6. Regreso a la historia

13/11/2016

 

 


- Míralo por el lado bueno -decía Luis mientras procuraba seguir a buen paso el ritmo de los cuatro jóvenes que iban delante atravesando una larga galería de un material blanquecino iluminado débilmente-: mejor ellos que la Bruja Avería.
- Oye, pues a mí me hacía gracia la Bruja Avería, con su “¡Viva el Mal, viva el Capital!”.
8 Me gustaba más que el Hada Vídeo -le respondió Miguel-. Yo creo que la agente Nyma es mala como el Hada Vídeo, pero mucho más fea.
- A ver si nos dejamos de parloteo, que esta gente corre que se las pela -dijo Ani-. Nos han dicho que son los buenos, y Manos Largas no ha salido huyendo, ¿no?
- Son buenos -reafirmó la Sombra.
- Pues nada: a ver si la carrera termina pronto, que este monte no era tan grande antes de que saltáramos -protestó Luis, resoplando.


Llegaron a una pared oscura y cristalina que se levantó al paso de los jóvenes. Cruzaron todos y se volvió a cerrar. Estaban al aire libre. Ya había anochecido, y una densa niebla enrarecía el aire e impedía ver más allá de un tiro de piedra. El lugar era una pequeña explanada iluminada con un foco de luz azulada. Un vehículo, muy distinto a aquellos tres en los que habían viajado los agentes Spiner, los esperaba: este tenía cierto aire clásico, con aristas y esquinas, parachoques de brillo metálico, puertas con molduras negras y tiradores cromados, cristales transparentes, un volante redondo y ocho plazas con asientos de cuero.
- ¿Habéis visto? ¡La puerta de salida se ha abierto como en la peli de…! -exclamó Luis, pero se cortó en seco- Pues va a tener razón tu hermano, Ani: la humanidad tiene poca imaginación.
- Sí, mi hermano es un auténtico genio. Si no fuera tan así, nos llevaríamos mejor -le contestó Ani.
Uno de los cuatro jóvenes abrió atrás y los invitó a entrar. No se hicieron de rogar, ya que parecían tener cierta prisa, seguramente justificada, por salir de allí. Arrancaron rápidamente. En los seis asientos traseros iban Luis, Ani y Manos Largas y, justo enfrente, en medio de dos de ellos, Miguel. El primero en romper el silencio fue este último.
- Este también flota, ¿eh? -dijo, sin saber bien qué otra cosa soltar.
- Pues claro. ¿Cómo quieres que se mueva, si no? -dijo el joven de su izquierda.
- Jonathan, en el tiempo del que vienen esto no era lo normal -le replicó la de su derecha.
- Vaya. Es verdad. Sí, flota. A partir de los años treinta se empezaron a dejar de fabricar coches con rue… -dijo el joven.
- ¡Jonathan! ¡Recuerda lo que nos dijo el padre Guzmán! -gritó el copiloto, Frederick- ¡No podemos contar nada!
- ¿El padre Guzmán? -preguntó Ani- ¿Qué sois, gente de una parroquia? Madre mía, sí que han cambiado las cosas -le susurró a Luis.
- No te creas -le contestó, también susurrando, Luis-. ¿Tú no te acuerdas del padre Heras, que fue a cortar la carretera de Cártama con todo el barrio y los Civiles lo pillaron?
- El padre Guzmán es uno de nuestros líderes -dijo Jonathan-. Hemos venido a recogeros porque nos lo ha pedido él, pero debemos mantener la boca cerrada. No me preguntes por qué, porque, la verdad, no sabría explicártelo.
- Oye, esta niebla es rara por aquí, ¿no? -preguntó Miguel, señalando las afueras del coche.
- ¡Qué va! Desde que pasó aquello de… -comenzó a decir Jonathan.
- ¡Cállate! Maldito estúpido -masculló la joven de la derecha.
- Bueno, vale -replicó Jonathan-. Tampoco me parecía una cosa tan importante como para que no la puedan saber. Además, hace ya mucho tiempo que pasó aquello. Yo ni había nacido.
- ¡Pero ellos vienen desde hace setenta y un años justos! ¡Y eso pasó después! ¡Mucho después! -protestó la conductora, una pecosa de nariz pequeña y fina, con una melena ondulada de mechas en un extraño tono anaranjado oscuro, que le caía hasta los hombros.
- Vale, colegas -dijo Luis-. Veo que tenemos un problemilla: nosotros nos vamos a dedicar a preguntar el porqué de todo lo que pasa aquí, porque todo nos parece raro, y vosotros no nos podéis decir el porqué de lo que pasa aquí porque os han dicho que no. Para no liarnos, yo qué sé, ¿cómo os llamáis? Eso sí lo podéis decir, ¿no?
- Trini -contestó la conductora.
- Sandra -dijo la que estaba junto a Miguel, alta, rubia y muy seria.
- Yo ya os lo he dicho antes. Frederick -dijo el copiloto.
- Y el mío ya lo sabéis: yo soy Jonathan, para lo que haga falta -recordó este, un joven pequeño de estatura, canijo de complexión y sonriente.
- Pues nada, nuestros nombres os los habrán dicho ya, ¿no? -dijo Ani- El de la Sombra seguramente no. Le hemos puesto Manos Largas.
- Lo sabemos. Aquí también lo llamamos así -dijo Jonathan.
- Raro, ¿no? ¿Se os ha ocurrido el mismo nombre que le pusimos nosotros? -preguntó Miguel.
- Está claro, Lopo -le explicó Luis, inclinándose hacia él-: si nosotros lo llamábamos así hace setenta y un años y ellos sabían que vendríamos, saben cómo llamarlo porque debe haber alguna conexión entre nosotros y ellos.
- Joder, tío: esto es muy complicado para mí a estas horas y después del día que llevamos -respondió Miguel, encogiendo los hombros-. Me voy a echar una cabezadita. Estoy reventado, y me parece a mí que hasta que no veamos al cura bandolero que lleva esto nadie me va a aclarar un mojón.
- Estamos a punto de llegar -informó Trini.
- Vale. Pues dejo para después la cabezadita -se resignó Miguel.
- ¡Mirad qué cosa! -exclamó Luis, con la cabeza pegada a la ventana.
Ante ellos se extendía un enorme horizonte de luces formando la cúpula gigantesca de una gran ciudad, aunque desde aquella distancia y rodeados de la extraña neblina que los seguía acompañando solo podían imaginar su interior. Viraron hacia la izquierda y tomaron una pequeña carretera entre dos paredes del mismo extraño material liso que ya habían visto al salir de la brecha en el espacio-tiempo. Bajaron durante un par de minutos a endiablada velocidad, aunque dentro del habitáculo prácticamente no sentían el movimiento. Dieron varias curvas, entraron bajo tierra, salieron algunos kilómetros después, siempre descendiendo, y pararon el coche. Se abrieron las puertas.
- Bienvenidos a nuestra humilde morada. La rebelión de las Sombras os desea lo mejor -dijo Sandra, saliendo y colocándose muy recta y con la cabeza alzada.
- Gracias, bonita -le contestó Ani, sin muchas ganas de entablar amistad con aquella estirada joven-. Pero no hace falta tanta ceremonia. Veníamos aquí a reventar ese agujero de los cojones que nos ha dado un fin de semana que no se lo desea uno ni a su peor enemigo.
- Siempre igual -refunfuñó Trini, cerrando de un portazo la puerta del conductor-. En fin, vamos a ver al padre Gómez.
- Oye, esto es más raro de lo que me había imaginado, Manos Largas -le dijo Luis a la Sombra-. ¿Tú conocías a esta gente? ¿Habías visto todo esto antes? Qué tontería, claro que sí, tú eres de aquí. Aunque en verdad no nos habías dicho nada del padre Gómez ese y sus muchachos, que parece que han salido de Curro Jiménez, tío. Es, yo qué sé, como si hubiéramos venido a una de esas fiestas en las que el recién llegado lleva un monigote en la espalda y todo el mundo lo sabe y nadie le dice nada.
- Es… complicado -le respondió Manos Largas, agachando la cabeza.
- Vale. Entonces tú también sabes algo que no puedes contarnos. Supongo que ya lo sabías allí, en nuestra época. Pues muy bien. Perfecto -dijo, rascándose el cuello, cada vez más contrariada, Ani.

El lugar al que llegaron era un cálido barrio de casas matas, todas construidas a partir del mismo material, pero de distintos colores y con diferentes iluminaciones.
- ¡Coño, por lo menos esto se parece algo a aquello! -exclamó Miguel.
Entraron en la casa que había junto al coche. La puerta se abrió hacia abajo.
- Mira tú. Una novedad de verdad en el futuro -dijo Luis.
Atravesaron el vestíbulo y el pasillo de entrada, y llegaron al salón. Allí, en un butacón, estaba sentado un anciano de abundante barba con un sombrero de piel, una chaqueta de paño y pantalones vaqueros. Tenía cara de bonachón, y mirada inteligente y pacífica.
- ¡Bienvenidos, queridos niños! Sentaos si queréis. Por favor, Trini, prepara las cosas para la cena. La comida está en lo alto del poyo de la cocina. ¡Gracias!
Trini asintió con la cabeza y salió por la puerta del fondo. Los otros tres jóvenes saludaron con la mano y se fueron. Manos Largas y los tres niños se sentaron en el sillón y el sofá que quedaban libres, esperando respuestas.
- Yo soy el padre Guzmán, para servir a Dios y a vosotros. Perdonad todo eso del silencio y de no poder responder a preguntas, pero comprended que es mejor que no sepáis qué ha pasado desde vuestra época hasta ahora.
- ¿Y eso por qué? -preguntó, visiblemente enfadada, Ani.
- Porque sería muy cruel que tuvierais que vivir toda la vida esperando que llegaran cosas que no vais a poder evitar. Este mundo que veis está como está por… en fin, todo lo que ha pasado desde hace mucho tiempo, y lo último que conocéis, si la memoria no me falla y la enciclopedia que tenemos no miente, es que acaba de caer el muro de Berlín, ¿verdad?
- Un pelotazo, el jueves -dijo Miguel-. Hace un par de días se lo contaba a esta gente. Dice mi padre que eso lo cambia todo. No sé yo bien a qué se refería, pero él está que no cabe.
- Pues sí, eso lo cambiará todo para vosotros, y lo cambió todo para nosotros. Pero imaginaos... no sé, esto me lo estoy inventando ahora… que en el año dos mil diez a algún tonto le da por tirar una bomba atómica en mitad de Nueva York y se lía una guerra total, y que esto que estamos viviendo es consecuencia de aquella guerra. Sería verdaderamente horrible que tuvierais que vivir hasta ese año sabiendo lo que iba a pasar, que no pudierais impedirlo, y que después sufrierais todas las consecuencias sin tampoco poder hacer nada.
- Ahí no le podemos llevar la contraria, quilla -le dijo Luis a Ani. Esta asintió, con las cejas aún enarcadas-. Pero claro, eso que ha contado no ha pasado aquí, ¿no? Quiero decir que en el dos mil diez nadie tirará una bomba atómica en Nueva York, ¿verdad?
- Te he dicho que me lo acabo de inventar, chaval. Y no me gusta mentir -le respondió el cura anciano.
- Pues mira, mucho mejor así -dijo Ani, algo menos tensa-. De todas formas, vamos a ver: estamos aquí porque hay que evitar que una hija de puta de nombre Nyma, que supongo que ha llegado ya al lugar donde estarán sus amigos de pelo blanco, entre otra vez por el boquete que abrió Manos Largas y arrase nuestro barrio. Eso está claro, ¿no?
- Está clarísimo. De hecho, aunque no os voy a explicar por qué, os estábamos esperando, como habéis visto. Lo que no hemos podido ver es la entrada de la agente Nyma: seguramente ha llegado antes que nosotros. Pero eso tampoco importa mucho: quizás era bueno que pasara. La vida es un misterio. Lo que sí está claro es que sabemos para qué estáis aquí, y hemos preparado bien lo que tenemos que hacer, creedme; pero hasta dentro de unas horas no podemos dar el golpe. Hemos dejado gente apostada en la entrada del agujero, por si pasa cualquier cosa, así que no os preocupéis: podéis relajaros un poquito. Me gustaría que conocierais a unos amigos, y tendréis que comer algo, que seguramente nos espere una noche movida.
- Yo me he traído chacina y pan del bueno -dijo Luis-. Porque si la comida de aquí es tan de plástico como las carreteras y las paredes de las casas, paso.
- ¿Plástico? ¡Qué ocurrencia, niño! El plástico se dejó de fabricar hace tiempo. Esto es… otra cosa.
- Que no nos va usted a explicar -respondió Ani-. Bueno, pero parece plástico. Total: a ver qué viene de comida, y ya veremos.
- ¡Ja! Todo un carácter, padre Gómez -dijo Trini, que entraba y salía del comedor con la vajilla y los cubiertos,  con una sonrisa de oreja a oreja en la cara.
- Tú a lo tuyo, jovencita. Esta gente de hoy no respeta ya a nadie -respondió el cura, mirándola fijamente-. A lo que íbamos: contadme algo de vuestro tiempo, por favor. Cuando los niños podían jugar en la calle, y la gente se saludaba y se respetaba, y no estaba todo tan controlado, y se vivía más...
- Pues verá -se puso a decir Miguel-: no se vaya usted a creer que allí se vive de jijí jajá y la gente va dando saltitos de alegría por las calles. Está todo mucho más viejo que aquí, aunque el tiempo es mejor, la verdad. Las fábricas están cerrando, y cada vez hay más paro. Mi padre está trabajando en Intelhorce, la textil, pero cada dos por tres tenemos que cortar la carretera porque quieren echar gente. ¡Un día incluso invadimos el ayuntamiento y todo! Y… ¿Pero qué es eso? ¿Una pantalla que sale ahí por toda la cara? -exclamó, señalando una especie de cristal que había aparecido justo detrás del anciano y mostraba unas letras de arranque de algún sistema operativo desconocido con el dibujo de una circunferencia anaranjada dividida en tres partes con tres tonos distintos, y tres pequeños círculos en cada una de estas tres franjas que rotaban sobre sí mismos.
- Pues no, hijo. No es ninguna pantalla -dijo el anciano, mirando hacia atrás-. Eso de las pantallas también está pasando a la historia. En fin, no se puede esconder todo. Esto es… como una pantalla, pero sin pantalla. Es… aire que muestra imágenes, más o menos.
- Joder, macho. Y yo flipando con mi Spectrum -se quejó Luis.


Al otro lado apareció la cara seria de un hombre de frente amplia, pelo castaño repeinado hacia atrás y nariz chata, que miraba fijamente hacia delante con los ojos entornados.
- ¡Vuélvete, que te veo el cogote! -gritó.
- Vooooy, José, ya voy -dijo el padre Gómez, dándose la vuelta tranquilamente.
- ¿Han llegado ya? -preguntó el hombre.
- Aquí están -respondió el padre Gómez.
- Pues nada, vamos para allá. ¡Dejad algo, que tenemos hambre! -dijo José, y apagó la pantalla.
- ¡Increíble! -exclamó Luis, silbando.
- ¿Increíble? ¿Qué? -preguntó el anciano.
- Pues eso, lo de la pantalla sin pantalla -contestó Luis.
- Ah, eso. Ya ves. Cuando la inventen, te podrás reír y decir: “¡Yo ya he visto una!”.
- Desde luego. Qué bueno -respondió distraídamente Luis, todavía mirando hacia el lugar donde había aparecido el hombre.
- En fin: ya está preparada la comida -dijo el sacerdote, dándose una palmada en las piernas, cogiendo su bastón y poniéndose en pie con esfuerzo-. Vamos a sentarnos a la mesa, que José y los demás tienen que estar al llegar. Por cierto, Manos Largas: hay ropa limpia y sin rajas en el primer cuarto de la derecha, justo por este pasillo. Si quieres, puedes cambiarte.
- Gra… cias -dijo Manos Largas, y se metió en el dormitorio.
- Pobrecillo. Seguramente es el que más ha sufrido: se fue hace muchos días. Unos amigos nos hablaron de él, nos pusieron en contacto y tuvimos algunas conversaciones, pero con todo lo de la explosión y el agujero no dio tiempo a más. Y ahora es un mito: un grupo de Sombras se ha rebelado contra la empresa militar que los ha creado. Están escondidos, esperando que vuelva el que los animó a resistir, “el gran Manos Largas”.
- Pues ya verá usted la sorpresa, padre. El pobre no tiene ni idea -dijo Ani- o, si la tiene, no nos ha dicho nada: es un monstruo guardando secretos. En el buen sentido de la palabra, claro. Por cierto, tengo un par de preguntas: el nombre me lo inventé yo. ¿Cómo es que todo el mundo lo llama así aquí? Y otra: ¿en serio ha montado usted una rebelión? Raro siendo cura, ¿no?
- Verás: respecto a la primera pregunta -le contestó el anciano tranquilamente, mientras se sentaban a la gran mesa que había en la parte derecha del salón, al otro lado del pasillo de entrada-, ya sé que a ti te parece que han pasado solo dos o tres días desde que se te ocurrió ponerle ese nombre. Pero hace muchísimos años de aquello, y lo que hiciste entonces no se ha olvidado. ¿Qué digo? La gente por aquí os recuerda: también sois una especie de mito para muchos jóvenes, y no tan jóvenes. Habéis sido muy valientes, y gracias a lo que acabáis de hacer este fin de semana, que para nosotros pasó hace tantísimo tiempo, hoy estamos aquí sentados. Respecto a la segunda cosa…

De repente llegó una ensordecedora música desde la calle:

 

“...Y nos limitamos a comer
lo que otros han guisado.
Y no sé si estamos preparados
para todo lo que vendrá...”
.
9


Un coche paró en seco, y se cortó la canción.
- Creo que ahí llegan -dijo el anciano.
- ¿Eran los Cero? ¡Eran los Cero! -exclamó Ani.
- Seguramente. A estos jóvenes les ha dado ahora por la música clásica -respondió irónicamente el padre Gómez.
- Pues nunca había escuchado esa canción -dijo, arrugando la nariz, Ani.
- Eso va a ser porque en nuestro tiempo todavía no la habían sacado -dijo Luis-. ¡Vas a ser la primera, tú! Qué grande. Se lo cuenta uno a cualquiera y dice que nos hemos vuelto majaretas.
- Normal. Yo no pienso contárselo a cualquiera -concluyó Miguel.

Se escuchó la puerta de entrada, y aparecieron en el salón dos ancianos, dos adultos y un joven. José venía enfundado en una chaqueta de cuero. Cuando vio a los tres adolescentes, lanzó un estentóreo grito de alegría.
- ¡Aaaaaaaay qué bien, las ganas que tenía de veros, niños! ¡Anda, un abrazo! -exclamó, abriendo los brazos.
Los tres amigos se quedaron pasmados, sin saber qué hacer. Manos Largas salió del cuarto, vestido de limpio, y cerró la puerta. La mujer china que venía justo detrás de José lo miró y exclamó:
- ¡Madre mía, Manos Largas! ¡Ven aquí!
La Sombra se aproximó tímidamente, y la mujer le dio un abrazo y un par de besos en la frente. Entonces los tres chavales se levantaron y se acercaron, y el hombre y la mujer hicieron otro tanto con cada uno de ellos.
- Hijos, tenía muchas ganas de veros -dijo la mujer-. ¿Cómo estáis? ¿Ha ido todo bien por allí, por los ochenta?
- Sí, claro. ¿Y ustedes nos conocen de… qué? -preguntó Miguel, entrecerrando los ojos.
- Aquí entre nosotros sois famosísimos -contestó José-. ¡Preguntadle a cualquiera! Pero sentaos, sentaos, que se enfría la comida. Ya hablamos mientras movemos el bigote, ¿verdad, padre Gómez?
- Verdad, verdad. A cenar, que no sabemos cuándo habrá que ponerse en marcha. Os presento: María, Ernesto, Akame y Paco.
 Los dos ancianos eran Paco y María. Ella, una mujer flaca de pelo grisáceo y ojos grandes flanqueados por hondas arrugas, caminaba a paso ligero. Paco era grueso, calvo y gruñón. En cuanto a Ernesto, el joven, estaba rapado al cero y venía fumando un cigarrillo, que apagó en un cenicero que había encima de la mesa de detrás del sillón del padre Gómez.
Se saludaron todos cariñosamente, los chavales todavía sin haberse acostumbrado a tanta efusividad, y se sentaron.
- ¡Cosas normales! -exclamó Luis, señalando lo que había encima de la mesa- Yo había creído siempre que la comida en el futuro sería rara, yo qué sé, a base de pastillas o algo así. Pero aquí hay papas fritas con pimientos, ensaladilla rusa, y hasta filetes empanados. ¡El futuro no es tan malo, Ani, Lopo!
- Bueno, la comida ha cambiado mucho desde vuestros días hasta hoy, no os vayáis a creer -dijo María-. Hay de todo. Pero no, no estamos a base de pastillas. Por lo menos aquí.
- Vamos a dar gracias, ¿os parece? -sugirió el padre Gómez. Asintieron- Una, dos y tres:
- ¡Gracias, Dios! -gritaron todos, y comenzaron. Los tres adolescentes no pudo evitar dar un respingo y después reír a carcajadas ante la ocurrencia de aquel extraño grupo tan diverso.
- ¡Una china hablando malagueño que te cagas de bien! -susurró Miguel a Ani- Otra cosa sorprendente, tía. Oiga usted, Ako… -dijo a Akame.
- Akame. Se llama Akame -le aclaró Ani.
- Eso, Akame. ¿Cómo es que está por aquí?
- ¿Qué? Porque soy de por aquí, hijo -contestó la mujer-. Vale: en tu tiempo los chinos todavía éramos gente rara que vivía nadie sabía dónde. Verás: mis abuelos llegaron a Málaga a principios de los ochenta. Mi madre ya nació aquí, conoció aquí a mi padre y yo… Bueno, yo soy más malagueña que el Cenachero.
Todos volvieron a reír ante la expresión de aquella mujer de cara fina, ojos rasgados y expresión bondadosa. La conversación se fue animando bocado a bocado.
- Una cosa -dijo Ani-. Todavía no ha contestado la segunda pregunta, padre Gómez.
- No me llames de usted, niña. Llámame… Gómez.
- En mi casa a la gente mayor siempre se le llama de usted -dijo Miguel-. Que se lo digan a mi abuelo: se me ocurre decirle de tú, y me gano un coscorrón seguro. Así que yo, pues eso. Dejando aparte que es cura, claro…
- Como quieras, niño -dijo el padre Gómez, sonriendo y encogiendo los hombros-. De todas formas, tampoco hace tanto tiempo que soy cura, ¿sabes?
- ¿Ah, no? -preguntó Ani.
- Soy lo que se suele decir una vocación tardía. Tenía ya sesenta años cuando me metí en esto. Y no fue una decisión que tomara yo solo, estuve mucho tiempo dándole vueltas después de… En fin, no viene al caso explicar ahora estas cosas -respondió el padre Gómez mientras se escuchaba una tos nerviosa de parte de algunos de sus vecinos-. Digamos que antes de cura fui fraile, je je.
- Sí, dejémoslo en eso -dijo Paco, muy serio-. Me alegro de que os guste la comida. Contesta, padre Gómez, que tienes a la zagala nerviosita. ¿Cuál era la pregunta, si puede saberse?
- Le estaba yo dando vueltas a cómo un cura había montado una rebelión con las Sombras -dijo Ani-. Pero viendo el personal que hay por aquí, no me extraña. Se os ve capaces de liarla gorda en cualquier momento, ¿eh?
- ¡Toma ya con la preguntita! Hale, adelante, padre Gómez. Conteste usted -Paco le dio un manotazo al cura en la espalda y sonrió exageradamente.
- Verás, Ani: hace tiempo que se sabía que la empresa que controla el ejército de esta zona estaba haciendo experimentos raros. Vuestra historia se contaba como una especie de cuento de terror, pero algunos sabían que era verdad. Hace unos años llegaron por aquí José y Akame, que entonces eran novios y trabajaban en el negocio militar, y me contaron lo que sabían sobre las Sombras. Me acordé en seguida de aquel mito de los tres niños y el monstruo gris, reuní al Consejo y nos pusimos a trabajar  María, Ernesto, Trini, Paco, Jonathan, Pedro y un servidor para convencer a más gente de que había que hacer algo.
- Perdón, pero… ¿quién es Pedro? -preguntó Miguel- Es que aquí os conocéis todos, pero nosotros no tenemos ni idea.
- Es verdad. Está muy enfermo. Lo tenemos en el piso de arriba, que hemos convertido en una especie de hospital de campaña. Bueno, la parroquia entera es un hospital de campaña, en el sentido figurado de la palabra, como nos dijo hace ya tantísimos años el papa…
- Se está usted yendo por las ramas, padre Gómez -dijo Trini, dando una palmada al aire.
- Huy, es verdad. Bueno, ahora después lo conoceréis. Total, que desde dentro fuimos haciendo lo posible para que aquellas personas que habían desaparecido y estaban esclavizadas, convirtiéndose en auténticas máquinas de matar, pudieran escapar. Algunas se decidieron, entre ellas Manos Largas, y lo demás ya lo sabéis. Intentó huir con otros, fueron a por él, algo salió mal en el experimento y se abrió ese agujero. Y apareció en 1989.
- Pues, Manos Largas, ayer por la tarde se te olvidó contar toda esta parte allí en la fábrica de ladrillos, ¿eh? -le dijo Ani, dándole un codazo y sonriéndole.
- No había tiempo. Y… no tenía ganas -le contestó Manos Largas, sacándole la lengua y enseñando los dientes después.
- Pues sí que se ha espabilado, madre mía -comentó María, mirándolo con mucha atención.
- …Y un trabajo de Ciencias Naturales y un montón de partidas de cartas nos han traído hasta aquí -concluyó Luis, mientras masticaba un trozo de filete empanado-. ¡Buenísimo el filete, de verdad!
Todos rieron de buena gana. Después siguieron hablando de las cosas más variadas. Los tres chavales se sentían más cómodos. Aquellas personas eran como amigos de toda la vida, aunque los acabaran de conocer; al poco tiempo, en vez de querer saber cosas del futuro, se encontraron contándoles cómo se vivía en su barrio. Todos escuchaban asombrados, y Trini, Akame y José no paraban de hacer preguntas. Justo antes del postre se encendió la imagen de detrás del sillón del padre Gómez.
- ¿Alguien por ahí? Aquí Sandra.
José se levantó y dijo:
- Escena al centro de la mesa.
De repente, la cara de la joven se movió hasta allí mientras iba tomando volumen. Quedó suspendida en mitad del grupo.
- ¡Qué guapo! -exclamó Luis, dejando caer el tenedor.
- ¿Qué pasa, Sandra? -preguntó Akame, mirando divertida al jovencito.
- Hay movimiento cerca de las instalaciones de los agentes Spiner. Todavía no se ve salida de tropas, pero en un par de horas deberíamos estar cada uno en nuestro puesto. Si hay algo más urgente vuelvo a llamar. Si no, dos horas y a correr. Por cierto: si Manos Largas está ahí, decidle que se reúna con nosotros y las demás Sombras en treinta minutos, para que le expliquemos el plan y lo que tiene que hacer. Bueno, ánimo. ¿Cómo estáis, niños? ¿Ya os habéis acostumbrado, o todavía pensáis que somos gilipollas?
- ¡Eh! ¡Es que parecíais gilipollas, tú! -gritó Miguel.
- Ya lo sé, chaval, pero había que hacer el papel. Bueno, os dejo y sigo vigilando. Adiós.
- Hasta luego, Sandra. Ten cuidado -terminó la conversación María. Todos se pusieron de pie, menos ella-. ¡Tranquilos! Han dicho que un par de horas, y a nuestro amigo gris le queda todavía media. Él no tiene que coger el coche para ir donde están los suyos.
- Una cosita -intervino Ani.
- Esta niña es demasiado larga -afirmó Ernesto, masticando a dos carrillos-. ¡Quiere saberlo todo!
- Y tú no deberías hablar con la boca llena -le dijo María-. ¡Qué juventud!
- A lo que iba -continuó Ani-. ¿Qué se supone que tenemos que hacer nosotros?
- En principio, nada -contestó Akame-. Cuando sea el momento oportuno os llevaremos cerca del agujero, para que podáis saltar antes de que desaparezca. No queremos que os pase nada, sois demasiado importantes.
- ¿Qué? ¿Hemos venido hasta aquí para quedarnos así? -dijo Miguel, cruzando los brazos- ¡Qué va!
- He dicho “en principio” -le contestó Akame-. Las cosas al final nunca son lo que parecen en principio. Así que atentos a todo lo que pase. Vamos a dividirnos en dos: un grupo, con las Sombras, atacará la central para, desde allí, poder manipular la fuente de energía que se supone que hará que desaparezca el agujero. Una cosa... complicada. Y el otro grupo, en el que entráis vosotros, irá hasta la zona de la brecha espacio-temporal. Por ahora allí no hay nadie, pero llegarán agentes. Montones de agentes, según parece. Habrá que encargarse de ellos. Vosotros, atentos.
- Vale. Tampoco es que me muera por volver a ver a esos mamones. Pero si hay que dar pitonazos, aquí está el tío -respondió Miguel, guiñándole un ojo a Trini, que le sonrió.
- Oídme: vamos a ir a visitar a Pedro -sugirió el padre Gómez-. Si está despierto se va a alegrar mucho de veros.

Subieron las escaleras. Akame pegó en la puerta.
- ¿Pedrito, estás despierto?
Nadie contestó.
- ¡Pedrito, despierta! -gritó la mujer.
- ¿Qué? -se oyó una voz desde dentro- ¡Ah, sí, Pedrito! ¡Pasad!
Akame puso la mano en la pared, y la puerta se retiró hacia la derecha. Se encendió la luz y fueron entrando todos. Era un dormitorio amplio, con dos camas. En una había una mujer de mediana edad, conectada a un respirador. En la otra estaba Pedro, un anciano con la cara llena de cicatrices y un parche en el ojo derecho. Los miró con parsimonia. Trini se dirigió hacia la otra cama, tocó la frente de la mujer, le tomó el pulso y volvió.
- Sigue igual -le susurró a María.
- Aquí estáis, por fin -dijo Pedro, con un hilo de voz, mirando a los tres adolescentes.
- Aquí están, Pedrito. ¿Y tú, cómo sigues? -le preguntó María.
- Pues muy bien. Muriéndome, pero muy bien -contestó Pedro, con media sonrisa-. Supongo que no les habréis contado nada que les joda el futuro, ¿verdad? -dijo, mirando a Paco.
- Nada de nada. Bueno, algo se nos habrá escapado, pero poco- contestó este.
- Miradme, niños -dijo el hombre. Los tres amigos se acercaron. Ani le cogió la mano-. Ahora me puedo morir tranquilo, ¿sabéis? Estaba esperando que llegara este momento desde hace… muchísimo tiempo. Qué historias se han contado siempre por aquí. Y cómo os vais a reír cuando os digan lo que ha pasado realmente. Acordaos de mí ese día, y tomaos una a mi salud, amigos.
- Vale. No se preocupe usted -dijo Miguel-. ¿Qué está diciendo? -le preguntó a María. La anciana miró al jovencito y se puso el dedo índice sobre la boca.
El hombre cerró el ojo, y se durmió. Todos salieron de la habitación en silencio.
- Está ya muy mal, ¿no? -preguntó Luis.
- Está así desde que nos atacaron aquel día los agentes. No los Spiner, otros. Poco a poco se va yendo. Pero es fuerte. Seguro que todavía aguanta un tiempo -les contestó Trini.
- Bueno, niños, vamos a ponernos en marcha. ¡Os vaya a gustar esto, y no queráis volver con vuestras familias! -exclamó el padre Gómez.
- Sí, claro. Qué cosas tienes -le dijo María, dándole un tortazo en un hombro.
- Oiga, María. ¿Le puedo preguntar una cosa, a solas? -le musitó Ani al oído.
- Claro que sí. Ahora vamos, gente -respondió María colocando una mano sobre la melena de la jovencita.

Llegaron al salón. Manos Largas empezó a dar paseos de un lado a otro. Al cabo de unos minutos, mostró su preocupación:
- Tengo que irme. Ya.
- Es la hora -anunció el padre Gómez-. Los que vayáis con Manos Largas, a su lado. Los demás vamos a cargar el coche y a unirnos a los que están en la parte sur del Monte Indemonio.
- Joder, qué nombre -dijo Miguel.
- En realidad el monte se llama como la empresa -explicó María, que bajaba las escaleras acompañada de Ani-, Investigación y Desarrollo Militar, InDeM para los amigos. Lo compraron enterito hace tiempo. Pero todo el mundo lo llama así por estos alrededores: el Monte Indemonio, por las luces, los ruidos y las historias poco tranquilizadoras que llegan desde allí. InDeM quiere hacerse con el poder en todo… En fin, digamos que el dominio de esta parte del mundo se ha convertido en un negocio rentable, y hay que empezar a parar esto como sea. Así que vamos.
- Cuanto más simple, más se entiende. ¡Me encanta cómo explica las cosas, María! -dijo Ernesto, colocándose una chaqueta llena de parches.
- Ani. Figura. Lopo -los llamó Manos Largas-. Cuando esté preparado, os llevo. Para despedirme.
- Y si no nos llevas en un ratito, vamos nosotros. Para algo nos dejaste “la mota gris”. ¡No se te ocurra hacer ninguna tontería! -le advirtió Ani, enseñando la mancha junto al ombligo.
- Hasta luego -dijo la Sombra, desapareciendo y llevándose a Akame, Ernesto, José y Paco.
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El rastro de gotas de sangre se extendía hasta el final del corredor frente a la brecha en el espacio-tiempo. Más allá se abría una extensión amplia de terreno excavado en el corazón de la roca que salía a cielo abierto y, a través de la falda del monte y la llanura posterior, abarcaba los límites de la empresa armamentística más importante de aquella zona del mundo.
La agente Nyma se echó contra la pared de la galería. Después, recuperando el aliento, salió a la zona del muelle de carga y descarga, vacía a aquella hora. La sangre le goteaba de la cara y le empapaba la ropa hasta la cintura. Se había arrancado una manga de la camisa y se la había atado, sosteniendo la boca. Respiraba con dificultad. Estaba casi agotada.
Consiguió llegar al exterior. El Sol iluminaba débilmente la tarde detrás de un tenue manto neblinoso. Encontró a un grupo de agentes que construían un hangar. Una de ellas la miró fijamente.
- Identificación. Agente Nyma. Humana. Operación Sombra Pasada. ¿Ha cumplido la misión con éxito, agente Nyma? Detectada herida en dermis, tejido muscular y óseo, afectando mandíbula y dentadura inferior. ¿Se encuentra bien, agente?
- Es… -murmuró esta- urgente. Necesito hablar… con…
La mujer se desvaneció, cayendo a plomo en tierra. Las agentes que la observaban se miraron y comunicaron con sus puestos de control. Al cabo de unos minutos, un vehículo la recogía.

La agente Nyma despertó y abrió los ojos. Estaba dentro de un tanque de recuperación. Mientras los nanoandroides del líquido que la rodeaba le recomponían el rostro, sanaban las heridas y renovaban y purificaban la sangre, el joven de bata verde que tenía enfrente observaba lascivamente su desnudez. La agente Nyma quiso gritar, pero no podía moverse. El joven tocó el material del tanque, y una descarga de anestesia la volvió a dejar dormida.

- ¿Cómo se encuentra, agente?
Nyma abrió los ojos. Estaba en una celda de reposo. De repente, se acordó de la imagen del enfermero. Miró hacia abajo: vestida. Miró hacia su izquierda. Un hombre de mediana edad, rubio platino, esperaba su respuesta.
- Mejor. Gracias -Contestó, con esfuerzo. Le costaba articular las palabras, aunque no sufría ningún dolor.
- Dígame cuál ha sido el resultado de la misión.
- Fracaso. Fracaso total.
- Vaya. Tenía usted a su cargo once agentes, bien preparados, me permito añadir.
- Bien preparados para la guerra aquí, en este momento y contando con las Sombras. Pero no tuvimos en cuenta la desconexión de la red, que nos ha creado problemas imprevistos, ni la gente de allí, que se ha aliado con nuestro objetivo. Los agentes han caído. Todos -respondió Nyma, incorporándose.
- Tenga cuidado. Todavía está débil. Y hable despacio.
- Me encuentro perfectamente, Control. Gracias. Debemos regresar y eliminar a la Sombra y al grupo de personas que está junto a ella. Esta vez sin contemplaciones.
- Creo que ya habíamos dejado claro que no podemos intervenir en el pasado sin crear consecuencias impredecibles para el presente. La misión era recuperar a la Sombra y traerla de vuelta, o eliminarla si esto no era posible.
- Pero las cosas han cambiado. La Sombra quiere permanecer allí.
- ¿Está segura?
- Me parece muy probable.
- Eso no es una respuesta satisfactoria. No podemos arriesgarlo todo a causa de su incompetencia, agente Nyma. Debió haber estudiado la época con más detenimiento antes de cruzar esa brecha espacio-temporal. Ahora tenemos problemas mucho más graves: trece Sombras, contando a la suya, han escapado y no sabemos dónde se encuentran. Nuestros expertos están tratando de localizar y analizar el error en su proceso educativo, pero hay algo que se nos escapa. La teoría más razonable es que ha habido injerencias en ciertos estadios del modelo de desarrollo psicosocial de los elementos rebeldes. Si esto es cierto, podemos encontrarnos ante un inesperado e incómodo giro en un experimento que ha supuesto la mayor inversión de esta empresa en años. Mientras tanto, usted ha fracasado en la sencilla tarea de traer de vuelta al cabecilla de la rebelión, destruyendo en el camino once agentes.
- Soy una pieza importante en esta empresa, no lo olvide, Control: tráteme con respeto -replicó la agente Nyma.
- Oh, sí. Conocemos sus métodos -le susurró el hombre, acercando su cara a la de la agente-. Hasta ahora le han valido, pero su cuerpo empieza a mostrar signos de fatiga. Incluso hoy día, con nuestros avances, la juventud no es eterna. Aquellos mandos superiores que antes se metían entre sus piernas fácilmente ahora prefieren otros tactos más suaves. Más jóvenes.
- Se arrepentirá de sus palabras, Control -dijo Nyma, roja de ira.
- No lo creo, agente Nyma -respondió él, volviendo a su postura hierática-. Pero vayamos al grano: le queda una oportunidad. Solo una. Decida lo que quiere hacer. Por un lado, esperar el regreso de la Sombra y sus aliados. Según nuestros perfiles psicológicos, es lo más probable. En caso contrario, es decir, si la Sombra ha decidido quedarse a vivir en el pasado, cerraremos el agujero y, acto seguido, procederemos a su búsqueda y captura en el momento actual, si aún sigue con vida. Decida usted cuál de las dos opciones es más conveniente para, utilizando un lenguaje de otras etapas históricas, su redención.
- ¡No me está entendiendo! ¡Aquellos niños son peligrosos! ¡Hay que atacarlos allí, con todo lo que tenemos!
- Puede que fueran peligrosos, agente Nyma. Hoy es mucho más que probable que se hayan convertido en cadáveres. Atacar el pasado sin evaluar las consecuencias para el presente no es, se lo repito, una opción lógica. No estoy aquí para confortarla, como puede ver. Responda a la pregunta, o prepárese para las consecuencias. Elija una opción.
- ¡Esperaré su regreso! -exclamó Nyma, restregándose las manos nerviosamente- Pero tenemos que actuar con rapidez. Si han decidido volver no tardarán mucho. ¿Qué hora es?
- Entendido: primera opción. Son más de las diez de la noche, agente Nyma.
- ¿Más de las diez? ¡Es imposible! ¡Es tarde! ¡Demasiado tarde!
- Hemos empleado varias horas en purificar su sangre y recomponer medianamente su rostro. Como ya le he dicho, sus tejidos son cada vez más difícilmente...
- ¿Medianamente? ¿Qué significa medianamente?
- Puede comprobarlo usted misma. Aquí tiene un espejo.
La agente Nyma miró su imagen. Un grito de terror se elevó de su garganta, seguido de una risa nerviosa.
__________

- Medianoche. Listos. Llamo a mis amigos -dijo Manos Largas. A su alrededor, una docena de Sombras.
- Amigos. Esperanza -dijo la Sombra de su izquierda, más alta que él, con la piel menos grisácea, las manos más pequeñas y un moño de pelo justo en la coronilla.
El lugar que ocupaban formaba parte de la zona más externa de la red de conductos de saneamiento de la empresa InDeM. Esta se extendía por el subsuelo de la vasta estructura de edificios de la compañía, y a través de ella se podía llegar prácticamente hasta las entrañas del mismo centro en el que se encontraba el sistema experimental que había abierto el vórtice espacio-temporal.
Manos Largas cerró los ojos y abrió las manos. A los pocos segundos comenzaron a aparecer los tres amigos.
- ¡...que sepas que no estoy de acuerdo! -decía Ani. No se había dado cuenta de que estaba cambiando de lugar.
- Esto… Ya no te escuchan, quilla -le dijo Luis, dándole un codazo.
- ¿Y qué? -replicó ella, sin todavía mirar alrededor- ¿Cómo se puede ganar una batalla “sin derramar una gota de sangre”? ¿Los convencemos con besitos?
Las trece Sombras los miraban con estupefacción.
- Buenas noches, Manos Largas. Y buenas noches a todos -dijo Miguel a los trece que observaban, sonriendo-. Está un poquito alterada hoy. En realidad siempre está alterada, pero hoy más.
- ¡Vete al carajo, tonto! -gritó Ani.
- Hola. Ani -saludó Manos Largas.
- Perdonadme, es que me ha dado mucho coraje -se excusó, cruzando los brazos-. Pero bueno, esta no es nuestra guerra según parece.
- Sí es. Tranquila -dijo Manos Largas.
- Ya sé que sí es. Lo sé -dijo Ani, entrecerrando los ojos y fijándolos en Manos Largas-. Pero yo qué sé, soy muy joven para estas mierdas. Al final va a tener razón mi madre.
Se escucharon unos pasos a la carrera. Desde el túnel del fondo llegaron Akame, José y Sandra.
- Las cargas están colocadas -dijo Akame-. Nosotros saldremos por la parte sur, y entretendremos todo lo que podamos a los agentes que vengan. Con la información de Paco y Ernesto no parece que sea difícil desconectarlos. Hay que evitar que nos den con esas armas nuevas, porque lo que tocan arde como la paja. Eso sí: no sé si podremos distinguir a las personas de los androides. Está muy bonito lo de no matar, pero en medio del lío no sé yo. En fin: intentaremos hacer el mayor daño posible con las menores consecuencias. Lo demás es cuenta vuestra: reducir a los que queden desde la salida del este hasta la cúpula, y hacer que desaparezca el agujero después de que ellos hayan saltado.
- ¿Aquí también estáis con la tontería de no matar gente? Si yo tuviera delante a la agente Nyma esa, le cortaba el cuello. De verdad -siguió en sus trece Ani.
- Vaya con la pacifista -dijo Luis después de lanzar un silbido-. Si la hubierais visto el año pasado recitando frases de Gandhi y soltando una palomita en el día de la Paz…
- Desde entonces han pasado muchas cosas -le respondió Ani-. Además, ya sabes que seguramente al final no la mataría, pero déjame desahogarme.
- Ya os lo he dicho. Alterada a tope -comentó Miguel.
- ¡Me estáis hartando los dos! -gritó ella.
Manos Largas le cogió la cabeza con las manos y la miró a los ojos.
- Nos tenemos que separar, Ani. Ya no nos veremos. Tú saltas, yo quito agujero. Adiós.
- Yo… -Ani se quedó sin palabras. Miró aquellos ojos amarillos, y las lágrimas le brotaron e inundaron las mejillas.
- Y no mates, nunca -le susurró mientras se fundían en un abrazo.
- Siempre me acordaré de ti, ya lo sabes. Llevo tu marca gris -le recordó ella, sollozando.
Luego abrazó a Luis y a Miguel, que también sollozaban.
- Gracias por todo, Figura, Lopo. Sois buenos.
- Más quisiéramos -le dijo Luis.
- Para cuando vuelvas a abrir un agujero, a ver si has aprendido a hablar mejor -bromeó, también entre lágrimas, Miguel-. Y no le vayas a decir a nadie que estoy llorando como una nenaza.
- Chicos, gracias por todo. Portaos bien allí en el siglo XX, que después todo se sabe -les dijo José, guiñándoles un ojo mientras iban desapareciendo y regresando al lugar donde les esperaban los demás. Les dio tiempo a ver todavía cómo las Sombras se volvían y caminaban juntas hacia un túnel, y Sandra, José y Akame salían por el conducto contrario.

Aparecieron justo antes de que una avalancha de decenas de personas casi los aplastara. Era el grupo del padre Gómez, que retrocedía en orden por el corredor frente a la brecha en el espacio-tiempo.
- ¡Eh! ¡Tirad para atrás, vamos, que os pisamos! -les gritó Trini.
- ¿Qué pasa? -preguntó Miguel, haciendo caso a la joven y caminando de espaldas, al fondo del grupo.
- Vuestra amiga la agente Nyma, que llega dispuesta a conquistar la salida hacia vuestra época. Viene con la cara desencajada.
- ¿Nerviosa? -preguntó Luis.
- ¡Qué nerviosa ni nerviosa! Le hicisteis un buen boquete en la boca, y se lo han arreglado con el trasero. Parece un Gremlin -dijo la joven.
- No me jodas que habéis visto esa película -exclamó, admirado, Luis.
- Pues claro. Es todo un clásico en mi casa. La vemos siempre antes de Navidad -respondió Trini-. ¡Venga, seguimos retrocediendo hasta la señal!

Los que iban al frente, en una primera fila en perfecta línea recta, llevaban grandes escudos oscuros que reflejaban una extraña luz ultravioleta. Con ellos apuntaban a la entrada del pasillo, detrás de la que estaban organizándose, en el espacio abierto del muelle de carga y descarga, los agentes comandados por Nyma y otros cinco superiores.
- Esta vez no os escapáis. ¡Vamos, hay que coger a los niños vivos! ¡Los demás dan igual!
- Pero agente Nyma, aquí no hay ninguna Sombra. ¿Qué hace esta gente protegiendo a esos tres adolescentes del pasado? Es absurdo -dijo uno de los agentes humanos que comandaban el bloque de asalto-. Este grupo de  humanos solo ha protagonizado escaramuzas sueltas y hurtos sin objetivos claros. Hemos podido localizar a los que forman las primeras filas y, según nuestros archivos, no son peligrosos.
- ¿No son peligrosos? ¿Y entonces qué hacen aquí? ¡Esos archivos no valen para nada! Apuntad y disparad. Apuntad y disparad hasta que hayan caído todos. Me da igual quiénes sean. ¡Apuntad y disparad!
- No tiene autoridad para poner en duda la validez de nuestros sistemas de análisis, agente Nyma -protestó otro de los comandantes.
La agente Nyma cargó su arma, y le pegó un tiro en la cabeza.
- ¿Alguien más duda de mi autoridad? ¡Apuntad y disparad!

- ¡Resistimos, gente! ¡Escudos en pie! -gritaba María, en medio del grupo de rebeldes.
- ¿Pero qué hace esa vieja pegando voces como si fuera Juana de Arco? -dijo Ani, señalando a la anciana y riendo- Si bastante tiene con mantenerse en pie…
- Si tú supieras… -le respondió misteriosamente Trini.
- Pues anda que si tú supieras… -le respondió igual de misteriosamente Ani.
- ¿Tú sabes algo? -preguntó Miguel a Luis.
- Deben ser cosas de mujeres -respondió este-. Lo mismo están enamoradas del mismo tío.
- ¡La señal! ¡Todos quietos! -gritó Trini. Habían llegado a una línea dibujada en la pared.

Se escuchó un golpe sordo. Los agentes habían cargado sus armas. Dispararon. Decenas de luces rojizas se abalanzaron contra el grupo. Los defensores de la primera línea pusieron los hombros contra los escudos, manteniéndolos rectos. La segunda, la tercera y la cuarta línea actuaron como apoyo de los primeros, apretando los espacios con fuerza, formando un bloque: sabían que, si aquello no funcionaba, estaban perdidos.
Los rayos llegaron a los escudos. Estos absorbieron la energía, pasando del ultravioleta al rojo y del rojo a un blanco casi cegador.
- ¡Invertimos! -gritó el padre Gómez.
Los de la última fila pulsaron un botón de un pequeño aparato que sostenían en las manos. Los que aguantaban los escudos los plegaron hasta un ángulo de unos setenta grados, y un extraordinario fogonazo se elevó hacia el techo a cincuenta pasos de distancia. Se escuchó un estallido, y todo el monte retembló. La entrada de la galería se vino abajo y selló el paso entre los agentes y los defensores.
Un enorme griterío de victoria surgió entre toses y ahogos. La nube de polvo que se formó no pudo impedir que, por un instante, María, Jonathan, el padre Gómez, Trini, Frederick, Miguel, Ani, Luis y los demás prorrumpieran en alaridos, besos y abrazos.
- ¡Si no puedes con tu enemigo, utilízalo! ¡Tomad violencia! -gritaba el padre Gómez, dando golpes en las paredes con el bastón.
- ¡Buenas noches, chavales! -saludó Jonathan- ¿Ya os han dado explicaciones de todas las preguntas que teníais?
- ¡Pocas, amigo! -gritó Miguel- ¡Pero gracias por intentarlo tú!

María convocó a todos en las cercanías de la brecha espacio-temporal.
- ¡Vamos a ver! Un poquito de tranquilidad. Ahora la cosa está así: primero se preguntarán qué demonios ha pasado, y tardarán un tiempo en descubrirlo. Después decidirán qué hacer. Si quieren entrar por ahí deben quitar piedras, o reventarlas, o lo que sea, pero será una opción lenta. Así que seguramente intentarán colarse por la puerta de atrás. Por eso hemos puesto unas bonitas cargas explosivas. Si vemos que va a empezar la invasión por la parte baja de la montaña, boom. De todas formas, no cuentan con una cosa: justo detrás de este boquete tan raro, que lleva a los ochenta, está la salida del antiguo túnel del tren; pocos se acuerdan de ella. Estaba tapiada con esta galería, pero os apuesto algo a que el agujero la ha vuelto a abrir. Así que, si todo va bien, cuando nuestros tres héroes vuelvan a casa nosotros podremos escapar por ahí. Hasta entonces hay que esperar, y procurar no ahogarse con la zorrera que hemos liado ahí arriba. Eso sí: tenemos que ir hacia abajo, por si Ani, Lopo y Figura necesitan algo de distracción. ¡Vamos! ¡Andando!
Después de despedirse, todos empezaron a hacer el mismo camino que habían corrido los tres amigos al llegar, hacía pocas horas. Con ellos se quedaron solamente el padre Gómez, Jonathan, María y Trini.
- Bueno, niños, hasta aquí hemos llegado. Buen viaje -les dijo el padre Gómez.
- Que no somos niños, padre Gómez -repuso Ani.
- Ya me dirás eso cuando tengas mi edad, bonita. Para mí eres una niña -le respondió él, cogiéndole la barbilla con el pulgar y el índice. Ani se dejó hacer, sonriendo y mirándolo a los ojos.
- Gracias por todo -les dijo María-. Si no hubiera sido por vosotros no sé qué habría sido de nosotros. De verdad.
- ¡Eh! Saludad a los Cero de mi parte si vais al Último Concierto -les pidió Trini-. Será dentro de unos añitos, me parece. Aunque después volverán… Pero bueno, poco a poco.
- No te preocupes. Iremos si podemos. ¿Verdad? -preguntó Ani.
- Si lo dice Ani, no te preocupes: iremos -confirmó Miguel-, y les daremos recuerdos de una señorita muy guapa del futuro con… el pelo naranja.
- ¡Eh! -protestó, halagada, Trini.
- Bueno, gente, volved, que Manos Largas debe estar a punto de terminar su trabajo -recordó Jonathan.
- ¡Sed buenos, si podéis! -les gritó María.
- ¡No dejéis nunca de ser libres! ¡Y felices! -añadió el padre Gómez-. Nos vemos, chavales. Con Dios.

Los dos ancianos y los jóvenes se volvieron y comenzaron a caminar rumbo a la salida de atrás. Miguel y Luis se dirigieron hacia el portal que los llevaría de nuevo a casa. Ani se quedó mirando un momento más. Entonces, para sorpresa suya, María agarró la mano del padre Gómez mientras se alejaban, y recostó la cabeza en su hombro.

- ¿Qué haces? ¡Seguro que están mirando todavía! -dijo este, alarmado.
- A ver -le respondió María-: ¿tú te acuerdas de esta escena? No, ¿verdad? Pues entonces es que no te volviste, Figura. Yo sí estaba atenta. Como siempre. Recuerdo perfectamente que me vi a mí misma haciendo esto y, un momento después, fíjate…
Dándose la vuelta, María le guiñó un ojo a Ani, que seguía mirando con la boca abierta. Se saludaron una última vez, y luego la pequeña giró en redondo, corrió hacia sus dos amigos, los cogió de la mano y, juntos, saltaron a través del agujero.
- Eres de lo que no hay, Ani -dijo el anciano después de ver desaparecer a los tres chavales-. Recuérdanoslo otra vez, por favor: ¿Cuándo dices que te diste cuenta de que tú no eras María, sino Ani?
- Justo en la habitación de Miguel. Lo que él ha dicho hace un ratito, o lo que dijo entonces, hizo que me surgiera la duda: “y cómo os vais a reír cuando os digan lo que ha pasado realmente”. Qué arte. Hasta muriéndose tiene buen sentido del humor...
- Y estuviste ¡diez años! sin decirnos nada a ninguno de los dos. Casi hasta el día de nuestra boda. Lo dicho: eres de lo que no hay…
- En fin: espero que hayamos actuado bien. Yo he procurado hacer todo lo que recordaba que había hecho aquella vieja llamada María, que no tuvo más remedio que reconocer, cuando le dije que tenía que hablar a solas con ella en el primer piso de casa, que era yo misma con muchas más arrugas...
- Lo habéis bordado -Trini abrazó a los dos ancianos-. Si no, habríamos desaparecido los tres. Y aquí seguimos, ¿verdad? Lo demás ya lo irán descubriendo poquito a poco. Además, no habéis actuado: se os veía que estabais disfrutando un montón.
- Bueno, vamos a asegurarnos de que nadie más usa esa puerta nunca -dijo Luis, apoyándose en Jonathan-. Y que Dios nos ampare a todos. Por cierto, ¿dónde he dejado mi garrote? ¡Qué cabeza!


 

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8 - La Bruja Avería, La bola de cristal, TVE 1984-1988.

9 - 091, Todo lo que vendrá después, Big Bang 1995.

 

 

 

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