Ecce Homo

31/08/2019

 

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[Monólogo de Bartimeo durante el juicio de Jesús ante Pilato y su presentación al pueblo.

 

Texto bíblico: Jn. 19, 1-16; Mc. 10, 46-52.

 

Principio de base para el camino: «La realidad es más importante que la idea» (EG 231-233)].


 

 

 

 

«¿Qué quieres que haga?». Esa pregunta resonará siempre en el hondón más hondo de mis entrañas, vaya donde vaya y pase lo que pase. Fue lo que me dijo Jesús de Nazaret, el Hijo de David, antes de devolverme la vista. Solo han pasado unos días, pero parece que todo hubiera ocurrido hace océanos de tiempo, como si aquel ciego al margen del camino fuera alguien distinto a mí. Y es que, con su «Anda, tu fe te ha salvado», el profeta galileo hizo que el viejo Bartimeo comenzara una nueva vida. Sí, ahora veo gracias a Él, pero ese no era el problema más importante. En realidad estaba rancio, decrépito, ciego por dentro, y ahora tengo esperanza y me late una alegría que no sé explicar, como si hubiera vuelto a aquella inocencia de la niñez que perdí hace tanto.


 

Y aquí estoy, ahora, en las afueras del pretorio de Pilato, sin poder creerme lo que pasa por delante de mis ojos. ¿Cómo es posible que el mismo al que seguíamos, cantando y bailando, rumbo a Jerusalén, el mismo al que los niños y tanta gente sencilla aclamaba con aquel «¡Hosanna en el cielo!» y ramos, palmas y mantos, el mismo que me devolvió la vista, y que expulsó de María, que está aquí a mi lado, siete demonios, y que hizo bajar a Zaqueo de la higuera y le cambió la vida, y que se la devolvió a Lázaro sacándolo del sepulcro, cómo es posible que esté ahora ahí delante, escupido, apaleado, con una corona de espinas y un manto color púrpura, y que este populacho que nos rodea no deje de gritar «¡Crucifícalo, crucifícalo!»?

 

Estoy acostumbrado a escuchar, mucho más que a ver; a sentir, mucho más que a mirar: es lo que tiene haber sido ciego hasta hace nada. Y sé que toda esta caterva de enfurecidas bestias se comporta como una masa sin nombre, sin corazón, sin cabeza, que se deja llevar por las ideas que esos poderosos de ahí arriba, que miran con los brazos cruzados y las cejas enarcadas, han susurrado desde sus oscuras cuevas de oro podrido, envueltos en sus trajes roídos por la polilla. Unas ideas que han convertido en mentiras lanzadas contra un inocente, puestas a los pies de un gobernador cobarde, ciego de terror ante el peligro de perder el poder por el que ha hecho de todo durante toda su vida, que acaba de decir la verdad más clara de la mañana: «He aquí al hombre». Lo que son las cosas…

 

Aquí lo tenéis. Aquí tenéis al hombre, sí. Aquí tenéis al que me liberó de mi ceguera cargándola sobre sus espaldas, al que se echó encima la muerte de Lázaro, los demonios de la joven de Magdala, la vergüenza y el deshonor de Zaqueo. Aquí tenéis al verdadero hombre, al único que merece la pena seguir vaya donde vaya, y pase lo que pase. Pero os digo más, mucho más: aquí tenéis, en sus manos atadas, su corona de espinas chorreando sangre y sus pies destrozados, a todas las víctimas inocentes de todas las matanzas, a todos los emigrantes y refugiados, a todos los despreciados y vencidos, a todos los hambrientos y sedientos, a todos los encarcelados e inocentes condenados, a todos los oprimidos y empobrecidos. «He aquí al hombre», sí.

 

A mi lado está su madre. ¿Y qué puedo decirle? No se me ocurre nada, solo acompañarla y compartir sus lágrimas. Sin embargo, en su rostro hay algo inexplicable. Su dolor no es como el mío, un pozo sin fondo, sino una fuente de esperanza en mitad de este cenagal de soledad, angustia y tormento. ¿Cómo puedes mantener esa mirada, madre del Hijo de David, de Jesús de Nazaret, del Hombre?


 

Acaban de dar la sentencia: va a morir en la cruz. El sanedrín se está limpiando las fauces con esa lengua ennegrecida por la podredumbre y la traición. Yo seguiré tus pasos, madre, detrás de tu hijo al que todavía no comprendo. Enséñame a ver lo que ves, a sentir lo que sientes, a amar lo que amas. Enséñame la verdad que hay en sus pisadas cargando la cruz, camino del Gólgota. Yo, golpeándome el pecho, sin entender nada, abrazado a Zaqueo, a María la Magdalena y a Lázaro de Betania, quiero aprender de tu corazón de madre, ofreciéndote mi corazón de hijo.

 

¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí, porque me voy detrás de ti! ¡Te seguiré!

 


 

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