Cuento de Nosequé
- Llamas, J.M.

- 29 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 23 dic 2025

Seguro que os habéis preguntado:
¿las fiestas, de dónde salieron?
Si no, ahora vais a saber lo que fueron…
Pesadilla antes de Navidad, de Tim Burton,
Henry Selick, 1993.
F**k Christmas!
It’s a f**king waste of time.
F**k Santa!
He’s just out to get your dime…
Stupid f**king Christmas songs
everywhere you go…
It’s f**king Christmas time again!
Eric Idle – Monty Python, F**k Christmas.
Érase una vez, hace quizás mucho, o quizás muy poco tiempo… Es posible que en pesadillas hayáis visto ese lugar… La historia siniestra que os voy a contar ocurrió cuando el mundo pretendía ser nuevo y, errando en el cómo, perdiendo el resuello, se convirtió en un Nosequé con su Nosequeísmo, con su pizca de Nosecomismo y un montón de Nosedondismo; allí se celebraban unas fiestas no se sabe cómo de esperadas, en una época del año muy poco determinada, porque empezaban Nosecuándo, y Nosecuándo acababan.
Eran las fiestas de Nosequé, y resultaban muy particulares, porque había luces y luces, y más luces, por todas partes. De hecho, de noche, por la tarde o de día, en aquel tiempo había que llevar siempre gafas de sol, porque la vista, si no, ardía.
Os voy a narrar solo algunas pinceladas generales de lo que se vivía en aquellos tiempos, y por aquellos lugares.
Era, para empezar, una fiesta de la comida, y la gente comía, y comía, y comía, y cuando ya estaba harta se secaba el sudor, y quizás quería parar de devorar, pero no podía. Después, ya en mitad de la noche, muchos acababan en ciertos lugares, con unas cruces grandes, llamados «hospitales».
Había también en el mundo de Nosequé unos instrumentos planos, delgados, negros, eléctricos y más o menos cuadrados. Se encontraban por doquier, de las dimensiones más variadas, y tenían un nombre muy curioso: «pantallas». Se iluminaban así, de repente, y atrapaban las miradas de la gente, y ya no había conversaciones ni juegos ni paseos, porque observar las pantallas era el único deseo. «¿Y qué tiene esto que ver con las celebraciones de Nosequé?», os podéis preguntar. Eso es lo que ahora os voy a contar. En las fechas inciertas de aquellas fiestas las pantallas soltaban muchas insolencias, y decían a la gente que era gorda, pobre, arrugada o fea, y que necesitaba comprar el último Nosequé sea como sea, para convertirse en canija, rica, joven o bella. El efecto era inmediato, y los individuos hechizados caminaban, como autómatas, hacia los Templos de los Últimos Nosequés, que se llenaban, rebosaban, aunque ni gordura, ni pobreza, ni decrepitud ni fealdad remediaban.
Otra cualidad muy propia de estas fiestas era la grosera utilización de la pobreza. Los desheredados se habían vuelto invisibles, ni siquiera eran odiados, o temibles: como todo individuo tenía tanto que comprar, no había tiempo para poder parar, y así, bajo los puentes, o en cualquier esquina, los empobrecidos desaparecían de la vida. Sin embargo, en las fiestas de Nosequé, de repente se ponía de moda la bondad: no, no es que a la gente le diera por compartir su bienestar. El individuo próspero debía hacerse fotos con cualquier desharrapado, para mostrar que el Espíritu del Nosequé a su alma había llegado.
¿Cómo olvidar los iconos de las fiestas, aquellos antiguos mitos, que ya el tiempo había gastado? Tenían varios, importantes, importados, pero todos igualmente vanos. Árboles que no eran árboles, con regalos que no eran regalos; orondos barbudos de rojo soltando «¡Ho, ho, ho!», y campanazos; la maqueta de un pueblo antiguo, llamado Belén, que había perdido todo significado; unos reyes que eran magos, pero que no hacían magia, y paseaban maquillados, entre esponjas gigantes, muñecos cabezones o superhéroes con trajes postizos, todos pegando saltos. Aquello era, por resumir, un monumento a lo que pareció ser una vez, pero se había convertido en pompa flatulenta de hortera tez.
Y es aquí, en este lugar y momento, donde nazco yo una noche, siempre en pleno invierno. Nadie del mundo de Nosequé viene a visitarme; nadie me trae sustento, ni música, ni compañía, ni se llega para arroparme. Continúan con sus fiestas, con sus vacuas frivolidades, con sus luces cegadoras, con sus aires de Donnadie. Pero yo, invisible eternamente para sus ojos cegados, sigo al lado de mi gente, de los empobrecidos, de los desamparados: porque esta es mi familia, y los individuos de Nosequé estarán, en fin, perennemente atontados.




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