Superhéroes: los hombres y mujeres divinos de la civilización científico-tecnológica

15/03/2017

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En la estructura de toda civilización existe un nivel religioso dentro del que se encuentran los héroes, que pueden ser puramente míticos, o bien históricos. En este segundo caso, la sociedad tiende en mayor o menor medida a convertir sus héroes en mitos.

 

Esta es una premisa necesaria para comprender el tremendo éxito que han alcanzado las películas de superhéroes, y para desmontar dos interpretaciones muy simplistas que se escuchan a veces: “los superhéroes tienen mucho de cristianos”, o “los superhéroes son anticristianos”. Ni lo uno, ni lo otro, creo yo. Veamos brevemente cuatro tipos de héroes que se han dado a lo largo de la historia de las civilizaciones, que nos pueden aclarar este punto y ofrecer una visión diferente sobre el tema.


 

1. El antepasado mítico.

 

En culturas con una estructura religiosa de tipo totémico o animista, la civilización se remonta hasta un primer antepasado que protege el presente, y en el que, de alguna manera, está “concentrada” la esencia de la familia, la comunidad o la sociedad entera. Suelen existir concreciones físicas de estos antepasados, como los tótems o las calaveras de los primeros jefes de la tribu, que reciben normalmente culto. Estos antepasados pueden ser buenos, o malvados, con funciones variadas: protectores de la tierra, asesinos de los que se pierden fuera del lugar que ocupa la civilización, protectores de los guerreros, de los animales domésticos… Algunos ejemplos: la cultura Wintu, la Mundurucú, la Arapesh, la Venda, la Nuer…


 

2. Las civilizaciones politeístas.

 

En estas, el héroe, o personaje divino, es alguien del tiempo de los orígenes o tiempo mítico: un tipo de ser extrahumano, por lo común hijo de una divinidad y de un ser humano, que, a diferencia de los dioses, ha sufrido la experiencia de la muerte. El héroe tiene un culto diferente a los dioses, conectado generalmente con la idea de la muerte. Se caracteriza por la ambigüedad moral y física, y por el aspecto muchas veces monstruoso; suele ser culpable de ὕβρις, es decir, de insolencia o altivez, que le hace incapaz de atenerse a su función de ser mortal. La gente teme a los héroes, pero también los adora, ya que estos, siendo en parte humanos, pueden socorrer a los humanos. Históricamente hablando, poco a poco el sentido del “héroe” se alarga hasta alcanzar, por ejemplo, a los atletas victoriosos o a los guerreros valientes en la batalla: pasa de ser un personaje solo mítico, a poder ser un personaje histórico que se ha mitologizado. Como ejemplos: la civilización mesopotámica, la ugarítica, la hitita, la celta, la egipcia, la hindú o la grecorromana.


 

3. Las civilizaciones monoteístas, en concreto el cristianismo.

 

El héroe cristiano es en primer lugar el mártir, y más tarde el santo en general. Dice San Agustín (La ciudad de Dios, 10, 21) que el cristiano debe considerar al mártir como su héroe. El santo cristiano es un personaje histórico, no mitológico, y, por tanto, es solo un ser humano. No tiene la ambigüedad moral del héroe de las religiones politeístas, sino que es un perfecto seguidor-imitador de Cristo, y por eso participa en cierta manera de sus cualidades, lo que le hace, después de la muerte, ser objeto de veneración. Esta concepción, muy diferente a la de las culturas anteriores, y que encontramos al inicio de la historia del cristianismo, se fue desarrollando a lo largo de los siglos con una fuerte influencia, a nivel práctico, del anterior culto de los héroes. Así, en el siglo IV hay una especie de fanatismo en el desarrollo del culto de los santos, que se extiende enormemente. La Iglesia trató de frenar los excesos, con una eficacia en general poco duradera. Así, a lo largo de la época de la cristiandad se observa en muchas ocasiones, principalmente (pero no solo) a nivel popular, que el límite entre el culto de los héroes del politeísmo y el de los santos se desdibuja en ciertos aspectos. Como ejemplo claro podemos poner los Hechos Apócrifos de los Apóstoles, que tuvieron un éxito tremendo entre la gente durante los primeros siglos del cristianismo, y en los que la persona santa asume muchas de la cualidades de aquellos héroes mitológicos, llegando a convertirse en un θεῖός ἀνήρ – γυνή, es decir, una persona de rasgos pseudo-divinos.


 

4. La civilización científico - técnica: los superhéroes.

 

Llegamos a la sociedad actual, y nos encontramos con Spiderman, Ironman, Hulk, Superman, Batman, la Viuda Negra, Thor, el Capitán América, los X-Men y toda la demás muchedumbre de personajes a los que nos hemos acostumbrado poco a poco a golpe de películas taquilleras. Pues bien: no cabe duda de que forman una nueva mitología con unas características esenciales. Veamos dos de ellas.

 

La primera: viven en una sociedad post-creyente y, por tanto, no tienen origen divino (incluso Thor, hijo de un Dios en la mitología nórdica y germánica, procede, como superhéroe, de otra parte del Universo, al igual que Superman), aunque sí cualidades extraordinarias, propias de los héroes mitológicos. Todos tienen su origen en la ciencia (bien sea experimentos científicos, por lo común fallidos, bien sea cualidades especiales aumentadas a base de entrenamiento, meditación e instrumentos tecnológicos, bien sea saltos en la evolución genética…) o en planetas remotos dentro de un Universo todavía desconocido, aunque habitado.

 

La segunda: se da en ellos una amalgama de todo lo que hemos visto antes. Por ejemplo: Superman procede de una civilización de origen animista, en la que la calavera del primer antepasado contiene la esencia de todos; los superhéroes luchan por hacer el bien, concebido este como justicia (ojo por ojo), pero también son culpables de ὕβρις, es decir: por su culpa se producen los grandes males que afligen a la sociedad, aunque también gracias a ellos se solucionan estos males; el aspecto de muchos de ellos es monstruoso; la gente teme a los superhéroes, pero clama a ellos cuando se encuentra en dificultad, los adora, y esta “adoración secularizada” forma parte del guión de cómics y películas; cuando mueren, lo hacen “entregando la vida” por la humanidad o por el bien, al estilo de los mártires cristianos (aunque normalmente mueren matando a algún “malo”); son seres mitológicos que no pertenecen a nuestra historia real, aunque viven dentro de la “historia” donde se mueven, es decir: no pertenecen al “tiempo de los orígenes”, sino que forman parte de la sociedad en la que actúan; sus aventuras y desventuras son concebidas, al menos en parte, como enseñanza moral para la educación social, en un formato doble: cómics y cine - televisión.


 

Concluyendo.

 

Los superhéroes no son una invención religiosa, ni antirreligiosa. Forman una mitología que responde al momento histórico en el que ha surgido: una civilización, la moderna-postmoderna y particularmente la norteamericana, en la que el centro ya no es la relación con la divinidad, sino con la ciencia y la técnica. Sin embargo, en esta sociedad, paradójicamente, la estructura sigue siendo religiosa y, por tanto, se necesitan claves religiosas. Estos fundamentos se toman de todas las civilizaciones anteriores, y se aplican de un modo propio.

 

Por tanto, y por lo que a los cristianos respecta, yo no trataría de hacer a los superhéroes “nuestros” a la fuerza (tratar de que “sean cristianos”), porque no lo son, ni de arremeter contra ellos porque no lo sean. Más bien me parece que hay que fijarse en el lugar al que apuntan: el vacío que ha dejado nuestra civilización moderna, ese “God-shaped hole”, como dice el grupo de rock U2 (Mofo, Pop, 1997), ese agujero con forma de Dios que ellos tratan inútilmente de llenar. Y seguir anunciando, con alegría, entusiasmo y esperanza, al Dios de la Misericordia, reconociendo, como dice San Justino (Apología II, 7) en lo bueno de la cultura actual esas “semillas del Verbo” que muestran el anhelo que habita en el fondo del corazón de cada ser humano, de cada pueblo, de la humanidad.


 

Bibliografía:

M. Simonetti, Classici e Cristiani, Milán 2007.

A. Brelich, Introduzione alla storia delle religioni, Roma 2006.

 

 

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