Todo en común

31/08/2019

 

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[Monólogo de Cayo, un discípulo recién convertido, en el contexto de la primera comunidad, en los días posteriores a Pentecostés.

 

Texto bíblico: Hch. 2, 42-47.

 

Principio de base para el camino: «El todo es superior a la parte, y a la mera suma de las partes» (EG 234-237)].


 

 

 

Pues sí, miren ustedes: ya no puede uno ni pasear tranquilo un día de Pentecostés por Jerusalén.

 

¿Quién me mandaría a mí meterme en aquella calle justo en aquel momento? Desde entonces mi vida se ha convertido en una especie de duelo de gladiadores borrachos: un auténtico disparate. Pero bueno, “bendita locura”, como me susurró hace un par de días, justo después del crepúsculo y antes de la fracción del pan, que, ahora que saco el tema, nunca creí yo que iba a volver a disfrutar con una puesta de sol, porque con tanto agobio y tanta tarea ya ni recordaba cuándo había sido la última vez que me paré y me fijé en esos tonos del cielo así rojizos que… ¿Pero de qué estaba yo hablando? ¡Uy, qué despiste! Vale, ya me acuerdo: “bendita locura”, como me susurró María, la madre del loco que me atrapó aquella mañana.

 

Y a todo esto, ni me he presentado. Me llamo Cayo. Yo era un tipo normal y corriente, uno de esos comerciantes que van calle adelante pensando en cómo ahorrar un puñetero lepton, agobiados por lo que tienen y por lo que no tienen, ideando alguna forma nueva de agujerear la talega del cliente, en sentido figurado, sin que se dé cuenta.

 

Ya, ya lo sé: no debería estar diciendo esto, porque el negocio es el negocio, vivir del engaño no está mal si no te pillan, y hay cosas que entran dentro del maravilloso mundo de lo que no es legal ni ilegal. Como decía el viejo Bartadeo: «Lo que importa de verdad es que no se te note la mentira».

 

¿Y qué fue lo que ocurrió para que yo pasara de aquello a esto? Que iba en mis cosas, haciendo cuentas, y me equivoqué de calle. O a lo mejor no. El hecho es que, de repente, hubo una especie de temblor, como una tormenta rara, porque el caso es que no había ni nubes en el cielo, y entonces se abrió aquella puerta, salió aquella gente, y mi vida se fue a la letrina.

 

Naturalmente, lo que yo no sabía era que de aquella letrina pudiera salir otra vida incomparablemente más rentable que todo lo que había estado haciendo hasta entonces. Bueno, quizás “rentable” no sea la palabra exacta, pero, qué quieren que les diga, no se me ocurre otro adjetivo que explique mejor lo que me ha pasado en estos días, justo desde que Pedro y sus compinches se pusieron a hablarme en mi idioma. ¡En mi idioma! Parece increíble, pero no. De verdad que no. En serio: en mi idioma.

 

¿Y por qué les digo que parece increíble? Porque yo soy un ciudadano romano de la Galia del norte, ya saben, esa tierra con sus pócimas mágicas y sus druidas y sus pequeñas aldeas que, según algunos, todavía resisten al Imperio. Había llegado a Jerusalén hacía pocas semanas, por temas de negocios, como podrán figurarse. Y de repente me encuentro a un tipo, un tal Bartolomé, que me habla en mi lengua, no en latín, sino en la de mis ancestros, y me dice que un tal Jesús de Nazaret me invita a ser como los lirios del campo porque, total, por mucho que me agobie no voy a añadir ni un segundo a mi vida. Me quedé estupefacto, porque parecía que aquel mastuerzo, probablemente inculto y más basto que una fiesta en la mítica aldea esa libre del norte de Armórica, me conociera de toda la vida, y resulta que con aquellas palabras había clavado una daga justo en el lugar donde más me estaba doliendo.

 

No soy capaz de explicar lo que me pasó, la verdad. De repente lo vi claro, como si alguien me hubiera quitado una escama renegrida de encima de los ojos. ¡Convertirme en un lirio del campo! Sí, quizás suene poco serio. En fin: lo único que puedo decirles es que justo después de que Pedro nos contara quién era el tal Jesús del que hablaban, y que, según él, había sido asesinado hacía poco tiempo por las autoridades y había resucitado, pregunté: «¿Qué tenemos que hacer, hermanos?», y se acabó. O empezó, depende de cómo se mire.

 

Desde entonces estoy con esta gente. Entre ustedes y yo, la persona que más me ha impresionado en estos últimos días es la madre de Jesús, María, la de la “bendita locura” de antes. No se puede decir que hable mucho, la verdad. Pero lo que dice no tiene desperdicio, desde luego: «No te preocupes por el mañana: Dios llena de bienes a los pobres, y a los ricos los despide vacíos. Así que, simplemente, procura no volver a ser rico». Y vaya si tiene razón: he vendido mis posesiones y mis bienes, he puesto todo lo que era mío a los pies de los apóstoles, y se ha repartido entre todos, según la necesidad de cada uno. ¡De repente las cosas no son mías, sino nuestras, del pueblo! ¡De repente caminamos unidos, y no voy por libre, y estoy alegre como nunca antes lo había estado!

 

Anoche, después de ir juntos al templo todos a una, con un mismo espíritu, y de partir el pan en la casa, le dije a María: «¿Y qué se siente siendo la mujer más importante del mundo, la madre del salvador? Me imagino que será como tener una corona de reina en la cabeza, ¿no?». Vale. Fue una porquería de pregunta, lo reconozco. Pero os dejo con lo importante, que es la respuesta.

 

«¿Reina? Yo solo soy la esclava del Señor. Lo único que hice fue decir que Sí: lo demás ha sido todo un regalo. Ya verás, hermano, como a ti te pasa lo mismo».

 

 

 

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