El moribundo

01/06/2018

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Todo era en vano, porque la Muerte

se había aproximado a él,

deslizándose furtiva,

y envolvía a su víctima.

Edgar Allan Poe, El corazón delator.

 

 


 

La puerta de la habitación del hospital se abrió casi imperceptiblemente, y asomó una repeinada cabeza embadurnada en gomina, acompañada de una farisea sonrisa. Tras ella, como es común, salvo en incidentes muy extraños de descabezamiento instantáneo, apareció un cuerpo. En nuestro caso se trataba, combinando ambos, de un sacerdote muy pintiparado que miró a los dos lados, con cuidadoso interés, y se acercó a la primera cama.

 

- Buenas tardes, hijo -saludó al enfermo adormilado. Este abrió los ojos, lo observó con extrañeza y contestó, cansinamente:

- Hola.

- Estoy aquí para acompañarte en estas circunstancias de alegría profunda. Porque, aunque imagino que eso ya lo sabes, el momento del paso de este mundo al reino beato del Padre debe ser una ocasión de acción de gracias y gozo -el hombre encamado, con ambas piernas escayoladas y suspendidas por un juego de cuerdas y poleas hasta las ingles, iba apretando las comisuras de los labios y entrecerrando los ojos mientras el clérigo seguía adelante con la elaboración de su sinuoso discurso-. El Señor a veces nos manda estos sufrimientos porque quiere que lo acompañemos en su sacrificio oblativo, en su cruz redentora; pero es a través de ella como nos llega la santidad, una santidad que hemos de merecer, sí, con la disposición del espíritu, que se debe preparar a recibirla con la gracia que inunda nuestro ser a través de los medios que la Santa Iglesia católica y apostólica pone a nuestra disposición. Por eso, para que el pecado no convierta en oscuridad la chispa de luz que nuestro bautismo nos infundió en el alma, el regalo de la confesión y la unción nos guían en el camino hacia la beatitud insondable. Quizás pienses que es injusto que debas partir tan pronto de esta vida, pero, si es así, debes saber que lo injusto es tu inapropiada pretensión, ya que en realidad es Jesús quien te llama, porque ahora haces más falta allí que aquí, y sus deseos son justos e incomprensibles para las mentes indignas. De hecho, el dolor y el sufrimiento que padeces es una oportunidad inmejorable, si lo ofreces para remediar los pecados y las impurezas de tantos como ofenden al Todopoderoso abrazando al Demonio con vidas desenfrenadas y perversas, con acciones contaminadas y adúlteras que…

 

- Oiga, ¿le puedo confesar algo, pero que quede, así, entre usted y yo? -preguntó el hombre, con las cejas enarcadas y la nariz arrugada.

- Por supuesto. Te escucho, hijo -dijo el hierático presbítero.

- Pues acérquese, por favor -le pidió el enfermo.

- Te escucho perfectamente desde aquí, hijo -replicó el imperturbable sacerdote.

- Que se acerque, coño -espetó el hombre de la cama. El clérigo, perturbado, dando un respingo, acercó la oreja a la boca del señor.

- Te voy a decir tres cositas, ya que estamos tratándonos de tú -le susurró-. En primer lugar, has fallado el tiro. Yo no soy el que se está muriendo, sino el pobre hombre de la cama de al lado.

- Oh, perdón, yo… -se disculpó el cura.

- Yo, que me llamo Federico -continuó el enfermo no agonizante- me he partido las dos piernas en la obra.

- ¿En…? ¿Cómo es eso posible?

- Porque soy peón de albañil, joder, y se me ha caído un carrillo lleno de puto cemento armado desde el piso de arriba. Se me han quebrado todos los huesos por varios sitios. Una putada, ya te digo.

- Pero hijo, esas palabras…

- En segundo lugar -continuó Federico, interrumpiéndolo-, hace diez minutos que ha salido de aquí mi párroco, vamos, el cura de mi iglesia, un tío muy sanote, que ha venido a visitarme porque se ha enterado del estropicio. Me he confesado con él y todo, fíjate. Y, ya que estaba aquí, le ha dado la extremaunción a José María, el pobre que está para espicharla ahí a la vera, y al que tú, por lo visto, venías a ver.

- Oh, es una alegría escuchar que…

- Que te calles. En fin, que es inútil, además de muy molesto, que estés por aquí, ¿sabes? Pero eso no es lo más importante, según parece. Porque, en tercer lugar, ese de ahí atrás te está llamando.

- ¿Quién? -preguntó el sacerdote engominado, dándose la vuelta y no viendo a nadie.

- Me cago en la leche -bufó Federico-: el tío raro con toda la cara del Freddy que tienes justo detrás.

- Oh -dijo el cura, santiguándose varias veces y mirando alternativamente, con nerviosismo, hacia la puerta y al enfermo-, eso... debe ser por las palabras malsonantes que acabas de pronunciar, hijo. Si te confiesas otra vez, seguro que…

- Que no, pesado, que te está señalando y todo, con el dedo asqueroso ese que tiene -repuso Federico, con los ojos muy abiertos.

- A mí no puede ser, es absolutamente imposible: yo estoy en gracia de Dios -replicó el clérigo, levantando un dedo.

- Yo no sé si estabas en gracia antes de entrar, carajote, pero has venido aquí para joderme la tarde diciéndome un montón de cosas que, una a una, a lo mejor están bien, pero todas juntas son para que llegue una enfermera y te infle a bofetones. Está uno aquí sufriendo como una perra recién parida, entras tú y te pones a decir de memoria soplapolleces en vez de preguntar por lo menos cómo va la vida, y después te vas dejándonos peor que estábamos. Si eso no es un pecado de mierda, que baje Dios y lo vea. Aunque, por el careto que está poniendo el Freddy, a no ser que sea cosa de las drogas que me han dado para el dolor, o yo qué sé, va a resultar que al final no es Dios el que ha subido a por ti, no.


 

Entonces el eclesiástico volvió a mirar atrás, sudando como un cerdo el día de la matanza. Después comenzó a respirar entrecortadamente, se llevó las manos al pecho, se sentó sobre la mesilla que había junto a la cama y se fue resbalando, contra la pared, hasta desplomarse en el suelo, mientras Federico, el hombre de las piernas partidas, miraba la escena estupefacto, creyendo ver con toda claridad a aquella extraña sombra infernal, sonriente, dando buena cuenta de tan mal pastor.

 

 

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