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  • Llamas, J.M.

El marco


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El marco - Llamas, J.M_
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«Has vencido, y me entrego.

Pero también tú estás muerto desde ahora…

Muerto para el mundo, para el cielo y para la esperanza.

¡En mí existías… y al matarme, ve en esta imagen,

que es la tuya,

cómo te has asesinado a ti mismo!».

Edgar Allan Poe, William Wilson.




Había una vez un abuelo que tenía un nieto. El nieto iba a verlo a su casa casi todos los días, y le preguntaba cuando tenía dudas sobre cosas importantes o sencillas de su vida, y le hablaba sobre lo que le había pasado, y le pedía que le narrara aquellos cuentos que le iluminaban el alma, y le daba gracias por los consejos sabios que le ofrecía, y le pedía ayuda cuando había algo que le costaba mucho, como aquella vez que le regalaron una caja de piezas para montar un coche de juguete y lo estuvieron construyendo juntos durante horas y horas. Otras veces simplemente permanecía a su lado, en silencio, pero sabiéndose acompañado.


Una tarde, el nieto llegó con una cámara de fotos, que le habían regalado por Reyes, y le dijo:

―Abuelo, te voy a sacar una imagen, y la pondré en mi casa, en mi cuarto, para acordarme siempre de ti. Verás lo bien que sales.

Al abuelo no le gustaba mucho eso de posar para que intentaran encerrar su espíritu en un trozo de papel, pero accedió porque se lo pedía su querido nieto.


El nieto llevó la foto a revelar, un proceso ya antiguo que consistía en… En fin, que al final puso en su dormitorio, justo en la pared a la izquierda de la cama, un papel brillante de gran tamaño con la figura de su abuelo sentado en su desvencijado butacón, sonriendo, agarrado a su bastón.

―¡Qué foto más impresionante! No es por nada, pero tengo arte para estas cosas ―se dijo el nieto.

Todas las mañanas, en cuanto se despertaba, miraba la foto de su abuelo, guiñaba un ojo y se disponía a empezar el día con la complicidad que le daba aquel rostro sabio y simpático. Pero poco a poco surgió un deseo en el fondo de su corazón, casi imperceptible al principio, que fue creciendo y tomando forma hasta que se convirtió en palabras.

―La foto así tal cual me parece muy poco digna. La obra de arte que hice se merece un entorno que vaya en consonancia con la iluminación, el encuadre y la perspectiva que conseguí con mi cámara.

Y se gastó un buen dinero en comprarle un marco de más de un dedo de ancho, de madera labrada.

Mientras, el abuelo esperaba, pacientemente, en su casa la visita de su nieto, que en las últimas semanas solo había ido una vez, de prisa, porque tenía muchas cosas que hacer.

―No te preocupes, abuelo. Yo te tengo todos los días presente. Tu imagen está junto a mi cama. Y, cuando me despierto, lo primero que hago es saludarte.

El abuelo estuvo a punto de decirle que no es lo mismo mirar una foto suya que echar un ratito con él, y de preguntarle si no quería que le contara uno de aquellos cuentos que tanto bien le habían hecho hasta la tarde de la cámara. Pero no lo hizo, porque sabía que su nieto tenía tantas cosas dentro de la cabeza que había perdido la capacidad de escucharlo.


Ya de vuelta en su casa, el nieto se fijó en el marco, y vio, difusamente al principio y más claramente conforme pasaban los días, que no era lo suficientemente amplio ni bello como testimonio del esplendor de lo que contenía. Así que, después de darle muchas vueltas a la cabeza, se puso manos a la obra, durante meses que se convirtieron en años, y fue transformándolo: le añadió una pátina dorada, lo amplió con sucesivos adornos barrocos, le diseñó y mandó esculpir varias imágenes que hacían juego con las piedras preciosas que iba encapsulando entre ornamentos florales y frutales aquí y allá…


El abuelo seguía esperando la visita de su nieto. Pero a él, sinceramente, ya no le importaba mucho aquel anciano, porque se había enamorado locamente del marco, propiedad suya, que nunca estaría terminado del todo, y no se cansaba de admirar su pericia en la elaboración de cada pequeño detalle de aquella maravilla que ocupaba ya toda la pared. Incluso había dejado de observar con atención la imagen, cuya sonrisa parecía cada vez más apagada.


Una noche, el abuelo murió. Alguien llegó a su cuarto, y le dio la noticia, con una profunda tristeza reflejada en los ojos. Pero el hombre de negocios, que antes había sido nieto, no entendió lo que le estaban contando. Solo miraba, embelesado, aquel soberbio marco que su extraordinaria mente y sus fabulosas manos estaban logrando, mientras la fotografía, con los párpados cerrados y una amarga melancolía en el rostro, abandonaba el color y se cubría de tenebrosas sombras grisáceas.

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