se volvió a sentir vivo. Sabía que aquella anciana quería encontrar en su mirada consuelo para su desventura, y eso la hacía feliz, muy feliz.

 

Sin embargo, nada podía hacer imaginar a Lucía que su vida iba a cambiar tanto en tan poco tiempo. Porque, cuando la anciana abrió el dormitorio de su hijo muerto, y puso, con delicadeza, a Lucía sobre la repisa, durante un segundo, solo un segundo, los ojos del hada cayeron sobre la figura de un deteriorado muñeco de trapo que había justo a su lado. Le dio tiempo a ver solamente la cara más dulce que podía recordar, y una mueca de melancolía que atravesó su corazón, y un ojo, un solo ojo de plástico, grande, que la miró como nunca antes nadie la había mirado. Y Lucía se enamoró perdidamente del muñeco de trapo, del que no sabía siquiera el nombre, y a quien no podía ver, porque ella miraba, como siempre, al cielo.

 

Durante el primer día de su vida en aquella casa el hada de cristal se preguntó si podría, de alguna manera, conseguir llegar hasta su amor, del que estaba tan lejos estando tan cerca. ¿Había sido condenada quizás a vivir del recuerdo de una mirada el resto de su vida? Fue en aquel preciso instante cuando, al atardecer, un rayo de luz de sol cayó sobre el cuerpo de Lucía, e iluminó, desde ella, la cara del muñeco de trapo. Y entonces el hada pensó: “cada tarde, amado mío, iluminaré tu cara con colores nuevos, para que, aunque no pueda verte, sepas que te amo como nunca podré amar a nadie”.

 

Y así el hada de cristal, día tras día, regalaba los reflejos del atardecer al muñeco de trapo, aunque no sabía lo que este sentía por ella. Y se imaginó que podía volar, y que se acercaba al muñeco, y que lo tocaba en el hombro y le daba la libertad, y que juntos subían al tren que pasaba tras la ventana, y que vivían aventuras incomprensibles, y que, cada noche, compartían sus sueños a la luz de las estrellas. Pero luego volvía a la realidad: un hada de cristal nada podía hacer salvo soñar.

 

 

Un buen día, la anciana dejó de subir al dormitorio. Ya no la acariciaba suavemente, ni la miraba a los ojos. El hada se preguntó qué le podía haber pasado. Quizás no había soportado la muerte de su hijo. “Entonces”, se dijo el hada, “mis esfuerzos por regalarle consuelo en mitad de su sufrimiento han sido en vano”. Pero quizás simplemente había decidido comenzar una nueva vida, y entonces, aunque significara que se habían quedado solos en aquel dormitorio, su cuerpo de cristal podía haber resultado útil. La sonrisa del hada de cristal pareció iluminarse de repente.

Pasaron las semanas. Y fue entonces, tras un tiempo, cuando Lucía descubrió que su vida tocaba al fin. Porque poco a poco, casi imperceptiblemente, se había ido moviendo, al paso, cada mañana y cada tarde, de las vibraciones del tren, hacia el filo de la repisa. Y no había nadie ahora que, cada semana, la volviera a colocar más allá, más al fondo. Nada podía hacer. Nada. Solo era un hada de cristal.

 

 

¿Nada podía hacer? Oh, sí: seguir regalando los últimos rayos de sol de cada atardecer al muñeco de trapo, a su amado, para que, cuando ella desapareciera, pudiera seguir recordándola e invocando su pasión. Y eso hizo aquella tarde. Pero, mientras la última luz del día la atravesaba, se dio cuenta de algo muy extraño: el muñeco de trapo se movía a la par que ella, como si quisiera llegar antes al suelo. ¿Por qué? ¿Por qué, si el rugir del tren no tenía el mismo efecto sobre sus pies de cristal que sobre las ropas regastadas de su amor?

 

Entonces comprendió, con asombro y temor, que el muñeco de trapo quería salvarla de su caída, quería entregarse por ella; y le pidió al Hacedor de todas las cosas que no dejara que aquella mirada se perdiera, que aquel corazón blando y roto se sacrificara inútilmente. “No, amor: no lo hagas. No entregues tu vida por mí, porque no merezco la pena. No me sigas, no te adelantes, olvida que me has conocido y vuelve al lugar que siempre has ocupado, amor mío, mi vida, mi aliento”.

 

Sin embargo, ahora no dependía de ella que el muñeco, cuyo nombre no sabía, cayera o no. Su amado había tomado una decisión y, día tras día, tarde tras tarde, llegó el último momento. Lucía, el hada de cristal, vio, por el rabillo del ojo, justo antes de perder pie, cómo el muñeco se lanzaba al suelo. Luego sus pies dejaron de sentir el contacto de la madera, y cayó al abismo.

 

Mientras caía, Lucía dirigió sus ojos al muñeco de trapo, y le dijo: “me muero, amado. Acabo mis días, que comenzaron con una muerte; pero moriré amándote para siempre. Te regalo mi primer y último beso. Te regalo mi boca y mi sonrisa para curar tu melancolía; te regalo mi ojo y mi mirada para que puedas ver lo que veo. Te regalo lo que he llegado a ser, para que seas conmigo, al fin, y hasta el fin, Nosotros”.

 

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