Bandera Azul, Bandera Roja

09/12/2016

(Aquí te puedes bajar el libro electrónico en formato .epub)

 


 

“En este milenio, principios modernos:

los odio, los odio, no quiero tragar...”.

Second, Prototipo.


 


 

Media tarde en el paseo del parque. La estatua viviente, pintada de dorado, permanecía quieta, esperando que alguien animara sus movimientos echando una moneda o, más raramente, un billete en la caja que tenía justo delante. Sus ojos, asomados a una máscara mitad sonriente, mitad triste, miraban con curiosidad alrededor.


 

Desde la Izquierda llegó un hombre de mediana edad, altivo, chaqueta de cuero, camiseta con mensaje reivindicativo, pañuelo palestino, melena recogida en una coleta, barba rala, pantalón chino. Desde la Derecha, chaqueta y corbata, zapatos negros brillantes, maletín a juego, pelo repeinado, afeitado impecable, anillo de compromiso, llegó otro altivo personaje.


 

- ¡Vaya, Bandera Azul! ¡Cuánto tiempo! - dijo el de la Izquierda.

 

- ¡No me lo puedo creer! ¡Si es Bandera Roja! ¿Cómo te va la vida? -contestó, con una sonrisa a medias, Bandera Azul.

 

- Ya ves: no me puedo quejar. Del trabajo vengo. Y voy ahora a hacer un poco de deporte. ¿Y tú?

 

- Qué casualidad. Vengo del trabajo, y voy también a practicar algo de deporte. Ya estamos en los cuarenta. Hay que cuidarse...

 

- Oye -dijo Bandera Roja-, ¿sigues viviendo en la misma zona, o te has mudado a un sitio más cercano a tu élite opresora?

 

- Eres muy gracioso. Como siempre... Sí, la verdad es que me he mudado. Me lo podía permitir. De hecho, cuando termine mi sesión de entrenamiento iré a poner a punto el yate, para el fin de semana.

 

- Ya te digo... No has cambiado nada, ¿eh? Y supongo que te habrás casado por la Iglesia, esa rancia costumbre que tenéis todavía los fachas. Rancia y machista, claro.

 

- Pues sí, me casé por la Iglesia. ¿Y qué? Es mucho menos machista elegir todas las semanas a una mujer para echar un ratito, y después si te he visto no me acuerdo. Dónde va a parar… -dijo Bandera Azul, con relamidos movimientos de brazos y rostro-. Todo muy moderno, ¿verdad?

 

- Sí, tú ríete. Pero yo sigo siendo un luchador, ¿sabes? -le respondió Bandera Roja, levantando el puño izquierdo- Nunca he perdido ese espíritu que nos hacía ser libres, ese espíritu del pueblo que ha cambiado la sociedad y la seguirá cambiando. Tú, sin embargo, mírate: eres cosa del pasado. Como la Iglesia, o como el franquismo. Hueles a alcanfor…

 

- Oh, sí, claro. Llevo colonia de naftalina siempre en el maletín. ¿Y en qué luchas estás metido ahora, si puede saberse? -preguntó Bandera Azul.

 

- Esto... De vez en cuando participo en reuniones de círculos populares y en organizaciones no gubernamentales, claro. Y, bueno, mi pareja y yo estamos enseñando a nuestro hijo a que defienda sus derechos y sus libertades frente a todo y a todos. ¡Da gustos verlo en el colegio! ¡Los profesores le tienen un respeto...!

 

- Ah, sí, ya veo. En fin, lo dicho: voy a darle al golf. Mi gente me debe estar esperando.

 

- Ajá… Disfruta mientras puedas. Algún día os quedaréis sin privilegios, seguro. En fin, nos vemos -dijo, entornando los ojos, Bandera Roja.

 

- Hasta luego. Encantado de que nos hayamos encontrado después de tanto tiempo -respondió Bandera Azul.


 

“Menos mal que no me ha preguntado qué deporte practico. Hubiera quedado muy mal decirle que juego al pádel y también al golf. Total: de todas maneras, le podía haber mentido. ¡Estos tipos de derechas son tan simples...!”.


 

“Menos mal que no me ha preguntado que en qué trabajo. Si le llego a tener que decir que me he divorciado y no tengo empleo fijo, hubiera quedado bastante mal. Eso sí: ¡la mentira del yate ha sido una idea estupenda!”.


 

- Mira que es tener mala suerte -dijo, cuando se hubieron marchado, la estatua viviente- bajar un ratito a dar un paseo a la tierra y encontrar a estos dos estúpidos. Ya me lo dijo el Padre: “si quieres ganarte las alas, evita las banderas, los rojos y los azules. Son grandes mentiras recubiertas de medias verdades”. En fin: voy a cambiar de sitio, a ver si encuentro gente sencilla más allá. Y habría que regalarle una gaita a cada uno de estos dos, para que la soplen todo lo que quieran.


 

Luego, mientras Bandera Roja abría su coche de lujo y desaparecía escuchando algún cantautor trasnochado, el ángel sin alas recogió sus cosas y se fue a otro lugar donde las ideologías no hubieran destrozado las razones ni los corazones, y el ser humano aún latiera bajo el manto plano del desnortamiento social.

 

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