«Espejismo n.º 9», de 091: cambio de época en vena
- Llamas, J.M.

- hace 12 minutos
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Acaba de salir el nuevo disco de 091, y me ha parecido asombroso. Esto, que podría ser una frase común para cualquier seguidor de una banda de rock normal, es algo extraordinario para alguien que estuvo 20 años viviendo de los recuerdos de un grupo mítico que se separó en 1996, justo cuando alcanzaba la edad para verlos en directo, y que lleva otros siete esperando novedades y rezando para que no vuelvan a dejarlo.
091 fue, allá por 1991, un descubrimiento que me insertó, de un modo definitivo, en el mundo del rock, con «La vida, qué mala es» y «La canción del espantapájaros». Desde entonces, ellos han sido uno de mis grupos de cabecera. Por eso, me cuesta ser objetivo al analizar cualquier de sus canciones. Porque no tengo ninguna duda: estamos ante la mejor banda de rock de la historia de nuestra tierra. Y no he exagerado lo más mínimo.
Creo que este disco, que después de unas cuantas escuchas he de decir que me parece de lo mejor de la carrera del grupo, es una tesis que se une a todas las anteriores que han elaborado sobre nuestro cambio de época, tema en el que son expertos, y que describen con una precisión icónica, onírica, misteriosa, incisiva y muy social. Ahora miran la realidad desde dentro de la pesadilla que profetizaban en los años 80 y 90, y que se está cumpliendo casi milimétricamente. Y la plasman con realismo, esperanza entre brumas, y una capacidad de trascender que me parece maravillosa.
El mismo título del disco es paradójico, porque, por un lado, nos remite a dos canciones de antes del 2000, «Espejismo n.º 7» y «Espejismo n.º 8», y es su noveno disco. Y, por otro, no hay ninguna canción que lleve ese título, ni aparece entre las letras del elepé. El título es un espejismo, como la etapa histórica que nos está tocando atravesar, parecen decirnos.
El contenido visual del CD es de una belleza salvaje y fantasmal: los dibujos describen perfectamente no solo su historia musical, sino también la debacle de la sociedad moderna, con algunos iconos mitológicos que, curiosamente, aparecen también, por ejemplo, en la película «Frankenstein», de Guillermo del Toro: Medusa, y Prometeo, entre otros. Junto a ellos, la deconstrucción de héroes y santos, la tecnología y la religión, la ciudad y los arrabales… Y, en el interior de la cubierta, una isla donde todo ello acaba convertido en escombros, mientras varios gatos observan las ruinas.
En cuanto al estilo de su música, es inconfundible, y no ha cambiado: rock desnudo. Esto es, sin duda, revolucionario, si tenemos en cuenta que hoy día se alaba especialmente la evolución y adaptación de los artistas. Sin embargo, suenan a tradición y también a futuro, a rock, a blues, a Sur y a cielo nocturno estrellado. No sé: escuchar su sonido significa, al menos para mí, hundirse en un mundo de melancolía y rebeldía, de esperanza y desconsuelo, de alegría y desconcierto. Y las letras añaden a todo ello capas y capas de una profundidad inalcanzable.
Describo, de forma muy breve, lo que cada canción me ha transmitido, también en cuanto a lo trascendente. Seguro que no alcanzo a descubrir ni siquiera una pequeña parte de lo que contienen, pero, en fin, aquí está, para quien quiera escuchar y seguir interpretando.
1. «Algo parecido a un sueño» es una canción de retorno, de raíces, ya que pintan trazos de su Granada, y también es una continua paradoja de principio a fin, con referencias a la vida, a la muerte, a la furia y la libertad, a la memoria, a Platón, a esa sensación post-pandemia de estar «perdidos en el tiempo» que se nos ha quedado…, con un ritmo medio que avanza hacia un «riff» final que no hay más remedio que danzar dando golpes de cabeza.
2. «Piezas de desguace» sigue la estela de la anterior, y nos remite a los inicios de la banda, a aquel primer disco, y primera canción, «Cementerio de automóviles». Es una confesión propia «desde el ojo del huracán» y la incertidumbre de no saber exactamente qué somos, ni hacia dónde vamos, pero llamándonos a resistir, a pesar de todo, en una búsqueda «entre el Abismo y el Cielo, en la noche».
3. «Nadie quiere oír tu llanto» eleva el ritmo, y nos mete en la clave social, tal y como la entienden estos maestros. Como en aquellas maravillosas «En el mismo bar», o «2000 locos», de su disco «Todo lo que vendrá después», aquí se nos presentan las Afueras de la vida, de la mano de Pablo, Jaime y Juana, tres perdedores sociales con los que compartimos rabia y un llanto que nadie quiere oír en nuestra sociedad consumista, que «te paga bien por verte sonreír».
4. «Ven vestida de nube» es, sin duda, una de las mejores baladas de la banda, y de lo que yo he escuchado en los últimos años. Quizás sea un canto a una mujer amada, pero a mí me suena a una súplica a la esperanza, que parece escaparse entre los dedos en este cambio de época que cada vez se configura de un modo más cruelmente claro: «el cielo está en llamas y el mundo ha enloquecido». Me parece que cada verso da para hacer una tesis, pero «Ven vestida de nube y tráeme alguna verdad; la guardaré en el cofre de la incertidumbre» me pone particularmente los vellos como escarpias.
5. Estamos en la mitad del disco, con dos canciones con las que me siente especialmente identificado. La primera es «Los cantes de la sinrazón», en la que describen el proceso creativo de un modo que… Madre mía, parece que se hayan colado dentro de mi cabeza mientras imagino mundos para luego plasmarlos en un cuento, un poema o una novela. Porque, efectivamente, «así es como vuelan los pájaros en mi cabeza; así es como suenan los cantes de la sinrazón de la vieja escuela». Yo me siento parte de esa vieja escuela, desde luego.
6. Completa este dúo una llamada a salir de los charcos, soñar despiertos, volar mientras los manipuladores nos siguen diciendo que somos parte del juego y que, por tanto, «No tiene sentido escapar». El mismo título es paradójico, porque, por una parte, nos hace conscientes de que no podemos escapar de la vida, pero, por otra, nos anima a huir de la comodidad, a cantar y a gritar, a brillar en medio de la penumbra, a entregarnos y asomarnos al balcón del infinito, dejando atrás esta extraña concepción del tiempo que nos ha quedado tras la pandemia, y que vuelve a aparecer en su segunda estrofa.
7. Llegamos a la que, para mí, es la mejor canción de todo el disco, «Dormir con un ojo abierto». Es un blues rasgado, potente, con un navajazo de crítica social detrás de otro, envuelto todo en ese lirismo onírico de José Ignacio Lapido que me hace poder estar horas o días dándole vueltas a la cabeza. Veo detrás de sus palabras feroces referencias a los escombros políticos y sociales que han quedado de la civilización moderna, a lo institucionalmente religioso, señalado por la corrupción y el abuso, cuya imagen fundamental es, me parece, la «mantis religiosa», a los poderosos y a los indiferentes, a toda la humanidad que vive en el miedo, personificada en Adán y Eva, y, en fin, a esa situación actual en la que «al norte está la duda, al sur el desconcierto», con la tempestad como icono de cada verso y del ritmo del potente guitarreo ajado.
8. Con «Antes de que salga el sol» retornamos a ese medio tiempo profundo y muy melódico. Otra vez nos señalan la incertidumbre de la vida, la trascendencia que surge desde la propia realidad y más allá de lo divino, la gente de las afueras vitales… Y esa esperanza que se convierte en lucha: «no aceptéis la rendición», «no os olvidéis de dar voz a los desesperados, de plantar las semillas de la rebelión», «estaré esperando en el lugar donde todo empezó» son frases que animan a caminar, entre las brumas de un mundo que parece perdido.
9. «Una revelación» me parece la canción con el ritmo más alegre de todo el disco, bailable desde el principio hasta el final. La paradoja es que su letra nos mete en la incertidumbre de lo religioso de un modo, para mí, realmente abrumador. La vida puede ser «a veces sombra, a veces resplandor», y «todos tendremos una revelación», pero… su crítica a algunas claves religiosas actuales me parece muy certera. En fin, no puedo evitar sonreír al ver reflejado, en los ejemplos que nos cantan, ese tsunami de pretendidas revelaciones o apariciones, la mayoría objetivamente absurdas y ferozmente ideológicas, pero que mucha gente acepta sin atisbo de duda. Son las nuevas brujas y los hechiceros, personajes de muchas de sus canciones del siglo pasado, identificados hoy muchas veces con un ultracatolicismo reaccionario que huele a alcanfor.
10. «Puede que el tiempo» es, para terminar, otra feroz crítica al mundo actual, sobre todo a la manipulación de la realidad, al servicio de los poderosos, que estamos sufriendo de un modo obsceno. Creo que la clave de interpretación es la película «Cuando el destino nos alcance», de Richard Fleischer, que es, a su vez, una parábola sobre el capitalismo salvaje. Los coros y el ritmo nos van metiendo, a modo de danza, en el meollo de lo que nos quieren decir. La crítica es muy sutil, porque en realidad quienes nos están cantando son los manipuladores: «Es hora de alterar las coordenadas; que el norte sea el sur, y que tú… no sepas la verdad»; «habrá que reescribir los argumentos, sembrar la confusión, y que no… podamos distinguir el agua y el fuego, lo malo y lo bueno, el principio y el fin». ¿No te dan ganas de levantarte y luchar contra tanto narcisista vendehumos y manipulador? A mí sí, desde luego.
¡Gracias por tantos años poniendo música a lo que mucha gente sentimos! Escuchad el disco. Lo vuelvo a repetir: me parece uno de los mejores discos de la mejor banda de rock de la historia de nuestra tierra. Y no me voy a bajar de ese burro.



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