5. El túnel

13/11/2016

 

 


Nico dejó su arma apoyada en la pared, con la caja de plomos cerca. Lucía había levantado la aguja del disco, y escuchaba con atención. Pensó rápido: si se quedaba allí, la encontrarían. Debía esconderse, pero ¿dónde? Volvió la cabeza y vio una cuba de plomo que había en la siguiente estancia, detrás de un muro de poco menos de un metro de alto. Corrió hacia ella, saltó por encima de la pared y se tiró dentro. Esperó a que dejaran de oírse las pisadas de Nico y Juan, que bajaban la escalera. La espantosa voz de la agente Nyma llegaba desde el patio. 
Salió de su escondrijo con sigilo y, arrastrándose, llegó junto a la ventana. Miró hacia abajo con calma y vio a Manos Largas atrapado en una especie de tela de luces verdosas. Luego escuchó cómo aquella mujer daba señas a uno de sus androides para que acabara con él. Sin pensarlo dos veces Lucía cogió la escopeta, que Nico había dejado cargada, apuntó a la boca del cañón que apuntaba a la Sombra y, un instante antes de que este disparara, lo hizo ella. Arma y agente volaron en pedazos.
- ¿Qué ha sido eso? ¡Hay alguien más! -aulló Nyma, mirando hacia el edificio- ¿Por qué no lo habéis encontrado con los rastreadores? ¡Inútiles! ¡Buscad!
- Había desaparecido, agente Nyma. Ahí está. Justo detrás de esa ventana. ¡Cuidado! -dijo uno de los androides, mirando fijamente hacia un punto concreto.
- ¡Eliminadlo!
- ¡Trágate esto! -chilló Lucía, que había vuelto a meter un plomo en la escopeta y apuntaba a la agente. Disparó de nuevo. El balín atravesó la boca de la mujer, rompiéndole varios dientes, y se incrustó en la mandíbula, partiéndosela. Nyma cayó al suelo apretándose la cara, con un gemido ahogado.
Todo sucedió muy rápido. Manos Largas había quedado libre a causa de la explosión del cañón, y desapareció llevándose con él a Ani, Miguel y Luis. Juan agarró una barra de hierro que había en el suelo y pegó con ella al agente que tenía más cerca, con todas sus fuerzas; este saltó hacia atrás, con la piel de un brazo abierta, y sacó su arma. La Sombra apareció a la espalda del otro agente y le hundió las garras, atravesándole el cuerpo y arrancándole el corazón artificial; entre espasmos, agarrándose el pecho con las manos, este dio una voltereta y quedó inerte, de espaldas. El del brazo abierto disparó su arma contra Nico, y le acertó en un hombro. Sobre él se abalanzaron Ani y Luis, que aparecieron de improviso, y lo tiraron al suelo. Juan lo atravesó con la barra de hierro, hundiéndola después en la tierra mientras gritaba desaforadamente.
Escucharon entonces el sibilante ruido del motor del automóvil enemigo que aún funcionaba. La agente Nyma, aprovechando la confusión, se había levantado, dejando un reguero de sangre, y huía, sosteniéndose la quijada con una mano.
- ¡Manos Largas! ¡Atrápala! -gritó Miguel.
Pero la Sombra apenas se tenía en pie. La red le había hecho cortes en la ropa y dejado marcas en la espalda y las extremidades. Cerrando los ojos, intentó desaparecer y alcanzar el coche, pero no pudo. Se agarró a Ani.
- Lo… siento -dijo, antes de desmayarse. Ani y Miguel lo sentaron contra el muro. Ella le acarició la frente.
- Pobrecillo. Con lo buena gente que parece, y qué rápido se viene abajo...

Llegó entonces franqueando la entrada del edificio principal de la fábrica, escopeta en mano, silbando, Lucía. Todos se volvieron.
- ¿Qué pasa? Ya os lo dije: donde pongo el ojo, pongo la flecha. Soy el Robin Hood de este tiempo, je je… ¡Vaya, uno que todavía se mueve!
Lucía cogió otro plomo del bolsillo, abrió el arma, la cargó y apuntó a la cabeza del único agente que aún funcionaba, uno de los que habían ardido envueltos en gasolina, que intentaba ponerse en pie moviendo el amasijo de tela, cables, piel quemada y circuitos en que se habían convertido sus piernas.
- ¡Espera! -dijo Luis- Hay que sacarle información. Se nos ha escapado la jefa, así que tenemos que preguntarle qué es lo que querían hacer después de… eliminar a la Sombra, o a nosotros, o al barrio, o lo que sea. Suponte que quieren venir a reventarlo todo...
- Joder, tío, me duele mucho el hombro -se quejó Nico, poniéndose en pie con la ayuda de Juan.
- El disparo te ha quemado por aquí -dijo este, mirando la herida-. Se te ve el hueso. Pero no sangras ni nada. Qué raro.
- ¿Raro? ¿Después de todo lo que hemos visto, dices que eso es raro? -exclamó Lucía- Aquí tenemos arrastrándose a una especie de robot futurista que tiene toda la pinta del que sale en la película de Alien, no sé si la habéis visto…
- El Figura nos ha hablado de ella, pero yo no la he visto. Mi madre no me deja ver pelis de susto en casa -dijo Miguel-. Anda que, si supiera lo que estoy haciendo…
- Bueno, pues es una cosa así de asquerosa -repuso Lucía.
- Y eso me hace pensar que la humanidad tenemos poca imaginación, la verdad -reflexionó en voz alta Juan-. Fíjate tú que en el futuro copiaremos las películas del pasado. Qué cosas… Menos mal que a Manos Largas no lo han hecho con el careto del bicho de esa peli.
- Juanillo, se nos va la pinza tela, ¿eh? -comentó Lucía- Hazme el favor de bajar de las nubes.
- Bueno, gente, a ver si nos aclaramos -concluyó Nico-. Vamos a coger al marica este y a sacarle lo que sabe, porque a mí cada vez me duele más el hombro.
- ¡Madre mía! ¿Estará bien el Cabeza? Voy a buscarlo -dijo Ani, dándose una palmada en la frente.
- Voy contigo -se sumó Luis. Los dos salieron corriendo hacia la habitación donde habían dejado al enfermo.
Los cuatro que quedaban en pie rodearon al androide. Lucía le metió el cañón de la escopeta en la boca. El agente dejó de moverse y la miró con expresión vacía.
- Vale, campeón. ¿A que sin esa red que dice esta gente que tenéis en vuestro tiempo, que lo controla todo, sois menos chulos? De todas formas, el futuro del que vienes tiene pinta de ser una porquería, porque unos cuantos niñatos de aquí os hemos meado a la cara, con todas vuestras cosas esas tan modernas y esos rayos tan molones. Pero nos ha quedado una duda: ¿qué es lo que pensabais hacer después de matarnos? ¿Matar a todo el barrio? ¿Conquistar esta tierra dejada de la mano de Dios, que no salimos ni en Canal Sur?
El androide hizo ademán de querer comunicarse.
- Vale, te quito el cañón. Habla.
- No tenéis ni idea de lo que habéis hecho -dijo, con un altisonante acento metálico-. Vendremos más. Esa Sombra nos pertenece. Solo teníamos que cazarla. Pero os habéis entrometido. Ahora… mori… réis.
El agente agarró el cañón de la escopeta y lo dobló con las dos manos. Luego le cogió el pie a Lucía, y apretó. Esta le golpeó el brazo con la culata. Juan cogió un ladrillo y lo estrelló repetidas veces contra la cabeza. Nico se hizo con los cables que le sobresalían del vientre y tiró con fuerza. Poco a poco fue soltando su presa, hasta que el brillo de los ojos se le apagó.
- ¡Hijoputa! ¡Me ha hecho polvo el tobillo! ¡Me cago en tus muertos! -gritaba Lucía, roja de ira, agarrándose la dolida articulación.
- No tiene muertos -le recordó Juan, sonriendo.
- ¿Qué? ¡Vete a tomar por culo! -le respondió Lucía.
- Vale, solo era un chiste -se disculpó él.

Desde el fondo aparecieron Ani y Luis.
- ¿Cómo está el Cabeza? -preguntó Nico.
- Vivo, que no es poco. Todavía no se ha despertado -informó Luis-. Eso sí: hay que procurar trasladarlo pronto, porque cuando vuelva en sí los dolores pueden ser horrorosos.
Luis venía con una bolsa llena de Tortas de Archidona, que había traído desde casa en su macuto. Despertó a Manos Largas y se la ofreció. La Sombra las devoró todas rápidamente.
- ¿Y cómo nos lo llevamos? -preguntó Miguel- Porque lo más grande que tenemos es el Vespino de Juan. Estaba también la moto suya, pero ha quedado para el desguace.
- Yo creo que lo mejor es que nos aclaremos rápido, volvamos a casa y después llamemos desde allí para que vengan a por él -dijo Nico-. Podemos decir que se ha caído haciendo trompitos. O contar la verdad.
- Lo de los trompitos es mejor idea -se apresuró a decir Miguel-. ¿Y qué hacemos con todo esto? Imaginad que llega una ambulancia y encuentra este desastre, fuego, humo, coches flotantes hechos candela, robots reventados… Esto se pondría que ni la casa de E.T. en hora punta.
- Ahí dentro quedan todavía sacos de arena sin abrir -sugirió Luis, chasqueando los dedos-. Se los echamos a todo esto por encima, y después agua y escombros. En media hora lo tenemos todo listo.
- Vale. Y ahora, lo más importante -dijo Juan-: ¿qué hacemos con la que ha huido, y con los que se supone que van a venir?
- ¿Van a venir más? -preguntó, abriendo mucho los ojos, Luis.
- Ya te digo. Eso es lo que nos ha dicho el cabrón del robot antes de apagarse. ¿Cómo ha sido? “Sooooolo queríamos cazaaaar a la Sooooombra -dijo Lucía, imitando la voz metálica del agente-, pero os habéis metiiiiido por medio, así que ahooooora os vaaaaaaaan a joder viiiiiiiivos...”. O algo así.
- Vaya por Dios. Pues habrá que pensar algo, y rápido. Que el coche ese del futuro no corre, vuela -dijo Ani, rascándose la melena-. La verdad es que estoy muy nerviosa. Y no sé por qué.
- Porque eres muy nerviosa, hermanita -le dijo Juan, dándole un toque en un hombro.
- Volver -se escuchó la voz rasgada de Manos Largas. Se habían olvidado momentáneamente de él. Estaba otra vez en pie.
- Siéntate, amigo, que esa cosa verde te ha dejado listo de papeles -le dijo Nico.
- Debo volver -repitió.
- ¿Qué? ¿No habías huido de allí? -preguntó Juan, sin comprender- Explícate, anda.
- Agente Nyma ha vuelto a túnel. Va a por más... como estos. Si viene otra vez, muerte.
- Oh, gracias por los ánimos, tú -dijo Miguel, cruzando los brazos.
- No conocéis. Yo sí. Ella no es jefa. Hay otras. Hay otros. Guerra es… negocio. Yo soy suyo. Si no vuelvo... vendrán. Si vuelvo, cierro túnel... desde allí. Nadie más viene.
- Ciérralo desde aquí, tío -le sugirió Nico-. Te quedas, y asunto arreglado. Bueno, habría que maquillarte un poco o buscarte una casa en la montaña, porque con ese careto y esas manazas a ver cómo nos vamos de cervezas los viernes. Pero todo se puede arreglar.
- Imposible desde aquí. He pensado. Sé cómo. Llegar hasta máquina, invertir, repetir, agujero cerrado. No es difícil. Tengo otros allí. Sombras. Algunos libres…
- Pues mira, Manos Largas: yo me voy contigo -dijo Ani, dándose una palmada en el pecho.
- Tú no te vas a ningún sitio, niña. Mañana es tu cumpleaños, así que aquí te quedas -replicó Juan, apuntándole con el dedo índice.
- Lo siento, hermanito. Ya lo tengo decidido, así que tienes dos opciones: o quererme como soy, o chivarte a mamá. Te aconsejo lo primero -le respondió ella, muy seria.
- Mierda de cortijo y de trabajo de Ciencias… -se quejó Miguel- En fin, el Lopo se apunta. Al carajo.
- ¡Oye! ¿No pensaréis llevaros toda la gloria vosotros solos, verdad? -dijo Luis- Los tres tenemos la mota gris, así que ahí voy yo también. Fortuna y gloria, chavalotes: ¡fortuna y gloria!
- Vale, doctol Jones -dijo Ani, resoplando-. Yo esa sí la he visto. Además, creo que en tu casa.
- No podéis venir. No es posible. No puedo -dijo Manos Largas, negando con la cabeza.
- Mira, Sombra: tú no conoces bien a Ani. Cuando a esta tía se le mete algo en la azotea, es mejor decirle que sí. Es más: no queda otra. Te lo digo en serio -le aseguró Luis.
- Ya. Ya sé. Pero os pido que no vengáis -suplicó Manos Largas.
- ¿Ya lo sabes? ¿Qué pasa, llevabas tiempo vigilándola, o es que la conoces de antes de venir? -preguntó Lucía, soltando una carcajada.
- Nnno. Lo sé… desde viernes -respondió Manos Largas, bajando los ojos al suelo.
- Manos Largas: ya sabes que voy a ir. Te lo he dejado bastante claro, ¿verdad? Bueno, que vamos a ir -dijo Ani, mirando fijamente a la Sombra-. Podemos ayudar a cerrar el agujero. Ya sabes, le hemos cogido el tranquillo a eso de desaparecer por aquí y aparecer más allá cuando estás cerca. Llegamos, te ayudamos, saltamos otra vez aquí, se cierra el boquete y asunto acabado. No es tan difícil. Y si es tan difícil, no haber saltado tú hasta aquí. Ahora te aguantas.
- Bueno, vamos. Que se deshilacha el día -terminó la conversación Juan, caminando hacia dentro para comprobar si podían utilizar arena o tierra para ocultar los restos de agentes y vehículos.

 No encontraron ningún saco lleno que no estuviera solidificado por la humedad y el tiempo, así que enterraron los restos del porvenir bajo escombros del pasado, dentro de uno de los hornos de ladrillos, asegurándose de que nada quedara al aire.
- En fin. Si lo encuentran algún día supongo que no podrán relacionarnos con ellos -dijo Lucía.
- Vamos, tía -le aseguró Nico-. Estamos en Málaga. ¿Quién va a venir a investigar, Mortadelo y Filemón, Anacleto, Superlópez? Si alguien lo descubre pensará que es un montón de porquería, hará un agujero, lo echará dentro y lo rellenará de asfalto. O de estiércol.
- Pero vamos a ver -preguntó Juan, mientras cerraban la puerta del horno-: ¿y si resulta que esto que hemos dejado aquí hace que en el futuro investiguen y salga como resultado esto mismo que nos ha atacado?
- Eso sería posible en no sé qué ciudad importante de una película futurista enrevesada que te cagas -dijo Luis-. Pero aquí va a ser que no. Estoy de acuerdo con Nico. Estamos en las afueras de Málaga. No creo que le importemos a nadie.
- En fin, era solo por poner todos los peros posibles. Vámonos -Juan se volvió y marchó hacia el portón de hierro destrozado.
- A todo esto, estaba yo pensando… -dijo Miguel.
- Toda una noticia -ironizó Ani.
- … que no creo que sea muy buena idea -continuó él, obviando el comentario- lo de ir a casa, avisar de lo del Cabeza, que venga aquí una ambulancia… Demasiado lío. Podemos llevarlo al hospital en un salto. Cuando pensamos todo esto Manos Largas estaba más malo que una perra recién parida, pero ahora que se ha repuesto digo yo que lo podemos ayudar nosotros tres, y nos ahorramos un rato grande. Y se lo ahorramos al Cabeza, que cuanto más tiempo pase peor se va a poner.
- Mira tú que creo que tienes razón -dijo Nico-, porque yo le he hecho una cura de urgencia, pero la cosa no pinta bien con la brecha que tiene en la frente, y en la pierna, y un brazo roto, y no sé qué más. Os voy a decir algo: me parecíais chavales de lo más raro, pero esto de matar bichos llenos de cables está haciendo que me caigáis mejor.
- Entonces vamos a por el Cabeza -concluyó Luis-, lo dejamos en Urgencias del Carlos Haya, volvemos, nos despedimos de la familia y nos largamos por el túnel ese.
- ¿Despedirse de la familia? Demasiado tiempo. Mejor nos vamos directamente -contestó Ani.
- Vete tú directamente -le replicó Luis-. Yo tengo solamente a mi madre y a mi hermana, que todavía casi no sabe hablar. Y si crees que me voy a ir, sin decir adiós, a no sé qué revolución de dentro de no sé cuántos años en la que me pueden freír con cien rayos como esos que hemos visto, estás lista.
- Reconócelo, Ani: no le ha sobrado ni una coma -añadió Lucía-. Y tú también te deberías despedir de los tuyos.
Ani miró a Juan y bajó la cabeza.
- Vale. Qué remedio. Primer punto. ¿Manos Largas?
-Mala idea -dijo Manos Largas, con los ojos entrecerrados-. No comprendo gente aquí. Así debe pasar, pero despedida… Cabeza… Esperan…
- Mmmmmmh... Estás diciendo cosas sin sentido, tío -dijo Miguel-. ¿Vas a ayudar a llevar al enfermo, o no?
- Sí. ¿Lugar sin gente cerca del hospital? -preguntó la Sombra, mirando al suelo.
- ¿Has visto? Ya se te va soltando algo más la lengua -reconoció Juan-. Veamos… Es fácil. Hay varios solares cerca del hospital. Así que podéis dar unas vueltas alrededor con esa velocidad supersónica que tenéis. Elegís un sitio, aterrizáis, y desde allí lleváis al pobre del Cabeza como podáis hasta la puerta de Urgencias. No es tan difícil.
- Hale. Es verdad eso que dicen de que dos cabezas piensan mejor que una -dijo Luis-. Pues venga, ¿a qué estamos esperando?

El grupo de amigos se metió en la fábrica como un solo hombre, llegó hasta la habitación y preparó a Francisco, que se quejaba sin estar consciente, para el viaje, atándolo con cuerdas a un palé de madera.
- Creo que es imposible que se desintegre o algo así -observó Juan, comprobando la seguridad de las ataduras.
- Oye, ¿no habéis visto esa peli en la que un científico se mete en un aparato para viajar de forma instantánea a otro sitio, y se cuela una mosca con él, y se lía parda? -preguntó Nico- ¿Qué pasa si el Cabeza se mezcla con el palé, o con uno de vosotros, o yo qué sé?
- Joder, no seas cenizo, Nico -dijo Lucía.
- No funciona así lo de Manos Largas. No vamos de un sitio a otro en plan Pumuki, aquí me hago invisible y allí aparezco con un tatachán, sino que viajamos tan rápido que no se nos ve -dijo Luis-: como en El gran héroe americano, volando y todo, pero distinto. Aunque yo, si te digo la verdad, tampoco lo comprendo del todo. Una locura.
- Ah, vale. Lo de la velocidad supersónica. Yo qué sé, tío, es la primera vez que veo gente que se esfuma de esta manera -respondió Nico.
- Y esperemos que la última -añadió Juan.
- Pues sí. Esperemos -dijo Miguel-. ¿Listos?
Ani, Luis, Miguel y Manos Largas cogieron el palé a hombros, ayudados por los demás, que luego se retiraron.
- Cómo pesa el cabrón -se quejó Miguel.
- En fin. Una, dos y tres -contó Ani.
Y desaparecieron.
_________

Una brisa circular barrió el solar de tierra, vacío y abandonado. Las hierbas que crecían aquí y allá danzaron tenuemente. Al momento se escucharon unas voces:
- ¡No sueltes todavía! ¡Todavía no!
- ¡No puedo más! ¡El hombro me va a reventar!
- ¡Tres! ¡Abajo!
Aparecieron los cuatro portadores, que dejaron caer a Francisco amarrado al palé.
- ¡Madre mía! ¿Le hemos hecho daño? -preguntó Ani, mirando al joven, que seguía con los ojos cerrados.
- Yo creo que está igual que estaba -contestó Miguel.
- Vale. ¿Y ahora, qué hacemos? Menos mal que no había nadie en el solar. Hubiera sido un espectáculo -dijo Luis.
- ¡Un momento! -exclamó Ani- Si le decimos a un médico que se ha caído con la moto, ¿dónde está la moto? No hay moto, no hay historia. Qué fallo, ¿no?
- Esperad -dijo Manos Largas. Desapareció y, poco tiempo después, se volvió a hacer presente junto a una parte de la motocicleta de Francisco-. ¿Mejor?
- Un máquina -respondió Miguel, sonriendo.
- Y ahora -sugirió Luis-, digo yo que habrá que llevarlo hasta la puerta de Urgencias…
- Sí, claro. Nos hemos visto negros para cargarlo entre los cuatro, y ahora vamos a ir los tres solos hasta allí -protestó Miguel-. A no ser que quieras que Manos Largas nos acompañe, pero esa idea es peor todavía: “hola, aquí traemos a un enfermo. ¿Quién es, el de gris? Tiene muy mala cara. No, el de gris es un amigo del futuro”.
- Vale. ¿Y qué quieres que hagamos? -dijo Ani, cruzándose de brazos.
- ¿Dónde… dónde estoy? -Francisco acababa de abrir los ojos. Habló con voz de ultratumba.
- Este… Te has pegado un porrazo horroroso con la moto, Cabeza -le dijo Miguel-. Te hemos encontrado cerca, y te hemos traído hasta aquí como hemos podido… Amarrado a un palé. Creo que tienes partidos unos pocos huesos. ¿Qué es lo último que recuerdas?
- No sé… No recuerdo nada… -contestó Francisco.
- Bien entonces -susurró Luis a los otros-. Manos Largas, ponte donde no te vea, por favor.
Manos Largas se fue caminando despacio a la esquina del solar más alejada.
- Esto… -empezó a proponer Miguel- El hospital está aquí cerca.
- ¿Y qué hacéis vosotros tres aquí? ¿Ahora... me junto con vosotros? -preguntó Francisco, sorprendido.
- No, solamente pasábamos por aquí. Ha sido todo… pura chorra -le dijo Ani.
- A lo que iba -siguió Miguel-: lo mejor será que llamemos a tus padres para que vengan y se hagan cargo de ti, si quieres. Que uno llame, y los demás vamos al hospital y pedimos una ambulancia para que se llegue y te recoja. La moto, por cierto, está hecha mistos.
- ¡No! Me harán pruebas. No llaméis a mis padres... -dijo Francisco, levantando la cabeza y gritando después de dolor.
- Pues no lo entiendo, Cabeza. ¿A quién llamamos entonces? -preguntó Miguel, extrañado.
- En el pantalón tengo suelto… Llamad al hospital…  Decid mi nombre... que vengan a recogerme. Que mis padres no se enteren.
- No lo entiendo, de verdad. ¿Qué pasa? -dijo Ani, metiendo las manos en los bolsillos traseros del pantalón.
- A vosotros os da igual. Llamad, y fuera -dijo Francisco entre lamentos.
Entonces Ani levantó la manga del brazo sano del jersey del joven y, echando una ojeada, dijo a los demás:
- Lo sabía. No sé por qué, pero lo sabía. Caballo.
- ¿Qué? -preguntaron sus dos amigos, desconcertados.
- Que se mete heroína. Que está enganchado. Y si llamamos a sus padres, y después resulta que le hacen pruebas, que se las van a hacer, lo mismo su secretito se va a la mierda. Aunque es una tontería, porque de todos modos sus padres se van a enterar.
- Vaya ruina tenemos, joder -se lamentó Miguel-. Está el barrio como para confiar en cualquiera. ¡El Cabeza, enganchado!
- No se os ocurra decir una mierda -dijo Francisco, que seguía bien atado-. Llamad... No aguanto los dolores...
- No te preocupes. Ahí te quedas. Pero cuando todo esto pase, ya hablaremos. ¿Mi hermano también se mete? -le preguntó Ani.
- No. Tu hermano... no sabe nada. No le digas nada... Es un buen colega -contestó Francisco.
- Yo no se lo digo si tú te olvidas de que nos has visto aquí esta noche, y de esta conversación que hemos tenido. ¿Hay trato? -dijo ella, apuntándole con un dedo.
- Mierda de niñata… -masculló Francisco- Vale, hay trato.
- Bueno, ahí te quedas. Te cojo diez duros del bolsillo -dijo Luis, metiéndole la mano y sacando dos monedas.
- ¡No me dejéis aquí atado! -protestó el joven.
- No te preocupes. Manos Largas te desata -le dijo de mala gana Ani-. ¡Manos Largas, ven, corta las cuerdas, por favor!
La Sombra se acercó, sacó las garras y cortó. Francisco lo miró aterrorizado.
- ¿Pero... qué coño... es eso?
- Eso no existe -le susurró Miguel-. Es el mono, que te hace ver cosas raras. Mamón.


Se volvieron y lo dejaron allí. Cogieron el pedazo de moto y lo tiraron a la entrada del solar. Después llamaron a la ambulancia desde una cabina cercana, e informaron de su nombre, del lugar, de que había tenido un accidente, de que parecía estar drogado, y de que estaba solo. Colgaron y volvieron con los demás, que iban saliendo de la fábrica camino del barrio.
- Ahí os hemos dejado mi Vespino y un par de bicis -dijo Juan-. A este paso la gente va a decir que la moto es tuya, Ani. Y eso que llevo prestándotela solamente un par de meses. Estás tú muy suelta…
- Madre mía, qué bochornazo se ha levantado -dijo Nico, secándose el sudor-. A estas horas del día, a estas alturas del año, y debemos estar a más de veinte grados. Esto no es normal.
- Hombre -le respondió Lucía, largándole un tortazo en el culo-, teniendo en cuenta que vamos caminando con tres chavales que aparecen y desaparecen con un monstruo negruzco de ojos amarillos y garras retráctiles, y que acabamos de destrozar a once loquesean que han llegado desde el futuro en coches que flotan, a mí lo del bochorno es lo que menos me preocupa, niño. Aunque sí, hace calor.
- En fin, a ver si no nos entretenemos mucho en las despedidas ni nos ponemos muy tiernos -recordó Luis-, que hay que acabar con esto antes de que termine el día. Mañana tenemos instituto, y pasado hay que entregar un trabajo de Ciencias Naturales, por si se os había olvidado.
- Joder, tío. Eres un cortarrollos -le dijo Miguel-. Además, ¿a quién le importa ahora el trabajo, con lo que hemos vivido? ¿No os dais cuenta de que puede que hayamos salvado a la humanidad?
- Bueno, tampoco te pases, ¿sabes? -le corrigió Juan- Digamos que hemos hecho algo por el barrio, que ya está bastante jodido de por sí como para que vengan unos cabrones del futuro a terminarlo de joder. Y encima nos tenemos que quedar el secreto para nosotros solos, mira tú qué gracia. Nadie se va a enterar nunca de esto. Qué triste, ¿no?
- Por cierto: el Cabeza se ha despertado antes de que nos vengamos. No se acuerda de nada de lo que ha pasado, así que le hemos largado un rollo de un accidente que ha tenido -dijo Luis, mirando a Ani y haciéndole un gesto de “hasta ahí puedo contar”. Ani asintió.
- En fin. Esperemos que no se quede descoyuntado -dijo Nico, tocándose la herida quemada-. Yo voy a ir también a Urgencias, porque estoy que rabio con el hombro, de verdad te lo digo.
- Bueno, ya estamos llegando al barrio. Aquí te quedas, Manos Largas. En un ratito estamos de vuelta: comer algo, decir adiós y ya está. -dijo Ani, frenando y volviendo la cabeza.
- Vale. Espero detrás esa pared. No lleguéis tarde -respondió Manos Largas, bajando de un salto.
- No podemos llegar tarde. Ni temprano, ¿no? -dijo Luis.
- Eso. Espero -se corrigió la Sombra.
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En casa de Juan y Ani todo estaba tranquilo. Mercedes acababa de terminar de dejar la cocina arreglada, y se había quedado adormilada en su sillón. Juan, el padre, roncaba frente al televisor. Pablo estaba en su cuarto.
Los dos hermanos entraron sin hacer ruido. Llegaron hasta la cocina y se echaron un par de vasos de agua. La madre despertó de repente.
- ¡Pero bueno, qué horas son estas de venir! -exclamó- Os esperábamos para comer.
- Ya. Se nos ha hecho tarde -acertó a decir Juan-. Nos hemos puesto a hablar y ya sabes…
- ¿Habéis estado juntos por ahí? Eso está bien: que se note que sois hermanos. ¿Y dónde? Porque venís que da asco veros.
- Sí, se nos ocurrió dar una vuelta con el Nico, el Figura, la Lucía… Y nos hemos divertido mucho, la verdad -dijo Juan, sonriendo.
- Pues yo estaba preocupada. Han venido unos testigos de Jehová muy raros preguntando cosas de lo más estrafalario, la verdad. Prácticamente los he tenido que echar.
- Sí, nos hemos encontrado con ellos. Pero ya se iban. Y, por la cara que llevaban, no creo que vuelvan nunca más -saltó Ani, también con una sonrisa.
- Ahí en la olla os he dejado un poco de cazuela de fideos. Y al lado tenéis unos filetitos. Todavía debe estar caliente.
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- ¿Y dices que te vas otra vez? Pero bueno, niño, date una ducha, que hay que ver cómo vienes -dijo Susana a Luis mientras este se comía a grandes cucharadas un plato de lentejas.
- Es que todavía no hemos terminado el trabajito ese del que te hablé, el de Ciencias. Es un coñazo -masculló Luis, mientras masticaba.
- ¡Niño, esa boca tan puerca! En fin, llévate algo para cenar. Porque seguro que no vienes a cenar, ¿verdad?
- Vale. No creo que llegue, no.
- Menos mal que vas con Ani, que es una niña responsable. Porque hay por ahí mucho maleante suelto. Está la cosa cada vez peor. Y este calor casi a finales del año…
- Bueno, mamá, ya he terminado. Que cojo algo por ahí y salgo pitando. Si llego pronto, nos vemos luego. Si no, mañana. ¡Me llevo la bici! ¿Está Marina durmiendo la siesta?
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- Y eso, mamá: que te quiero -dijo Miguel a su madre.
- ¿Y eso ahora? ¿Qué quieres, dinero? -le preguntó Juana, con los brazos en jarras.
- Qué cosas tienes, mamá. Yo qué sé, se me ha ocurrido.
- No, si lo que me sorprende es que me lo digas. Os vais al instituto y os olvidáis de todo, como si una ya no existiera. Estos mocitos…
- Bueno, mamá, que tengo que irme. ¡Nos vemos!
- ¿Vas con Ani y Luis, no?
- Sí, vamos los tres. Ya te lo he dicho: a estudiar.
- Todo el día estudiando. ¡Qué fin de semana lleváis! ¡Descansad un poco, niño!
- Ya nos falta casi nada. Bueno, lo dicho: ¡hasta luego!
- Hasta luego, hijo mío. ¡Y no hagas tonterías!
- No te prometo nada -se despidió Miguel.
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A las seis y media los tres jovencitos estaban reunidos a la salida del barrio, justo donde habían dejado a Manos Largas. Allí estaba él, y también Lucía. Juan había ido a acompañar a su hermana, que esta vez iba montada en su bicicleta de paseo.
- Bueno, niña, ten cuidado. Si ves algo chungo, huye -le decía Juan.
- Ya sabes que no voy a salir corriendo. Yo no soy de esas -le respondió Ani.
- Ya lo sé. Pero qué quieres que te diga tu hermano mayor: pues eso. En fin, no me pienso acostar hasta que vuelvas.
- Hacía tiempo que no nos lo pasábamos tan bien juntos, ¿verdad? -le dijo, guiñándole un ojo, Ani- En fin, ya sabes que te quiero, aunque cuando me enfado es porque tengo razón.
- Venga, hay que tirar -dijo Miguel-. ¿Todo listo? Esta vez no llevamos nada para pelear, ¿no? Ya encontraremos algo por allí que nos sirva.
- Para pelear no, pero yo traigo medio pan cateto, morcilla y chicharrones -dijo Luis-. Por si nos da hambre y la comida del futuro sabe a rayos mohosos. Y dos linternas, que sabe Dios si tendrán luz.
- Estás en todo, Figura. Bueno, ¡nos vemos! ¿Cómo está Nico, Lucía?
- Se ha ido para el hospital. Quemado, pero no creo que sea nada grave. ¡Ánimo! ¡Hasta luego!
Los cuatro desaparecieron, como siempre, en el aire, entre remolinos.

Aterrizaron frente a la entrada del túnel. El interior estaba negro como la boca de un lobo.
- Cuando volvamos vamos a echar de menos esto de ir de un lado a otro en un abrir y cerrar de ojos -dijo Ani-. Se está convirtiendo en una costumbre. ¡Y ya ni nos mareamos ni nada: yo he venido hasta dándole a los pedales!
- Este agujero no debería estar así -Luis tiró la bici a un lado y señaló con mucha seriedad hacia dentro-. El túnel es recto. Se supone que al otro lado hay luz. Y todavía no es noche cerrada.
- Malo. Problemas -avisó Manos Largas.
Escondieron las bicicletas entre los matorrales de los márgenes del camino. Entraron y encendieron las linternas. El interior estaba lleno de polvo. Hacia la mitad del túnel una parte de la pared se había caído, y el paso estaba cortado. Bajo los pedazos de roca se veían los restos del automóvil de Nyma.
- Mira qué gracioso el putón verbenero ese: antes de irse nos ha dejado un regalito. Ha reventado el túnel -dijo Ani-. ¿Y ahora, qué?
- Aire aquí. Ayuda -Manos Largas señaló un punto concreto del amasijo de piedras.
- Pero vamos a ver: podemos, no sé, entrar por la otra punta del túnel y alcanzar el agujero ese, ¿no? Digo yo que estará en la parte de allá -sugirió Miguel.
- No. Agujero no está en medio túnel. Túnel más pequeño, detrás piedras -intentó aclarar Manos Largas.
- Vale. Mi madre me trajo por aquí alguna vez, cuando era más pequeño. Creo recordar que del túnel principal salía otro -reflexionó Luis, dejando la mochila a un lado-, no sé, uno de esos túneles de servicio, para escapar por si el principal se bloqueaba. Y el agujero del tiempo… debe estar ahí. Pues vaya una gracia. Ahora hay que liarse a quitar piedras de en medio. Menos mal que me he traído los chicharrones.


Los cuatro se pusieron a sacar las rocas que bloqueaban el acceso a la abertura en el espacio-tiempo. Manos Largas lo hacía con facilidad: movía sus dedos con descomunal fuerza, agarraba grandes pedazos con sus garras y los lanzaba lejos por el túnel. Ani, Luis y Miguel hacían lo que podían, retirando piedras más pequeñas. En menos de una hora habían abierto un agujero de poco más de medio metro de diámetro en lo más alto de la entrada al túnel de servicio.
- Yo paso. Si se puede, os traigo -dijo Manos Largas.
Como si fuera una lagartija metió las manos por el boquete, luego la cabeza, después desapareció entero. Nada se escuchaba al otro lado, así que, a los pocos segundos, Miguel alzó la voz:
- ¿Cómo está la cosa por ahí? ¿Hay sitio?
Nadie contestó, pero Miguel se desvaneció en el aire. Más allá se escuchó su queja:
- ¡Tío, no me pegues esos sustos, avisa!
- Era broma -contestó Manos Largas.
- ¡Ya ha aprendido hasta a hacer bromas, gente! -gritó Miguel, entre risas- ¡Este monstruo es más peligroso de lo que creíamos!
Poco después desaparecieron también Luis y Ani, y pasaron al lado de dentro.
- Fijaos en esto. Parece un espejo. Qué raro… -dijo Miguel, mirando fijamente una superficie negra que reflejaba su imagen, y que ocupaba por completo el ancho del túnel. Sopló, y la extraña pared se onduló levemente- ¿Por ahí tenemos que pasar, Manos Largas?
- Por ahí. Cosquillas. Después ciego. Pero al otro lado normal -explicó la Sombra.
- A mí lo de las cosquillas me parece bien, pero lo de “después ciego” no me termina de convencer -dijo Luis-. Vamos, que estoy acojonado.
- En fin, por aquí ha pasado la agente Nyma -susurró Miguel-, así que hay que cruzar queramos o no, porque si nos quedamos a este lado y ella vuelve no va a venir con un cochecito, sino con tanques o lo que tengan en el futuro que hay justo ahí enfrente.
- Lo mejor es que nos cojamos de las manos, contemos hasta tres y saltemos -propuso Ani-, porque, si no, no nos vamos a decidir nunca.
- ¡Un momento! -dijo Luis, dándose con la palma de la mano en la frente- Me tienes que llevar ahí fuera un segundo, Manos Largas.
- ¿Otra vez? ¿Y eso? -preguntó Miguel.
- ¡La mochila con la comida! ¡Se me ha quedado fuera!
- No se hable más entonces -le apoyó Ani-. Los chicharrones y la morcilla acompañados de pan cateto no son negociables. Adelante, Manos Largas. Todo tuyo.
Desapareció el pelirrojo del grupo, y reapareció al poco, mochila en mano.
- No se pueden malgastar estos manjares así como así -dijo, colocándose el macuto a la espalda.
- Ahora sí, equipo -sentenció, con el rostro muy serio, Ani, agarrando a Manos Largas y a Luis, mientras este hacía lo propio con Miguel-: ¡tres!


Y saltaron al espejo negro que les esperaba enfrente. Como había advertido la Sombra, al principio sintieron un cosquilleo por todo el cuerpo. Luego entraron en una especie de vórtice de coloridas líneas difusas y vieron cómo los demás y ellos mismos se alargaban en espiral, hasta que la vista se les nubló y se vieron empujados a un abismo ciego. Entonces escucharon llegar desde delante un griterío lejano y confuso, “como si alguien le hubiera dado al botón de reproducción lenta en un aparato de vídeo”, recordó días después Luis, hasta que, mientras al fondo aparecía un halo de luz que iba agrandándose, cayeron en la cuenta de que aquellos eran sus propios aullidos de terror aún sin proferir. Saltaron fuera del agujero acompañados por ellos, como si hubieran recuperado la voz de repente, y cayeron dando vueltas contra una superficie dura y fría. Todo les daba vueltas. Miguel se acurrucó sobre sí mismo sin dejar de gritar. Al poco tiempo, Manos Largas le tocó en un hombro. El chaval abrió los ojos.


De pie ante ellos se encontraban cuatro jóvenes armados y serios, dos hombres y dos mujeres, con atuendos de lo más diverso: pantalones tejanos o de paño, jerseys o camisas oscuras o coloridas, pañuelos al cuello o gorras en la cabeza.
- Buenas tardes -dijo uno de ellos, negro de piel y ancho de espaldas-. Frederick, para serviros. Lo primero de todo: tenéis que recordar esta fecha. Es imprescindible. Doce de noviembre del dos mil sesenta, a las diecinueve y siete minutos. ¿Está claro?
- ¿Perdón? ¿Quiénes sois? ¿Dónde estamos? -preguntó, todavía tumbado en el suelo, tocándose con las manos la cabeza y el pecho para ver si todo seguía en su sitio, Luis.
- Somos los buenos. Estáis en el futuro. Y os he dicho que tenéis que recordar este día como el más importante de vuestras vidas: el doce de noviembre del dos mil sesenta, a las diecinueve y siete minutos. Seguidnos. Túnel de la izquierda.

 

 

 

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