El imbécil

02/04/2019

 

 

 

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(Advertencia anterior a la lectura de este cuento: si estás contento, contenta o contente con la situación política actual, no lo leas. Porque, sinceramente, no te va a gustar.

 

Está basado, muy libremente, en un par de pasodobles de la Chirigota «Er Chele Vara». Este, en concreto:

 

Pasodoble «Aunque mis padres eran fachas»

 

 y este:

 

Pasodoble «Yo reconozco que un día».

 

 Si, por contra, piensas que el nivel de la política actual es, chispa más o menos, el del título de la historia, adelante.)

 

 

 

 

 

«Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan

 y que los grandes los oprimen».

Jesús de Nazaret.


 

Érase que se era, en un lugar y un tiempo muy, muy así, un imbécil. Cuando digo imbécil no quiero insultar al caballero que pretende convertirse en protagonista de nuestra historia; simplemente trato de describir de la manera menos chabacana posible su estupidez malsana, su necedad inconmensurable y su sabiduría inefectiva. Era, sin lugar a vacilaciones, un imbécil de tomo y lomo.

 

Pues bien: este imbécil decidió que quería dejar una huella imborrable en la memoria colectiva de su decrépita sociedad, y comenzó a estudiar. Como el esfuerzo sostenido y la investigación exhaustiva no se le daban bien, optó por la adulación, sostenida y exhaustiva, valga la redundancia, a los profesores que se dejaban hacer, y, sorprendentemente, triunfó cual zángano en enjambre. Viendo que aquello tenía futuro, siguió tirando del hilo, y el hilo llegó, como no podía ser de otra manera y transitando por un Máster vaporoso y una aerofágica Tesis Doctoral, a la política.

 

Los mamarrachos de siglas vacías que lo adoptaron como pelota predilecto no podían hacerse una idea de lo que se les venía encima: después de alcanzar las más altas cópulas del partido a base de soplar gaitas a media altura les hizo creer que su imbecilidad no era tal, y que solo siguiendo sus doctos consejos podrían proteger y redimir aquel trozo de terruño que compartían, al que llamaban “patria”, de unas huestes humanoides a las que denominaban “la ultraotraesquina”. En realidad solo pretendía apoltronarse en un incómodo escabel que tenía por título “latetadelavaca”, para disfrutar de los oropeles pomposos que acompañaban al que obtenía el nombramiento de mandatario del terruño que nos ocupa.

 

Pero no contaba con una amenaza que, de repente, se le reveló molestísima: otros imbéciles habían llegado a su misma atalaya, por vericuetos ideológicos similares u opuestos, y querían asimismo sentarse en “latetadelavaca”, que, como sin duda se habrán figurado, solo podía ocupar uno. Se inició, consecuentemente, una encarnizada lucha cuyo objeto preciso y cruel consistía en que el más imbécil, estúpido, necio e inefectivamente sabio lograra hincar sus dientes en la vena yugular del pueblo que habitaba el terruño para chuparle hasta la última gota de sangre.

 

El final de esta parábola hiperbólicamente fantasmagórica llegó, inevitable y horripilante, justo al término de las próximas elecciones. O de las siguientes. O de las que vengan después. Porque lo que no nos queda nada claro es si el pueblo, a fuerza de las imbecilidades de aquella panda de majaretas, se había vuelto también idiota y seguiría votando a los mismos ultragilipollas, o elegiría a otros que no suspiraran por "latetadelavaca", sino que quisieran, sencillamente, servir al bien común.

 

 

 

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