Cling, cling, cling, clicling

18/12/2017

 

(Aquí te puedes bajar el libro electrónico en formato .epub)

 

 

Queridos niños:

 

érase una vez que se era, en el país de la nieve y los bastoncillos de caramelo y las sonrisas vacías y las compras amazónicas, un supuestamente bondadoso anciano de amplísima barba blanca, chaquetón y calzonas rojas a juego con un ridículo gorro de dormir también colorado, y tales rosetones en las mejillas que diríase que había terminado él solito con una bodega de Anís del Mono, etiquetas incluidas.


 

Montaba un trineo volador del que tiraban ocho renos, uno de ellos con el tonto nombre de “Rudolph”. Sí, ya sé que os sonará imbécil que alguien venga a una ciudad como Málaga conduciendo un trineo, puesto que hace generaciones y generaciones que nadie ha visto nevar ni en la Trinidad, ni en el Perchel, ni en Campanillas, ni en El Tarajal. Imaginad ahora la gracia que tiene que hacer ver llegar a un viejo borracho abrigado hasta las orejas, y deslizándose por entre las nubes con un esquiador, en Harare o en Buenos Aires, por ejemplo, en pleno verano. Ninguna, supongo.


 

¿Y por qué os estaba diciendo esto? ¡Ah, ya me acuerdo! Este señor mayor se solía dedicar a traer regalos a diestro y siniestro, a hurtadillas y bajando por la chimenea, chispa más o menos en la noche del solsticio de invierno del hemisferio norte. Diréis: "¡Oh, vaya, qué gran idea: alguien que regala cosas porque sí! ¡El sueño de todo hijo de padres con problemas económicos!", ¿verdad? Pues no cantéis victoria tan pronto, porque en realidad Santa Clavos, así lo solíamos llamar, solo traía juguetes buenos, caros y deseados a aquellos que ya tenían dinero para pagárselos. Paradójico, ¿no creéis? No me preguntéis cómo lo sé. Me lo han dicho por ahí, y os aseguro que lo he podido comprobar en mis carnes: por muchas cartas que yo le haya escrito, a mí siempre me ha dejado lo que le ha salido del gorro, que normalmente es una porquería de tamaño considerable… mente pequeño. "Oh, probablemente te has portado muy mal", me podríais reprochar. Ni os imagináis lo que me he esforzado, algunas veces, por hacer las cosas bien para que ese barbudo en pijama tuviera algo de piedad conmigo. Para nada.


 

Así que, queridos niños, siendo consciente de esta enorme injusticia, hace ya muchos años hablé con mi grupo de amigos, desencantados, como yo, con la actitud del barrigón de la “Navidad, Navidad, cling, cling, cling, clicling”, y decidimos vengarnos. Porque ya basta, nos decíamos, de que, encima de vivir, yo, por ejemplo, en un 1º, sin chimenea, dentro de un bloque de pisos con 12 plantas, que digo yo que a este tipo alguien le tiene que haber enseñado a forzar cerraduras o abrir ventanas desde la calle, pues eso: ya que haces el esfuerzo de convertirte en un ladrón de mierda para llegar hasta el pie del arbolito de Navidad sin permiso alguno y sin bajada mágica por renegrido hueco de inexistente fogón, ¿qué te cuesta dejar algo de lo que se te ha pedido? Nada de eso: todos los años la misma triste historia, mientras por la tele salían un montón de niños pijos repelentes y sonrientes vacilando de regalazos imponentes.


 

En fin: como digo, de esto hace bastante tiempo. Quizás los más viejos del lugar se acuerden, porque lo que os cuento ocurrió precisamente aquel año en que muchísimos niños quedaron muy descontentos, por decirlo de alguna manera, debido a las poco satisfactorias piltrafillas que recibieron. ¡Qué buen susto le dimos al majareta seboso del reno con el hocico brillante! Un susto que no olvidará en toda su vida, seguro. Al siguiente año, y al siguiente después del siguiente, los regalos siguieron siendo igual de chungos que hasta entonces, pero, al abrirlos, no podíamos evitar sonreír pensando en lo que pasó aquella noche.


 

Aquella noche en la que seguimos a Santa Clavos hasta su escondrijo, en el País de la Navidad, que, a todo esto, se parece una pechá a la sección de juguetes de uno de esos grandes centros comerciales, y nos escondimos dentro de una de aquellas montañas de peluches más feos que caerse de boca con las manos metidas en los bolsillos. Solo llevábamos una lata de pintura negra, una brocha y una caja de cerillas.


 

Poco después de que las luces se apagaran, y antes de que nuestro gandul enemigo despegara desde algún rincón secreto en su única jornada laboral del año, salimos de nuestro escondrijo. Primero pintamos en una pared aquel significativo “Santa Clavos, tócate la rima”. Se le ocurrió al Cabeza. Sí, quizás no sea un lema de esos que quedan para la historia, pero se parece mucho a la mayoría de chorradas que se pueden escuchar en cualquier manifestación antisistema, ¿no? Después nos dedicamos a encender peluches con las cerillas y meterlos bajo todas las estanterías que pudimos alcanzar antes de que el fuego y el humo empezaran a resultarnos demasiado molestos. Tuvimos suerte de poder salir del edificio justo cuando los bomberos llegaban, y con el lío nadie se dio cuenta de aquellos niños encanijados que corrían como si los persiguiera el diablo.


 

Y entonces fue cuando ocurrió lo inesperado. Lo inesperado para nosotros, claro. Seguíamos corriendo, sin parar, con varias bolsas repletas de chocolatinas y dulces surtidos que, ya de camino, habíamos pillado antes de huir. De repente, la Mariquilla pegó un chillido: “¡Eh, quietos ahí!”, y paramos. La Mariquilla era la jefa de la pandilla, válgame el pareado, así que había que detenerse. “¿No escucháis ese llanto?”. Pues sí: alguien lloraba a moco tendido. Nos pusimos a buscar, y no tardamos en dar con el origen del llanterío. Por allí cerca, debajo de un puente, había una pareja de jóvenes. No eran de por aquí, desde luego. No hablaban malagueño, desde luego. Ni siquiera español. Habían llegado desde Marruecos, a bordo de una embarcación clandestina, y el que lloraba era un niño, un recién nacido, con una carita y unos ojazos y una sonrisa que…


 

Aquella fue la mejor noche de Navidad de nuestra vida. En serio. No os sabría explicar por qué, aunque quizás no haga falta: no sé si disfrutamos más haciendo arder el País de la Mierdavidad, o ayudando a que aquel chavalín recién llegado al mundo tuviera una primera noche perita. Por cierto: después, bastante después de aquello, he sabido que hace mucho, muchísimo tiempo, siglos y siglos y siglos, a unos pastores les pasó lo mismo que a nosotros, y descubrieron a un tal Jesús, que acababa de nacer en un establo a las afueras de un pueblo llamado Belén. No sé si sabéis la historia. Yo en verdad ni siquiera sabía lo que es un establo. Aquellos pastores, dejémoslo claro, estaban simplemente cuidando el rebaño, no acababan de joderle la vida a Santa Clavos, como nosotros... aunque no creo que se hubieran puesto en contra de lo que hicimos, ¿no creéis? Seguro que ellos no eran gente de pijo abolengo, sino buena gente.

 

En fin: desde que me enteré de eso, todas las noches de Navidad me siento un poco pastor. Por supuesto, también enciendo una cerilla, para recordar la mejor pira que he hecho arder nunca…

 

 

(Basado en la Carta a Santa Claus, de Gomaespuma, y en el Evangelio según San Lucas, de la Biblia).

 

 

 

Please reload

Historias afines
Please reload