“Hijos de los hombres”. Alfonso Cuarón, 2006

17/06/2017

 

 

Intro. Tenemos aquí una de las mejores películas de ciencia-ficción de este siglo, una auténtica obra maestra, puro cine de autor de una perfección formal admirable, un realismo agobiante y sobrecogedor, y, sobre todo, una capacidad de entrever el futuro que hace que hoy día esta cinta tenga una actualidad alarmante. 


Cuarón es un director que sabe combinar con brillantez el manejo de la cámara y los hilos de las historias, de manera que no consigue solamente dejar boquiabiertos a los espectadores con algunos de los más geniales planos secuencia de la historia del cine (uno de ellos, ejemplo para estudiantes universitarios, es precisamente la escena de la persecución en el coche, dentro de este film), sino, al mismo tiempo, aterrorizar dibujando un futuro con unos trazos tan hiperrealistas, que cada vez se parece más al camino que sigue nuestra sociedad. 

 

 

Lo que cuenta. Estamos en el año 2027, y el ser humano se encuentra al borde de la extinción: por alguna razón no del todo clara, aunque consecuencia de los pasos que ha ido dando la sociedad moderna, todas las mujeres del planeta se han vuelto estériles. La persona más joven de la Tierra, con 18 años, acaba de morir asesinada. Inglaterra se ha convertido en un país cerrado con durísimas leyes contra la inmigración, y el caos social se adueña de la gente a ritmo galopante.

 

Theo, un burócrata harto de todo que, en una época anterior, fue activista radical, es contratado por Julian, una antigua compañera, para que proteja la vida de una mujer. Theo se ve envuelto en una carrera contrarreloj para poder poner a salvo a la persona que puede cambiar el futuro de la humanidad, mientras el ejército, radicales de todo tipo, mafias variadas y gente perdida campea a sus anchas en medio del desconcierto y la desesperanza. 

 

 

Los valores. Nos encontramos ante una película en la que no hay concesiones claras a una ideología determinada, o a posiciones políticas de cualquier tipo. La humanidad ha llegado, por su propio pie, hasta una crisis en la que no hay posibilidad de vuelta atrás, y solo queda esperar el fin, que llegará, si nada cambia, poco a poco, al momento en que el último ser humano actual muera de viejo. 

 

Pero el dibujo tiene muchos trazos que coinciden con lo que está pasando hoy: leyes contra la natalidad, experimentos, radicalismos nacionalistas, extremismos y terrorismo de todo tipo, expulsión de los inmigrantes, desencanto de los líderes y los pensadores, violencia sin control como respuesta a la desesperanza… Si se mira la sociedad actual, hay pocas de las realidades que aparecen en la película que no se vean reflejadas de una u otra forma.

 

  • El valor más claro de la película es, sin duda, su planteamiento de fondo: sin niños no hay futuro. Parece una verdad de perogrullo, pero si se miran las tendencias ideológicas y sociológicas de nuestra Europa, muchas de ellas apuntan a lo que pinta la cinta dentro de 10 años.

 

  • Hay también otro valor muy claro: el presente que no se construye acogiendo y abrazando el pasado, no tiene futuro. El personaje de Michael Caine es un vivo retrato de esa modernidad desencantada que, a pesar de todo, quiere seguir mirando algún horizonte, aunque para él sea demasiado tarde.

 

  • Hay una escena cumbre en la película, que sin duda refleja lo que el autor quiere mostrar. En medio de una batalla infernal en la que no hay buenos ni malos, solo violentos, lo único que es capaz de devolver la humanidad a la humanidad enferma es el llanto de un niño.

 

  • Ante el miedo, que se adueña de una sociedad encerrada en sí misma, hay un camino diferente: la capacidad de entregar la vida por el otro. Esto es, sin duda, lo más importante de la aventura de Theo. Los que se entregan, abren vías más allá de sus propias vidas. Y la última palabra que aparece en la película así lo hace saber: “Mañana”.

 

Una película que hay que ver obligatoriamente. Su dureza y su pesimismo se compensan con una esperanza que late en el fondo, una esperanza con rasgos claros de trascendencia. 

 

 

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