Reikicidio

09/06/2018

(Aquí puedes descargarte el cuento en formato de libro electrónico .epub)

 

 

 

 

«Open the gates!».
Baron Munchausen, en 
The adventures of Baron Munchausen, de Terry Gilliam.

 

 

 


«Porque la vida es un ir y venir.
Como esta música, por ejemplo,
que está cogida de un disco… por la cara.
Esto significa que los chicos de Queen
no van a ver un duro a costa de este cortometraje.
¿Por qué? Pues porque se está utilizando
para beneficio de una causa noble.
0’7% ¡YA!»
.
El secdleto de la tlompeta, de Javier Fesser.

 

 

 


- Y ahora, niños, tenemos que encontrarnos con nuestro Chi, armonizarnos con la energía vital universal que nos acoge para caminar hacia el Satori y…

 

Estamos en la era de la postverdad. 
Justo después de la poco pacífica era de la feroz razón.
Que vino detrás de la asalvajada edad de la cristiandad. 
Que a su vez, transcurrió una vez pasada la pasmosamente violenta época clásica greco-romana.

 

Son las diez de la mañana. Clase de 4º de Primaria. 

 

La profesora comienza, como cada día, su sesión de Reiki con el objetivo de lograr la máxima concentración del alumnado de cara a la importante asignatura que este debe estudiar y que ella misma, por supuesto, tiene que impartir. Encontramos a la mitad de los niños con los ojos cerrados. Otros tantos, mientras escuchan la monocorde voz de las indicaciones de la maestra flotando por encima de un aburridísimo fondo musical oriental supuestamente relajante, se tiran bolas de papel, ríen por lo bajo o se dan patadas en las espinillas. Viendo que la tendencia a la distracción aumenta, la profesora toca, con un palito de color broncíneo muy bien labrado, una especie de bol metálico, a guisa de extraña campana, que hay sobre la mesa, y vuelve el silencio. Todos, menos Celia, se colocan en la posición dictada por la instructora. Celia, sin embargo, está dibujando, en una hoja de su libreta, un enano de pelo rizado que carga un hacha a las espaldas y, a su lado, una extraña jovencita que salta hacia un lago dentro de una luminosa caverna, con dos coletas anaranjadas, una boca muy grande, ojos saltones y una sonrisa de oreja a oreja. Aunque, de hecho, si uno se fija bien ve claramente que el dibujo en cuestión no tiene orejas.

 

- Al ritmo de la respiración, nos hacemos uno con el sonido metálico -continúa el mortecino discurso de la educadora- que llega hasta el fondo de la chispa de luz que ilumina vuestro…

 

De repente, la puerta se abre de par en par, con un empellón. La profesora, pasando de la calma total al semblante airado, cruza los brazos y mira hacia el lugar de procedencia del ruido, quedándose, seguidamente, absolutamente anonadada. Entre ella y el pasillo hay un ser de poco más de un metro de altura, melena castaña muy rizada, rasgos duros, amplia narizota, cejas pobladas y ojos saltones, vestido con una cota de malla de cuero, armadura en brazos y piernas, enormes botas llenas de barro y un hacha a la espalda.

 

- ¿Pero qué diablos es esto? ¡Doncella, permítame unas palabras, tengo mucha prisa! -vocea, dirigiéndose a la profesora, con ronco acento- ¡Vigila, Íñigo! -le dice a otro personaje, mucho más alto, que se encuentra parapetado justo detrás, un jovencito de cabellera larga y ondulada, bigote bien perfilado, sonrisa irónica, camisa y pantalón desgastados y chaleco medieval de cuero, con una espada al cinto y dos extrañas marcas en ambas mejillas.
- No te preocupes, Ránguivuck. Si alguien quiere entrar, tendrá que ser por encima de mi cadáver. Sobre todo, si tiene seis dedos en su mano derecha -contesta Íñigo, sacudiendo ambos brazos, dando varios saltitos y cerrando luego la puerta. Se queda fuera, con los brazos cruzados, mirando al pasillo.

- ¿Qué es esto, graciosa doncella? -insiste en preguntar Ránguivuck, haciendo una reverencia ante la abrumada responsable del grupo de niños.

 

Celia mira con asombro, alternativamente, su dibujo y al recién llegado. Luego cierra la libreta, carraspeando, y se seca con la manga el sudor nervioso que le cae frente abajo.

 

- ¿Qué… quién es usted? -pregunta la profesora, que, tras unos momentos de estupefacta inmovilidad, puede volver a hablar.
- Perdone, pero… ¿sería tan amable de apagar esa música hedionda? ¿De dónde sale? -demanda a su vez Ránguivuck, con cara de asco, tapándose las orejas con ambas manos.
- De ahí -informan varios niños, señalando el equipo de música. Entre ellos, también Celia.
- ¡Pues déjalo ya, mujer! ¡Por todos los oráculos del mundo, por las Tres Puertas y Uyulala, es horrible! -aúlla el pequeño hombrecillo.
- ¡Es muy buena música para los niños, que les ayuda a entrar dentro de… -le responde, también gritando, la profesora, aunque, viendo la cara de su oponente, decide cambiar de tercio- ...No le permito que hable así aquí! ¡Esto es violencia de género!
- ¿De qué género? -pregunta Ránguivuck.
- ¿Cómo? -dice la maestra, sin comprender.
- Yo te enseñaré lo que es violencia. Desde luego, tú ni eres una graciosa doncella, ni nada de nada -repone el diminuto guerrero, cogiendo el hacha, blandiéndola con las dos manos y pegándole un tajo al reproductor de audio, que lo parte justo por la mitad. La relajante melodía oriental se corta de repente, y Celia, y con ella algunos otros niños, aplauden asombrados.


- ¡Oh! ¡Mis émbolos laten de emoción! ¡Por todos los vatios, eres mi héroe, hombretón! -se escucha desde el fondo de la clase.

 

Todos los niños se vuelven casi a un tiempo, y ven a una especie de mujercilla poco más o menos de la estatura de Ránguivuck, con la cara maquillada a trazos morados y rojizos y una asombrosamente estrafalaria melena divida en mechones de color negro, naranja, amarillo y caoba, vestida con un largo atuendo verde y blanco.

 

- ¡Vaya! ¡Dichosos lo ojos, Truca! -exclama el destructor de melodías fútiles, arrastrando el hacha, cruzando la estancia y dando un cariñoso achuchón a la recién llegada.
- ¿Pero qué está pasando aquí? ¡Voy a llamar a la policía! -grita, abriendo los ojos como platos, la profesora.
- ¡Que te lo has creído! ¡Yepaaaaaaa…! -se oye, de repente, por encima de las cabezas de todos, mientras aparece una cuerda que cuelga nadie sabe de dónde, y cruza, aferrada a ella, desde el fondo hasta la pizarra, un ser amarillo aún más pequeño que Truca, con ojos saltones, una enorme boca sonriente, dos coletas naranjas amarradas con lazos rosas, y un abrigo rojo. Soltándose de la soga da dos vueltas sobre sí misma y luego, con las piernas por delante, choca contra la cara de la profesora, haciendo a esta trastabillar y caer, a plomo, en su silla. Después se estampa contra la pared, aterriza hecha un guiñapo encima de la papelera, y, como si no hubiera pasado nada, se pone en pie y se sacude- ¡Aquí está ya Rosi, al rescate!

 

Un cuchicheo se va elevando de entre los niños, que pronto se transforma en exclamaciones de asombro y admiración, pasmosas expresiones fascinadas o sonrisas pícaras. Celia vuelve a abrir la libreta, mira su dibujo, mira a Rosi y musita un «No puede ser verdad» incrédulo.

 

- Vamos a ver si nos tranquilizamos, que está la cosa más tensa que mi madre Urgl después de la llegada de aquel dragón blanco de la suerte. Que yo no lo vi, pero me lo han contado ella y mi padre, Énguivuck. Que en realidad yo no soy un enano, sino un gnomo, lo que pasa es que he crecido más de la cuen… -comienza a decir Ránguivuck, levantando un brazo.
- Venga ya, Rangui, no te pongas gilivatios -le espeta Truca-, que si hemos venido hasta aquí es porque vamos a lo que vamos.
- ¡Bueno! Y hablando de lo que importa, ¿está preparada la niña, o no? -pregunta Rosi, mientras ata y amordaza a la profesora, y tira el bol metálico por la ventana.
- ¡Mmmmmmhhhh! -protesta la maestra, observando, con impotencia, el vuelo de la extraña campana tibetana.
- Puede ser. Aunque todavía no le he dicho nada. No me ha dado tiempo, chiquilla. Acabo de llegar. Todos acabamos de llegar, ¿no? -se excusa Ránguivuck.
- ¿Cómo? ¿Pero qué amperios te ocurre? ¡Tenemos mucha prisa, los circuitos se nos funden! -protesta Truca.
- Está bien -dice Ránguivuck. Luego se dirige a los chavales-. Queridos niños: venimos buscando a Celia, una compañera vuestra que… en fin, sabe quiénes somos. De hecho, lo sabe muy bien. Y seguramente sospecha por qué estamos aquí. Veréis: resumiendo mucho, os diré que en el Otro Lado hay un problema muy gordo. Y es que estamos siendo atacados por hadas de medio pelo que disparan brillantina, muñecos ultraviolentos que dicen buscar la paz, políticos siniestramente diestros, o diestramente siniestros, y cantos diabólicamente soporíferos como ese que acabo de quitar de en medio de un hachazo, por poner algunos ejemplos. Pero eso no es lo peor. Porque desde hace algún tiempo, sin que sepamos por qué, están desapareciendo de nuestro mundo las cosas buenas, esas que hacen que la vida tenga otro gustillo, y en los lugares donde hasta hace poco había castillos encantados, casas de madera en los árboles, parques misteriosos o ruinas en las que se podía jugar y contar cuentos, surgen, como setas después de la lluvia, negros edificios con carteles idiotas como «Escuela de cinco idiomas», «Natación competitiva», «Reiki profesional», «Academia de música clásica», «Terapia de autoayuda», «Liceo para el aprendizaje del pádel» y, yo qué sé, muchas más cosas inútiles por el estilo. Nos estamos ahogando en medio de una auténtica ciénaga que rebosa porquería. ¿No os pasa a vosotros lo mismo?
- ¡Sííííí! -contesta, gritando y chiflando, la mayoría de los niños.

 

Celia, sin embargo, está ahora muy callada, y se va echando hacia atrás en la silla, hasta casi desaparecer bajo la mesa.

 

- A todo esto, ¿quién es Celia? -pregunta Rosi, rascándose una coleta- Porque ella nos ha imaginado a nosotros, pero nosotros no sabemos cómo es ella. Nos ha imaginado porque nos había visto antes, o a lo mejor no, pero, de todos modos, nosotros ya existíamos...
- Es ella -contesta un compañero de clase, señalándola-. Dibuja, e inventa historias. La verdad es que es muy rara.
- ¿Rara? ¿Tú te has visto? ¡No me rebobines, bujías y baterías! -exclama Truca- ¡Celia es la única que puede salvarnos! ¿Dónde estás, niña?
- Es… toy aquí -contesta, con un hilo de voz, Celia, levantando tímidamente un brazo.
- ¡Oh, qué alegría verte, amiga! -dice Rosi, acercándose- Eres mucho más guapa de lo que nos habían contado, ¿sabes? ¡Tienes una cara muy graciosa! En fin, tenemos que irnos. ¡No hay tiempo que perder!
- Pero… Tengo mucho que estudiar…
- ¿Qué dices? ¡La mayoría de estas cosas no sirve para nada! -asegura Ránguivuck- ¡Además, ya estudiarás cuando hayamos arreglado el problemón del Otro Lado! ¡Tú vente, y ya vemos! ¡Truca, vamos!

 

Truca saca entonces un pintalabios negro y dibuja, en la pared del fondo, el contorno de una puerta, con su pomo y todo. Los niños miran embobados, sin poder creerse lo que están viendo. Entonces la puerta de la clase, la de verdad, se abre, y aparece el espadachín del pelo largo y bigote.

 

- ¿Falta mucho? Creo que por aquí fuera vienen problemas. Alguien ha contactado con unos caballeros muy singulares, y peligrosos, me temo. No sé si podré detenerlos con mi espada, aunque ya sabéis que soy un maestro en la esgrima. ¿Llamo a Fezzik y a Vizzini?
- No sé, prueba con Fezzik si quieres, que tiene más cuerpo, aunque aquí dentro ya estamos casi a punto -le dice Rosi. Íñigo se encoge de hombros y vuelve a cerrar la puerta-. ¡Venga! ¿Te vienes, Celia? ¡Vamos, di que sí!
- La verdad -se explica la niña, volviéndose a poner derecha y tamborileando con los dedos sobre la mesa- es que tenéis razón: este mundo es una porquería. Yo no sé si la culpa será nuestra o vuestra, pero aquí todo es lógica, ciencia, progreso y tonterías para relajarse y olvidarse de los demás, de compartir la vida y de imaginar. Leyes de protección, leyes de privacidad, leyes de género, leyes de esto y de aquello… ¡Somos niños, a nosotros nos importan poco todas esas leyes absurdas! ¡Yo no necesito relajarme, necesitamos que nos dejen vivir! Aquí no hay sitio para los sueños, no hay lugar para los cíclopes de dos cabezas de las tierras de Oriente, ni para los océanos de vino y leche y las fuentes de ron con pasas, ni para los esqueletos que ríen y bailan a la luz de la Luna… Lo siento, pero aquí no hay sitio para mí.

 

Justo cuando Celia termina de hablar, se escucha un ruido como el que hace un avión de esos que superan la barrera del sonido. Los niños se levantan de sus sillas y miran a través de las ventanas, porque el estruendo parece llegar desde más allá de la carretera que hay más allá del colegio. Entonces ven venir, bajando el monte de enfrente, a toda velocidad, algo envuelto en una especie de huracán de polvo. Pocos segundos después, la puerta se abre de un golpe y se cuela, sin pedir permiso ni nada, un hombre vestido con una casaca dorada, una camisa de cuadros y un pañuelo blancuzco al cuello, que sostiene en su mano un pergamino. Es él el que ha dejado el rastro de tan asombrosa carrera. Entra en estampida, y frena en seco, a escasos centímetros de la nariz de la profesora, haciendo, con los zapatos, un agujero en el suelo. Esta, no pudiendo soportar tanto desfase, se desmaya entre sollozos.

 

- ¡Berthold! ¡Madre mía! Llegas tarde -le dice Rosi al recién aparecido, guiñándole un ojo.
- Perdonad, es que vengo desde muy lejos -se excusa Berthold, tratando de recuperar el aliento-. Lejísimos. He llegado lo más rápido que he podido. Mensaje del Barón.

 

Rosi abre el pergamino que le tiende el ajetreado mensajero, y lee su contenido.

 

Queridos amigos:
 

acabo de escuchar las palabras de Celia, gracias a Gustavus. ¡Muy bien dicho, me has devuelto la esperanza! Si esta niña cree, desde luego, no está todo perdido. En fin: os espero al Otro Lado. No tardéis. Yo estoy aquí dialogando con unas bellísimas damas que se me han cruzado en el camino. De hecho, una de ellas, a la que no he tenido más remedio que regalar una rosa aterciopelada, me ha dicho que os aguarda tras la puerta. Adolfus y Albrecht están al llegar. ¡Rápido, la arena del reloj cae inmisericorde, y por estos lares algún lobo con cabeza de tiburón acaba de comprar la Luna con una ley dogmatísima de libreventa macrorgiásta, que no sé lo que es, pero suena horrible! ¡No hay tiempo que malgastar, el emperador de la Luna debe estar a punto de perder la cabeza!

 

Siempre vuestro, y esperándoos con impaciencia,
 

El Barón Munchausen.

 

- Vamos, vamos, abre la salida, Truca. Ya habéis escuchado: no podemos esperar más -dice Rosi, después de finalizar la lectura-. ¿Te vienes entonces, Celia?
- Por supuesto. Contad conmigo. ¡Claro que sí, faltaría más! -exclama la niña, dando un puñetazo en la mesa y acercándose a la puerta dibujada en la pared.

 

Ocurre entonces algo de lo más extraño. Bueno, no es que las cosas que has visto hasta ahora no hayan sido raras, pero esto lo es todavía más. Truca se toca el pelo con aire presumido, golpea la pared tres veces, pone los dedos sobre el pomo que ha pintado con el pintalabios y gira la muñeca. Y se escucha el graznido de un cuervo y el girar de algún mecanismo misterioso de relojería, y la pared se abre justo por los contornos de la puerta dibujada.

 

- ¡Hala, qué fuerte! -grita, con los ojos muy abiertos, Celia.

 

Por la puerta de pedernal se cuela una luz azulada, y aparece la cabeza y el brazo de una muñeca de trapo muy remendada, con grandes ojos y una laaaaaarga melena pelirroja, que se dirige así a los presentes:
- ¡Hola a todos! Vengo de parte del Barón. ¿Estáis preparados? Nos esperan aventuras de lo más tenebroso. Mi Jack está reuniendo a la gente de la ciudad que es mi hogar, saldrán a medianoche para encontrarse con nosotros a mitad de camino.
- ¿Tenebroso? ¡Rayos, clavijas y turbinas! La penumbra para mí es pura alegría -contesta, dándole dos besos, Truca-. Supongo que maese Cámara y maese Sonoro deben estar también al saltar de un electrodo. ¡Bienvenida, Sally!
- ¡Íñigo, amigo español! ¡Tenemos que irnos! -grita Ránguivuck.

 

La puerta de la clase se abre de nuevo, y aparece el maestro de esgrima, que, mientras habla, se bate en duelo, con el brazo derecho, contra el director del colegio, un tal Tomás de Santo Tomás el Omnímodo, y tres policías de la Brigada de la Ciencia Cientifista, que disparan redes de Memoria Histórica y lazos de EducaIsla, que, según hemos podido averiguar, significa Educación de Individuos Aislados.


- ¡Voy, amigos! ¡No os preocupéis, esta gente no tiene nada que hacer contra mí! ¡De hecho, voy a batirme con mi brazo bueno! -exclama, cambiándose la espada de mano.


Junto a él, protegiendo la puerta, hay un gigante descamisado y otro ser, muy parecido a Rosi, aunque con pobladas cejas y bigotes blancos, un sombrero de explorador y una mochila, que da cantimplorazos a diestro y siniestro.


- ¡Tío Matt! ¿Qué haces aquí? -pregunta, chillando de alegría, Rosi.
- ¡Oh, Rosi! -contesta el tío Matt- ¡No te lo vas a creer! He venido a echar una postal para mi sobrino Gobo, y resulta que he visto, por el camino, a este gigante, Fezzik, y me he hecho amigo suyo. Le estaba enseñando mi último descubrimiento, cuando hemos sentido pasar, corriendo como si no hubiera un mañana, a Berthold, al que yo conocía ya de hace un par de meses, en una cosa que me pasó y que... no viene ahora al caso. Y hemos acabado aquí, niña. ¿Y tú, qué haces fuera de Fraggle Rock?
- ¡Tío Matt, no hay tiempo para cháchara! ¡Tenemos que salvar el Otro Lado!
- ¡Vale! ¡Vamos!

 

En ese mismo momento, el tío Matt da con su cantimplora en todos los morros a uno de los policías, mientras Fezzik coge a los otros dos de la cintura y los hace chocar, e Íñigo deja en paños menores al director con una serie de certeras estocadas. Vencido momentáneamente el enemigo, entran, cierran la puerta y se dirigen a la pared abierta.

 

- Buenas tardes, amigos y niños. Os saludo con cariño -dice el gigante Fezzik.

 

Los niños aplauden, entusiasmados.


- ¡Enchufes y cables sueltos de cobre! ¡Pero si también habla en verso este pequeño gran hombre! -recita, con una risita aguda, Truca.
- Aunque seas una bruja, no eres mala ni fea, Truca -le responde Fezzik.

- Nos vamos -se despide de sus compañeros de clase  Celia, que, de repente, parece haberse convertido en toda una heroína, mientras el gigante Fezzik, el tío Matt, la saltimbanqui Rosi, el espadachín Íñigo, el veloz Berthold y la bruja Truca van saliendo, uno a uno, por la puerta de la pared-. Si os necesitamos, abriremos esta puerta por la otra parte. Y si nos necesitáis, dad tres golpes, y seguro que la bruja Truca os abrirá desde allí. ¡No os dejéis engañar por estos corsarios sin piedad ni imaginación! ¡Nosotros intentaremos vencerlos al Otro Lado!
- ¡Ya vamos! ¡Hija de la Luna, ya vamos! -exclama el gnomo guerrero Ránguivuck, el último en salir, mientras salta hacia la luz azul.

 

Entonces la puerta se cierra, de golpe, y la clase queda en silencio. Al Otro Lado, sin embargo, se está librando en estos momentos una encarnizada batalla en la que, como otras tantas veces, la Imaginación, el Humor, el Amor, la Esperanza y la Fe luchan codo a codo para que el monstruo de la Ley y sus Sibilinos Secuaces no extiendan sus garras sobre todo y sobre todos.


¿Ganarán? ¿Acabarán vencidos? Eso, querido lector, no depende solo de ellos. También de ti, más de lo que crees, aquí, en este lado.

 

 


N.B.: los personajes del Otro Lado están cogidos, por la cara, de La historia interminable, Las aventuras del Barón Munchausen, La princesa prometida, La bola de cristal, Pesadilla antes de Navidad y Fraggle Rock


El porqué exacto es todo un misterio. Pero la causa que se persigue es muy noble: «desenseñar a desaprender cómo se deshacen las cosas» a los niños que están creciendo en esta sociedad de imbéciles indignados. 

 

 

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