“Las nieves del Kilimanjaro”. Robert Guédiguian, 2011

18/06/2017

 

 

Intro. Aquí tenemos una película de cine social, situada en mitad de la crisis de las ideologías, que trata muchos temas actuales y lo hace de forma madura, realista, esperanzadora, honesta y utópica.


Hacen falta historias así. Eso sí: el secreto de su genialidad es que está basada en un poema, que añadimos al final de este artículo, de uno de los mejores escritores de la historia: Victor Hugo. La pobre gente. Una poesía de una dureza, sensibilidad y profundidad realmente exquisitas.  

 

 

Lo que cuenta. Michel pertenece al sindicato de su empresa. Sin embargo, esta decide hacer recortes en la plantilla. Hay un acuerdo tácito dentro del sindicato: en el sorteo para ver quién deja el trabajo no deben entrar ellos. Sin embargo, Michel mete su nombre porque no quiere privilegios, y su papel sale junto con otros, que son expulsados de la empresa. 


Su vida es feliz. Su matrimonio con Marie-Claire, después de treinta años, parece ir bien, y sus hijos y nietos los llenan de orgullo. Sin embargo, hay algo en sus conciencias que les hace pensar, en el fondo, que algunas cosas no funcionan. El bienestar que han adquirido tiene algo, que no saben explicar, en contra de aquellos sueños idealistas de juventud.

 

Todas sus seguridades ideológicas saltarán por los aires cuando, tras la fiesta de su aniversario de bodas en la que, entre todos, les regalan un viaje a África, que los llevará a los pies del Kilimanjaro, dos hombres armados y enmascarados entran en casa, los golpean, los atan y se fugan con sus tarjetas de crédito y el regalo.

 

 

Los valores. Hay una bondad de fondo en esta historia que choca frontalmente con las ideologías modernas, tanto las de izquierdas como las de derechas. De hecho, resulta muy divertido leer algunas críticas “ideológicas” que rechazan la película por ser “reaccionaria”. Nada más lejos de la realidad.

 

El profundo humanismo que late en el fondo de esta maravillosa historia bebe mucho del poema de Victor Hugo, y lo traslada de una manera sutil y hermosísima a los tiempos actuales, añadiendo unas necesarias gotas de crítica a las clasistas ideologías que, curiosamente, se han vuelto a poner muy de moda por ambas esquinas del mapa social actual. 

 

  • La película hunde sus valores en la familia como fundamento esencial, aceptando, eso sí, la crisis de la propia estructura familiar, que queda muy clara a lo largo del metraje. Sin embargo, el matrimonio protagonista lucha contra viento y marea porque, sencillamente, se ama para siempre.

 

  • Hay, por tanto, una realidad que la película presenta sin concesiones: la diferencia generacional, el abismo que separa a aquellos que lucharon por unos valores modernos que creían claros e inconmovibles, y las generaciones posteriores. 

 

  • La desestructuración de la sociedad moderna está clara, muy clara, aquí, y especialmente la falta de horizontes de la juventud, fruto del cambio social profundo que hemos vivido en las últimas décadas. Ante ella, los discursos son inútiles. Solo las acciones que ponen en juego la propia seguridad, la fama y las creencias para encontrar al que sufre y comprender sus razones tiene algo que decir.

 

  • En definitiva, la pregunta que plantea la película es si queda algo de todo aquello que se construyó que merezca la pena salvar, por lo que merezca la pena luchar, después de la caída de la modernidad. La esperanza que late en el corazón de la pareja protagonista supera los obstáculos de una forma tan sorprendente, que merece la pena acompañarles.

 

Como final de esta presentación de la película, aquí está el poema en el que se basa. Una obra de arte que golpea el corazón y llega hasta lo más profundo del alma.

 

 

La pobre gente – Victor Hugo.
Fragmento final.


(…) 
Ruidosa y clara abrióse la puerta de repente,
dejando un blanco rayo entrar en la cabaña,
y el pescador, alegre, con sus chorreantes redes
en el umbral mostróse, y “Así es la mar”, le dice.

 

X


Jeannie gritó: “¡Eres tú!”, y fuerte contra el pecho
estrechó a su marido cual si fuera un amante,
y besó su chaqueta arrebatadamente
en tanto que él decía: “¡Aquí estoy ya, mujer!”,
y mostraba en su frente, que el fuego esclarecía,
su alma franca y buena que Jeannie iluminaba.
“—Me han robado —le dice—; el mar es una selva.”
“—¿Qué tiempo ha hecho? —Duro. —¿Y la pesca? —Muy mala.
Pero mira: te abrazo, y ya me siento a gusto.
No pude pescar nada, y destrocé las redes.
El diablo andaba oculto en el viento que aullaba.
¡Qué noche! Hubo un momento que creí entre el estruendo
que el barco se volcaba, y se rompió la amarra.
Pero dime, ¿qué has hecho tú durante este tiempo?”.


Ella sintió en la sombra un estremecimiento.
“—¿Quién, yo? ¡Dios mío!, nada, lo que suelo hacer siempre.
Coser y oír rugir el mar como un gran trueno.
Tuve miedo”. “—El invierno es duro, mas da igual”.
Luego, temblando como quien se ha portado mal,
“—A propósito… —dijo—, nuestra vecina ha muerto.
Ayer debió morir, en fin, ya poco importa,
al caer el sol, después que partiérais vosotros.
Dos niños deja ella, muy pequeños aún.
Se llama uno Guillaume, y la otra Madelaine;
él todavía no anda, la niña apenas habla.
Esa buena mujer vivía en la miseria”.
 
Cobró él un grave aspecto, y echando en un rincón
su gorro de forzado, mojado por las olas,
"—¡Diablos! —dijo— rascándose, absorto, la cabeza.
Teníamos cinco niños, con éstos serán siete.
Ya alguna noche, a veces, sin cenar nos quedábamos
los meses del invierno. ¿Cómo haremos ahora?
Bueno, no es culpa mía. Eso es tan sólo asunto
de Dios. Aun así, es un grave accidente.
¿Por qué habría de llevarse a esa pobre mujer?
¡Qué cuestión tan difícil! ¡Mucho mayor que un puño!
Para entender todo esto, hay que tener estudios.
¡Criaturas!, tan pequeños no podrán trabajar.
Mujer, vete a buscarles, pues si se han despertado,
estarán asustados de estar junto a un cadáver.
Es su madre ¿no ves?, que llama a nuestra puerta;
abrámosla a esos niños. Vivirán con los nuestros.
A todos los tendremos, de noche, en las rodillas.
Vivirán como hermanos de nuestros cinco hijos.
Cuando vea el Señor que hay que buscar comida
para esos nuevos niños junto a los que tenemos,
para esa pequeñina y para su hermanito,
Él hará que cojamos más abundante pesca.
Beberé sólo agua y haré doble trabajo.
He dicho. Ve a buscarles. Mas, ¿qué tienes? ¿Qué pasa?
Tú sueles hacer siempre las cosas más deprisa".
 
“—Mira, aquí están”, le dice, abriendo las cortinas.

 

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