El Acantilado de la Noche Negra

29/03/2016

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Tras haber subido al tormento

y descendido al llanto eterno por amor,

regresó el Amante, victorioso,

las huellas de la batalla aún palpitantes,

y llamó a su Amada, para darle vida.

Mas ella, olvidándose de su ser,

de horizontes y raíces,

había huido rumbo a sí misma,

al vórtice de Nada que todo consumía.

 

Buscó el Amante a su Amada en el túnel del Ayer,

oscuro refugio del acechante miedo.

Los encorvados recuerdos de tiempos mejores

la habían visto pasar,

envuelta en melancolía,

calzada con añoranzas:

pero había huido,

cantaron, en elegía desconsolada,

sin rumbo, sin destino.

 

Avanzó con premura, ardiendo el corazón,

y atravesó el Mar de los Espejos.

Sibilantes reflejos deshechos

de imágenes quebradas lo envolvieron.

¿Dónde está mi amada, preguntó,

la de mirada de alba

y pies de hermosura siempre nueva?

Nada sabemos de nadie

que no se haya roto entre nosotros;

contestaron los jirones,

por aquí pasó, sus ojos se quebraron,

enamorados de fragmentos,

y se hundió, vacía, solitaria,

hasta más abajo de nuestras negras aguas.

 

Rompiendo cristales grises descendió

hasta el pie de la Colina Dorada,

y buscó bajo las Lajas del Todo

y entre las Zarzas de Oro y Plata.

El Viejo de los Rubíes, enemigo del Amado,

lo miró con odio, despechado, retorcido.

Atrayendo con silbos falaces a su adorada dama,

le había robado la hermosura de los pies,

el vestido de fiesta, el ceñido corsé,

y regalado un manto de rica polilla y herrumbre

y una corona de brillantes huesos y oscura hiel.

¡Mira al final de este camino,

le escupió el Viejo,

donde el Acantilado de la Noche Negra

desemboca en el Vacío Yermo!

 

Allí, al filo del abismo y el desengaño,

encontró su figura, cabeza hundida,

hombros sangrantes, dedos agrietados,

rodillas vacilantes, pies consumidos.

No te acerques, le dijo, con voz de ultratumba,

no me mires,

que no quiero,

que no puedo,

que no debo

confiar en aquel a quien no veo,

amar a quien no poseo,

seguir esperando un después

que acabará en el adiós

eternamente eterno.

 

El Amante la contempló, sin decir una palabra,

atravesando piel, carne, huesos con la mirada.

Alcanzó su corazón, lo acarició con los dedos,

y esperó infinitamente, allí, junto al averno.

Por ti me volví pequeño,

por ti caminé descalzo,

por ti luché con la muerte,

por ti derribé los muros

que nadie había derribado.

Por ti estoy aquí, a la puerta,

confiando en ti,

amándote,

esperando.

 

Cayó la corona de hueso y hiel,

cayó el manto de herrumbre y polilla;

cayeron astillas de cristal de sus ojos,

cayeron las nieblas de la melancolía.

Se abrió una grieta, minúscula,

en aquel corazón congelado,

y salió un mano, fría,

muy lentamente, temblando.

 

¡Cógete a mí, regresa a la vida,

sigue mis pasos, mira hacia arriba!

¡No tengas miedo, ya llega el día,

abre los ojos, vente, confía! 

Se volvió la Amante, extendió la palma,

tocó la abierta mano cálida del Amado.

Miraron sin miedo, los dos, adelante,

y, siempre más allá, caminaron.

 

 

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