Stranger Things, la requetepostmodernidad, el pecado original y la redención
- Llamas, J.M.

- 1 ene
- 51 Min. de lectura

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Intro
El impensable inicio de estas reflexiones se encuentra en la elaboración, por mi parte, de la homilía para la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Dándole vueltas al tema, se me vino a la cabeza la serie Stranger Things, que comenzaba su conclusión unos días antes y culminaba en poco menos de un mes, coincidiendo prácticamente con las campanadas de inicio de 2026. ¿Y cómo pueden concurrir ambas ideas en el mismo discurso reflexivo?
Esta serie se inició allá por 2016, y desde su pistoletazo de salida me atrapó cual Demogorgon a Will Byers, por razones que enumero a continuación: comparto generación y frikismo con los chavales de la serie, aunque nunca he jugado al juego de rol Dragones y mazmorras —a partir de aquí, D&D—, pero me gustaban los dibujos animados; y, además, se puede decir que viví mi infancia en un «Hawkins malagueño», el barrio de El Tarajal, en Málaga, por no hablar de que mi actriz favorita es, sin duda, Winona Ryder, que hace el papel de Joyce Byers, la afligida madre de uno de los chavales protagonistas. Así que, en fin, he disfrutado cada capítulo de cada temporada con fascinación infantil. Sin embargo, nunca había tomado en consideración el hilo de sus referencias trascendentes. Pero aquella tarde del 7 de diciembre, de repente, como en un eco, se hicieron presentes, atropelladamente, mientras le daba vueltas al tema del pecado original en su dimensión social, y decidí tirar de memoria, en primer lugar, y pulsar el Rewind del visionado de las temporadas anteriores, en segundo, porque el casete de los recuerdos tenía muchos flecos sueltos. Total, que he podido identificar y ordenar algunas claves que me parecen muy interesantes, poco estudiadas por los fans del evento audiovisual, y que, en definitiva, quiero compartir, dejando claras varias cosas, antes de continuar: la primera, que aquí hay muchos spoilers, es decir, que luego no digas que no te avisé; la segunda, que si no has visto la serie muy probablemente no entenderás algunas de las ideas que expongo, pero no me voy a poner a narrar lo que pasa en cada capítulo de cada temporada; la tercera, que no soy crítico de cine, y, por tanto, me da igual lo que se opine sobre su calidad artística, porque lo que planteo es muy distinto.
Empiezo por dos referencias cinéfilas que considero que apuntan a la raíz de lo que los hermanos Duffer han querido narrarnos. En la serie hay incontables guiños que recuerdan a películas, series, libros y juegos de los años 70, 80, 90 e incluso más actuales. Algunos de ellos son clarísimos, y, en fin, se trata de iconos que encontramos esparcidos, por así decir, en el mismo decorado: los carteles de las películas que se estrenan en el cine de Hawkins, los que pueblan los dormitorios de los protagonistas, las escenas de los filmes que salen en los televisores de las casas…
También tenemos claros homenajes formales al cine y, en general, a la ciencia ficción: Alien, Regreso al futuro, ET el extraterrestre, La Cosa, Tiburón, Terminator, Los Goonies, Primer, Pesadilla en Elm Street, La gran evasión, Cuenta conmigo, Razas de noche, Los amos de la noche, Super 8, Poltergeist, Al final de la escalera, Encuentros en la tercera fase, X-Men, El exorcista, Parque Jurásico, Origen, Star Wars, Posesión infernal, Weapons, Alicia en el país de las maravillas, La zona muerta, Frankenstein, El jovencito Frankenstein, Una arruga en el tiempo, La niebla, Aliens, Matrix, Indiana Jones, Cazafantasmas, Gremlins, La historia interminable, Karate Kid, La princesa prometida, Mad Max, El laberinto del fauno, Hijos de los hombres, El Señor de los Anillos, Cristal oscuro, El chico de oro, Up y muchas otras.
Sin embargo, voy a comenzar con dos referencias de fondo que coinciden con el hilo que me dispongo a seguir aquí, y que se reflejan en la serie, en determinadas escenas o en el argumento general. La primera es Twin Peaks, aquella serie de los 90 que marcó época, y cuyo salto en el tiempo fue lo más asombroso que ha ocurrido nunca en la historia de la televisión o el streaming. La segunda, una película de M. Night Shyamalan, El Bosque, que se me reveló, en la temporada 5, como una luz para interpretar las manipulaciones de la maldad, y también sus intenciones, es decir, el «pecado original» que muestra Stranger Things, y contra el que luchan sus héroes y heroínas. Pongo estas dos porque me parece que también muestran una visión de nuestra realidad más allá de la postmodernidad, algo que quiero resaltar, en primer lugar, en este análisis.
Capítulo 1. La requetepostmodernidad
¿Qué significa esto de la «requetepostmodernidad»? Vale, la palabra me la he inventado yo, y me refiero al tiempo posterior a lo que consideramos «postmoderno», porque me parece que hemos cruzado ya esa línea de la historia contemporánea. Lo cual debería hacernos cambiar nuestra perspectiva sobre lo que está pasando, porque todavía navegamos, al menos eclesialmente hablando —y a pesar de que el papa Francisco haya virado el rumbo—, bastante a ciegas, como si aún atravesáramos la tormenta de la crisis moderna sin querer dejar de aferrarnos a la neblina del repliegue chupi de la cristiandad renacentista, con su maravilloso poder eclesiástico, sus tranquilizadores «medios temporales» y sus monseñoriales honores de pacotilla. Y, perdonad que os diga, pero creo percibir que esa tempestad, que comenzó quizás con la Revolución Francesa, ha escampado, y nos encontramos en mitad de otra cuyo título colocarán cuando pasen varias generaciones, pero que pertenece ya a una época nueva —que nos empeñamos en profetizar que será «la civilización digital», algo que, personalmente, creo que es una chorrada narcisista occidental tan gorda como si se hubiera llamado a la modernidad «la civilización impresa»—.
¿Y todo esto es, no sé, motivo para el llanto y el desconsuelo? Ni mucho menos. Estamos en un tiempo de esperanza, pero hemos de atinar un poco en la mirada a nuestro propio ser cristiano, y a nuestro alrededor, partiendo desde lo que, repito, nos ha señalado Francisco en la Evangelii Gaudium. Y a mí me parece que en Stranger Things se nos muestra, de forma clara, esta situación, es decir, que sus personajes, relaciones y acciones reflejan que no estamos en los inicios del cambio de época en el que la modernidad se transforma en una civilización diferente, sino en el ingreso dentro del siguiente periodo de la historia, que probablemente no veremos nosotros, pero que está ya «asomando la patita» y que, aunque lo ha puesto todo del revés, no es el upside down; es más, me atrevo a afirmar —usando el lenguaje de la serie— que quienes no quieren salir de las claves de cristiandad se están convirtiendo en demogorgones de tres al cuarto que tratan de abrir un agujero de gusano que conecte nuestro mundo con un tiempo mitológico en el que, resumiendo mucho, se confundía el Reino de Dios con el de cualquier autócrata majara, por la gracia de un dios azotamentes.
Veamos, por tanto, cómo creo yo que se nos muestra, a través de las aventuras de los chavales de Hawkins y sus colegas, este nuevo momento histórico por el que atravesamos.
1.1. La postmodernidad convertida en mitología
En la serie que nos ocupa hay un dato inicial que me parece muy curioso: nos plantea los años 80 como una mitología, es decir, como un pasado revisitado desde el presente, y plagado, como he apuntado en los párrafos introductorios, de homenajes y referencias míticas. Es decir, que los años 80 forman ya parte de un tiempo anterior idealizado, que se mira con añoranza, porque aquello ya no existe, o, en otras palabras, hemos cambiado de página histórica. Esto me parece interesantísimo, porque muestra que los autores son conscientes de que todas aquellas claves ya no están en nuestra sociedad de hoy. De hecho, comparto esta visión, y la he expresado de múltiples formas, desde El fin del mundo (tal y como lo conocemos), un estudio sobre el cambio de época actual, hasta una novela-homenaje a aquellos años: Las Sombras. Y precisamente este punto, es decir, la sensación de estar entre el final de una etapa histórica y los albores de una nueva, y más cercanos a estos últimos que al primero, es el que quiero desarrollar, al menos en algunas de sus características.
La primera de ellas es el doble hilo de sentido argumental de la serie, que es la ciencia, desde la perspectiva del juego de rol D&D —de hecho, el comienzo del capítulo inicial y el final del último son una partida de esta aventura de fantasía—. Lo cual es una paradoja, como tantas otras que veremos: al zambullirnos en las aventuras que nos proponen los hermanos Duffer, asistimos a una reinterpretación de la teoría de la relatividad, los agujeros de gusano, los universos múltiples, la teoría de cuerdas, la materia exótica…, de la mano de personajes como el Demogorgon, el Hechicero, la Acróbata, la Zumbadora, la Arquera, el Bárbaro, la ThessalHydra, el Azotamentes… ¿No significa esto que, para los creadores de nuestra serie, la ciencia es otro mito más de nuestra época, comparable a un juego de rol? No sé, pero a mí me parece que tiene sentido, desde luego. Me resulta fascinante observar que los herederos de la civilización que convirtió la ciencia en religión han —o más bien «hemos»— metido el propio espíritu científico dentro del mismo saco de las estructuras religiosas, es decir, en el desván de lo mitológico. Pero vamos a lo que nos importa, que es precisamente la presencia, o no, de «sellos religiosos» dentro de la serie.
1.2. El decorado de las estructuras religiosas
Voy a zambullirme en el tema principal de esta cada vez menos breve reflexión, que es el de los hilos de trascendencia. Porque en esto veo otra paradoja, al interior de Stranger Things: lo trascendente, dentro de la serie, está muy lejos de lo estructuralmente religioso. Tremendamente apartado, lo que, de hecho, me ha sorprendido, tratándose de una producción estadounidense. ¿Qué quiero decir con esto?
Me resulta muy curioso que la iglesia de la ciudad sea solo parte del decorado —de hecho, su interior se ve solo en una escena, creo recordar, que es, en fin, poco religiosa, y lo más usado es el campanario, pero como torre de vigilancia desde donde Erica, el profesor Clarke y otros personajes hacen de espías de lo que ocurre más allá—; si hablamos de los múltiples entierros que aparecen, el discurso-lectura-homilía del pastor es normalmente un eco de fondo que importa un pimiento, y asistimos, con pasmosa seriedad, al sepelio de un muñeco y de dos ataúdes vacíos…, o, en otro de ellos, situado, este sí, dentro del templo, mientras una madre pija da un testimonio de lo más ridículo, se hace presente un icono terrorífico que culminará minutos después de un modo escalofriante. De hecho, no puedo recordar ningún objeto religioso dentro de los decorados de las casas de Hawkins, aunque quizás los haya, porque, en fin, soy despistado y quizás los haya pasado por alto.
Es más: la única vez en la que se trata lo estructuralmente religioso con algo de seriedad —en el capítulo 6 de la temporada 4, con una cita de San Pablo incluida y todo, Rm 12,21—, aparece personificado en el joven Jason, en forma de ultracristiandad moderna y radicalmente violenta que sirve como acicate para la locura contra los débiles, ante la incapacidad de encontrar razón para lo inexplicable; es decir, bajo mi punto de vista nos plantea una especie de «eco» de lo que ocurrió en la Alemania nazi —o de lo que está pasando con Donald Trump y su frente nacionalnarcisista, que utiliza vilmente lo religioso y se extiende como la pólvora—, pero lo encaja en Hawkins, en boca de un joven presuntuoso y repelente. De hecho, los protagonistas de esta escena llevan incluso uniformes que distinguen su «pureza», ya que son «Los Tigres», y se contraponen a lo supuestamente «satánico» de sus oponentes, que son los frikis del «Hellfire club» —cuya referencia histórica nos transporta a una sociedad pseudo-secreta de oscuros personajes excéntricos de 1735 en una casa abandonada en Montpelier Hill, cerca de Dublín—. Yo veo claro que la serie viene a decirnos que las estructuras religiosas tienen el peligro —no solo teórico, sino históricamente comprobado demasiadas veces, por desgracia, y muy de moda en nuestros días— de convertirse en supremacismos ideológicos irracionales, y contrarios a toda trascendencia con un mínimo de atisbo de benignidad. No se trata de un tema central, como es el caso de otra producción, The Boys, donde la crítica a las estructuras religiosas es infinitamente más ácida y mordaz; pero el abismo que nos muestra entre el hecho trascendente, y las organizaciones que usan lo espiritual como arma, me parece que es muy claro.
¡Bueno, me olvidaba de otra escena en la que sale un templo! Se trata de una iglesia ortodoxa en plena URSS, utilizada como almacén, que aparece repetidas veces en la temporada 4, o sea, un icono del pasado desacralizado, y que, por tanto, ya no sirve para lo que fue construido. Una prueba más de que la estructura religiosa forma parte del decorado de Stranger Things.
1.3. La trascendencia exterior a las estructuras
Esto no significa que la serie sea «plana» en lo trascendente, o contraria a lo religioso, ni mucho menos. Pero nos ofrece una trascendencia encajada en los moldes de las relaciones sentimentales entre los protagonistas, de sus deseos más hondos, de sus gritos de terror o de súplica —especial mención merece aquí el sorprendido «Mother of God», o bien «Oh, my God» de Dustin, muy recurrente—, de su búsqueda de una paternidad y una maternidad que llene el agujero que han creado los traumas de una sociedad en la que las claves familiares tradicionales están quebrándose. Es decir: que lo religioso es inexistente o muy negativo en su dimensión estructural o cultural, pero está muy presente en lo interpersonal y en lo emotivo, como anhelo de ciertos personajes.
La temporada 4 es la que nos muestra esto de un modo más concreto, con la oración y el milagro como claves, pero de la manera más paradójica posible. Me voy a fijar particularmente en tres escenas.
La primera es el diálogo entre Jim Hopper, un policía americano agnóstico, y el soldado ruso, y supuestamente ateo, Dmitri Antonov, antes de la batalla contra un monstruo: «Igual debería probar a rezar. Necesitamos un milagro», dice el policía. La segunda es un momento límite, de amenaza de muerte, en el mundo del upside down, tras el que Robin le suelta a Steve y Nancy: «No creo en la existencia de un ser superior, ni en la intervención divina, pero esto ha sido un milagro». La tercera es una canción, que se repite en varias escenas, que escucha Max, que la libera de las garras de Vecna, y que es una oración: Running up that hill (A deal with God). ¡Es decir, que son los personajes más alejados de la fe confesional los que conectan con la trascendencia de un modo más claro!
Otra escena que me parece esencial en este sentido es la conversación entre Nancy y Jonathan, que son más o menos novios, en el capítulo 6 de la última temporada, mientras se derrite el edificio donde se encuentran, dentro de upside down. Están al borde de la muerte, y entonces deciden sincerarse sobre su relación. Y es ahí donde se liberan de todo lo que habían ocultado, por miedo, y surge una propuesta de amor verdadero e infinito que atraviesa la misma vida, pero que queda configurado fuera de toda estructura: «Ese trauma que nos ha atado juntos para siempre me hace sentir seguro, pero también… puede ser sofocante. He arruinado muchas cosas, pero quiero hacer algo bien en el fin». En el «¿Quieres no casarte conmigo?» de Jonathan, y en la respuesta de Nancy, «Acepto tu no-proposición», podemos ver —además de una referencia al encuentro entre el sombrerero loco y Alicia, en el País de las Maravillas— una nueva manera de entender el amor, fuera de las claves de cristiandad social que hemos adquirido en la época moderna, pero que mantiene el «hasta la muerte» como algo ya no cristiano, sino humano y esencial: «Te he amado, Nancy Wheeler. Te amo».
Esta misma sensación es la que tuve cuando revisité aquella serie de los 90, Twin Peaks, para recordar lo que había narrado el maestro Lynch antes de asistir a la maravillosa tercera temporada, que ya nos había prometido su protagonista asesinada, Laura Palmer, desde la Casa Negra del bosque, y que, efectivamente, llegó 25 años después: la trascendencia que encierra va más allá, me parece, de su estructura, en la que, en fin, poco hay de «oficialmente cristiano». Sin embargo, la idea del mal como ansia de poder, y de la redención a través del amor, la fraternidad, la búsqueda de la verdad y la entrega total, es algo que, sin duda, se apunta en ambas. Y eso es lo que voy a intentar analizar en los dos últimos capítulos.
Capítulo 2. El upside down y el pecado original
Lo que más me ha sorprendido, repasando cada temporada para recordar lo esencial antes de asistir a «la batalla final», ha sido el hilo de fondo que los hermanos Duffer han ido creando, sin que nos demos cuenta. Porque veo, y llamadme loco, que la clave del pecado original suena como un eco en todo lo que ocurre a lo largo de las cinco temporadas. Y no es que los creadores hayan pretendido hacer una exégesis muy delirante del primer libro de la Biblia, ni mucho menos: ellos han narrado una historia de ciencia ficción enclavada en la clásica lucha entre el bien y el mal. Y esto mismo es algo universal, compartido en sus claves fundamentales y que, por tanto, nos suena muy cercano. A ver si me explico.
2.1. Seréis como Dios
Nos narra el Génesis que la tentación más profunda que genera todos los despiporres en la humanidad se puede resumir en una frase: «seréis como Dios» (Gn 3,5). El ansia de poder, de querer conocer y controlar todo, el bien, el mal, la vida y la muerte, y a las demás personas, está en el fondo de todo lo malo que provocamos y sufrimos: llamadlo «serpiente», «demonio con cuernos y rabo», «rey de este mundo» o «Azotamentes», pero, en lo más hondo de todas estas búsquedas ansiosas, está lo que, por otro lado, resuena en la frase que le suelta Satanás a Jesús en el desierto: «Te daré el poder y la gloria de todo eso —los reinos del mundo entero—, porque a mí me ha sido dado, y yo lo doy a quien quiero. Si tú te arrodillas delante de mí, todo será tuyo» (Lc 4,6).
Pues bien: como he dicho, la clave fundamental de esta serie es la lucha contra el mal. Pero, claro está, ¿cuál es el origen del mal en Stranger Things? ¿El planeta al que Dustin llama «El Abismo»? Nada de eso. Vale: el Azotamentes es un ente-colmena que procede de un lugar remoto del universo, «El Abismo». Pero su relación con nuestro mundo comienza como consecuencia de las pretensiones de los poderosos, que quieren controlarlo todo —lo cual no es, de hecho, ciencia ficción, porque ocurre cada día en nuestra sociedad—: el pistoletazo de salida de los futuros problemas de Hawkins es un experimento para lograr que un barco de guerra sea invisible, que se descontrola, y toda la tripulación muere tras haber sido transportada por error a un punto desconocido del universo, menos el padre del doctor Brenner, que regresa con una rara alteración en su sangre.
¿Se abandona el experimento? Ni mucho menos. La obsesión por el control nunca tiene fin, y Martin Brenner continuará con las investigaciones que acabaron trágicamente años antes, utilizando a personas indefensas, en particular a huérfanos, para retornar a aquel lugar ignoto en el que estuvo su padre, y aprovecharse de sus singularidades en la lucha contra sus enemigos. Esta es, siempre dentro de la serie, según he creído entender, la clave del proyecto MKUltra, del gobierno estadounidense, dentro de la carrera armamentística entre la URSS y EEUU, en plena Guerra Fría: su claro horizonte es dominar el mundo. En esa batalla cabe todo, y la ciencia se convierte en un arma a utilizar, sin importar los medios, ni tampoco las consecuencias. La pretensión es doble: por una parte, entrar en las mentes y conocer los deseos de los enemigos. Por otra, manipular a los más débiles, especialmente a los desheredados y a los niños, para crear esclavos con poderes telequinéticos, capaces de dominar la realidad y de espiar más allá de cualquier frontera. Por tanto, yo veo claro que en este mal primero, que, como digo, procede de la propia humanidad y no de monstruos exteriores, un «pecado original», que tiene un paralelismo sangrante con la escena bíblica, con ese «Seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal», y que, si abandonamos la ficción de Hawkins y nos referimos a nuestra sociedad real, no nos ataca desde fuera del mundo, sino que está en el corazón podrido de los poderosos, o de quienes ansían —o ansiamos— el poder.
2.2. La esclavitud del poder y el narcisismo
A partir de este escalofriante punto de partida, se inicia una carrera en la que, sin quererlo, pero como consecuencia de haber «mordido el fruto» de las ansias de poder y control, se contacta con un ente —ahora sí, procedente de «El Abismo»— que desea exactamente lo mismo que han pretendido los poderosos de este mundo y los científicos a sus órdenes: manipular a los más débiles de la sociedad, en particular a quienes esconden traumas, y a los niños, de diferentes maneras —entrando dentro de sus mentes, convirtiéndolos en carne para recrearse a sí mismo, poseyendo sus almas y destruyéndolos desde dentro para dominar la realidad que ansía conquistar, esclavizándolos para conseguir una potestad ilimitada—, para alcanzar —quizás nos suene de algo— el sometimiento de la humanidad, transformándola en un Yo infinito.
Partiendo de esta coincidencia entre las ansias del mal en el upside down y el rightside up, yo veo paralelismos que van mucho más allá:
los habitantes esclavizados del upside down, y del Abismo, que forman parte del «ser colmena», son personajes sin rostro, y esto posee un paralelismo claro con los niños con quienes experimenta el laboratorio gubernamental de Hawkins, que no tienen nombre, solo un número;
se exige silencio, o mentir, a quienes han sido testigos de las consecuencias de los experimentos secretos del laboratorio de Hawkins, y esto es un mal universal, es decir, que la corrupción del poder requiere siempre callar, tapar y engañar;
solo los pobres, es decir, los niños frikis, muchos de los cuales sufren acoso en el colegio, o las personas que viven en las afueras vitales, como Jim o Joyce, se enfrentan al mal, porque los demás se encuentran completamente alienados —esto se puede observar especialmente bien en la temporada 3, con dos escenarios que lo muestran de un modo excepcional: el centro comercial Starcourt, y la «feria de la diversión»—, felices en una esclavitud social incapaz de arriesgar nada;
las personas a quienes Uno, o Henry Creel —a quien los niños apodan «Vecna»—, posee y asesina, consumiéndolos e incorporándolos al ente-colmena, llamado «Azotamentes», son gente con una soledad interior que les pesa, y traumas que no han dejado salir desde lo hondo de su pasado o presente.
Incluso observo un hilo que es muy curioso, y que, en el fondo, creo que refleja todo esto que estoy diciendo. El malvado de las dos últimas temporadas, Vecna, es también una víctima del mal. Y en el origen de este ser tenemos, nuevamente, el ansia de poder que muestran el doctor Martin Brenner, que es igualmente una marioneta de las autoridades militares, y quienes le rodean o le han dado carta blanca, ciegos para medir las consecuencias de sus experimentos. Por eso, creo que estos dos personajes, Henry Creel y Martin Brenner —o su heredera, la doctora Kay—, merecen que les echemos una ojeada un poco más profunda.
2.3. Henry Creel y el Azotamentes
Para estudiar un poco mejor el mal que se da en este personaje hay un capítulo de la serie que merece especial atención: el séptimo de la cuarta temporada. Hay varias escenas en las que Once recuerda algo que había olvidado: lo que le pasó con Henry Creel en el oculto laboratorio de investigación de Hawkins, donde ellos y otros muchos niños han sido esclavizados y usados como conejillos de indias de experimentos secretos gubernamentales. Las conversaciones entre estos dos personajes tienen un parecido asombroso, me parece, con el encuentro entre «la serpiente» y la humanidad que nos narra el primer libro de la Biblia, el Génesis. Concretando, yo veo cierto paralelismo entre Once y Eva, y entre Uno, o Henry Creel, y Satanás, aunque la conclusión sea muy diferente a la de la escena bíblica. Henry cuenta a Once una versión de la realidad que no es completamente mentira, pero que está manipulada, para que la niña se sienta una pura víctima, y llegue a la resolución de que tiene que escapar. ¿Y esto, por qué? Porque él pretende que ella lo libere del freno que le han colocado, que le impide utilizar sus poderes adquiridos en el Abismo; así, conseguirá llevar a cabo los planes del Azotamentes, que son convertir a todos en sí mismo. La conversación final entre Henry y Once, antes del escalofriante desenlace, también posee, creo yo, cierto paralelismo con la de Smith y Morfeo en la película Matrix, o con el discurso último de Scanners, el film de David Cronenberg. Todas coinciden en su visión del mal, personificado en diferentes sujetos —Henry Creel, Smith o Darryl Revok— que muestran la desesperanza, la muerte, la nada, el sinsentido, la mentira o el ansia de poder.
Sin embargo, el mismo Henry está manipulado por un ser todavía más malvado del que ya he dicho algo, la mente-colmena llamada por los niños «Azotamentes», que a su vez lo está utilizando a él. El mal siempre tiene esta estructura: quienes están en el medio se creen poderosos, pero solo son peones que van asumiendo como suya una mentira, que procede de la cúspide, y que ellos se creen hasta convertirla en su verdad. Por ello, Henry convence a Once de que, para desarrollar sus poderes telequinéticos, debe ahondar en lo negativo y traumático que hay en su memoria, y sacar la rabia contenida desde ese «sentirse víctima». ¿Y esto, por qué? Porque él, y, con él, el Azotamentes, se alimenta de lo negativo y traumático. Curiosamente, es algo parecido a lo que ocurría con aquella «Nada» que se estaba tragando el mundo de Fantasia, en la genial obra de Michael Ende La historia interminable, y que se alimentaba de las mentiras de nuestra sociedad. Paradójicamente, para vencer a Henry en la lucha dentro del laboratorio secreto, Once deberá aferrarse a su recuerdo más positivo, que es el momento de su nacimiento, cuando su madre la llamó por su nombre real y le dijo «Te quiero».
Henry Creel representa, como primer y principal esclavo del Azotamentes, el egoísmo y la soberbia llevados casi al límite: todo lo que mata lo convierte en sí mismo, y se va haciendo más poderoso, pero también más maligno, ya que incorpora a su persona todos los traumas de aquellas víctimas a quienes devora, con el horizonte, como ya he dicho, de transformar toda la realidad en un Yo infinito. Se podría decir —aunque está claro que lo que sigue es un comentario mío propio, sin nada que ver con la serie— que esto es todo lo contrario a Jesús, que carga con nuestros males para liberarnos de ellos, pero que los lleva a la cruz y se entrega por cada uno de nosotros y por toda la humanidad, para que en toda la creación reine el Amor infinito, que es el corazón mismo de Dios.
Algunas frases de Henry Creel en la escena que analizo son para enmarcar: le dice a Once «Tú eres superior a ellos», o «Podemos rehacer el mundo, modificarlo como nos parezca». Es, sin duda, una invitación a «morder el fruto del árbol del conocimiento», a que la niña entre en su juego de poder, para luego dominarla, vencerla y convertirla en él, como acababa de hacer con todos los demás niños-esclavos del laboratorio.
Esto se puede observar también en el discurso del mismo Henry, ya convertido en Vecna, ante Will, en la quinta temporada, antes de secuestrar a doce niños y llevárselos al upside down. Tiene tintes de puro nazismo, y quizás nos suene, porque es un eco de lo que afirman todas las ideologías, da igual la esquina desde la que ladren. Lo dice un monstruo de ciencia ficción, pero refleja lo que afirman tantos monstruos que habitan nuestra sociedad: «He elegido a los niños para cambiar el mundo porque son débiles de cuerpo y de mente. Es fácil doblegarlos y moldearlos. Controlarlos. Son receptáculos perfectos. Y tú fuiste el primero: me mostraste todas las posibilidades, lo que podía conseguir. Resulta que algunas mentes no están hechas para este mundo. Están mejor en el mío». Es realmente estremecedor. Tenemos un desarrollo de este hilo algunos capítulos más tarde, en unas palabras que, aunque pronuncie Vecna, vienen desde el Azotamentes, y son proferidas ante Will cuando la mente de este ha vuelto a caer en las garras de aquel: «Recuerda: yo soy el Uno. El Uno que te invitó aquí. Tú eras mi recipiente, mi espía, mi constructor. Hay mucho poder en ti, pero no te equivoques, muchacho: son mis poderes, y son más fuertes que nunca antes. Ahora es el tiempo de que mis recipientes guíen hacia un nuevo mundo, un mundo mejor. Y tú me vas a ayudar, vas a ser mi espía una última vez…». Como digo, Vecna puede hacer esto porque Will tiene secretos inconfesables, que son el puente que usa el mal para lograr poseerlo. Poco después se reconoce y se desarrolla este esencial tema, en una conversación entre Will y Joyce, su madre, justo antes de que el joven haga público, delante de todos, que es gay, para liberarse de esa carga inconfesable, de ese miedo que Vecna ha utilizado para manipularlo y usarlo como esclavo del ente colmena. El joven le explica a su madre cómo actúa el monstruo: cuando ataca, usa contra sus víctimas el dolor de estas, sus traumas escondidos, lo peor de cada cual. Me resulta tremendamente parecida esta descripción a la imagen del dios moderno justiciero y clerical, que lo ve todo, los pensamientos, los recuerdos, los secretos, con el fin de controlarnos y castigarnos por nuestros pecados, y actuando desde el ser todopoderoso, y no desde el ser Amor infinito. ¡Cuántos traumas hemos creado, en la historia de la Iglesia, con ese afán de controlar a las personas, algo que procede siempre del mal!
Por eso Henry Creel prefiere usar a los niños: porque son más manipulables. Controlar la infancia es una decisión de quienes se dejan llevar por las ansias de poder: crear sujetos manipulables desde el inicio es el horizonte de toda sociedad que quiere ser dominante. En nuestro caso, Vecna utiliza el miedo de los niños a la pérdida de sus familias para atraerlos y someterlos, manteniéndolos mentalmente en un ilusorio mundo dentro de su memoria, dándoles los caprichos que desean, como si fuera un amigo y un protector; los niños, asustados, acaban creyendo las mentiras de su secuestrador, como queda muy claro en la temporada 5. El escenario de la cárcel mental de Vecna, a la que lleva en primer lugar a Holly Wheeler y después a otros once, tiene cierto sabor a dos filmes que ya he citado, Matrix y Scanners, y también a los cuentos La casita de chocolate, o Alicia en el país de las maravillas; pero para mí la referencia más clara es la película El bosque, ya que en ella se sigue el mismo hilo del «miedo a lo desconocido y a los monstruos» que trama Vecna para convencer a los niños de que lo acompañen y permanezcan en el sitio al que los conduce: en la cinta de M. Night Shyamalan una comunidad religiosa ultratradicional mantiene retenidos a los habitantes de una aldea diciéndoles, como hace Vecna con los niños, que hay unas criaturas espantosas en la espesura de la arboleda más allá del pueblo; y es una joven ciega, Ivy Walker, quien acabará descubriendo el engaño cuando se arriesga a salir, para ayudar a uno de los vecinos. Por si no lo habíamos notado en lo que ocurre dentro de la propia escena de Stranger Things, la capucha que Holly Wheeler se endosa es muy parecida a la que llevaba Ivy.
2.4. Los doctores Brenner y Kay
Profundizo también en el doctor Martin Brenner, porque detrás de Vecna, ese ser humano transformado en un monstruo, están sus acciones. El doctor Brenner quiere controlar a Henry Creel, el niño que, por casualidad, pasa a engrosar el número Uno de las criaturas experimentales de su proyecto, pero, como no puede, le coloca un dispositivo, para evitar que se escape o use sus poderes, y decide recrearlo en otros niños, inyectándoles su sangre, para dominar a estos y, desarrollando sus capacidades, ayudar a la consecución del mismo fin que vemos una y otra vez repetido: conquistar el mundo. Es, en definitiva, el mismo mal de siempre: la manipulación para el dominio. Se puede decir que Henry Creel es la «vaca» de los experimentos de Brenner, y por eso este le espeta a Once, después de que la niña lo haya expulsado hacia el Abismo: «¿Qué has hecho?». Y es que, otra vez sin buscarlo, Once ha dejado el proyecto de Martin sin continuidad posible. Pero esto, como es normal, no detiene al doctor —si hubiera sido así, la serie no existiría—. Sigue investigando, y trata de abrir un puente, es decir, un agujero de gusano entre ambos mundos, para recuperar a su «vaca». Con este fin, usa a Once. Es verdaderamente demoníaco, más incluso que la mente colmena que está en el centro del mundo al otro lado del upside down, es decir, más que el Azotamentes.
Pero incluso antes de esto, en el primer encuentro de Henry Creel con esa entidad del Abismo, está presente de algún modo la sombra manipuladora de Martin Brenner. ¿Por qué? Porque, siendo solo un niño, el futuro Vecna se interna, sin querer, en una cueva donde está escondido uno de los científicos que había trabajado con Brenner en el proyecto MKUltra, y que había huido, llevándose consigo no solo información esencial, sino el material necesario para repetir el viaje de aquel barco de guerra perdido, para vendérselo a los rusos. Es decir: Brenner trataba de replicar el viaje al Abismo que hizo su padre, usando cobayas humanas. Por error, el niño, después de recibir un tiro del científico y matarlo a golpes, abre el maletín donde está el material, y es transportado al otro planeta durante un periodo corto de tiempo, el suficiente para que el Azotamentes lo posea. A su vuelta, matará a su madre y a su hermana, a Patty Newby —la hermana de Bob, el novio de Joyce en la segunda temporada—, y será internado en el laboratorio de Brenner, que le colocará el nombre de «Uno» y le insertará la cápsula de la que ya he hablado. A partir de aquí comenzarán los experimentos con los demás niños, para convertirlos en seres poderosos y obedientes usando la sangre de Uno, algo que no ha podido lograr con él, ya que es incontrolable por estar «poseído» por el Azotamentes. Sin darse cuenta, el doctor ha entrado en una espiral de muerte, mal y destrucción devoradora, pero jamás cejará en su empeño, porque toda la violencia, asesinatos incluidos, que se puedan producir solo serán, para él, «daños colaterales» en la búsqueda del triunfo. Nos suena de algo esto, ¿verdad? De estas consecuencias reales, no de ficción, habla muy claramente, a mi modo de entender, el papa León XIV en su Mensaje para la LIX Jornada Mundial de la Paz.
El destino del doctor Brenner en la temporada 4 me parece muy sugestivo: no se puede redimir, porque está absolutamente seducido por el ansia de hacer suya a Once, de controlarla para utilizarla como un arma y, muy probablemente, como «vaca» sustituta de Henry; le sigue mintiendo, a pesar de todo lo que ha ocurrido, y esto es siempre, en la serie —y en la realidad, para qué vamos a engañarnos—, signo de corrupción. «Tú no puedes parar», le responde Once a Brenner, en la desesperada escena final en la estancia de «Nina», el artefacto con el que los científicos han logrado que ella recupere su memoria y sus facultades. Me parece una frase perfecta: el ansia por el control no tiene freno. En el último suspiro de su vida parece descubrir la luz, y libera a Once, pero sigue sin reconocer su culpa, algo que, como veremos, distingue especialmente a los personajes que analizaré en el siguiente capítulo. Ese «Adiós, papá» final de Once, además de recordarme una canción de Los Ronaldos, me parece muy descriptivo, ante la insistencia de él, aun moribundo, en que ella afirme la bondad de sus intenciones como «carcelero».
En la temporada 5 tenemos a la doctora Kay, que sigue exactamente los pasos de Brenner: en vez de usar a Jane, prueba con Kali, que es, según la numeración de los niños-experimento del laboratorio de Hawkins, Ocho. Es la única, junto a Once, que sobrevivió a la matanza de Henry, ya que se había escapado de las garras de Brenner un tiempo antes. La doctora Kay utiliza a Kali como conejillo de indias para el mismo experimento, o sea, lograr niños con capacidades especiales para luchar contra Rusia y así controlar el mundo. Kay miente como Brenner, manipula a los soldados como el Azotamentes hace con las criaturas de su mundo y con Henry Creel, y es, por tanto, el paralelo perfecto de lo que pasa en el Abismo: de hecho, Vecna y Kay son definidos con la misma expresión por Max y uno de los subordinados de la doctora, en dos momentos diferentes: «se cree / tiene complejo de Dios». En el fondo, el mal que se produce en el mundo nuestro, y el que late a años luz de distancia, tienen la misma estructura.
En todo esto observo un hilo, como ya he dicho, bastante cercano a una de las, para mí, mejores series jamás filmadas, Twin Peaks: en aquella, la maldad más horrible de la historia, la bomba atómica, es la que da inicio a un mundo que se comunica con el nuestro, y las mentiras y los escándalos hacen de puente entre ese universo paralelo, onírico y resquebrajado, y lo peor que ocurre en el nuestro, aunque en este caso la comunicación no es por un portal intermedio abierto por el ejército, sino a través de La Casa Negra, que está tras una cortina roja en el bosque, y que lleva a esa dimensión en donde los sueños y las pesadillas, los traumas y el vacío se confunden, y donde habitan espíritus malvados, como Bob, que poseen a determinadas personas —nos suena, ¿verdad?— para obligarlas a cometer actos atroces. En Stranger Things, las aberturas entre el mundo del revés y este son grietas, de color rojo, como el pasadizo desde el upside down hasta el Abismo. ¿Coincidencia? Quizás, pero yo prefiero pensar que los hermanos Duffer han tirado de este hilo, y también del de Bob, el espíritu malvado, al imaginar el Azotamentes. Por cierto, otra referencia de fondo: en la quinta temporada, el lugar donde habita Vecna, dentro del Abismo, que es en realidad el Azotamentes en proceso de carnificación, es clavadito al castillo de los skeksis en la película Cristal oscuro —cuyo cartel, mira tú por donde, está en el dormitorio de Mike Wheeler en la temporada 1—. Y estos personajes del filme de Jim Henson y Frank Oz necesitan, para seguir con vida, extraer la energía vital a través de otros seres, los podlings, a los que esclavizan. ¿A que también nos suena? Si es que, como decía el papa Francisco, todo está conectado…
2.5. Las claves del mal: el poder, la corrupción de la riqueza, y el honor
Para terminar este capítulo, me atrevo a afirmar que la serie ofrece tres claves fundamentales del mal, que son, curiosamente, las mismas que aparecen en las tentaciones de Jesús en el desierto (Mt 4,1-11; Lc 4,1-13). Atención: no digo que los hermanos Duffer hayan tenido como modelo esta escena del encuentro entre Satanás y el Señor, sino que, en el fondo, el Evangelio nos presenta las tres tentaciones más profundas de la humanidad, y eso, por tanto, se refleja, como en un espejo, cada vez que nos preguntamos qué es lo más horrible que podemos pergeñar como personas, aunque lo hagamos sin meter a Dios por medio.
Estos tres males esenciales son el ansia de poder, que conlleva la violencia, el ansia de las riquezas, que está unido a la corrupción, y el ansia del honor, que suele ir agarrado a un narcisismo de tomo y lomo. Aunque hay muchos más personajes a los que podemos aplicar estas tentaciones, se me ocurren tres, del mismo Hawkins, en los que se revela de una forma especialmente clara.
El primero es alguien de quien ya he hablado: Martin Brenner, el doctor, o también la doctora Kay, que es su sucesora. En ellos se ve especialmente el ansia por el poder, el control, el dominio de lo desconocido, sin que ninguno de los dos sea consciente de las consecuencias de lo que está haciendo; o, si lo son, les importa muy poco. Ambos están bajo el paraguas de un gobierno que quiere dominar el mundo. Son justamente la otra cara del Azotamentes, o de Vecna. Por cierto: se puede decir lo mismo del ejército soviético, porque, como se ve en la temporada 4, trata de emular exactamente eso, y, de hecho, también es responsable de la aparición del Azotamentes, como he explicado hablando de los comienzos de la historia de Henry.
El segundo es Larry Kline, el alcalde de Hawkins —aparece en la temporada 3—, que representa el ansia por la riqueza, que lo ha corrompido absolutamente. Además, su representación del neoliberalismo más salvaje es espectacular: el discurso que ofrece en la «Feria de la diversión» me parece una crítica de lo más certera, igual que su colaboración ¡con el ejército de la URSS!, en la trama del centro comercial Starcourt, mientras se las da de patriota americano. Es el colmo del cinismo, sin duda. De hecho, una de las genialidades de la serie es que los dos personajes que le parten la nariz al alcalde son Jim Hopper, y Joyce Byers, los héroes que encarnan la paternidad y la maternidad.
El tercero es Jason Carver, el líder del equipo de baloncesto de la ciudad, «Los Tigres», en la temporada 4, que representa las ansias por el honor y el narcisismo. Lo tiene todo: es guapo, es atlético, es un líder, «posee» la novia más deseada, piensa que siempre lleva razón y que no se puede equivocar, y nunca permitirá que se ponga en duda su honor. Por tanto, es incapaz de ver que Chrissy, su novia, lo está pasando mal, o de aceptar la causa de su brutal asesinato. Incluso utiliza, como he explicado en el capítulo anterior, la religión como un arma para iniciar una cacería contra Eddie Munson, el friki que le hace frente con una ironía fabulosa. En fin: en él podemos ver la encarnación del mito de Narciso.
A esto añado, de nuevo, que el ejército, la ciencia y la tecnología al servicio del poder son el verdadero mal, en su intento, una y otra vez, de hacerse con el control de la fuerza que hay dentro de Henry, sin medir las consecuencias, pero insistiendo en esas ansias. Es, me parece a mí, el pecado más profundo que vemos en la serie.
Pero basta ya de profundizar en el mal que asola Hawkins, del revés y del derecho. Vamos a mirar ahora a los personajes más luminosos, a los protagonistas de esta narración cuya clave es la lucha entre el bien y el mal.
Capítulo 3. Los outsiders y la redención de Hawkins
Como he dicho, termino haciendo un —espero— somero análisis de los protagonistas y otros personajes que colaboran, cada cual a su manera, en la «redención» de Hawkins, y de sus aportaciones esenciales, teniendo especialmente en cuenta las actitudes y acciones con algún hilo de trascendencia. Porque me parece que en ellos y, sobre todo, en sus relaciones y las claves que comparten hay un eco universal paralelo al de la maldad que hemos visto, pero con el bien como telón de fondo.
3.1. Los personajes de la redención
a) La chavalería
Empiezo por Once, cuyo verdadero nombre es Jane —si nos acogemos a las referencias de D&D que encontramos dentro de la propia serie creo que ella sería «la acróbata», o «la maga»—. Se trata de una niña–experimento del laboratorio de Brenner, aunque la primera vez que aparece, al final del primer capítulo, acaba de escaparse provocando una enorme crisis desde dentro de las ansias de poder y conocimiento de quienes la manipulan. Gracias a su encuentro con gente de buen corazón, que tienen sus errores, muchos de ellos garrafales, pero que siempre acaba pidiendo perdón y llegando a la reconciliación, aprende a sacar lo mejor de sí, que es la entrega sin condiciones. Esto me parece particularmente esencial: la niña es capaz de casi todo con sus capacidades psicoquinéticas, pero va configurando su actuación desde la amistad y el amor de quienes la rodean, y eso, junto al recuerdo primigenio de la ternura maternal, le ayuda a superar la violenta educación recibida en el laboratorio, sin rastro de humanidad, y la invitación a la venganza y al poder absoluto que, como vimos en el capítulo anterior, le ofrece Uno. Su evolución es realmente impresionante —desde el asesinato múltiple, a lo bestia, en la primera temporada, hasta los trazos crecientes de misericordia, a lo largo de toda la trama—, y en su caminar se encuentran los pasos del crecimiento en libertad y amor entregado, reconociendo sus errores, pidiendo perdón, perdonando, y asumiendo su responsabilidad desde la amistad que le une, cada vez más, con sus compañeros y sus padres adoptivos, Jim Hopper y Joyce Byers.
Los cinco amigos que la rodean, Mike Wheeler, Will Byers, Lucas Sinclair, Dustin Henderson y Max Mayfield —esta última aparece en la segunda temporada—, son un quinteto a la altura cinematográfica de Los goonies, por decir algo. Chavales muy diferentes, complementarios, cada uno con una psicología muy bien definida, y con la clave de la amistad como esencia que, por supuesto, va desarrollándose a lo largo de su adolescencia, pero que resulta más que creíble en medio del caos que se les echa encima. Los cinco son frikis —palabra que, por cierto, procede de un film de terror de Todd Browning sobre unos «monstruos de circo»— y los cuatro primeros, desde luego, sufren acoso por ser empollones, o nerds, aunque Lucas haga el intento de meterse en el grupo de los «triunfadores», para salir muy, pero que muy escaldado. De los cinco, solo dos tienen una familia «tradicional», es decir, con padre y madre. Will, Dustin y Max han vivido la separación de sus padres: los dos primeros están con sus madres, y Maxine, o MadMax, malvive con su violento padrastro, su madre y su hermanastro. Algunas de las características más frikis que comparten los cuatro primeros son jugar al rol de D&D, pertenecer al club de imagen y sonido del colegio, y tener como gurú al profesor de ciencias. Max entrará poco a poco a formar parte de la plantilla porque ha vencido a Dustin en la máquina recreativa de Digdug —otra señal de extravagancia adolescente—, y porque la amistad de los cuatro primeros va abriéndose cada temporada —Steve, Robin, Erica, Nancy, Jonathan, Eddie, Holly, incluso Derek estarán en un equipo que cada vez se va haciendo más grande—: no se trata de un «club cerrado», y esto me parece que se convierte también una cualidad imbatible de cara a la lucha contra el mal.
Más allá de estas claves, cada uno de ellos aporta su personalidad en la lucha contra el mal que acecha a la ciudad. Dustin es el cerebrito del grupo —cuando juegan a D&D, es «el enano» o «el bardo»—; Mike es el corazón —«el amo del calabozo», o «el narrador de historias», en D&D—; Max —«la zumbadora» en el mundo de D&D—, la decisión y la valentía; Lucas —«el caballero» en D&D — aporta paciencia, sentido común y fidelidad; Will —«el mago» o «el hechicero» en D&D— parece el más débil, pero, con el apoyo de los demás, muestra su resistencia y sabiduría. Cada cual va a tener una misión propia en la lucha final contra el mal, siempre siendo conscientes de que se están entregando por los otros. Esto se ve especialmente en las dos últimas temporadas. La fidelidad de Lucas hará que Max no se hunda en su particular limbo; Max animará a los demás esclavos de Vecna, especialmente a Holly y a Derek, a no dejarse vencer por el mal, con inteligencia y valentía, y será capaz de ver la bondad incluso donde no parece posible, como en su hermanastro, Billy, o en Henry Creel — ella piensa que Vecna, bajo todas las capas monstruosas que tiene, todavía es humano; que es «un psicópata que se cree Dios», pero que todavía alberga algo de humanidad en su interior—; Dustin acertará a encontrar el punto débil de la maldad en el mundo «del revés»; Mike, junto a Robin, encenderá la mecha que logre que Will despliegue todo el potencial que Vecna le ha dado porque lo considera frágil y no sospecha que pueda enfrentarse a él… Y todos serán conscientes de que, sin la entrega osada de Once, nada de lo que hagan valdrá para algo. No me diréis que no es una «comunión de los santos» muy particular, pero muy clara…
b) Jim y Joyce
Vamos ahora con los adultos que completan el elenco de protagonistas, porque también son muy interesantes.
Sin duda, el personaje que me parece más asombroso es Joyce Byers —vale, a lo mejor mi amor platónico por Winona Ryder influye en esto—, que representa la maternidad de una manera muy intensa —a veces, demasiado—, junto a Jim Hopper, en el que vemos una paternidad que se va adaptando a las necesidades con mucho esfuerzo, pero con humildad. Joyce es una mujer fuerte, tremendamente cabezota —como muestra, las luces de Navidad, o el hacha, ¡esa hacha!—, protectora hasta más allá del límite, audaz y tenaz contra toda esperanza, pero capaz de dialogar y de aceptar los errores, y, por encima de todo, intuyendo el bien más allá de las formas, y con un tinte de misericordia y de ternura que resulta esencial en muchos momentos de la trama. De hecho, ella es uno de los únicos recuerdos positivos de Henry Creel, a pesar de que este hubiera ya decidido ser esclavo del mal, incapaz de ver la bondad en el corazón de las personas, o en el mundo, por su unión indisoluble con el Azotamentes. En el capítulo 4 de la última temporada descubrimos que Joyce le dio un papel central en la obra de teatro Oklahoma, el día 6 de noviembre —mismo día que, en 1983, se abrió el portal y desapareció Will— de 1959. Ella dirigía la obra, en la que participaban también Jim Hopper, Ted Wheeler y Karen Cheeler —apellido de soltera de Karen Wheeler, la madre de Nancy, Mike y Holly—, Patty Newby —la hermana de Bob Newby, el novio de Joyce en la segunda temporada— y Alan Munson —el padre de Eddie Munson—.
Jim Hopper —creo que se puede asemejar al «paladín» en las referencias de D&D, con espada incluida, junto a Eddie Munson y su guitarra eléctrica— es el otro personaje central, el jefe de policía. Palo a palo, va redescubriendo su paternidad de un modo nuevo, en medio de una sociedad que cambia a ritmo asombroso. Hopper es un hombre traumatizado por su pasado, que carga con la culpa, pero que no se hace la víctima; a lo largo de la serie aprende a compartir las heridas del corazón y a crecer en humildad, y eso le lleva a poder comprender mejor los traumas de la gente cercana que le rodea, y a quien quiere, y fortalecerse juntos. Es el escudero fiel de Once, a quien acoge como hija, y el amante silencioso de Joyce, y su asunción del pecado, que muestra de un modo asombroso en la cárcel de Kamchatka, en plena URSS, en su conversación con Dmitri, merece la pena ser resaltada. Para restablecer las relaciones, parece decirnos la serie una y otra vez, es necesario asumir los errores o pecados, lo más oscuro del pasado propio, y pedir perdón. Por cierto: ambos están divorciados. En otras palabras: los iconos de la paternidad y la maternidad, dentro de la serie, también representan la quiebra —o más bien restructuración— de una de las estructuras sociales modernas, la familia.
c) El resto de la comunidad
Hay otros personajes principales que me parecen especialmente iluminadores, y que dan un punto de humor muy necesario en una serie que pretende ser familiar, aunque en cada temporada se vaya volviendo más oscura. Mi sensación ha sido que cada héroe o heroína que se unía a la aventura le aportaba algo diferente, y brillaba con luz propia, algo rematadamente difícil, y que pocas veces se consigue, me parece.
Comienzo con Steve Harrington —su referencia, si miramos a D&D, es «el bárbaro»—, porque creo que es uno de los personajes más geniales de la serie. Es verdad que empieza siendo un tipo bastante poco amable, uno de los «niños bien» del instituto, un triunfador… que, sin embargo, tiene buen corazón. Y su evolución es tan asombrosa como divertida. Sin quererlo, se convierte en un héroe, por puro accidente —de hecho, la gran paradoja de Steve es que él nunca ha deseado «pasarse» de valiente—, y cambia radicalmente sin transformarse demasiado. Es decir: sigue siendo un tipo simplón, poco avispado, enamoradizo, con nula autoridad…, pero siempre dispuesto a hacer lo que sea necesario, porque tiende a ser temerario y no pensar demasiado las cosas, y tiene un corazón que no le cabe en el pecho. De hecho, el colmo de la paradoja es que sea él quien tenga la surrealista idea —«las habichuelas mágicas»— que servirá para derrotar al mal.
Junto a él, además de su compañero inseparable, Dustin Henderson —«si tú mueres, yo muero», se dirán al llegar al límite, y después de superar la mayor crisis entre ellos— hay otros dos personajes que entran de lleno en la temporada 3, y que dan un tono de humor y sentido común muy particular: Erica Sinclair y Robin Buckley. La primera es la hermana de Lucas, una niña repelente, con respuestas siempre tajantes y una lengua certera y larga como espada de doble filo, y que lanza verdades como puños a diestro y siniestro: se presta a misiones de lo más inverosímil con una destreza y una tranquilidad pasmosas, que ayudarán a sus compañeros a salir adelante. La segunda es la compañera de trabajo de Steve, con una amistad que rebosa sinceridad, un sentido común fuera de toda duda, y una verborrea imparable y muy divertida. Ella es la que, con su experiencia propia, ayuda a Will Byers a liberarse de los miedos, después de haber sido auxiliada a su vez por Steve, lo que le hará declarar su amor a Vickie Dunne.
Nancy Wheeler, la hermana de Mike —«la arquera» de D&D—, es la novia de Steve en los primeros capítulos de la serie, pero acaba enamorándose de Jonathan Byers, al compartir trauma con él. Parece una joven extremadamente frágil, pero tiene una puntería asombrosa, y resulta ser temeraria en demasía, algo que se compensa con la indecisión de Jonathan, que, sin embargo, posee una delicadeza y una capacidad de acompañar, a ella, a su madre, a su hermano o a cualquiera con quien se cruce, que es, sin duda, su mejor virtud. La conversación entre Nancy y Jonathan en el capítulo 6 de la temporada 5, cuando están al borde de la muerte, es, como ya he explicado, para quitarse el sombrero.
Y después están los demás secundarios, cada uno con sus traumas, que quedan claros, y con sus decisiones, que colaboran antes o después al bien común. El caso más paradójico es el de Billy Hargrove, hermanastro de Max, un tipo violento y desatado que cae bajo la posesión del Azotamentes, pero que, en el último momento, se redime entregando su vida para salvar la de Once; Eddie Munson, que tiene una situación difícil, vive en una caravana, trafica con droga y es todavía más friki que los cuatro chavales a los que introduce en el Hellfire Club, es acusado de asesinato falsamente, y termina dando la vida por todos en una escena heavy que ya forma parte de la historia de las series; Murray Bauman, el investigador privado obsesionado con teorías conspiranoicas, con una capacidad de leer el corazón y las intenciones de las personas que resulta verdaderamente cómica; Holly Wheeler, la hermana menor de Mike, que se revela en la temporada 5 como un icono de la protagonista de El bosque, Ivy, o de una muy particular Alicia en el país del terror, y que será, junto a Derek Turnbow, el descacharrante niño obeso y bocazas que pasa de «demonio» a «deslumbrante», vital para la resolución de la batalla final contra el mal. Para terminar, nombro también a Karen Wheeler, la madre de Holly, Steve y Nancy, que nos sorprende con una valentía materna asombrosa en la última temporada —de tal palo, tales astillas—, y el profesor Scott Clarke, que utiliza sus conocimientos científicos aquí y allá, y cuya aparición estelar, en el penúltimo episodio de la serie, será un guiño a Gandalf abriendo las puertas de Moria: «Mellon».
No me puedo dejar atrás a un personaje que protagoniza el que, para muchos, es el peor capítulo de toda la serie, La hermana perdida, pero que a mí me pareció muy bueno, porque nos ofrece una visión de la protagonista, Once, que va a desarrollarse en las temporadas posteriores. Se trata de Kali, Ocho, la compañera de celda de Once, cuyo arco de conversión me parece muy interesante. Después de haberse escapado del laboratorio secreto, se dedica a vengarse, junto a algunos jóvenes callejeros, de los científicos que le hicieron la vida imposible. Sin embargo, tras la muerte del doctor Brenner, la doctora Kay la atrapa, matando a todos sus amigos, y, al tratar de fugarse de nuevo, descubre la verdad sobre lo que están haciendo con ella. Entonces llega a la conclusión de que la única manera de acabar con lo que está pasando es darse muerte a sí misma. Cuando Once la rescata, se produce la evolución definitiva, que la lleva a la entrega de la vida de un modo diferente, que veremos en el siguiente punto. A mí este personaje me resulta especialmente sugestivo, porque, aunque su aparición es breve, su importancia es, creo, vital para las decisiones, y el destino, de la protagonista principal.
3.2. Algunas claves de la redención
Voy concluyendo, porque esto se ha alargado ya mucho más de la cuenta. Dejo por aquí algunos puntos esenciales a los que me ha llevado el análisis de todos estos personajes.
En el fondo, maternidad, paternidad, fraternidad, fidelidad, verdad o amistad son la clave de solución en la batalla contra el mal que se produce en Hawkins, que puede ser cualquier pueblo o ciudad de esta casa común a la que hemos llamado Tierra. Esto se ve en toda la serie, desde aquel primer «Los amigos no mienten», que tantas veces repiten Mike, Once y los demás compañeros de fatigas. Para escapar del mal, cada uno de los personajes, a su modo, trata de encontrar un momento feliz, una canción, algo que los saque de la oscuridad, y esconderse en esa luz, que generalmente los lleva al amor o amistad compartidos. Esto lo podemos aplicar a Henry Creel, que solo alcanza a ver las tinieblas de aquellos a quienes asalta: también él ha tenido sus luces, y su propia sombra, con la que ha sido manipulado. La diferencia entre todos los demás esclavos y él mismo es que Vecna, o Henry, al final decide ser un esclavo, borrar las «luces» de su pasado, y muere como tal, a pesar de que Will trata de liberarlo en el penúltimo momento, para que pueda ver algo de claridad. Sin embargo, su respuesta será un claro: «Yo soy Uno con el Azotamentes. Elegí unirme a él». En fin: voy a repasar lo esencial del bien que muestran los personajes que he descrito.
a) Paternidad y maternidad
En primer lugar, creo que dentro de la serie se ofrece una descripción de la paternidad y la maternidad, de la mano de Jim Hopper y Joyce Byers —y, en general, de muchos de los demás adultos que aparecen, como Karen Wheeler, Bob Newby o el profesor Scott Clarke— muy bien situada, y que configura el grupo protagonista de un modo tan particular como profundo. Las sucesivas conversaciones entre Joyce y Jim, a lo largo de todas las temporadas, van calando en esta forma de entender la familia, que se aleja mucho de lo tradicional, y que trata de buscar fundamentos en medio de una sociedad, como ya he dicho, que ha cambiado profundamente.
De hecho, aunque ambos han fracasado en sus proyectos matrimoniales, tratan de vivir su misión, como padre y madre, de la mejor manera posible. Me llama especialmente la atención la conversación del capítulo 7 de la última temporada, sobre las decisiones que han tomado y que reconocen equivocadas, aunque siempre hayan tratado de poner el bien de sus hijos por encima de todo. Ese no saber cómo hacer las cosas, y reconocerlo para seguir aprendiendo, me parece una manera muy positiva de plantear una forma de entender la paternidad y la maternidad que están en la esquina opuesta de la relación, autoritaria y violenta, que sufre Once de manos del doctor Martin Brenner, y que ya hemos visto.
De hecho, en el último capítulo se nos presenta, de un modo, a mi entender, tan duro como emotivo, el culmen de la función de Jim y Joyce como padres: dejar ir a los hijos, aceptando las decisiones que estos toman, puesto que ya son libres, y reencontrarse ellos mismos. Se puede decir que esta escena del final de la serie da una respuesta a ese «síndrome del nido vacío» que tantas quiebras ocasiona hoy en los matrimonios. De hecho, la imagen que cierra la serie es muy curiosa: aquellos niños del inicio, ya adultos, acaban de jugar su última partida de rol, y, con ello, dejan su infancia, y son sustituidos por Holly, Derek y una nueva generación. No me parece que sea una escena realizada al azar, sino que tiene un profundo significado.
b) Fidelidad
La fidelidad del amor es algo que sorprende en la serie, porque se da en medio de unas relaciones ambiguas, en una sociedad que ya no tiene unas claves estructurales de permanencia, como nos muestra claramente la generación anterior a los niños, es decir, que la mayoría de las familias de los protagonistas ya no consisten en «abuelos, papá, mamá e hijos». Por eso es sorprendente que la fidelidad se mantenga entre las relaciones más centrales de la serie: Nancy Wheeler y Jonathan Byers, Mike Wheeler y Once, Lucas Sinclair y Max Mayfield, Jim Hopper y Joyce Byers… Además, también está el amor de amistad, que es igualmente fiel, incluso más allá de la muerte: Dustin Henderson y Eddie Munson, Will Byers y Mike Wheeler, Steve Harrington y Robin Buckley, y, en general, entre todos ellos, que forman un equipo con sus situaciones diversas, pero que se va fortaleciendo a lo largo del tiempo, siempre de un modo nuevo. De hecho, observar estas relaciones, que se nos presentan fuera de cualquier estructura religiosa, pero con una normalidad aplastante, me lleva a pensar que todavía tenemos mucho que cambiar eclesialmente hablando, particularmente en nuestra tierra, si no queremos acabar siendo una distopía viejuna cañí incomprensible, porque me parece tan ridículo como cabreante que todavía estemos dando por sentado, en nuestras ya escuchimizadas organizaciones eclesiásticas, que la fidelidad está encajada en las casillas sacramentales del concilio de Trento.
Creo que esta frase de Mike a Once puede resumir la concepción de la fidelidad que nos da la serie: «Estoy aquí. Siempre estaré aquí. Te quiero en tus días buenos y en los malos, con poderes y sin ellos… Te quiero exactamente como eres». Una frase que, de modo diverso, se repite a menudo, y que, por qué no decirlo, «suena» al consentimiento de una boda, ¿verdad? Aunque, sin duda, me parece que el ejemplo de fidelidad más hermoso de toda la serie es el de Lucas y Max: él nunca deja de estar al lado de ella, aunque crea que no tiene nada que hacer, y esto es lo que la guiará en su ruta de escape de su prisión mental, o «Camazotz», para volver al mundo real.
El amor fiel es, por tanto, un arma fundamental que se revela en la paternidad, la maternidad, la fraternidad y las relaciones de pareja, y todos juntos, en una especie de «comunión de los santos» muy particular, cada uno desde un lugar diferente, pero con una unidad que va más allá de lo físico, avanzan iluminando la oscuridad: esto se puede observar especialmente en los finales de cada una de las temporadas.
c) La comunión de los no santos
Me refiero aquí a la clave comunitaria que claramente nos muestra la serie, en la que los protagonistas, en cierto modo, se entienden como «un cuerpo» —podríamos utilizar a San Pablo, en particular la Carta a los Romanos, como referencia—, sin ponerse en el centro a sí mismos, sino esperando en los demás, contando con los demás y confiando en los demás, que normalmente están en un lugar diverso, pero llevando a cabo una única misión. Hay muchos ejemplos de esto, como las sucesivas respuestas de Once a Jim Hopper: «Hop, gracias por enseñarme y confiar en mí… Quiero que confíes en que será la decisión correcta. Que tengas fe en mí», o la conversación entre Robin y Will, que lleva a este a superar sus miedos, cómo no, haciendo memoria de la amistad, la familia y el amor fiel.
Lo que más me llama la atención es que esta manera de entender las relaciones se contrapone a la «mente colmena» del mal, que es justamente lo opuesto: un ser que controla a los demás, que se expresa a través de ellos, pero manipulándolos, usándolos y consumiéndolos, que quiere extender sus redes hasta el infinito para crear un Yo absoluto porque piensa que la libertad de la humanidad es un problema que se debe eliminar para crear un «mundo feliz». Esta idea de fondo, que nos muestra claramente Henry Creel como consecuencia de su trauma, es algo que comparten tanto el Azotamentes como los gobiernos de los países más poderosos del mundo, y lo dejan ver a través de sus ejércitos, sean estos soldados o demogorgones. De hecho, hay una curiosidad del mundo del revés que ya he resaltado, y me parece de lo más interesante: los habitantes de la mente colmena no tienen rostro, ni ojos. Pero, ¿no es esto lo que ocurre, en el fondo, con un ejército, en el que cada cual es una pieza que no debe tener personalidad propia, solo obedecer órdenes, algo que queda clarísimo en alguna de las conversaciones de la doctora Kay con sus subordinados?
Otra cosa que me atrevo a añadir: esta comunión se expresa de un modo muy particular en el epílogo del último capítulo, cuando Mike, el narrador de historias, cuenta cómo será la vida de cada uno, y especialmente la de Once. Las últimas palabras de cada uno de los jóvenes que acaban de terminar la partida del juego de rol es «Yo creo». Vale: no estamos hablando de la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, pero sí de la confianza en que la felicidad no es solo un sueño, en que, de algún modo, su amiga ha encontrado la paz que anhelaba. Y esto es un hilo trascendente, me parece a mí, tan claro como un amanecer.
d) La fraternidad que supera los traumas
Este modo de entender las relaciones es muy importante, dentro de la serie, a la hora de superar los traumas personales, algo que resulta imprescindible para poder enfrentarse al mal.
En la última temporada, Henry utiliza el miedo de los niños para atraparlos, aprovechándose de su debilidad, como he señalado en el capítulo anterior: incluso Derek, en los episodios 5-7, es vencido por el terror cuando se tiene que enfrentar solo al monstruo, que representa el ansia de poder y control, que usa la mentira para manejarlo y hacerle tomar decisiones opuestas a las que tenía en mente. Sin embargo, esa será la perdición de Vecna, porque el mal necesita que estemos solos, precisa que seamos solo individuos, para convertirnos en recipientes —volviendo a la escena del Génesis, me resulta curioso que la serpiente esperara a que el ser humano más inteligente, la mujer, estuviera sola, para engañarla, y que después esta convenciera al varón—. En el fondo, es el mismo hilo que el del consumismo, por ejemplo, que funciona mejor cuanto más individualismo existe en la sociedad. Sin embargo, los trece niños —si contamos a Will— atrapados por Vecna no están solos, algo que queda muy claro en el episodio 7 de esta última temporada. Su unión con todo el «cuerpo» de los héroes frikis y sus amistades significa la fortaleza de los débiles —también aquí podemos citar a San Pablo, con aquel «porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Cor 12,10)—, y eso es lo que, como un veneno contra Vecna, encontramos en Holly, inspirada y ayudada por Max, y en Derek y los demás chavales, defendidos por Joyce y los paladines de la superficie, en primer lugar, y luego por Max y Holly, para que comprendan el engaño del que son víctimas. También se ve claro especialmente en Will, al que Vecna le había dicho «Yo soy el Único», y que había utilizado los traumas ocultos de aquel para vencer su resistencia y hacerlo su espía. ¿Cómo puede superar esto? Poniendo sus miedos delante de su «comunidad», declarando que es gay y que le aterroriza que esto le haga quedarse solo. Nuevamente, como nos ha mostrado esta última temporada varias veces, amar a los demás tal como son es una fuerza contra la que el mal no puede luchar, porque crea una fraternidad que nada logra derrumbar.
Para concluir este punto quiero fijarme especialmente en dos conversaciones con un paralelismo que me parece asombroso. Ambas se encuentran en el último capítulo. La primera, entre Will y Henry, convertido en Vecna, en mitad de la batalla final; la segunda, entre Jim y Mike, en el epílogo de la serie. Will trata de que Henry se pueda redimir, y le hace ver que él ha sido solo un niño al que el Azotamentes ha esclavizado, que ha sido solo un recipiente para el mal; sin embargo, Vecna le responde que no, que él ha tomado su decisión y nunca fue realmente controlado, que cree que el mundo está quebrado, que el mal y él se necesitan, que son Uno. Lo que más me sorprende, en esta conversación, es que Will esté tratando de integrar en la fraternidad incluso a quien parece que no tiene salvación, y le pida ayuda para vencer a su «jefe», el Azotamentes. En cuanto al segundo diálogo, ya en el epílogo del capítulo, Jim le dice a Mike que lo que ocurrió no es su culpa; Jane tomó una decisión —en este caso, entregar su vida para salvarlos a todos—, y él tiene que tomar la suya: o bien echarse la culpa, pensar que podría haber hecho algo más, rehuir a la gente porque cree que se lo merece; la otra es encontrar un modo de aceptar lo que ocurrió, de aceptar la decisión de Once, aunque no le guste y no lo entienda, y vivir su vida lo mejor que pueda, porque eso es lo que Once hubiera querido. Nuevamente, Jim, desde una paternidad que se hace fraterna, propone a Mike superar su trauma integrándolo en la fraternidad. Lo paradójico de esta conversación liberadora es que Once, o Jane, ha seguido justo el camino que le indicó Mike cuando le propuso huir a un lugar donde nadie los pudiera encontrar.
El epílogo completo de la serie nos lleva a las consecuencias de esta fraternidad: el brindis de Jonathan, Nancy, Steve y Robin, comprometiéndose para que nada pueda separarlos, la petición de mano de Jim a Joyce, o la última partida de D&D, con el corolario del destino de «la maga» Once, y la hermandad entre los niños que habían sido engañados por Vecna, son una muestra de que esta clave los ha conducido a vivir de otro modo dentro de este mundo.
Tengo que hacer una mención especial al discurso de graduación de Dustin, porque creo que resume lo que la serie ha querido señalarnos sobre esta fraternidad. El mejor estudiante del instituto Hawkins reconoce que en el caos que se ha producido ha habido mucho malo —anarquía, destrucción, guerra—, pero también mucho, más, bueno —innovación, cambios—, porque han caído los muros institucionales y sociales del colegio —deportistas, empollones, frikis—, y porque, desde ese derrumbe de las barreras, surgieron amistades socialmente imposibles. Aquí llega lo esencial de su discurso: «cuando conoces a gente distinta a ti, empiezas a aprender más sobre ti mismo, cambias, creces. Ahora soy mejor persona a causa de mis amigos. Ahora no estoy cabreado, pero estoy preocupado porque… ¡ya no quiero orden! ¡Que le den, al instituto, y al sistema!». Es decir: su lucha contra el mal, definido como ansia insaciable por el poder y el control, le ha llevado a una libertad totalmente nueva, y esto es, me parece a mí, una virtud que enlaza de un modo genial con la esencia de la experiencia de Jesús de Nazaret, aunque esta no aparezca a lo largo de la serie ni siquiera de refilón. Qué queréis que os diga: tengo una tendencia enfermiza a encontrar «semillas de la Palabra de Dios» en lo más insospechado, pero yo esto lo veo. Y muy claro.
e) La verdad
Aquí creo que merece la pena resaltar especialmente la importancia que tiene la verdad en toda la serie. Todos, absolutamente todos los personajes protagonistas mienten u ocultan cosas antes o después, y todos deben reconocer sus mentiras o sus encubrimientos para que estas claves anteriores, es decir, la paternidad, la maternidad, la fidelidad, la comunión, la fraternidad avancen, se profundicen y maduren. Y creo que hay un personaje que actúa especialmente como medicina contra la mentira: Murray Bauman, que es capaz de reconocer el engaño de un modo asombroso. Desde luego, se puede añadir también la divertidísima escena del suero de la verdad, entre Robin y Steve.
Esto se ve desde la primera temporada, con aquel «Los amigos no mienten» de la pandilla, hasta la última, con las sucesivas conversaciones entre Once y Hopper, Nancy y Jonathan, Steve y Dustin, Once y Kali, Robin y Will… Algunos consideran estos momentos de «parón en la acción» como prescindibles, pero yo creo que son precisamente los que dan sentido a todo lo que ocurre después.
f) La paradoja de la entrega
Me ha impresionado ver en toda la serie, pero especialmente en la última temporada, una paradoja, que yo llamo «de la entrega», y que me parece muy interesante.
Las discusiones que aparecen entre los protagonistas, particularmente a la hora de enfrentar situaciones límite —Dustin y Steve, Nancy y Jonathan, Once, Ocho y Jim, Will y Joyce—, están provocadas porque en nuestra sociedad «del bienestar propio» no se entiende como un valor querer entregar la vida por los demás, y, por tanto, unos personajes se exigen a otros que no se «hagan los héroes»; pero, sin embargo, cada uno de ellos se siente impulsado, cree que es su deber entregarse por los demás. Es decir: se enfadan unos con otros porque los demás quieren entregar la vida por todos, pero cada uno de ellos está dispuesto a hacerlo por los demás. Hasta que comprenden que solo integrando esta clave, a través de la superación del miedo —la escena de Will abriendo su corazón a quienes le rodean es, me parece, esencial en este aspecto—, lograrán que Vecna —que, como digo, está a su vez manipulado por el Azotamentes— ya no tenga ninguna potestad sobre cada cual, porque este núcleo primordial es incomprensible para un ser que ha convertido las ansias de poder y de control en su propia esencia.
La decisión de Kali y Jane es, me parece, el culmen de esta paradoja, porque personalmente me recuerda mucho a la entrega de Cristo: para evitar que el mal se siga reproduciendo, para vencer a la oscuridad definitivamente, es necesario olvidarse de la propia vida, y estar dispuesto a entregarlo todo, a entregarse del todo. Ambas están preparadas para morir. Sin embargo, en su decisión primera, que es suicidarse cuando hayan acabado con el Azotamentes, para evitar que el ejército pueda seguir experimentando con ellas y creando más monstruos, hay un profundo cambio, que se produce con la intervención de Jim. Este le dice a Jane que corte de raíz el sufrimiento, que encuentre otro modo, diferente al de simplemente quitarse la vida, para arrancar el mal. Que ha estado toda su vida sufriendo, siendo abusada, violentada, manipulada por gente perversa, pero que, a pesar de todo, ella no se ha quebrado, y que solo le pide que luche una vez más, por el más allá, incluso un mundo más allá de Hawkins —desde luego, es muy difícil negar la referencia trascendente de estas palabras, aunque sea una trascendencia inmanente—. Que él confía en ella, que encontrará un modo de hacer realidad esa vida tras la batalla. Eso es precisamente lo que hace que Kali, y con ella Jane, cambien su perspectiva, y se entreguen de otro modo: Kali ofrece su existencia para que Jane pueda seguir viva, y Jane huye para evitar que todos aquellos que le importan continúen en peligro incluso después de haber vencido al mal que habita en el Abismo. Me parece que esta escena nos muestra que incluso en la oscuridad más tenebrosa es posible encontrar algo de esperanza.
Un apunte un poco friki, respecto a este final. Es verdad que la serie no deja meridianamente claro que Once siga viva, ya que es Mike quien narra a sus compañeros de fatigas, en la última escena, que él cree que la Once que vieron, y que desapareció cuando se derrumbó el upside down, era una ilusión creada por Ocho antes de morir. Sin embargo, hay un hecho, prácticamente imperceptible, pero clave para poder afirmar esto: en aquel momento, Once se comunica mentalmente con Mike para hacerle comprender el porqué de su decisión de abandonarlos, y en ningún instante habla de morir. Pero, además, si quien los mirara desde «el otro lado» fuera ella, no podría realizar esto, porque sus poderes estaban inutilizados por los carros blindados del ejército. Así que, efectivamente, mientras hablaba con Mike estaba ya en los túneles del subsuelo, y la imagen que se ve en el portal está siendo creada por Kali, hasta que ella desaparece al mismo tiempo que el agujero de gusano.
Volviendo a lo que nos ocupa, al final, el hecho de estar dispuestos a morir, que comparten todos los protagonistas, siega la hierba bajo los pies de los «todopoderosos» de turno, que aquí son el Azotamentes, su esclavo Vecna, que ha decidido unirse al mal sin remisión, y los humanos que ansían el poder, en la Tierra. Se puede decir, como culmen de la serie, que los protagonistas deben vencer al mal en su doble origen, pero en el mismo sentido: las ansias de poder solo pueden caer cuando son enfrentadas desde la paternidad, la maternidad, la fraternidad, la comunión, la fidelidad, la verdad y la entrega. Este es el camino que siguen Jane – Once, Kali – Ocho, Jim, Joyce, Will, Mike, Dustin, Lucas, Max, Nancy, Steve, Jonathan, Murray, Robin, Holly, Derek, Eddie, Billy y los demás héroes y heroínas que, cada uno a su modo, redimen Hawkins.
Reflexiones finales
Termino con una referencia bíblica de la que me acordé mientras disfrutaba, embelesado, de uno de esos momentos de comunión entre todos los protagonistas de la serie, en mitad de su lucha contra el mal. Porque podemos ver esta comunión que nos enseñan los hermanos Duffer expresada, desde la fe, en un salmo, que en los personajes se cumple escrupulosamente, si bien de una forma «secular»: «Se cansan los muchachos, se fatigan, los jóvenes tropiezan y vacilan; pero los que esperan en el Señor —“los que caminan en comunión”, podríamos decir refiriéndonos a la serie— renuevan sus fuerzas, echan alas como las águilas, corren y no se fatigan, caminan y no se cansan» (Is 40,30-31).
Porque, para terminar, la historia que cuenta Stranger Things es tan universal como el relato del Génesis o, en general, la historia de la salvación. La única forma de vencer el mal, por mucho que queramos encontrar alternativas, es la comunión, el amor compartido, la entrega de la vida sabiendo que los otros son más importantes que uno mismo, y darlo todo por ellos y con ellos ofrece sentido pleno a cualquier sufrimiento que haya que pasar. Y esto, por mucho que cambien las estructuras, tiene una palabra clave que, mire usted por dónde, hemos olvidado en nuestra ya mítica época moderna hinchada a base de igualdades y libertades que han terminado esclavizando a la mayoría de la humanidad: la fraternidad, que se revela desde la paternidad y la maternidad, y que forma, creo yo, el corazón de esta serie llena de hermanos y hermanas que trabajan para liberar al mundo de un Ego inmenso y destructor que domina el derecho y el revés de una sociedad en pasmosa crisis.

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