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Frankenstein, de Guillermo del Toro

  • Foto del escritor: Llamas, J.M.
    Llamas, J.M.
  • 14 nov 2025
  • 7 Min. de lectura

Actualizado: 15 nov 2025


Antes de nada, un aviso: este análisis contiene algunos spoilers. Por si las moscas, no digáis que no he avisado.


No es mi intención hacer una crítica cinematográfica de esta película, sino resaltar algunas claves que me han llamado profundamente la atención en cuanto a sus hilos de trascendencia, a sus «semillas de la Palabra». Creo que puedo decir, sin miedo a equivocarme, que esta cinta, junto a Una batalla tras otra y a Weapons, es lo mejor que he visto, en cine, este año.


En primer lugar, Guillermo del Toro me parece un genio de la narración parabólica, es decir, que sus filmes van más allá de la fantasía, suelen ser cuentos que señalan esta crisis de cambio de época que vivimos, y están enclavados en el realismo mágico. Con otras palabras: nos habla de lo que estamos pasando, pero con historias que cabalgan entre el terror y la fantasía, y que, por lo general, suelen tener rasgos de esperanza en su conclusión. Se pueden reconocer, dentro de su cine, una paleta de colores que va más allá de las formas, una tendencia al realismo de los decorados por encima del CGI, y unas líneas argumentales sencillas, dentro de la exuberancia de sus universos imaginarios. Esto lo distingue desde sus inicios, con Cronos, Mimic o El espinazo del diablo, hasta sus últimos trabajos, La forma del agua, El callejón de las almas perdidas, Pinocho, y esta, Frankenstein. Forma parte de ese trío de directores mexicanos, que completan Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu, que nos ha regalado un ramillete de obras maestras del cine en las últimas décadas. Además, creo que en sus dos últimas propuestas Guillermo del Toro levanta la mirada hacia un horizonte trascendente que, al menos a mí, costaba más percibir anteriormente.


Hablemos de la película en sí. No he visto todas las adaptaciones del clásico de Mary Shelley (tengo memoria de la de James Whale, la de Kenneth Branagh, y, aunque no sé si pueden contar, la de Mel Brooks y la de Tim Burton), pero me atrevo a decir que esta es la más fiel y, al mismo tiempo, que, dentro de esta lealtad «enamorada», desarrolla algunos aspectos de la novela que la genial autora solo apunta, hasta niveles que cambian profundamente determinados personajes, situaciones y hechos, desde la propia creación de la criatura, hasta la relación del doctor con sus familiares y amigos o la tormenta de asesinatos que se abate sobre estos, y la responsabilidad de Víctor en ellos.


Para mí, Frankenstein o el moderno Prometeo es una de las mejores novelas que nos ha regalado la crisis de la modernidad. En ella veo definida muy claramente la etapa histórica del «Romanticismo» de un modo comparable al de Edgar Allan Poe o Victor Hugo, por poner solo dos ejemplos. Me gustó, en fin, mucho más que Drácula (siempre digo que es una de las pocas novelas que me decepcionó, quizás porque la leí después de haberme quedado absolutamente asombrado con la maravilla de Francis Ford Coppola). Creo que expresa de un modo singular (yo diría que inigualable) la crisis del deísmo, la monstruosidad del hombre moderno que ha pretendido ser como Dios, la bondad y la maldad del corazón humano como consecuencias de la experiencia de la criatura amable que ha sido abandonada y maltratada, el insoportable peso del poder masculino, lo demoniaco de la sociedad meritocrática concretado en el mundo europeo del siglo XIX... Y todo esto se ve reflejado, de una forma muy fiel, en la película del genio Del Toro.


Describo, por concretar, las claves que más me han impresionado.

  • En primer lugar, su paleta de colores: el rojo es sacrificio, memoria y sangre, en los personajes de Claire, la madre de Víctor, o Elisabeth, su amada (ambas mujeres son interpretadas por la misma actriz, Mia Goth), y también violencia, crueldad y orgullo, sobre todo en los vestidos de Víctor; el azul significa deseo, pero también simboliza lo inalcanzable; el verde es esperanza, remite a la naturaleza, pero señala también a la muerte, la descomposición, la corrupción de la ciencia que se observa en el laboratorio, donde domina asimismo el dorado, signo de la arrogancia de creerse un dios; el negro se contrapone, por ejemplo, al blanco en los ataúdes de los padres de Víctor, como el odio contra la bondad; el blanco también representa el perdón, la incorrupción, la comprensión, la esperanza, que dominan la última parte de la cinta; las sombras, que se alargan en la vida de la criatura, señalan el misterio de la fe y la duda.

  • El personaje de Víctor Frankenstein tiene, en la película, rasgos diversos al protagonista de la novela. Aquí, el desarrollo de su complejo de Edipo es una causa clara de su entrega a la tentación del poder, la arrogancia de querer vencer a la muerte a través de la ciencia, y la violencia: la incapacidad para salvar a su madre está unida a su lucha contra el padre, y al odio a su hermano, algo completamente contrario a la obra de Shelley. Sin embargo, todas estas características hacen que el desarrollo de su maldad, como verdadero monstruo de la historia, conduzcan a un final parecido, aunque es cierto que la novela resulta en todo momento mucho más filosóficamente terrorífica que la cinta, incluidos los horribles asesinatos o su tenebroso final abierto.

  • El amigo de Víctor en el libro, Henry Clerval, un personaje afable y luminoso, y el profesor Krempe y el profesor Waldman, son sustituidos en la película por el cínico y malvado traficante de armas Henrich Harlander, que expresa muy bien las claves del mundo moderno, como la tentación de ser eterno, y la utilización de los demás para provecho propio; es un ser que miente, oculta lo que no le interesa que se sepa, y manipula a todos a su alrededor para lograr un único fin: su propia subsistencia. Aquí, sin duda, podemos ver la mano de Guillermo del Toro, que ha transformado la historia, manteniendo sus líneas básicas de fondo, para adaptarla a unas claves más postmodernas: Henrich representa el capitalismo más salvaje, o el neoliberalismo cínico en el que aquel ha derivado en nuestros días. Por eso, su trágico final me parece muy simbólico.

  • El personaje de Elisabeth está desarrollado también de un modo diverso a la obra de Shelley, aunque coincide en sus claves psicológicas fundamentales: la luz de la bondad, la fe y el amor la acompañan en cada una de las escenas en las que aparece. Sin embargo, su ser se contrapone claramente al de Víctor, actuando como contrapeso a su arrogancia masculina moderna. Se puede decir que ella representa el amor trascendente, que está más allá de lo social (su matrimonio con William) y de la pasión (que siente Víctor por ella, y a la que no corresponde); ella es un ser que se sitúa fuera de las claves sociales que la rodean, y el encuentro con la criatura esclavizada (dos esclavos que se encuentran, lo cual se refleja también en los colores) acaba por dar sentido a su vida de un modo que me parece muy certero, en las escenas del sótano, y de la cueva. Es ella quien le dice a Víctor que solo los monstruos juegan a ser Dios, una de las tesis tanto de la obra escrita como de la cinta.

  • La criatura - o «el monstruo», según su creador - también tiene un desarrollo diferente al del libro, ya que su historia es narrada por ella misma, cuando todavía Víctor está vivo, en el barco donde se sitúa el relato de ambos personajes principales. Se oponen, en él, por una parte, la situación de esclavitud a la que lo somete su creador, y que le impide desarrollarse, ya que solo puede decir su nombre, «Víctor», lo cual provoca que este olvide que ha creado a alguien, y lo cosifique de una manera realmente espantosa; por contra, el amor que le muestran Elisabeth y los habitantes de la cabaña, sobre todo el anciano, le hacen descubrir la amistad y desarrollarse como persona, hasta que, al encontrarse con sus orígenes y descubrir que su historia es solo la de un experimento, que es el producto de un número indeterminado de desechos humanos, la violencia y el odio empiezan a anidar en él. Lo más interesante de su evolución es que, al final, nos señala lo definitorio del ser humano: el amor, la filiación y el perdón ofrecido y recibido. Esto, que en el libro es solo un anhelo sin respuesta, se da aquí como realidad alcanzada, ofreciendo una esperanza, en el culmen de la historia, que creo que no podemos encontrar en la novela de Mary Shelley.

  • También es necesario fijarse en algunos personajes que forman parte del decorado, pero son esenciales. Por ejemplo, la escultura de Medusa, que domina la pared del laboratorio, observa con terror al monstruo que juega a ser Dios, y de alguna manera comparte el «castigo» de la criatura, pues también ella fue condenada por los dioses; asimismo, el subtítulo de la obra escrita se convierte en la definición que da de sí mismo Víctor, como Prometeo. Como contrapunto teológico a este monstruo endiosado, la criatura aparece, en el momento de su nacimiento, crucificada, lo cual es, me parece, un claro símbolo. Otro icono simbólico son los insectos, signo de la pureza, según Elisabeth, que siente una especial cercanía con ellos, pues le remiten a lo divino y a la libertad (de hecho, la escena de la mariposa encerrada en el tarro es preludio del encuentro entre Elisabeth y la criatura en el sótano de la torre donde esta ha sido creada): aquí se repite una obsesión de Guillermo del Toro, pues su primera película, Cronos, también señala al mundo de los insectos como tenebroso símbolo de la vida. Me resulta, por último, muy interesante el lugar que elige Henrich Harlander como laboratorio para Víctor, y que es una torre aislada del mundo («Ingolstadt», en la novela). Quien se cree un dios ingresa en el individualismo, en el aislamiento, porque ahí es más fácil la manipulación, el orgullo, el odio, la consideración de los demás como menos humanos, la cosificación de las personas. Es, me parece, otro icono de nuestra sociedad.

  • Otro personaje genial, con un tratamiento más simple, pero también más claro, que en la novela, es el capitán del barco, Anderson («Robert Walton» en la obra de Mary Shelley). Al principio es un rudo marinero arrogante que, en contra de la tripulación, quiere alcanzar el Polo Norte por encima de todo; sin embargo, tras escuchar los relatos del creador y de la criatura, decide que el barco regrese con sus familias, con la ayuda de la criatura, que se dirige a un nuevo amanecer.

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Málaga, España

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