Consejo de hiena

10/12/2017

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- Hoooooooooola -saludó la sonriente hiena moteada al ingenuo león recostado en la anciana roca bajo el majestuoso árbol de la fuente cantarina, en mitad de la sabana.

 

- Buenos días. ¿Qué haces aquí? -contestó el león, enarcando las cejas, molesto y con cara de pocos amigos.

 

- Oh, estaba dando un paseíto por esos andurriales, y me he dicho: “voy a acercarme a hablar con su majestad, para comentarle algunas cosillas sobre la vida y las relaciones entre las diversas especies que compartimos este incomparable hábitat” -contestó la hiena, enseñando su amplia caja de dientes en una cómica sonrisa.

 

- ¿Qué? -preguntó el león, levantando las orejas.

 

- Que estaba dando un paseíto por esos andurriales, y me he… -comenzó a repetir, cansinamente, la hiena.

 

- Te he entendido perfectamente. Lo que no comprendo es por qué me sueltas esa cantinela a estas horas del día -repuso el león, espantando un par de molestas moscas con el rabo.

 

- Oh, majestad: ya sabe vuestra excelencia que yo no suelo andar con dimes y diretes, y que, desde luego, sería capaz de hacer cualquier cosa por vuecencia. Mas veo, no sin pesar por mi parte y sin que, por otra parte, me cueste reconocerlo, que últimamente está el ambiente, válgame el cielo, harto cargado -contestó la hiena, mirando al suelo y escarbando distraídamente con una pata.

 

- ¿Cómo? ¿Por qué dices eso? -preguntó, reconociendo un extraño cosquilleo ante el sabor del ampuloso lenguaje de aquel poco amigable animal, el león.

 

- Oh, por nada, por nada, su majestad -contestó la hiena-. Líbrenme las potencias celestes de poner en duda la autoridad de nuestro paladín y mayoral. Pero estas puntiagudas orejas han escuchado por ahí que algunos pretenden hacer palidecer las luminarias del honor y el mérito de esta comunidad con violentas diatribas y acciones poco fraternales, mostrando comportamientos indignos de nuestro género, y acogiéndose a tradiciones ya olvidadas o, sin duda, poco decorosas.

 

- ¿Qué demonios me estás diciendo, bichejo? ¿Que se está poniendo en duda mi autoridad? ¿Que hay algunos que viven en contra de lo que hemos decidido que es adecuado? ¿Y qué hemos decidido que es adecuado, a todo esto? -se preguntó el león, intranquilo e inseguro.

 

- Ha dado su majestad en el clavo, en mi humildísima opinión -respondió la hiena, con un quiebro en el discurso y un destello en la mirada-. ¿No sería mejor aclarar algunas normas, y que estas sean en defensa de su autoridad inmarcesible, en lo posible y sin perjuicio de otras maneras de comprender ciertas pautas singulares y/o ajenas?

 

- ¿Mi autoridad inmarcesible? -repitió, arrugando hocico y bigotes, el león.

 

- Me refiero a su inconmensurable grandilocuencia, oh sopratangente justicialidad máxima -respondió, pausada, prosopopéyica y solemnemente, la hiena-. Ya sabe usted que yo, siempre en representación de mis dúctiles cooperadores corporativos, suelo mantener una cercana lejanía objetivamente interesante respecto a las decisiones de su majestuocérrima clarividendancia. Ha llegado el momento, no obstante, de hacerle ver, si acaso su ojerondónida perspicacia certerandricónica no le hubiera llevado a tal conclusión, que sus enemigos andan más cerca de lo creíble, colmillo avizor, buscando el modo de devorar sibilinamente su merecidipóndido y potentisofiástico poder.

 

- Me dejas de piedra -respondió, pensativo, el león-. Nunca se me hubiera ocurrido que las cosas estuvieran así. De hecho, no sé muy bien qué significa que las cosas estén así. Necesito reflexionar sobre la situación, sin duda.

 

- Reflexione usted, vuesa magnanimólida hipermegaexcelínica grandiosincracia… nidad -recomendó la hiena, fijas las pupilas en la mirada del león-. Pero no tarde demasiado: urgen cambios, si no quiere que nuestra incólumemente graciosélfida comunidad se vea irremisiblemente conducida a una honda vuotisidad estentoródrica e inapotentosa.

 

- Por supuesto, por supuesto. Eso sería horripilante -certificó el león, sopesando la probable gravedad de lo que acababa de afirmar la hiena-. No te preocupes. Tendrás una respuesta muy pronto. Gracias por tu consejo, fiel aliado -la hiena, no queriendo insistir más en sus observaciones, hizo una exageradísima inclinación y se retiró de su presencia.


 

El león entonces empezó a pensar que, efectivamente, aunque nunca se hubiera dado cuenta y, mirando la realidad desde su altura, las cosas parecieran marchar con cierto equilibrio, quizás había algunos, esos a los que se había referido la hiena, que querían destronarlo y colocarse en su puesto, el más alto, y que se movían entre sombras. Ahí podría estar precisamente el punto flaco de su poder: tenía que tener cuidado con aquellos que, de vez en cuando, se manifestaban contrarios a algunas de sus decisiones. "Mucho cuidado, porque por ahí llegan las rebeliones, y las rebeliones traen desequilibrio, y el desequilibrio trae la ruina", se dijo. Claro está: si quería controlar a los insubordinados, aunque realmente no supiera quiénes eran, necesitaba nuevos consejeros. ¿Por qué no nombrar a las hienas, que acababan de mostrar tanta fidelidad a sus órdenes, y que lo agasajaban con tan increíbles halagos?


 

Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, el león decidió defender su puesto, y llamar a su servicio a aquellas fierecillas nobles y solícitas, que seguramente no deseaban otra cosa que atajar el mal para favorecer el bien de la mayoría y su merecidipóndido y potentisofiástico gobierno. Mientras tanto, a lo lejos, se escuchaba un coro de risas lóbregas y se afilaban colmillos avizores que goteaban venenosas ansias de poder.

 

 

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