El Santo Traslado al sepulcro en la Biblia y los Padres de la Iglesia
- Llamas, J.M.

- hace 11 horas
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Intro
Hay un artículo del Credo que se repite, como veremos, desde muy pronto: «Fue crucificado, muerto y sepultado». Entre «muerto» y «sepultado» identificamos el Santo Traslado de Jesús al sepulcro. Es histórico, porque pasó, aunque no sepamos exactamente cómo ocurrió: por fuerza, tuvieron que llevarlo desde la cruz hasta el lugar del entierro. Ahí está enclavada la piedad popular de nuestra Hermandad, y por eso estamos esta tarde aquí: hace 75 años que la imagen del Santo Traslado nos acompaña en nuestro peregrinar.
Esta tarde queremos preguntarnos qué nos dice la Biblia sobre este pequeño trayecto, desde el Gólgota hasta el huerto donde estaba el sepulcro. Pero lo más interesante no es saber históricamente lo que pasó con exactitud, que ya adelanto que es imposible, sino qué tiene eso que ver con nuestra vida y con nuestra fe. Porque esto no es una clase de historia, sino una invitación a sacar todas las posibilidades posibles que nos ayuden a ser más hermanos y hermanas, y a que esa fraternidad llegue donde más falta hace hoy, en esta situación tan particular que estamos viviendo a nivel mundial.
Para eso, vamos primero a mirar todos los textos bíblicos donde está el traslado de Jesús al sepulcro, qué personajes aparecen, o no, y qué claves tienen, es decir, haremos un poco de exégesis bíblica, pero sin dejar de conectar con nuestra realidad.
Luego le preguntaremos a los Padres de la Iglesia, para que nos digan algo sobre las dos dimensiones que podemos observar en la propia escena: «Fue sepultado», y «descendió a los infiernos». Yo he preferido darle un título más cinéfilo, en referencia a esa serie ochentera que terminó en enero, Stranger Things1: The rightside up y The upside down.
Por último, vamos a sacar algunas consecuencias necesarias para nuestra vida, como cristianos, en primer lugar, y como cofrades, es decir, responsables de cuidar la piedad popular del pueblo sencillo, del Santo Pueblo de Dios. Me ha salido un decálogo, desde la experiencia que nos da la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia.
1. Breve análisis de los textos bíblicos
Vamos a echar un vistazo a los textos de la Biblia en los que aparece el entierro de Jesús y, como escena precedente y necesaria, el traslado al sepulcro. Nos encontramos con una sorpresa grande, y es que la secuencia se repite en los cuatro evangelios, y también en una de las cartas de San Pablo. Y podemos decir: «Ah, pues vale. ¿Y eso, qué?». Profundicemos un poco.
Cuando se investiga la Biblia —también el Nuevo Testamento— nos puede surgir la pregunta sobre si algo fue tal como nos lo cuentan o no, es decir, si en el proceso desde la tradición oral a la escrita se han transformado quizás los lugares, o los hechos concretos que se nos narran, desde la experiencia de fe de las comunidades, sin que eso haya trastocado o eliminado el fondo, o sea, quién es verdaderamente Jesús y cómo nos ha salvado2. Y si encontramos que una escena aparece en todos los lugares posibles, eso es un gran respaldo para su historicidad. Es verdad que cada evangelista lo cuenta de un modo propio, pero el parecido, incluso en San Juan, que es el evangelio más diferente, llama mucho la atención. Por eso podemos decir que Jesús fue históricamente trasladado a un sepulcro nuevo, en un sitio cercano a donde lo habían crucificado.
Si ahondamos un poco en esto que acabo de decir, el dato es muy paradójico. Sorprendentemente paradójico, diría yo. Y esto nos da todavía más razones para su historicidad. ¿A qué loco se le puede ocurrir inventarse que su héroe fue asesinado de la manera más cruel posible, y que su entierro tuvo lugar en las condiciones más lamentables? Porque no estamos hablando de algo positivo, grandioso, triunfalista, de un milagro o de una frase genial de Jesús, de las que tantas hay en los evangelios. Qué va. Estamos hablando de Jesús muerto. De su cadáver destrozado. De lo más contrario que puede haber a la grandeza humana. Y los cuatro evangelistas se entretienen en contarnos cómo fue aquello, que, por otra parte, se nos describe como algo de lo más pobretón, casi indigno: no hubo procesión solemne, ni cantos, ni bandas de tímpanos y flautas dobles o trompas, ni nada de nada. No están en esta escena, según los evangelios, ni siquiera los nombres de los apóstoles: después hemos puesto ahí, según la tradición, al más joven, Juan, pero él no aparece en la escena tal cual se nos narra. Solo están dos discípulos lejanos, o miedosos, de Jesús, José de Arimatea y, en Jn, Nicodemo, y las mujeres. Y hay una en especial: María Magdalena, aunque en Jn tampoco se la nombra: pero en este evangelio aparece en la escena anterior, en la crucifixión, y es central en la de la resurrección.
Para empezar, vamos a entretenernos en leer las cuatro escenas, y en concretar los personajes. Porque son de lo más curioso, y es bueno que empecemos tirando de ese hilo.
Mt 27,57-61: Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó. María la Magdalena y la otra María (la madre de Santiago y José) se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
Mc 15,42-47: Al anochecer, como era el día de la Preparación, víspera del sábado, vino José de Arimatea, miembro noble del Sanedrín, que también aguardaba el reino de Dios; se presentó decidido ante Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato se extrañó de que hubiera muerto ya; y, llamando al centurión, le preguntó si hacía mucho tiempo que había muerto. Informado por el centurión, concedió el cadáver a José. Este compró una sábana y, bajando a Jesús, lo envolvió en la sábana y lo puso en un sepulcro, excavado en una roca, y rodó una piedra a la entrada del sepulcro. María Magdalena y María, la madre de Joset, observaban dónde lo ponían.
Lc 23,50-55: Había un hombre, llamado José, que era miembro del Sanedrín, hombre bueno y justo (este no había dado su asentimiento ni a la decisión ni a la actuación de ellos); era natural de Arimatea, ciudad de los judíos, y aguardaba el reino de Dios. Este acudió a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Y, bajándolo, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde nadie había sido puesto todavía. Era el día de la Preparación y estaba para empezar el sábado. Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea lo siguieron, y vieron el sepulcro y cómo había sido colocado su cuerpo.
Jn 19,38-42: Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe. Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.
«Menudo triunfo el de Jesús», podemos pensar. Con la traca que le ha dado a los ricos, y resulta que es un hombre rico el que, por caridad, decide que hay que enterrarlo, en un sepulcro cercano, que nadie había usado todavía. En un huerto, según Jn. Allí solo estaban, por lo que hemos leído, José de Arimatea, un discípulo rico miembro del sanedrín —ahí es nada—, Nicodemo, un fariseo nocturno y miedica, María Magdalena, una ex-endemoniada, y María, la madre de Santiago y Joset, junto con otras mujeres, según Lc. Suponemos que alguien les ayudaría, quizás algunos siervos de José de Arimatea o de Nicodemo, pero es una suposición. También hemos dado por sentado que estaría la virgen María —de hecho, estaría feo que yo lo negara aquí, teniendo a Nuestra Señora de la Soledad como titular—, pero ella no aparece en los textos. Lo que sí tenemos es la mirra, en Jn, algo que resulta todavía más curioso, porque es en Mt donde la habíamos visto antes, en manos de uno de los sabios de oriente, como regalo para Jesús niño en Belén.
Lo de las mujeres me parece que es tan importante, que todavía no le hemos sacado toda la punta posible. Si de los apóstoles podemos destacar la cobardía, de las mujeres queda claro el arrojo, la valentía, la entereza, el saber estar, la disponibilidad, la humildad, la delicadeza… Y todo eso está en los evangelios, y se repite: en la cruz, en el entierro, y en la resurrección. De hecho, ellas fueron elegidas para llevar la alegría del triunfo de Jesús sobre la muerte a los apóstoles, porque habían estado en todo el proceso. No sé, pero me parece que no somos suficientemente conscientes de esto, y debemos recuperarlo: de hecho, una de las razones por las que las mujeres eran importantes en las comunidades cristianas de los primeros siglos, a diferencia de la cultura circundante, es precisamente su centralidad en los evangelios, y en particular en el Misterio Pascual.
Total, que si todo esto aparece cuatro veces, es que es esencial. Tan es así, que desde los inicios lo vamos a encontrar en las reglas de fe, en los credos que la gente proclama antes de ser bautizada: «fue crucificado, muerto y sepultado». Si quieres ser cristiano, tienes que proclamar esto, como veremos en el siguiente punto. Así nos lo dice Pablo de Tarso, en uno de los primeros testimonios de la fe bautismal que conservamos, dentro del Nuevo Testamento: «Porque yo os transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras» (1 Cor 15,3ss).
Desde muy pronto en la historia de la Iglesia tenemos una visión doble sobre esta verdad de fe. Por una parte, está la misma escena de la sepultura, que nos hace conscientes de la realidad de la carne de Cristo, de que su pasión no fue simulada, sino real. Jesús realmente murió, y eso es muy importante para la Iglesia desde el principio, como vamos a ver. Pero, por otra parte, está el descenso de Jesús a los infiernos. Porque Jesús no solo viene a salvar a quienes estaban por allí, sino a todo el espacio-tiempo. «Bajó a los infiernos» es un modo de decirnos que después de compartir la muerte de todas las personas que habían muerto hasta aquel momento, va a recuperarlas, acoge todo el pasado, todo lo que había existido antes, y lo redime. Y sobre esto hay algunos Padres de la Iglesia que tienen textos que, para mi gusto, son maravillosos. Vamos allá, paso a paso.
2. The rightside up. El traslado de Jesús en la patrística
Vamos a repasar, ayudados de algunos Padres de la Iglesia, la dimensión «de aquí» de lo que pasó aquella tarde del Viernes Santo. Lo vamos a hacer con un método sencillo, que a mí me ayuda mucho. Veréis: si yo digo «Nosequién dijo nosequé», y no sé quién era nosequién, ni por qué dijo nosequé, lo más seguro es que acabe por desconectar, porque sin contexto, el texto pierde pie. Por eso, antes de meternos en las palabras de cada Padre de la Iglesia, voy a decir cuatro cosillas sobre quién era, cuándo vivió y en qué contexto histórico y eclesial. Y en esta primera parte no voy a seguir un orden histórico, sino evangélico, es decir, que empezaremos por Mateo y terminaremos por Juan. Eso nos llevará a dar saltos en el tiempo, pero, en fin, dar saltos es más entretenido que ir en línea.
2.1. Las reglas de fe
Vamos a repasar algunas de las reglas de fe iniciales, es decir, las preguntas sobre la fe que se les hacía a los catecúmenos antes del bautismo, en los primeros siglos. Para que veamos que allí ya está reflejado este punto esencial de nuestro Credo. De hecho, el «Credo de los apóstoles», que proclamamos los domingos, está basado en el antiguo credo romano, de los primeros siglos, anterior al «Credo de Nicea», o al «Niceno-Constantinopolitano».
2.1.1. Tertuliano
Primero, aquí tenemos una profesión de fe de Tertuliano, en su obra Contra Práxeas. Este Práxeas era un hereje modalista, es decir, que creía que el único Dios es el Padre, y que el Hijo y el Espíritu Santo son modos de hablar, o maneras de presentarse, del único Dios. Por eso, es importante para Tertuliano dejar claro, a quien se va a bautizar, cuál es nuestra fe, para evitar este tipo de afirmaciones. Tertuliano es un personaje muy curioso: uno de los primeros que escribe teología en latín, y un abogado con una ironía y un sarcasmo que a veces resultan hirientes. Era más apretado que la nube de fotógrafos que se forma a la salida de un trono. En esta regla de fe él señala especialmente lo que tiene que ver con la realidad de la carne de Cristo, que es divino y, al mismo tiempo, es un hombre de verdad. Esto nos dice, poco después del año 213:
Nosotros, por el contrario, […] creemos indudablemente que hay un solo Dios, pero de acuerdo con la bondad divina que llamamos «economía» sabemos que también existe un Hijo de este único Dios, su propia Palabra, que salió de Él, por quien todo fue hecho, y sin el que nada se hizo. [Creemos] que este Hijo fue enviado por el Padre a las entrañas de la Virgen, nació de ella, hombre y Dios, hijo de hombre e Hijo de Dios, dándosele el nombre de Jesucristo; creemos que padeció, murió y fue enterrado, fue llevado al cielo, está sentado a la derecha del Padre […]3.
2.1.2. «Hipólito de Roma»
En la Tradición apostólica, de Hipólito de Roma —su nombre está entre comillas porque no sabemos si es un solo autor, o si hay varios bajo este título—, tenemos un credo, también del siglo III, cuya estructura es bautismal, es decir, está hecho en forma de cuestiones, para preguntar al catecúmeno antes de que entre en la piscina bautismal. No era el credo oficial de Roma, sino una fórmula de fe, pero en ella está también presente la sepultura de Jesús.
¿Crees en Dios, Padre omnipotente? ¿Crees en Jesucristo, Hijo de Dios, que nació de María Virgen por el Espíritu Santo y fue crucificado bajo Poncio Pilato y murió y fue sepultado, y resucitó vivo, al tercer día, de entre los muertos, y ascendió a los cielos y está sentado a la derecha del Padre, y vendrá a juzgar a los vivos y a los muertos? […]4.
2.1.3. Rufino de Aquileya
Este tercer ejemplo de fórmula bautismal tenemos lo recoge Rufino de Aquileya en su Comentario al símbolo de los apóstoles, a finales del siglo IV. Él afirma que es un credo bautismal muy antiguo de Roma: dice que se ha mantenido tal cual desde los apóstoles, aunque esto es probablemente muy exagerado. Podemos suponer que esta fórmula de fe se remonta al menos a inicios del siglo IV.
[Creo…] en Jesucristo su único Hijo, nuestro Señor, que nació del Espíritu Santo y de María Virgen, que bajo el poder de Poncio Pilato fue crucificado y sepultado, descendió a los infiernos; al tercer día resucitó5.
Con estos tres ejemplos, vemos que en los primeros siglos la realidad de la muerte y sepultura de Jesús debía estar clara antes de bautizarse, junto con su encarnación, pasión y resurrección, la existencia de Dios Padre y del Espíritu Santo. ¿Y esto, por qué? Porque está en los evangelios, en los cuatro, y porque si negamos que Jesús compartió sepultura con la humanidad, en el fondo estamos negando su verdadera humanidad, es decir, que quienes rechazan que fue sepultado afirman, en el fondo, que fue hombre solo «aparentemente», y eso es una herejía gorda, porque «lo que no se asume permanece insano» (Gregorio de Nacianzo, Carta 101, 32), y si Jesús no asumió nuestra humanidad, si no fue hombre con todas las consecuencias, no hemos sido salvados.
Veamos ahora algunos Padres de la Iglesia que nos señalan ciertas claves que nos pueden ayudar a comprender mejor lo que nos dicen los textos de los evangelios.
2.2. Juan Crisóstomo
Estamos delante de uno de los grandes pensadores de la Patrística, que vivió a caballo entre el siglo IV y el V. Además, le tocó un tiempo difícil: fue elegido obispo de Constantinopla, la «nueva Roma»; el cristianismo era ya la religión oficial del Imperio, pero los emperadores cristianos vivían a todo trapo. Su coherencia le llevó a criticar duramente los lujos del emperador, su mujer, la corte y el presbiterio, y a promover un estilo de vida austero, más parecido a Jesús, es decir, al evangelio. Por eso fue perseguido, expulsado de Constantinopla y murió desterrado. Pero nunca dejó de decir la verdad y de denunciar las mentiras y los abusos y escándalos. Aquí está este texto suyo, de las Homilías sobre el Evangelio de Mateo, en el que vemos algunas de las claves de su pensamiento. Es largo, pero merece la pena. Además, al final hay otro texto, genial, de las Homilías del Evangelio de Juan, que nos habla del miedo de los apóstoles. Porque la Palabra de Dios no se guarda nada, y la primera Iglesia estaba formada por miedosos profundos… Por eso, Juan pone como ejemplo a María de Magdala y la otra María, haciendo referencia a Jesús que, hoy, está presente en los pobres.
Este José, antes se había escondido, pero entonces, después de la muerte de Cristo, dio prueba de gran coraje. No era un personaje desconocido, ni alguien que pudiera pasar inadvertido, sino que era un miembro del sanedrín, y muy reconocido; en particular por eso se puede argumentar su coraje, porque se expuso a un peligro de muerte, atrayéndose la hostilidad de todos por su afecto hacia Jesús, y osando pedir el cuerpo, sin desistir hasta conseguirlo. Demostró su amor y su coraje no solo tomando el cuerpo de Cristo y enterrándolo con grandes medios, sin también enterrándolo en un sepulcro nuevo. No sin motivo fue esto dispuesto providencialmente, sino para que no hubiera la más mínima sospecha de que hubiera resucitado otro en su lugar. ¿Y por qué están allí cerca del sepulcro María de Magdala y la otra María? No sabían todavía de él, de Jesús, nada de grande ni de sublime, como habrían debido; por eso llevaron óleos perfumados y estaban cerca del sepulcro con asiduidad, de modo que pudieran ponerse junto al cuerpo de Jesús y ungirlo con aquellos óleos en el caso de que viniera a menos la locura de los judíos. […] Imitemos nosotros a estas mujeres: no abandonemos a Jesús en el momento de la prueba. Ellas gastaron mucho para quien estaba muerto, y pusieron en peligro sus vidas; nosotros, sin embargo, no lo alimentamos cuando está hambriento, ni lo vestimos cuando está desnudo, sino que, viéndolo pedir, lo descuidamos6.
¿Cómo es que ninguno de los doce acudió: ni Juan, ni Pedro, ni ninguno de los apóstoles por Él elegidos? Más aún, el discípulo no ocultó este hecho. Si alegan que fue porque tenían miedo a los judíos, es probable que estos hombres estuvieran entorpecidos también por este mismo miedo. Nicodemo […] acudió a pesar de su miedo7.
2.3. Hilario de Poitiers
Nos trasladamos unos cincuenta años antes, y en vez de en Constantinopla, en la Civitas pictaviensis de la Galia. Este buen galo, que era politeísta, estaba casado y tenía una hija, había descubierto a Jesucristo de joven, y después lo habían hecho obispo. Y resulta que por allí llegan algunos, que se creen una élite dentro de la comunidad, y empiezan a decir que Jesús, hombre, lo que es hombre, no era del todo, pero que tampoco era Dios como Dios Padre. Hilario no sabe todavía quiénes son, pero ya le pica la nariz. Y en su primera obra, el Comentario al Evangelio de Mateo, deja varias cosas claras: que Jesucristo es Dios de verdad; que también es hombre verdadero; que la Iglesia está llamada a tener una mirada universal, y que los politeístas, entre los que estaba también él, pueden descubrir que Jesús da la felicidad. En el texto que sigue nos deja todas estas cosas claras, explicándonos qué significa para él el entierro de Jesús. Atención a la manera de conectar la sábana en la que envolvieron a Cristo con el anuncio de la Buena Noticia del evangelio a toda la humanidad.
Aunque todo lo que nos dice el evangelio sobre la sepultura de Jesús esté en el orden de los hechos y fuera necesario sepultar al que iba a resucitar de entre los muertos, con todo, puesto que estas acciones no carecen de importancia, son descritas una a una. José es figura de los apóstoles y por ello, aunque no fuera del número de los doce apóstoles, es llamado «discípulo del Señor». Él envolvió el cuerpo en una sábana limpia. En este mismo lienzo vemos todas las especies de animales que bajan del cielo hacia Pedro (Hch 10,11-12). Y tal vez no es excesivo comprender que la Iglesia ha sido sepultada con Cristo bajo el nombre de esta sábana, porque en ella, como en la confesión de la Iglesia, se reúne la diversidad de los animales puros e impuros. Así el cuerpo del Señor, como por medio de la doctrina de los apóstoles, es introducido en el lugar de descanso vacío y nuevo excavado en la roca, es decir, Cristo es introducido en la dureza del corazón de los gentiles [politeístas], excavado como por la acción de la enseñanza de los apóstoles; es decir, en el corazón duro, nuevo, y que antes era impenetrable a la entrada del temor de Dios8.
2.4. Beda el Venerable
Volvemos a dar un salto, esta vez hacia delante, hasta finales de la Patrística (siglo VII-VIII), y nos encontramos con Beda el Venerable, monje inglés, y uno de esos autores que se puede decir que pertenecen ya a la Edad Media. Estamos en una etapa completamente distinta: mientras Roma, tras Gregorio Magno, ha caído en una crisis espeluznante, y el Imperio romano occidental ha terminado despedazado en reinos godos variados, surgen, haciendo real aquel dicho latino, Beati monoculi in terra caecorum, autores importantes en Hispania, Galia, Inglaterra y otros lugares, cada cual inventándose su propia historia «nacional» para caerles bien a los bárbaros de turno que gobiernan su territorio. Beda se caracteriza por tener una cultura inmensa, pero también sabe señalar lo concreto, y ayuda a la gente sencilla con sus escritos, a pesar de ser monje con unas claves ya medievales. En este texto creo que muestra esa capacidad de descender a lo concreto, en medio de una crisis de cambio de época importante. Creo que a nosotros nos viene muy bien escucharle, porque critica a los ricos, y las riquezas, y alaba a las mujeres como icono de humildad que todos debemos mirar.
José compró una sábana, y bajándolo, lo envolvió en la sábana. Y con la simple sepultura del Señor se condena la ambición de los ricos, que ni siquiera en las tumbas pueden carecer de riquezas. Pero podemos entender espiritualmente que el cuerpo del Señor no debe ser envuelto en oro, ni en gemas, ni en seda, sino en lino puro, aunque también esto significa que quien envuelve a Jesús en una sábana limpia, lo recibe con mente pura. De aquí la costumbre de la Iglesia de que el sacrificio del altar no se celebre en seda, ni en tela teñida, sino en lino terrenal, como el cuerpo del Señor fue sepultado en una sábana limpia. «María Magdalena y María de José miraban dónde lo ponían». Hasta hoy, las almas humildes, y cuanto más conscientes de su fragilidad, más ardientes en el amor del Salvador, siguen diligentemente las huellas de su pasión en este mundo, donde se debe preparar el descanso futuro9.
2.5. Cirilo de Jerusalén
Salto para atrás. Hasta pleno siglo IV, en medio de la controversia arriana, ya sabéis, los cristianos elitistas que decían que Cristo no era ni verdadero Dios como el Padre, ni verdadero hombre como nosotros, sino un enlace intermedio entre la divinidad suprema y la humanidad caída: por tanto, su pasión fue, para ellos, simulada, solo apariencia. Cirilo, obispo de Jerusalén, estaba muy preocupado por quienes querían ser cristianos, e hizo una serie de 23 catequesis donde fue exponiendo, de una forma sencilla, pero muy clara, todo lo esencial de la fe. También nos habla de la sepultura del Señor, y deja muy claro que Jesús sufrió y murió, y que la cruz es real, que allí estuvo el amado de Dios e Hijo de Dios, crucificado por cada persona y por toda la humanidad. Así nos lo dice, usando continuamente la paradoja.
¿Cómo era el sepulcro? ¿Qué apertura tenía la puerta? La piedra angular, la escogida, la preciosa, estoy depositado dentro de la roca por poco tiempo; roca de escándalo para los judíos, piedra de salvación para los creyentes. Fue plantado en la tierra el árbol de la vida, para que la tierra maldecida alcanzara la bendición, para que los muertos fueran liberados. […] No nos avergoncemos de confesar al crucificado. No menosprecies la señal de la cruz por ser un regalo; justamente por eso tienes que mostrar mejor el reconocimiento con tu bienhechor. […] Si alguno dice que la cruz no es más que una quimera, aléjate; odia a quienes afirman que fue crucificado en apariencia. Porque, si fue crucificado en apariencia, y la salvación viene de la cruz, la salvación es también una quimera. Y si la cruz es una fantasía, la resurrección será también una fantasía10.
2.6. Teodoreto de Ciro
Entre el siglo IV y el V encontramos a un amigo de Juan Crisóstomo, Teodoreto de Ciro, un buen obispo que estaba preocupado porque había alguna gente, en su tiempo, que pensaba que Cristo tenía una naturaleza divina, pero que lo de su naturaleza humana era algo tan secundario que, prácticamente, su humanidad era una marioneta al servicio del Hijo de Dios eterno, que «movía los hilos». En fin: que por eso él insiste en la importancia del cuerpo de Cristo, de su humanidad completa, de que fue igual a nosotros en todo, menos en el pecado. Y lo refleja así en esta explicación sobre el entierro de Jesús, de su obra El mendigo.
Mira cuántas veces menciona el cuerpo y muestra que este fue clavado en la cruz, que José lo pidió a Pilato, que lo bajó de la cruz y lo envolvió en lienzos de lino con mirra y áloe, y luego observa que puso el nombre de la persona a quien se entregó el cuerpo, y que se afirmó que Jesús fue colocado en el sepulcro. Por eso dijo el ángel: «Id y mirad donde yacía el Señor» (Mt 28,6), llamando al cuerpo por el nombre común. Así también nosotros acostumbramos a decir que en este lugar está enterrada tal persona, no decimos «el cuerpo de tal persona», sino «tal persona». Y toda persona cuerda sabe que nos referimos al cuerpo. También así acostumbra a hablar la sagrada Escritura11.
En fin: estos son algunos ejemplos que nos pueden venir muy bien, como trataré de concretar en el último punto. Pero está la otra parte, o sea, lo que pasó «al otro lado», en el Upside down, podríamos decir. Vamos a ver qué nos dicen tres Padres de la Iglesia sobre esto, que también está en nuestro Credo.
3. The upside down. El descenso a los infiernos en la Patrística
Nos metemos en la otra dimensión de aquel Viernes Santo por la tarde, que a mí me resulta sorprendente en el contenido y las formas, porque, aunque aquí, en Occidente, este tema se profundizó sobre todo en la Edad Media —con Dante como máxima expresión, en su vía de paso del teocentrismo al antropocentrismo—, estos tres autores que vamos a leer dan unas pinceladas que nos pueden ayudar a fortalecer ciertas claves necesarias en nuestra sociedad, que hemos olvidado o perdido por el camino, y que quedan señaladas especialmente en esta escena complementaria a la del Santo Traslado.
3.1. Ireneo de Lyon
Estamos prácticamente en los inicios de la Iglesia, en el siglo II: todavía no está claro ni el canon de los libros que consideramos «inspirados». De hecho, él será el primero que haga una lista. Él hizo el primer catecismo de la historia, que sepamos, que se llama Demostración de la predicación apostólica, y está escrito para un amigo, Marciano, que quería conocer qué es eso de ser cristiano. Y como estaban por allí los gnósticos, unos listorros que creían que tenían una chispa divina dentro —normalmente, las herejías se dan en grupos elitistas— y que por eso eran más espirituales que los demás, y que se iban a salvar por el conocimiento que poseían, y que lo físico y la carne era despreciable, todo lo que dice Ireneo es para aclarar que la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es esencial para ser cristianos, y que Jesús asumió nuestra carne. Él le da una importancia tremenda a la carne de Cristo, a la encarnación, a su muerte, que fue de verdad, y también nos habla sobre la bajada de Jesús a los infiernos. Veamos cómo nos lo dice, porque abre la perspectiva para mirar toda la historia de la salvación. Ireneo es un hombre de horizontes infinitos, y creo que tenemos que aprender mucho de él.
En Jeremías, mira con qué términos se expresa para dar a conocer la muerte de Jesús y su descenso a los infiernos: «Y el Señor, el Santo de Israel, se acordó de sus muertos, de los que estaban dormidos en el polvo de la tierra, y descendió a ellos para llevarles el Evangelio de su salvación y salvarles»12. Aquí se revelan también las razones de su muerte, porque su descenso a los infiernos era para la salvación de los difuntos13.
3.2. Clemente de Alejandría
Avanzamos un poco, solo un poco, hasta finales del siglo II e inicios del III, y nos encontramos con Clemente de Alejandría, del que yo soy muy fan. Es un personaje con una cultura tremenda, que domina la literatura grecorromana, la filosofía, y se mueve entre autores con una soltura que resulta admirable: es explicable, porque nos encontramos en los años buenos de Alejandría, antes de que llegaran las crisis y ardiera su inmensa biblioteca varias veces a lo largo del siglo IV. Clemente trata siempre de encontrar puentes entre los autores que buscaban la verdad, antes de Cristo —entre ellos podemos contar a filósofos como Platón, Sócrates o Pitágoras, o a escritores como Eurípides, Arato o Sófocles— y el propio Señor. Su visión del universo, por ejemplo, como una gran sinfonía cuya armonía depende del Logos, es decir, del Hijo de Dios, y del ser humano como un pequeño universo también sinfónico es realmente sugestiva. En este texto nos habla del descenso de Jesús a los infiernos, pero para señalar la universalidad de la salvación.
Pero para los justos según la filosofía era necesaria no solo la fe en el Señor, sino también el abandono de la idolatría. Y he aquí que, cuando se reveló la verdad [aquí se refiere al grito y la muerte de Jesús, y a las palabras del centurión: «Verdaderamente, este era hijo de Dios»], también estos se arrepintieron de la vida pasada; y por eso el Señor evangelizó también a aquellos que se encontraban en el Hades. Nos dice la Escritura: «Dice el infierno a la perdición: “Su aspecto no lo veremos, pero su voz la oiremos”» [Cf. Job 28,22]. […] Aquellos que fueron metidos en el Hades se habían dado a la perdición, como lanzados voluntariamente de una nave en el mar: estos son los que oyeron la voz del divino poder del Señor14.
3.3. Efrén de Siria
Y llegamos, para terminar, al poeta más grande de toda la antigüedad cristiana. Otro de esos genios que, gracias a Dios, han existido. También vivió en el siglo IV, pero en una zona del Imperio romano muy diferente, Mesopotamia: un territorio que nunca se romanizó del todo, y que siempre estuvo «en el filo de la navaja», pero eso también hacía que la riqueza de lenguas, etnias y culturas se fundieran, se encontraran, se opusieran o se evitaran. Su lenguaje es muy diferente al de los anteriores: está lleno de iconos, de personajes, de ritmo, de continuas comparaciones y paradojas, es mucho más visual que cerebral. Él hace teología a través de himnos, que se cantan y se bailan, y luego los explica. A él le tocó vivir la invasión de los persas, y por eso tuvo que irse de su ciudad hacia Edesa, en el 363. Efrén también está ocupado en anunciar la Buena Noticia, en una sociedad politeísta todavía más diversa que la romana, porque aquí tenemos a Marduk como creador del cosmos, y divinidades en tríadas cósmicas y astrales: Anu, Enlil y Ea, o Shamash, Sin e Ishtar, que se funden con otras deidades que van llegando de fuera. Pero, sin duda, lo que más le ocupa es la llegada allí de los «escrutadores», es decir, los arrianos y otros supuestos cristianos que, a base de querer definir exactamente el interior de Dios, se olvidan del Misterio y quiebran la encarnación, dando a entender que eso de que «el Hijo de Dios se hizo hombre» es solo una forma de hablar. Por eso, en sus himnos vamos a poder «tocar» lo mismo que será importante para Ireneo, Clemente, Teodoreto, Hilario o Juan: la carne de Cristo, su humanidad y, al mismo tiempo, lo inabarcable de su divinidad. Y esto llega hasta la descripción del momento de la muerte de Jesús y lo que ocurre «al otro lado», que le interesa de forma particular a nuestro autor.
En el primer himno que he elegido, Efrén convierte en personajes reales a:
el Sheol, es decir, el infierno;
el Error, es decir, lo que se contrapone a Dios y a su verdad, que es la vida de Cristo —por tanto, podemos meter aquí al politeísmo, pero también al arrianismo o al gnosticismo, a lo que afirman los «escrutadores» que manipulan la verdad de quién es Jesús—;
a la Muerte, que gobierna el Sheol;
y, por último, a Satanás, la personificación del mal.
Y nos va diciendo cómo Jesús, después de su muerte, en el Viernes Santo, los vence a todos —mientras lo trasladan al sepulcro y lo entierran, claro—.
Oíd del ejemplo visible en Egipto.
Oíd de aquello que es visible e invisible en Sion.
Al Sheol y al Error los cubrió de vergüenza nuestro Señor,
a la Muerte y a Satanás Él derrotó al mismo tiempo.
Al Error, en el Sheol lo hundió nuestro Señor,
para enseñar mediante lo visible aquello que es invisible.
Así como hundió visiblemente al Sheol,
así al Error lo hundió invisiblemente.
Como venció la Muerte visible,
así invisiblemente Satanás fue derrotado.
Que los sepulcros se vaciaron fue visto por muchos,
pero que Satanás fue derrotado no lo veían.
Mediante aquello que era cercano dio un ejemplo
de aquello que era invisible y lejano.
Si en realidad la muerte será derrotada al final,
en aquel viernes la mató Aquel que hace vivir toda cosa.
Cuando los pueblos se convirtieron, Satanás se cubrió de vergüenza,
y en aquel viernes lo ahogó Aquel vencedor de todos. […]
El Error quedó aterrorizado cuando vio
a aquel Cordero verdadero desenmascarar sus engaños.
Lo oyó también el Sheol, y le estalló el corazón [las puertas del infierno quebraron]
por aquella voz viviente que hace vivir a sus muertos.
El cordero pascual venció solamente a Egipto;
el Cordero verdadero venció al Error y al Sheol.
En el Sheol visible se hundió el Error,
porque uno al otro se echaron en cara haber sido ambos derrotados15.
En el segundo himno tenemos también esta doble visión, que ya aparece de algún modo en el anterior, pero más desarrollada: por un lado, está lo que ocurre en el Rightside up, es decir, lo que está pasando en el Gólgota y en el camino del sepulcro; por otro, lo que tiene lugar en el Upside down, es decir, la lucha entre Cristo y la muerte, y el espacio-tiempo abierto, trayendo al presente, para redimirla, la humanidad derrotada al inicio, personificada en Adán. El resultado es una escena tan sorprendente como sencilla, y muy icónica.
Feliz eres tú, que tienes el mismo nombre que José el justo,
porque envolviste y enterraste al Viviente difunto;
cerraste los ojos del Vigilante adormilado,
que se durmió y despojó el Sheol.
¡Ay de la Muerte! Hundió su vigilancia
aquel Vigilante que se adormiló para saquearla.
Quien nos había despojado, fue despojada,
quien nos había hecho prisioneros, fue aprisionada.
¡Venid, exultemos y burlémonos de ella!
Feliz eres también tú, sepulcro único,
porque la Luz unigénita surgió en ti.
Dentro de ti fue vencida la Muerte orgullosa,
que el Viviente muerto ha expulsado.
Feliz tu vientre, en el que fue cerrada
aquella boca que todo devora sin saciarse. […]
Su sepulcro y su jardín son símbolo del Edén,
en el que Adán murió de una muerte invisible.
Había huido, y se había escondido entre los árboles,
y como en un sepulcro había entrado y se había ocultado.
El Viviente sepultado que resucitó en el jardín
elevó a aquel que había caído en el jardín.
Del sepulcro del jardín al banquete de bodas del jardín,
lo introdujo en la gloria.
¿Dónde estás, serpiente voraz, compañera
de Aquel ladrón que mató a Adán?
El Maligno había matado con engaño, había cerrado su boca,
y había multiplicado cadáveres por la Muerte voraz.
¡Ay de los dos! Eso es: habéis sido vencidos por uno solo.
Dependíais de Uno solo, y ahora estáis acabados.
Eva en el jardín, Adán en el paraíso,
y vosotros en el tormento16.
Terminamos con un himno que sería un guion perfecto para una película de terror de Sam Raimi17: en él se contraponen lo grandioso, lo ridículo y lo horripilante de forma asombrosa. Aquí habla la muerte, y comienza riéndose de la pasión de Cristo, y de toda la humanidad, mientras Jesús agoniza en la cruz. A lo largo del himno va creciendo el narcisismo de la gobernadora del Sheol, que cada vez «se viene más arriba», y entonces se escucha el grito final de Jesús. Y todo se vuelve del revés, porque, mientras arriba la tierra tiembla, bajan a Jesús de la cruz y lo conducen al sepulcro, abajo Él está llegando y aporreando las puertas del infierno, mientras los muertos se escapan. De verdad que merece la pena, porque es una delicia: se nos narra toda la historia, e incluso la mitología, pero desde los ojos oscuros de la muerte.
Nuestro Señor contuvo su poder, y ellos lo apresaron,
de tal manera que, a través de su muerte viviente, pudiera dar vida a Adán.
Él entregó sus manos para que fueran agujereadas por los clavos,
para remediar la mano que había cogido el fruto [del árbol del conocimiento]:
Él fue golpeado en la mejilla, en la cámara del juicio,
para remediar la boca que había comido, en el Edén;
y mientras el pie de Adán era libre, sus pies fueron atravesados;
nuestro Señor fue despojado para que nosotros pudiéramos ser revestidos;
con la hiel y el vinagre Él dulcificó el veneno de la serpiente que había mordido al ser humano.
Responsorio que se repite: «¡Bendito Aquel que me ha conquistado
y ha dado vida a los muertos por su gloria!»
La Muerte: «¡Si tú eres Dios, muestra tu poder, y si eres un hombre prueba nuestra fuerza!
Ahora bien: si es Adán a quien buscas, puedes darte la vuelta:
ha sido encarcelado por sus deudas;
no hay querubín o serafín que sea capaz de obtener su liberación:
no hay mortales entre ellos que puedan ofrecerse a cambio.
¿Quién puede abrir la boca del Sheol, sumergirse dentro y rescatarlo de allí,
dado que el Sheol lo ha engullido y lo tiene sometido para siempre?
Era yo quien he vencido a todos los sabios;
los he amontonado en las esquinas del Sheol.
Ven y entra, hijo de José, y mira estos horrores:
los miembros de los gigantes, el cadáver enorme de Sansón,
el esqueleto del cruel Goliat, y también Og, el hijo de los gigantes,
que hizo una cama de hierro, y dormía en ella:
yo lo he expulsado de allí, y lo he lanzado a la tierra,
he cortado este cedro en la puerta del Sheol [se refiere a que ha hecho las puertas del infierno].
¡Yo sola he vencido a muchos, y ahora el Unigénito quiere vencerme!
¡Me he llevado profetas, sacerdotes y héroes,
he vencido a los reyes con sus ejércitos, a los gigantes con sus presas,
a los justos con sus buenas acciones, ríos llenos de cadáveres,
todo ello yo lo encierro en el Sheol, que sigue teniendo sed de quienes yo le lanzo!
He rechazado la plata cuando se trataba de los ricos,
y sus regalos no han sido capaces de corromperme;
propietarios de esclavos no me han convencido nunca
para tomar uno de sus esclavos en lugar de su patrón,
o un pobre en el puesto de un rico, o un viejo por un niño.
Los sabios pueden ser capaces de vencer a los animales salvajes,
pero sus palabras victoriosas no entran por mis orejas.
Cada cual me puede llamar “aquella que odia las súplicas”,
pero yo, simplemente, sigo aquello que se me ordena.
¿Quién es este? ¿El hijo de quién?
¿Y de qué familia es este hombre que “me ha vencido”?
El libro de las genealogías está aquí conmigo,
lo he iniciado, y me ha podido el trastorno de leer todos los nombres, desde Adán,
y ninguno de los muertos se me escapa;
tribu tras tribu, todos han sido escritos sobre mis miembros.
Es para ti, Jesús, que he hecho el esfuerzo de este recuento,
justo para mostrarte que ninguno escapa de mis manos. […]
Soy yo —dice la Muerte— quien he hecho toda clase de depredadores en la tierra y en el mar:
las águilas en el cielo vienen a mí, y así también los dragones del abismo,
los seres que se arrastran, pájaros y bestias,
viejos, jóvenes y niños; todos estos deberían persuadirte,
hijo de María, de que mi poder sobre todas las cosas es soberano.
¿Cómo puede tu cruz vencerme, si era a través de ese leño como yo he vencido, al inicio?
Me gustaría decir mucho más, ¡y no me faltarían las palabras!,
pero no hay necesidad de palabras, porque las acciones gritan desde cerca;
yo no prometo, como tú, cosas escondidas a los simples,
diciendo que habrá una resurrección;
¿cuándo, pregunto, cuándo? Si tú eres tan fuerte, entonces haz ya un compromiso,
de manera que pueda creer tu lejana promesa».
La Muerte había terminado su discurso burlón
y la voz de nuestro Señor [el grito en la cruz] resonó con fragor en el Sheol
abriendo cada tumba, de una en una.
Terribles espasmos se abatieron sobre la Muerte en el Sheol;
donde la luz nunca había existido, brillaron rayos de los ángeles que habían entrado
para hacer salir los muertos, a encontrar el Muerto que había dado vida a todo.
Los muertos avanzaron, y la vergüenza cubrió a los vivos
que habían esperado haber vencido a Aquel que da la vida a todo.
Dice la Muerte: […] «La muerte de Jesús es un tormento para mí,
querría haberlo dejado vivo: habría sido mejor eso para mí, que su muerte.
Aquí hay un muerto cuya muerte encuentro detestable;
con la muerte de cualquier otro yo me alegro, pero su muerte me atormenta,
y espero que vuelva a la vida: durante su vida,
él ha hecho revivir y llevado de nuevo a la vida solo tres muertos.
Ahora, a través de su muerte, los muertos que han vuelto de nuevo a la vida
me aporrean a las puertas del Sheol,
cuando voy para detenerlos.
Correré y cerraré las puertas del Sheol,
ante este Muerto, cuya muerte me ha robado.
Quien sienta esto, se maravillará de mi humillación,
porque he sido vencida por un Muerto que ha venido de fuera:
todos los muertos quieren irse fuera,
y él insiste en entrar. ¡Un fármaco de vida ha entrado en el Sheol
y ha llevado de nuevo sus muertos a la vida!
¿Quién es aquel que ha introducido el fuego viviente en el que
las frías y oscuras vísceras del Sheol se funden?».
La Muerte vio a los ángeles en el Sheol,
seres inmortales en vez de mortales,
y dijo: «La confusión ha entrado en nuestra morada.
Por dos motivos estoy atormentada: los muertos han dejado el Sheol,
y los ángeles, que no mueren, han entrado: uno de ellos se ha agarrado
a la cabeza de su tumba, y otro, su compañero, a los pies»18.
4. ¿Qué podemos aprender para nuestra piedad popular?
Para terminar, y de una forma muy breve, después de este encuentro con gente de lo más variopinta que nos ha explicado las claves del Santo Traslado de un modo muy diverso, creo que nos podemos quedar con algunas actitudes que esta escena nos invita a fortalecer. Porque de lo que se trata, al final, es de que el Santo Traslado nos anime a dejar que el Señor nos cambie la vida. Se me ocurre un decálogo que podemos trabajar, poquito a poco.
No tener miedo a la muerte, un miedo que nuestra sociedad quiere inyectarnos, eliminando el concepto y la misma realidad, «la muerte», de la ecuación social, mucho más tras la pandemia del COVID: a esto lo llama Efrén «El Error». Jesús murió realmente. Los Padres de los primeros siglos querían dejar esto muy claro, porque los cuatro evangelios lo remarcan absolutamente. La muerte forma parte de la vida, pero no tiene la última palabra; Jesús muerto en la cruz y trasladado al sepulcro nos invita a abrazar la vida, y a acompañar en la muerte, como vemos que hace María. Solo así podemos dar esperanza a tanta gente desesperanzada como nos rodea. Cuidado con esas modas cristianas actuales de nuevos movimientos que ponen en el centro la adoración eucarística, pero se olvidan de la vida y la muerte del Señor, como si quisieran borrar la humanidad de Jesús. Yo digo como Efrén: eso es «el Error».
Acoger a todos, todos, todos. El misterio del descenso de Jesús a los infiernos, que hemos visto en la segunda parte, nos ha hecho contemplar cómo Jesús atraviesa el espacio-tiempo para llegar hasta quienes ni siquiera lo conocían, para alcanzar toda la historia. En los himnos de Efrén vemos muy claro que Jesús ha vencido a la muerte, al infierno, al mal, buceando hasta el fondo, asumiendo la muerte y descendiendo hasta donde parece imposible. Esto me parece de una importancia esencial, en medio de esta especie de pseudonacionalismo supremacista horripilante que está tan de moda en este momento, y que está colonizando a tantos jóvenes y a algunos movimientos eclesiales con discursos que yo calificaría de nazismo disimulado. Lo siento, pero me parece que estos discursos son una herejía social, además de teológica, y que nuestras cofradías no pueden entrar en ellos, si quieren ser cristianas. Deben quedar muy lejos, porque son obra del demonio. Así de claro lo digo. Si Jesucristo acoge a todos, los cristianos debemos acoger a todos. Es una regla lógica muy simple.
Memoria agradecida. Mirar el traslado del Señor al sepulcro nos debe hacer ser conscientes de que nuestros hermanos y hermanas que ya no están por aquí han sido redimidos por el Señor, que bajó incluso a los infiernos. Mirar hacia atrás para agradecer significa ser conscientes de que somos muy pequeños, ser humildes, y tener en cuenta a quienes vendrán después, rechazando la voracidad occidental y agrandando la mirada a toda la creación, nuestra casa común, trabajando en lo concreto por dejar un mundo mejor, en cada cosa que hacemos.
Aprender de Cristo pobre. Recordemos lo que nos ha dicho Beda el Venerable, o Juan Crisóstomo. La pobreza de la muerte de Jesús y de su entierro son un ejemplo para nosotros. Cuanto más dorado, menos se parece lo que hacemos al entierro de Jesús. Es muy sencillo, y fácil de comprender, creo yo. ¿O quizás queremos parecernos a las procesiones de la Malaca politeísta, en las que se llevaba delante del trono de Júpiter el oro y las riquezas del templo y de la sodalidad —las cofradías de entonces—? Porque, si es así, estaremos traicionando, por ejemplo, a Ciriaco y Paula, que murieron por estar en contra de estas muestras de poder, honor y riqueza hacia los dioses. Lo nuestro es aprender de Jesucristo. Lo demás, repito, viene del demonio.
La dignidad de toda persona. Recordemos la importancia que todos los Padres le han dado al cuerpo de Cristo, a la realidad de su muerte. Toda persona es digna porque Jesucristo se ha puesto en el lugar de cada persona. Y esta dignidad llega desde el momento de su concepción hasta la muerte, y más allá, porque Cristo ha muerto y ha compartido la soledad del sepulcro. Nosotros no somos espiritualistas vacíos, gnósticos: luchamos por la dignidad de toda persona, especialmente cuando esta dignidad se ve atropellada por los poderosos y los violentos. El Señor trasladado al sepulcro nos enseña a trabajar por la paz, con medios pacíficos.
Ir a los infiernos. ¿Dónde están, hoy, nuestros infiernos? El barrio de la Trinidad es uno de ellos. ¿A dónde tiene que llegar la luz de Cristo? Ahí tenemos que estar nosotros. Reírnos de la muerte, como nos enseña a hacer Efrén de Nísibe, porque ya no tiene poder, ni nosotros miedo a ella. Y, como los primeros cristianos, caminar siempre hacia las Afueras. Si queremos parecernos a Cristo, naturalmente.
Amar a los enemigos, contar con los lejanos. Porque la sorpresa del traslado de Jesús al sepulcro es que son los lejanos quienes se acercan, y los apóstoles quienes huyen y se esconden. Son los supuestos enemigos de Jesús quienes están allí. A mí esto me parece de una grandeza que me emociona, y me invita a no dejar a nadie fuera, a pesar mío. Y esto creo que las cofradías lo debemos tener muy en cuenta, para superar esas trifulcas internas que nos hacen tanto daño.
La humildad eclesial. Porque en el momento más importante, cuando Jesús entregó la vida por nosotros, cuando su cuerpo colgaba de la cruz, cuando se le trasladaba al sepulcro, no había por allí nadie de sus amigos: no estaba la jerarquía eclesiástica. No estaba el primer Papa. No había ningún discípulo, aunque nosotros pongamos a Juan, que, vale, lo mismo sí estaba, pero los evangelios no lo colocan. Somos una familia de fracasados, de miedicas, de cobardes a quienes Jesús fortaleció, pero que no eran nada. Eso es la Iglesia. Sin Jesús somos una porquería: nuestros egos no valen nada. Cuanto más nos convenzamos de esto, más humildes seremos, y más libres. Y esto creo yo que es una tarea pendiente para toda la Iglesia, pero también para las cofradías, donde los egos se huelen a kilómetros.
Acompañar en la Soledad, como María nos muestra, aunque ella no haya salido en los textos de estos maestros, porque su presencia junto a la cruz se hizo central a partir de la Edad Media, y en la Patrística se la observa fundamentalmente en la escena de la encarnación, y como Madre de Dios. Creemos que también ella estaba allí, y que nos enseña a acompañar las soledades, en este momento de hipercomunicación y, al mismo tiempo, de hipersoledad. Si nosotros no lo hacemos, no lo hará nadie: desde luego, esto a la IA no le preocupa. Es nuestra tarea, porque María nos enseña a ello.
Aprender de las mujeres. Nos lo ha dicho Juan Crisóstomo, nos lo ha dicho también Beda el Venerable, y nos lo dicen los textos de los evangelios. Tenemos mucho camino por delante en este aspecto. En la muerte de Jesús en la cruz, el entierro y la resurrección las protagonistas son las mujeres, especialmente María la Magdalena. Ellas nos enseñan a resistir en los momentos más duros, a acompañar, a superar el miedo, a caminar con valentía. A ellas les dicen los ángeles, y el mismo Jesús, que sean las primeras apóstoles de la resurrección. Y esto tenemos que ponerlo en valor. Perdonad que os diga, pero las cofradías, como toda la Iglesia, tenemos todavía un larguísimo camino hasta que las mujeres y los hombres caminemos juntos. Vamos dando pasos, pero muy pequeños: y, si no, mirad las Ejecutivas de muchas de nuestras cofradías, o las Juntas de Gobierno. Cuando se mira solo las tradiciones cuesta más avanzar, porque se cree que en el pasado está la solución para nuestros problemas, y eso es una majadería. Por eso tenemos que dejar a un lado las tradiciones que nos encierran en un pasado que nunca existió, o que nos colocan directamente en contra de Jesús y del evangelio, y acoger la gran Tradición, que está en la Palabra de Dios, en la Escritura y en los primeros pasos que la Iglesia nos enseñó a dar. Cuanto más cerca de Jesús y del evangelio, más cerca de la verdad. Los tradicionalismos nos acercan al politeísmo.
Y ya está. Ojalá los textos bíblicos, y los patrísticos, nos hayan abierto un poco la mirada, para que comprendamos que, al final, lo único que tenemos que hacer es conocer mejor a Jesús, que murió por nosotros, fue trasladado al sepulcro, fue sepultado, y resucitó, para más amarle y seguirle.
Bibliografía
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AA.VV. Evangelio según San Marcos. Editado por Christopher A. Hall y Marcelo Merino Rodríguez. La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia y otros autores de la época patrística. Nuevo Testamento, edited by Thomas C. Oden, n.o 2. Ciudad Nueva, 2012.
Cirilo de Jerusalén. Catequesis. Traducido por Jesús Sancho Bielsa. Biblioteca de Patrística 67. Ciudad Nueva, 2006.
Clemente de Alejandría. Gli stromati. Note di vera filosofia. Traducido por Giovanni Pini. With Marco Rizzi. Paoline, 2006.
Efrén de Nísibe. Inni pasquali. Sugli azzimi. Sulla crocifissione. Sulla risurrezione. Traducido por Ignazio de Francesco. Letture cristiane del primo millennio 31. Paoline, 2001.
Efrén de Nísibe. L’arpa dello Spirito. 18 poemi di sant’Efrem. Editado por Sebastian Brock. Lipa, 1999.
Hilario de Poitiers. Comentario al evangelio de Mateo. Traducido por Luis F. Ladaria. BAC, 2010.
Ireneo de Lyon. Demostración de la predicación apostólica. Traducido por Eugenio Romero-Pose. Fuentes Patrísticas 2. Ciudad Nueva, 1992.
Juan Crisóstomo. Omelie sul vangelo di Matteo/3 (62-90). Traducido por Sergio Zincone. Collana di testi patristici 172. Città Nuova, 2003.
Kelly, J. N. D. Primitivos credos cristianos. Secretariado Trinitario, 1980.
Rufino de Aquileya. Comentario al símbolo apostólico. Traducido por Pablo Cervera Barranco. Biblioteca de Patrística 56. Ciudad Nueva, 2001.
Stranger Things. 21 Laps Entertainment, Monkey Massacre, Netflix, 2016.
Notas finales
1Stranger Things, (21 Laps Entertainment, Monkey Massacre, Netflix, 2016).
2Esto es lo que conocemos como «inspiración», y diferencia los textos del Nuevo Testamento de los que llamamos «apócrifos», que son historietas pías para rellenar cosas que no aparecen en los originales, o bien transforman a Jesús en alguien contrario al real, como hicieron los gnósticos, los docetas o los maniqueos.
3Cf. J. N. D. Kelly, Primitivos credos cristianos (Secretariado Trinitario, 1980), Contra Práxeas 1; 110.
4Cf. Kelly, Primitivos credos cristianos, Tradición Apostólica 21; 116.
5Cf. Kelly, Primitivos credos cristianos, 128; Rufino de Aquileya, Comentario al símbolo apostólico, trad. Pablo Cervera Barranco, Biblioteca de Patrística 56 (Ciudad Nueva, 2001), 6-28; 48-87.
6Cf. Juan Crisóstomo, Omelie sul vangelo di Matteo/3 (62-90), trad. Sergio Zincone, Collana di testi patristici 172 (Città Nuova, 2003), homilía 88, 2-3; 360-361.
7AA.VV., Evangelio según San Juan (11-21), ed. Joel C. Elowsky y Marcelo Merino Rodríguez, La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia y otros autores de la época patrística. Nuevo Testamento, ed. by Thomas C. Oden, n.o 4b (Ciudad Nueva, 2013), homilía 85, 3; 425.
8Hilario de Poitiers, Comentario al evangelio de Mateo, trad. Luis F. Ladaria (BAC, 2010), 33, 8; 363-65.
9AA.VV., Evangelio según San Marcos, ed. Christopher A. Hall y Marcelo Merino Rodríguez, La Biblia comentada por los Padres de la Iglesia y otros autores de la época patrística. Nuevo Testamento, ed. by Thomas C. Oden, n.o 2 (Ciudad Nueva, 2012), Exposición al Ev. de Marcos 4, 15, 46; 304.
10Cirilo de Jerusalén, Catequesis, trad. Jesús Sancho Bielsa, Biblioteca de Patrística 67 (Ciudad Nueva, 2006), catequesis 13, 35-37, 295-297.
11AA.VV., La Biblia comentada. San Juan 11-21, El mendigo, 3; 424.
12Este texto no lo tenemos en el libro de Jeremías: es probable que formara parte de algunos párrafos que se perdieron, o bien que su origen sea cristiano. Pero resulta muy interesante. Justino, en el Diálogo con Trifón 72, 1-4 nos dice que los judíos hicieron desaparecer de la Escritura varios pasajes fastidiosos para su concepción del Mesías, este entre ellos.
13Cf. Ireneo de Lyon, Demostración de la predicación apostólica, trad. Eugenio Romero-Pose, Fuentes Patrísticas 2 (Ciudad Nueva, 1992), no 78, 197-198.
14Clemente de Alejandría, Gli stromati. Note di vera filosofia, trad. Giovanni Pini, with Marco Rizzi (Paoline, 2006), stromata VI, capítulo 6, 44-45; 635-636.
15Efrén de Nísibe, Inni pasquali. Sugli azzimi. Sulla crocifissione. Sulla risurrezione, trad. Ignazio de Francesco, Letture cristiane del primo millennio 31 (Paoline, 2001), himnos sobre los Ázimos IV, 1-9.11-14; 135-142.
16Efrén de Nísibe, Inni pasquali, himno sobre la crucifixión VIII. 11-14; 322-324.
17Director de la trilogía Posesión infernal, de Darkman, Arrástrame al infierno o Send help.
18Efrén de Nísibe, L’arpa dello Spirito. 18 poemi di sant’Efrem, ed. Sebastian Brock (Lipa, 1999), himno de Nísibe 36, 1-6.9-11.13-15; 56-61.



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