"Twin Peaks": la asombrosamente lynchiana lucha entre el Bien y el Mal

24/05/2017

 

 

Pues sí. Terminó la tercera temporada de Twin Peaks, y puedo decir que es la mejor y más asombrosa serie que he visto nunca. ¿Así, con todas las letras? ¿No es exagerado? Desde luego que no. Solo hay una cosa exagerada en Twin Peaks: Twin Peaks.

 

¿De qué va? Imposible decirlo de una forma que resulte coherente, porque lo de la coherencia clásica no va con su creador, David Lynch: una mañana aparece, en la orilla de un lago, envuelto en plástico, el cadáver de Laura Palmer, una ejemplar (en principio) chavala del instituto de un pueblo de montaña, y llega para investigar el caso un agente del FBI, Dale Cooper (Seguro que todos los que tenemos ya cierta edad hemos escuchado en nuestra adolescencia aquella pregunta: ¿quién mató a Laura Palmer?).

 

Sin embargo, el horizonte de la serie no es descubrir al asesino, sino… otro, no preguntéis cuál. Formalmente, la serie es de una belleza asombrosa. Su fondo resulta tan poliédrico, tan alegórico, tan repleto de aristas, idas y vueltas, tan sorprendente, que no se puede comparar con el de ninguna otra serie de la historia. Bueno, sí: quizás con el de Carnivàle, pero aquella era algo más clara, y… quedó sin terminar. Todo lo que se ha hecho desde entonces ha bebido, en mayor o menor medida, de aquí (especialmente series del tipo Perdidos, Breaking Bad, The OA, Westworld o Fargo). 
 

Después de que se nos helara la sangre con aquellos "cliffhangers" con los que finalizaron las dos primeras sesiones, allá por los 90, ya hemos podido quedarnos boquiabiertos, nuevamente, con el final de la tercera y, Lynch mediante, última temporada: una vuelta de tuerca todavía más oscura, más sorprendente, más inexplicable, mordaz, violenta, profunda y surrealista a la misma idea. Ya corren ríos de tinta preguntándose qué significan los personajes y situaciones nuevos, qué tienen que ver con los anteriores, y si dan alguna luz para poder comprender lo que resultó incomprensible a finales del siglo pasado.
 

No, no se trata aquí de procurar aclarar el misterio de Twin Peaks. Merece la pena verla como lo que es: una historia de lucha entre el Bien y el Mal que abre muchas más preguntas que responde, y que nunca ha querido llegar a una conclusión indiscutible. Una lucha en la que se refleja la crisis de la sociedad actual, una crisis total: de sentido, de existencia, de esperanza, de moral, de familia, de juventud, de infancia (¿alguien recuerda algún niño "propio" en Twin Peaks, aparte de ese escalofriante nieto que, con su abuela, habita en la Logia Negra, o de ese otro que va paseando por el parque con su madre en la que posiblemente sea la escena más escalofriante de la historia de la televisión?), de transmisión de valores, de soledad profunda… No hay ninguna serie, me parece, que haya reflejado así de certeramente lo oscuro de nuestra época, ese lodazal de sinsentido en el que estamos inmersos. Una sociedad en la que es difícil encontrar una verdad, y en la que todos tienen demasiado que esconder, aunque en el fondo todos sepan algo de aquello que parece estar escondido. Una sociedad que parece feliz, pero en la que el ser humano, con su búsqueda de poder y su violencia, ha insertado una semilla capaz de pudrir la bondad hasta límites macabros.
 

Pasemos ahora a lo más admirable de la serie: su simbolismo sin parangón. Explicar qué significa cada cosa que aparece ahí es casi imposible, porque su autor las ha dejado así, sin más: sin explicar lo que quieren decir. Pero sí se pueden enumerar algunos de los símbolos que señalan más allá de sí mismos: el brazo izquierdo de algunos personajes, que de repente deja de tener fuerza; Mike y Bob; los árboles; el leño que habla con una mujer que parece estar loca y resulta ser la más cuerda del lugar; el caballo pálido que aparece de cuando en cuando (y que, según algunos, hace referencia a Ap. 6,8); el gigante; el enano, también llamado “el hombre de otro lugar” o "el brazo de Mike", y su terrorífico baile; el anillo verde con la misma inscripción que hay grabada en una cueva del bosque, y que llevan colocadas las víctimas antes (o después) de morir; el semáforo; los sueños; "Jowday" o "Judy", la "Madre" de todos los males que surgió de la primera prueba de la Bomba Atómica; los mensajes alegóricos provenientes de los lugares más estrafalarios; la tenue línea que separa los sueños y la realidad, a veces imposible de reconocer; el fuego y el humo; las lechuzas, que no son lo que parecen; la Rosa Azul; la corriente eléctrica; los enchufes; el número 6, el 430, el 315 y otros que van surgiendo a lo largo de la serie; la “pena y el dolor” de los que se alimentan los personajes de la Logia Negra; los “Dopplegänger”, esos dobles maléficos (o buenos, depende de quién los haya manufacturado) de los que están atrapados en la Habitación Roja; los ángeles de la guarda (¿cómo? Pues sí, los ángeles de la guarda, así es); la estatua de la Venus de Milo que aparece en la Habitación Roja; la misma Habitación Roja, que parece un purgatorio anterior a la Logia Negra o la Logia Blanca, que se supone que son una suerte de infierno y cielo; el tiempo (o la relatividad del tiempo, dentro de esa macabra habitación, que se refleja en la espeluznante manera de hablar de sus habitantes) y el espacio; las diferentes dimensiones espaciotemporales que conviven como horizontes paralelos sin que sepamos exactamente en cuál de ellas estamos…
 

En fin: en el fondo, la serie habla del Mal, provocado por el ser humano y que traspasa la materia y el tiempo: un Mal que se cuela por el flanco más débil de cada persona y que desde ahí se expande hacia todos los flancos hasta lograr convertir a esta en un esclavo, que se deja atrapar y se entrega a aquello que es contrario a su propio ser. Resulta sorprendente ver cómo las armas que utiliza el Mal son la violencia, el poder, el placer, el terror o la manipulación, mientras que el Bien se defiende a través de la simplicidad, el servicio, el amor y la misericordia, aportando siempre lo propio, de forma misteriosa, para que los demás puedan salir adelante. La oscuridad de "Jowday" o "Bob", que toman posesión de las personas y las obligan a hacer lo que no quieren, se contrapone a la luz de Laura Palmer (una muestra del culto a la mujer que encontramos por doquier en Lynch, alejado de cualquier feminismo ideológico, y cuyo culmen es, sin duda, la aparición de Monica Bellucci en el ep. 14), que lucha hasta más allá de la muerte con la única defensa de su grito, el grito del sufrimiento de todas las víctimas. Como se ve, los paralelismos con la experiencia de Cristo son más que casuales, aunque Twin Peaks no sea, por supuesto, una serie cristiana.
 

Todo este horizonte de iconos que señalan la misma dirección hay que irlo descubriendo con paciencia, porque David Lynch, ese "enfant terrible" mezcla de Dalí, Picasso, Wilder, Brando, Pearl Jam, Nine Inch Nails o Kafka del séptimo arte, va dejando retales de sentido esparcidos cada cierto tiempo, muchos de ellos escondidos. Pero el cuadro completo… hay que esperar al final para, con asombro, poder contemplarlo. Después de verlo, sin embargo, hay que seguir preguntándose, porque cada respuesta lleva a más preguntas. Así es Twin Peaks. Así es David Lynch.

 

 

 

P. D.: una última recomendación. Si se quiere comprender a fondo el universo de Twin Peaks, hay que visitar la filmografía de su autor. Todo lo que vemos aquí se encuentra, de una manera u otra, en "Cabeza Borradora", "El Hombre Elefante", "Dune", "Terciopelo Azul", "Corazón Salvaje", "Carretera Perdida", "Una Historia Verdadera", "Mulholland Drive" o "Inland Empire". Todas difíciles de ver. Todas obras de arte. Todas puro Lynch.

 

 

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