La familia no es la familia

31/08/2019

 

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[Monólogo de un primo de Jesús, después de que el Señor haya dicho «Mi madre y mis hermanos son estos».

 

Texto bíblico: Lc. 8, 19-21.

 

Principio de base para el camino: «La unidad prevalece sobre el conflicto» (EG 226-230)].


 

Se lo tengo dicho a la tita María: «El primo Jesu está loco. Como una cabra».

 

Menuda vergüenza hemos pasado hoy. El tío abuelo Victoriano, que ya sé que no está bien eso de reconocer que tengo familia romana, porque ¿qué han hecho por nosotros los romanos, aparte del acueducto, el alcantarillado, las calzadas y otras diez o quince cosas mal contadas? Pero qué vamos a hacerle, mi tía abuela tuvo un desliz con un centurión, aunque yo juraría, conociéndola, que no fue consentido, y seguramente él la obligó a poner ese nombre al niño… Pues eso, que me pierdo: mi tío Victoriano dice, muy sabiamente, que «la familia es la familia». Y hoy llega el primo Jesu y suelta que su hermano, su hermana y su madre son «los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen». ¡Hale! ¡Y su madre, tita María, le ríe la gracia!

 

Pero claro, eso no es nuevo. Qué va. Ya lo venimos viendo desde hace tiempo los hermanos de la familia. Que sí, que todo empezó muy bien con aquello de los milagritos: que si convertir el agua en vino, que si darle la vista a un ciego, que si curar a un leproso, que si dar de comer a no sé cuánta gente en un descampado… ¡Nos las prometíamos muy felices! Pero una cosa es lo que hace el primo, y otra muy distinta lo que dice. Aunque, la verdad, lo que dice el primo Jesu básicamente es lo mismo que lo que hace, pero podría estarse con el hocico calladito y dedicarse solamente a hacer sus cositas esas tan estupendas. Porque vaya escándalo.

 

Yo ya había incluso hablado con la familia de cómo podríamos aprovechar esta situación, porque, oiga usted, en esta vida todo tiene un precio, y quizás habría que ir pensando en que curar ciegos, cojos, alimentar multitudes o resucitar muertos no debe salir gratis. ¡Lo que es justo, es justo! Por supuesto, esto ni lo hemos hablado con tita María, porque el hijo tiene a quién salirle, dicho sea de paso. Eso de vivir en Nazaret, en la Galilea de los gentiles, se ve que acaba pegándose. Ya lo decía mi abuela Judit, no la de la rama de María, sino la otra, por parte de madre: «todo se pega, menos lo bonito». ¡Una señora creyente y tradicional de la tribu de David pensando en que las cosas tienen que ser gratuitas! ¡Hombre, por favor!

 

Total, que ya habíamos empezado a escuchar que el primo Jesu hablaba de que «felices los pobres», y que «ay de vosotros, los ricos», y que «ay si todo el mundo habla bien de vosotros», y, más locura todavía, ¡que hay que amar a los enemigos y hacer el bien a los que te odian!, y entonces empezamos a ver que va rodeado de gentuza de poca monta y mujeres que mejor estarían en su casa, que es donde debe estar una mujer decente, y no por ahí de pueblo en pueblo como una cualquiera… En fin, que decidimos ir a por él, decirle las cosas claras y, si no atendía a razones, entregarlo a alguien que pudiera enderezarlo, porque ya estaba bien. A tita María, la verdad sea dicha, creíamos que la llevábamos engañada: imaginamos que si ella iba con nosotros, que somos su familia, el primo Jesu se vendría abajo y podríamos convencerlo para que nos acompañara.

 

Pero qué va. Esta gente es más lista de lo que parece. Para empezar, ya durante todo el viaje tita María tenía una sonrisilla rara en la cara, como si nos estuviera diciendo: «si conoceré yo a mi hijo, y lo que estáis intentando...». Cuando llegamos allí nos dimos cuenta de que era imposible entrar, con tanta gente por todas partes, como hormigas, así que le dijimos que saliera. Y entonces escuchamos aquel grito suyo diciendo que la familia no es la familia, sino eso del que escucha la palabra esa rara. Pero lo más grave, lo que nos ha hundido en la miseria ha sido la respuesta de tita María: «Ya lo veis. Somos otra familia. Si queréis uniros, seguid sus pasos. Él os recibirá encantado. Si no, media vuelta y para casa». Nos ha dejado a todos con la boca abierta. ¡Qué poca vergüenza! ¡Eso no se hace, hombre! ¡Unirnos a esa panda, como si fuéramos chusma! ¡Pero qué horror!

 

Eso sí: tendremos conflicto. Como decía el tío abuelo Victoriano: «si esto no se apaña, caña, caña, caña». A ella ni le va ni le viene, porque nos sigue sonriendo como si no hubiera pasado nada. Pero voy a hablar con las autoridades, a ver lo que se puede hacer. Lo tengo claro: esto no debe llegar más lejos. Hay que cortar esta locura de raíz, antes de que alcance a Jerusalén o, Dios no lo quiera, el primo Jesu acabe uniendo a esa gente, atraviese las fronteras de nuestra raza y vuelva locos a pobretones y donnadies hasta los confines del mundo. ¡Brrrrrr! ¡Se me ponen los vellos a cuartas solo de pensarlo!

 


 

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