Juguetes abandonados: Trot, el robot

03/01/2017

(Aquí te puedes bajar el libro electrónico en formato .epub)

 

 


 

Había una vez un niño que nunca pedía nada para Reyes, porque sabía que los Reyes Magos le traerían siempre una sorpresa mejor que lo que él pudiera desear. Eso sí: no había nadie en el barrio que esperara ese día con más ilusión que él. Desde la mañana anterior, cuando se iba con sus padres al pueblo allá en la montaña, imaginaba qué podrían haber elegido aquellos legendarios personajes para él, y pasaba la mayor parte del día sonriendo, con la mirada perdida en tales ensoñaciones.
 

Pues bien: un año, cuando llegaron del pueblo y abrió su regalo, dejado, como siempre, por los Sabios de Oriente en el quicio de la ventana de su dormitorio, en la primera planta de la casa, encontró un robot. Un robot que había que construir uniendo los cientos de piezas que lo formaban.
 

Después de dar las gracias, guiñando un ojo y mirando al cielo, abrió la caja, sacó el libro de instrucciones y se puso manos a la obra. Pieza cuadrada por aquí, cilindro por allá, articulación por este otro lado... hasta que, por fin, el juguete quedó listo. Le sobraron dos o tres piezas, pero tampoco se preocupó demasiado: había quedado muy, pero que muy bien.
 

- Y ahora, amigo robot, te tengo que poner un nombre. Te vas a llamar Trot -dijo.

 

Aquella fue la primera palabra que escuchó Trot. No, Trot no cobró vida como tú o yo, no saludó al niño ni lo animó a llegar hasta el infinito y más allá ni le pidió comida ni salió corriendo. Simplemente, fue consciente de que era alguien. Alguien hecho por otro alguien, alguien al que le faltaban un par de piezas o tres, pero alguien, al fin y al cabo.
 

- “¿Y esto? -se dijo Trot- ¿Qué hago aquí? ¡Vaya! Tengo cabeza, brazos, piernas, radares, armas, alas... ¿Quién soy?”.

 

Entonces el niño decidió empezar a jugar. Imaginó que Trot era un proyecto ultrasecreto de una agencia ultrasecreta que debía proteger a la humanidad. ¿Y dónde estaba la humanidad? ¡Oh, sí! La humanidad eran coloridos indios y vaqueros de plástico, “clips de famobil” y cerillas, un reloj de pulsera sin pilas que hacía las veces de nave espacial y un avión de hierro macizo, coches medio desmontados y un camión... Allí estaba la gente, los buenos y los malos, los de abajo y los de arriba; y Trot, que era un robot fiel, se disponía a evitar que los coches cayeran por los precipicios, que los vaqueros conquistaran a los indios o que pequeños indefensos se perdieran por calles oscuras. Estuvo toda la noche trabajando por el bien de la humanidad; sin embargo, cuando estaba a punto de amanecer, una nave espacial enemiga le lanzó un cohete, y el héroe robótico, cayendo al suelo, se rompió en más de diez pedazos.
 

Al día siguiente el niño, después de reconstruir a Trot, se dispuso a seguir con sus aventuras. Le faltaban seis o siete piezas, y uno de los brazos había quedado más corto que el otro. Trot se preguntó de nuevo quién era, pues sentía la falta de aquella parte de sí. Pero no lo dudó mucho: seguía siendo él, aunque ahora lo llamaban Trot el manicorto. Subió hasta la terraza, se peleó con villanos preparados para hacer el mal, bajó hasta el salón y se manchó con un líquido caliente y marrón procedente de un gigantesco depósito al evitar que un tren eléctrico, de nombre Antón, descarrilara, y luego asistió, perplejo, al segundo descarrilamiento, cuando un malo malísimo rompió la vía por la mitad y él fue incapaz de llegar a tiempo: el tren cayó de la mesa y huyó con rumbo desconocido. Sin tiempo para reponerse, Trot tuvo una encarnizada batalla con el responsable del desgraciado accidente, un dictador malvado de pelo amarillo que quería controlar el mundo. Nuestro valiente venció, pero durante la lucha perdió un brazo y una pierna. Manco y cojo, regresó a la habitación del niño, pensando que no siempre se puede ganar y que hay victorias que saben a derrota.

 

- “Vaya, he fracasado” -se dijo, y la sensación de no haber cumplido con su deber le estuvo rondando toda la noche.
 

A la mañana siguiente, el niño miró fijamente a Trot, y le dijo:

- Amigo, no te preocupes por lo de ayer. Al tren no le pasó nada: Antón es un aventurero. Me ha dicho que te diga que se lo ha pasado muy, pero que muy bien.

 

Así pues, Trot, manco y cojo, quedó mucho más tranquilo, preguntándose, eso sí, qué habría sido de su brazo y su pierna.
 

Durante meses Trot fue todo un héroe en la habitación del niño. Haría falta mucho más que estas pocas líneas para relatar el montón de alucinantes aventuras que vivió. Sin embargo, cada día perdía alguna pieza de alguna parte del cuerpo: un dedo, un codo, un ojo, una rodilla, un ala... Cada vez que luchaba contra algún feroz oponente, cada vez que caía despeñado por un desfiladero, cada vez que intentaba salvar a una india Piel Verde de las garras del maligno sheriff blanco… dejaba una parte de sí en algún recoveco olvidado. Con las piezas que había desperdigadas por la habitación y no se habían perdido, el niño hizo otro robot, más pequeño, y lo colocó frente a Trot.

 

- “¿Quién seré ahora? -se preguntó Trot- Veo ahí, enfrente, algo que parece ser parte de mí, pero creo que no soy yo. Es distinto: no es mi brazo, no es mi pierna ni uno de mis cañones ni mi ojo... Y, sin embargo, es un poco de todo eso. ¿Qué habrá pasado? ¿Todavía soy yo, o me he dividido en dos?”.
 

Entonces entró el niño, miró fijamente al único ojo de Trot, y le dijo:

- Amigo, tú eres Trot, el robot. Has cambiado mucho, pero no te preocupes: yo también he cambiado, y a la vez soy el mismo. Ya lo sé, es raro, pero… ¿sabes qué? Podemos seguir corriendo aventuras juntos, que es lo importante. Además: ahora tienes un compañero. Ahí está, justo enfrente. Todavía no le he puesto nombre. Lo he hecho para que te ayude. Y… Bueno, y también porque he perdido la caja con el libro de instrucciones, y no me acuerdo de cómo recomponerte otra vez. Eso sí: quiero que sepas que, para mí, te pase lo que te pase, seguirás siendo Trot. ¡Vamos, amigo: adelante, siempre adelante!

 


 

 

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