• Llamas, J.M.

La cueva de la esquina invisible

Actualizado: 5 ene



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La cueva de la esquina invisible
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Καὶ ὁ λόγος σὰρξ ἐγένετο

καὶ ἐσκήνωσεν ἐν ἡμῖν (Jn 1, 14)




Había una vez, dentro de una ciudad, una esquina en la que nadie se fijaba. Y no, no es que se encontrara entre dos calles poco transitadas: estamos hablando del pleno centro de la urbe. Lo que ocurrió allí fue algo muy común, aunque de lo más curioso: nadie miraba hacia aquel lugar y, poco a poco, la esquina se fue tornando nebulosamente sombría, hasta que desapareció.


¿Y era aquel vértice un lugar habitable, o se trataba de una de esas esquinas solitarias en las que siempre se mete, perseguido por el eco de unos pasos lúgubres, el personaje que muere sin remedio en las novelas de terror? Ninguno de los acelerados ciudadanos de agobio insaciable que, tic-tac, tic-tac, corrían desesperadamente tras las manecillas de su reloj podría alcanzar siquiera a sospecharlo, porque ya les he dicho que no lo podían ver. Podríamos decir quizás que no les interesaba, pero eso sería afirmar mucho, y es mejor aventurar que ni siquiera se habían planteado que allí pudiera haber alguien.


Pues bien: aquella especie de fallo de diseño en la mastodóntica arquitectura urbana fue tomando forma a medida que iba siendo olvidado, hasta convertirse en una gruta que, naturalmente, solo era visible para el que se paraba y miraba, por alguna razón incomprensible para la acelerada gran mayoría.


Volvamos, sin embargo, a la pregunta de antes: ¿había alguien, no sé, viviendo en aquella gruta de la esquina invisible? Oh, sí, pero dudo mucho que les interese el tema si no dejan a un lado sus inteligentes y metomentodos cachivaches de muñeca o bolsillo. En fin: por si les pica la curiosidad, les diré que allí fueron llegando, como esos gatos callejeros que buscan abrigo en los incontables solares del barrio de La Trinidad, personas, parejas, incluso familias enteras que, como la propia esquina, se habían vuelto invisibles para los esclerotizados corazones desbocados de los ciudadanos dignos de ser así llamados.


Y no, no es que hubieran recibido un billete de tren para el andén nueve y tres cuartos de la estación King’s Cross, ¡qué billete ni qué ocho cuartos!, sino que simplemente habían dejado de existir para los, por decirlo de alguna manera, posesivos perseguidores de futuros propios a base de vesículas biliares reptantes con destino al tracto digestivo superior. Este proceso de desaparición del horizonte de la ciudadanía se solía repetir sin piedad: comenzaba cuando la persona en cuestión perdía el rumbo estipulado por flautistas de férreos órdenes sociales en clave de capital público o privado, y acababa irremisiblemente con el rechazo y el posterior olvido por parte de las cada vez más inservibles capas burocráticas que, como moho roñoso, cubrían las vidas de las incomunicadas individualidades a las que había quedado reducida la civilización. Aunque, y esto es solo una hipótesis, quizás la cueva de la esquina invisible era consecuencia y no causa de los desaparecidos que aparecían, como desagradables borrones, por allí, y que provocaban que los civilizados individuos dejaran de fijar sus retocadas miradas pulcras en el lugar en cuestión.


En fin. Sea una cosa u otra, el desenlace se volvía inevitable: los que caíamos desde vaya usted a saber qué planta de aquel escultural castillo de naipes a punto de recibir una sinfonía de devastadores vendavales ingobernables acabábamos allí y, no teniendo prisa por llegar a lugar alguno porque no había punto al que arribar, descubríamos, ya al margen de todo y de todos, aquella esquina invisible que, ¡oh paradoja!, se hacía visible para los que desaparecíamos de la faz social, y la gruta que surgía en ella, como monstruo de fauces acogedoras que, qué quieren que les diga, dejábamos que nos devorara porque es lo menos malo que nos podía pasar.


Y allí estábamos, pobres diablos dejados de la mano de Dios, hombres y mujeres, niños y niñas, jóvenes, viejos y viejas que no sabíamos adónde ir, aunque no nos faltaban las ganas, sino las razones y las fuerzas. Porque, por si todavía no lo han descubierto, esta que hace las veces de narradora había acabado también en aquella especie de infierno inhumano, por razones que no vienen al caso y que incluyen traición, cuernos, robos legales y mamoneos públicos, privados e incluso religiosos de las más variadas e insospechadas, al menos por mi parte, especies.


Perdonen ustedes: me he dejado ir. Vuelvo al hilo de nuestra historia.



Y entonces, mientras yo, como tantos otros, miraba a los demás no-ciudadanos invisibles y frotábamos nuestras manos para quitarnos algo de frío, llegó aquella familia. No, no era una familia especialmente diferente: también tenían frío, también miraban con extrañeza, y también se habían convertido en invisibles para los ciudadanos que cantaban, a finales de diciembre, We Wish You a Merry Christmas frente a abetos falsos llenos de coloridos espumillones y horripilantes adornos intermitentemente chillones, espantajos borrachos obesos de capucha roja, y belenes nevados repletos de personajes tristes con rostros imprecisos que trataban de hacer recordar alguna escena perdida en la memoria histórica.

Pero había en los recién llegados algo muy particular, que nos llamó profundamente la atención. El padre, un apuesto joven veinteañero, propuso hacer una fogata. Nos dijo que tampoco es que fuera un experto en el tema, pero que se había tenido que acostumbrar, especialmente desde aquella noche en la que su hijo vino al mundo, en un corralón abandonado más allá de los calentitos hogares de un pueblo cualquiera. Así que, como no teníamos nada mejor que hacer, en poco tiempo pudimos dejar de frotarnos las manos y, sencillamente, nos fuimos reuniendo alrededor de una candela con las dimensiones justas para acogernos a todos.


Fue entonces cuando la madre, que había sostenido entre los brazos a su hijo, de un par de años o tres, mientras dormía, aunque en aquel momento estaba jugando con el padre, nos narró que venían de más allá de los mares. Había sido un viaje muy largo, y tuvieron que atravesar odios inexplicables, batallas incomprensibles, tiranías diestras y siniestras, matanzas inhumanas, clericalismos de alfiles pelagianos y gnósticos, y el Mare Eorum, en el que se habían ahogado muchos de los que embarcaron con ellos, una mañana de bandera roja, desde el Sur rumbo a lo desconocido. La familia se había librado por, según sus propias palabras, «puro misterio».


Entonces fue cuando una anciana, que tosía secamente, pero de la que nadie se apartó porque, en fin, el Coronavirus era la menor de nuestras preocupaciones, preguntó a la joven que de dónde habían salido. Ella le dijo que procedían de muy lejos, casi del otro lado del mundo, y que en realidad el pueblo donde había nacido su hijo tampoco era el suyo propio, que estaba a más de tres días de camino hacia el Norte, pero que tuvieron que ir hasta allí por culpa del gobernante de turno, un tipo que, me pareció entender, se quedó tan a gusto después de haberlos obligado a tremendo viaje justo antes de parir a la criaturita que saltaba y brincaba por los alrededores. «Venimos de Belén», concluyó, «y hemos llegado aquí buscando refugio, huyendo de un rey».


«Claro. Y seguramente os llamáis María y José, y el niño es Jesús, ¿no?», pregunté, haciéndome el gracioso. La madre encogió los hombros mientras asentía, el padre chasqueó los dedos y guiñó un ojo, y el pequeñín se acercó caminando torpemente al trote y, con una sonrisa de oreja a oreja, me dijo, en esa lengua de niño que atraviesa cualquier muro: «Y aquí eztoy, pod ti y pod todoz».



La estupefacción llenó la cueva de la esquina invisible. Un murmullo se elevó desde todas las gargantas hasta convertirse en alegría atronadora. Y nos dimos cuenta, de repente, de que no éramos pobres diablos dejados de la mano de Dios, y de que aquel fuego no solo calentaba las manos. En aquel momento nos vimos pueblo, y descubrimos, por puro misterio, que aquella cruz en la que estábamos clavados no era solo nuestra, y que aquella esquina no fue nunca invisible para los sagrados ojos del niño que se había hecho visible con nuestra carne y por nuestra carne, la de los desaparecidos, para que el mundo entero ardiera apasionadamente. A partir de entonces, convertidos en libre muchedumbre incontable, en pie como una sola mujer, como un solo hombre, caminamos, y caminando marchamos.



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