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Decálogo Analógico sobre la IA

  • Foto del escritor: Llamas, J.M.
    Llamas, J.M.
  • hace 11 horas
  • 3 min de lectura


—Oiga, señorita Logos —bramó el jefe—, le dije ayer que necesitaba, de forma inmediata, ese artículo sobre la IA, para meterlo en la portada del diario digital de hoy.

—Lo hice, pero no sabía si entregarlo o no —‍contestó Ana—. Estoy pensando que quizás no sea del gusto de todos los públicos por aquí.

—¡Vamos, no me venga con chorradas! ¡No le pagamos por pensar! Tiene cinco minutos para publicarlo.

—¿Sin que lo revise nadie?

—Ya lo revisará la IA.

—Pero, hombre, ¿cómo va a revisar la IA un artículo sobre la IA?

—Bueno, yo qué sé. En fin, súbalo, y se acabó.

—Eso es lo que me temo.

—¿Qué dice?

—Que mucho me temo que, como lo suba, se acabó.

—¡Que no piense! ¡Simplemente, ejecute!

—Está bien. Pero luego no se queje.

—¡Súbalo a la de «YA»! ¡Qué ganas tengo de sustituir a estos inútiles por algoritmos obedientes!


Ana Logos sonrió con un particular brillo en la mirada. Después, encogiendo los hombros, seleccionó el texto que tenía frente a sí, en una pantalla, le dio a Ctrl-C, y luego a Ctrl-V en la aplicación adyacente. A los diez minutos, salió este artículo en la portada del diario Sillicon Valley Times. Lo que ocurrió más tarde es ya historia.


Decálogo sobre la IA


1. No es mi amiga, mi amante ni mi consejera psicológica o espiritual.


2. No pienso hablar con ello, porque no es una persona, aunque su voz parezca, en general, la de una gilipollas pelota, o un salido con corbata que me quiere follar viva.


3. El trabajo de búsqueda que puedo hacer yo con paciencia humana y premura relativa, ¿por qué debería realizarlo la IA en un «clic» instantáneo?


4. La labor que no tengo tiempo de hacer en este preciso instante, puede esperar. ¿Acaso se va a acabar el mundo? Si es así, importa un carajo que termine o no esa tarea tan imprescindible, a no ser que esta sea ayudar al prójimo, cuestión que a la IA le interesa una mojonada gorda.


5. La IA no es mi enemiga. Es un medio para ayudarme, si lo necesito.


6. Si la IA que uso, con simpatía, recopilara información «en la nube» para configurar un avatar digital de mi persona, que le den por el artificial ojo moreno, porque esto no es justificable en ningún caso: consecuentemente, reventaría los servidores de software y bases de datos, que sé dónde están, con el estilo de Tyler Durden (cf. David Fincher, El Club de la Lucha).


7. Hay muchos modelos de IA. Si es menester usarla y no me queda otra, elegiré una que no me manipule ni me engañe, y que no tenga nada que ver con la guerra o el poder omnímodo (cf. José Luis Cuerda, Amanece, que no es poco).


8. En cualquier caso, NUNCA usaré una IA controlada por estos despiadados potentados del Valle del Silicio.


9. Si alguien me regala alguna vez algo parecido a un robot de compañía, lo que me he de preguntar es cómo de jodidamente depre, ida, apesadumbrada me tendrá que haber visto para cometer semejante atrocidad. Tras esta reflexión, haré trizas el androide a martillazos y se lo meteré a mi donante por la salida de emergencia, fragmento a fragmento, para luego destriparlo y sacarle las citadas fracciones de nuevo con el ánimo alevósico de hacérselas tragar (cf. Académica Palanca, Me llaman mala persona).


10. Para finalizar, dejo por aquí algunas reglas nemotécnicas de referencia: ChatGPT —‍Chat joputa‍—; Palantir —la perra gorda—; Google Gemini —ráscame el chumini—; Copilot —¡co-co-copisit, co-co-copilot, co-co-copilado!‍—; Perplexity —‍estoy‍—; Claude —la puerta, Dolores—; Midjourney —y yo con estos pelos—; Hugging face —y te meto un hostión a mano abierta—; LlaMA —tú llama, que estoy acostá en la cama—; Runway —y no vuelvas—.


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Málaga, España

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