La mejilla de Ani

10/12/2016


 

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A veces, aún bailo bajo la nieve.

Kim Boggs. Eduardo Manostijeras.


 

Nadie sabe de dónde llegó aquella muchacha. Apareció un buen día en el pueblo, sin origen y sin destino conocidos; compartió la vida con las gentes, y se convirtió en una luz poderosa que prendió fuego a corazones desgarrados. Vino por poniente, interpretando, con su vida, una música nueva en un tono nunca antes oído.

 

El pueblo era un lugar cerrado por heridas abiertas. Cada cual sabía perfectamente con quién tenía que relacionarse y a quién no debía mirar a la cara. Todos conocían perfectamente quiénes eran los olvidados, y nadie osaba abrir caminos que condujeran a la desaparición de muros que había costado generaciones construir. Cada uno se preocupaba de lo suyo, pero todos estaban pendientes de cualquier novedad que pudiera hacer temblar el equilibrio de tal sociedad. Con aquellos mimbres había llegado hasta allí la modernidad, a la que el pueblo se había adaptado sin cambiar un ápice sus costumbres: el individuo había sustituido a la persona, los bancos a las búsquedas, la imagen a la memoria, la pantalla de Televisión a las conversaciones y las cerraduras de seguridad a las tardes al sol; sin embargo, los muros eran exactamente los mismos que antes de la llegada de todas estas novedades.

 

Quizás por eso la presencia de Ani se convirtió en algo tan molesto. Ella parecía despreciar los modernos cambios que habían invadido el pueblo, y era una amenaza, sin pretenderlo, para los muros que permanecían incólumes. Hablaba con todos y tenía en cuenta a todos, consideraba importantes a los más despreciables y se preocupaba y ocupaba de las periferias y los olvidados, miraba más allá de sí misma y de las imágenes que proyectan los que no tienen más que ofrecer, hablaba libremente y buscaba siempre, hacía de su propia imagen un chascarrillo y animaba para construir esperanza, disfrutaba del Sol e ignoraba la Pantalla de la Vaciedad. Poco a poco, se fue convirtiendo en un individuo peligroso para un pueblo como aquel.

 

Al principio, como todo aquello que resulta diferentemente peculiar, a la población le pareció interesante. Se divulgó la noticia de que vivía alguien nuevo entre ellos, y la alarma del rumor corrió de boca en boca inundando las esquinas de susurros disimulados. Había por allí una joven peculiar. Tenían que estar atentos a todo lo que hiciera y dijera, para poder levantar sospechas que utilizar llegado el caso. Una sonrisa clara y limpia como la de Ani no era algo de lo que se pudieran fiar. Todo el mundo esconde algo. Ella también; y, si no, habría que inventarlo.


Al cabo del tiempo, las sospechas, fundadas o no, se convirtieron en verdades inamovibles para los que las lanzaban: «Ani no es trigo limpio», «ayer habló conmigo y hoy habla con aquel, y sabe que yo no lo puedo ni ver», «con esa facha de mosquita muerta no puede ser una mujer decente», «en su casa entra gente que no es de bien», «está loca de atar, mira cómo abre los brazos, cierra los ojos y sonríe como una estúpida en mitad de la plaza»… Ella sabía lo que pasaba, escuchaba lo que se comentaba a sus espaldas, pero no dejó de hablar con nadie ni de hacer lo que siempre había hecho. Continuó viviendo libre.

 

Entonces ocurrió lo de la paliza. Todos parecían saber que iba a pasar, y todos volvieron la cara hacia otro lado. Nadie tenía la certeza de la autoría, pero las sospechas recayeron sobre algunos de aquellos tipos raros, despreciados, que entraban en su pobre casucha de vez en cuando. La apalearon, la violaron y la dejaron en mitad del salón, desnuda, desangrándose, rota. «¡Qué poca vergüenza!», dijeron los vecinos en la plaza y en el mercado. Sin embargo, en los corrillos de siempre la sentencia era muy diferente: se lo merecía. Se veía venir. Ella se había rebelado contra la cultura de aquel pueblo, y la cultura del pueblo se rebeló contra ella. Intentó derribar los muros, y los muros la aplastaron.

 

Pero nuestra historia no termina aquí. Ani se recuperó, volvió del hospital y salió de nuevo a la calle. Siguió hablando con todos, incluso con los que habían sido acusados de su violación. Nadie esperaba aquello. En vez de apagarse, su presencia se convirtió en una luz aún más brillante. Su paz actuó como dedo acusador contra los muros del pueblo. Ella, sin pretenderlo, continuó buscando lo bueno de cada uno, mirando hacia un horizonte siempre nuevo, disfrutando de las pequeñas cosas de cada día, preocupada por los olvidados, ocupada en las periferias.

 

Yo nací fruto de aquella noche de la que nadie parecía querer guardar memoria: hijo bastardo y demonio para ellos, hijo amado y ángel para ella. Aprendí a mirar con su mirada. Aprendí también que las personas cambian, pero la masa sigue construyendo muros, levantando sospechas, acusando y condenando. Y así fue como seguí los pasos de Ani, mi madre, hasta que ella lanzó su último aliento de amor y esperanza. El pueblo de los muros no ha podido derribar su figura, y su muerte la ha hecho resplandecer más.

 

Mientras paseo ahora, en esta tarde, por los lugares que ella frecuentaba, y comparto mis horas con sus olvidados, me doy cuenta de que algunas personas me miran y abren los ojos, como viendo un milagro. Luego, aunque no puedan reconocerlo en la plaza ni en el mercado, llorarán, dirigiendo sus pupilas hacia poniente, y descubriendo que Ani vuelve a llegar, envuelta en luz de futuro, interpretando otra vez, con su vida y su memoria, una música nueva en un tono nunca antes oído.

 

Es entonces cuando, al ritmo de su corazón, escucho que, piedra tras piedra, los muros que había costado generaciones construir van cediendo y agrietándose.


 

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