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La maternidad de María en los primeros siglos de la Iglesia

  • Foto del escritor: Llamas, J.M.
    Llamas, J.M.
  • hace 11 horas
  • 19 min de lectura

La maternidad de María fue el primer dogma que se definió, y también una de las claves esenciales de nuestra fe. Pero, claro, lo primero que tenemos que decir es que no es un «dogma mariano». ¿Cómo? ¿Y eso qué significa? Que no es un misterio que concierne a María en primer lugar, sino al vértice de lo fundamental del cristianismo. Aceptar o negar que María es madre de Dios es, en el fondo, proclamar o poner en duda la fe cristiana. Ya lo decía Juan Damasceno: «Este solo nombre (Madre de Dios) contiene todo el misterio de la salvación»1.

Ahora bien: para comprender el fondo de este título, y de este dogma, la gran pregunta no es si María es madre, sino la madre de quién. La gran cuestión es cristológica. Por eso, como veremos al final, en la medida en que la Iglesia ha pensado en María desde los datos de la Sagrada Escritura y la Tradición, su persona ha estado siempre unida a Cristo y a la Iglesia, y todo lo que se ha dicho de ella ha tenido como clave su ser «Madre de Dios». Y, en la medida en que se ha ido separando de los datos del Evangelio, algo que ha pasado sobre todo en el segundo milenio de la historia de la Iglesia, se ha acabado interpretando a María como una especie de «diosa menor», o bien un «puente entre la justicia divina y la necesidad de salvación humana». Ambas tendencias son, en cierta medida, errores garrafales en la identidad de la virgen María. Vayamos paso a paso.


1. La maternidad de María en el Nuevo Testamento

Es lo primero que nos tenemos que preguntar. ¿Qué dice la Palabra de Dios sobre la maternidad de María? Hay doce pasajes de la Palabra de Dios donde se presenta a María como la madre de Jesús, y repetidas veces en la mayoría de ellos. Los vemos uno a uno.

  • Mt 1,16-18: Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo… La generación de Jesucristo fue de esta manera: María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.

  • 2,11-21: Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron… Cuando ellos se retiraron, el ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma al niño y a su madre y huye a Egipto». José se levantó, tomó al niño y a su madre, de noche, se fue a Egipto… Cuando murió Herodes, el ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, coge al niño y a su madre y vuelve a la tierra de Israel, porque han muerto los que atentaban contra la vida del niño»… Se levantó, tomó al niño y a su madre y volvió a la tierra de Israel.

  • 12,46-50: Todavía estaba Jesús hablando a la gente, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera, tratando de hablar con él.

  • 13,54-56: Fue a su ciudad y se puso a enseñar en su sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca este esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas?».

  • Mc 3,31-35: Llegan su madre y sus hermanos y, desde fuera, lo mandaron llamar. La gente que tenía sentada alrededor le dice: «Mira, tu madre y tus hermanos y tus hermanas están fuera y te buscan». Él les pregunta: «¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?».

  • 6,1-6: Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada: «¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?». Y se escandalizaban a cuenta de él.

  • Lc 1,26ss: El ángel le dijo: «No temas, María, porque has encontrado gracia ante Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús»… «¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?».

  • 2,7ss: También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había sitio para ellos en la posada… Y cuando entraban con el niño Jesús sus padres para cumplir con él lo acostumbrado según la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios… Su padre y su madre estaban admirados por lo que se decía del niño. Simeón los bendijo y dijo a María, su madreSus padres solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua… Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre… Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos. Su madre conservaba todo esto en su corazón.

  • 8,19-21: Vinieron a él su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él. Entonces le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte». Él respondió diciéndoles: «Mi madre y mis hermanos son estos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

  • Jn 2,1-6: A los tres días había una boda en Caná de Galilea, y la madre de Jesús estaba allí. Faltó el vino, y la madre de Jesús le dice. Su madre dice a los sirvientes.

  • 19,25-27: Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre».

  • Hch 1,14: Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres y María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.

Conclusión primera: no hay ninguna duda de que María es la madre de Jesús. El problema no está en quién es María, porque siempre que aparece en el Evangelio, lo hace como madre de Jesús, y esto es muy importante, porque a veces nos hemos olvidado de ello. El problema fundamental es quién es Jesús. En el Evangelio encontramos la paradoja: es el carpintero, el hijo de María. Sin embargo, a pesar de su sencillez, algo extraordinario, singular, único se trasluce en sus obras y en sus palabras. Afirmar que María es madre de Jesús es un dato previo, pero esencial, para poder afirmar que es la madre del Hijo de Dios, y esto lleva, como consecuencia, a la afirmación de que es «Madre de Dios». Esto es lo que vamos a ir profundizando.

La maternidad de María, madre de Jesús, no se reduce al momento de la concepción, si tenemos en cuenta lo que nos dicen los textos que hemos leído: una maternidad humana, verdaderamente humana, afecta a todo el ser físico y psíquico de la mujer, y se prolonga, madura y se perfecciona a lo largo de toda la vida: una madre nunca deja de ser madre, y este es un dato con el que creo que todos estamos de acuerdo. Agustín de Hipona lo proclamaba claramente: «María concibió a Jesús antes en su corazón que en su seno»2, y si esto lo extendemos a toda la vida de María, es un modo de resaltar su maternidad integral.

Aquí también tenemos que destacar el papel de José, porque él decide unirse a esta aventura, y esto hace posible que María salga adelante. Su papel es importante en el inicio de la maternidad de María, y en la educación de Jesús. Probablemente, era un hombre instruido, al ser carpintero, pero, paradójicamente, los vecinos del pueblo no pensaban esto: «¿De dónde le viene a este tal sabiduría y tales poderes? ¿No es el hijo del carpintero?» (Mt 13,54-55). Sea como sea, en Nazaret había una sinagoga, y Jesús aprendió allí con toda seguridad a leer, escribir y estudiar la Ley: en sus discursos muestra conocer muy bien los métodos rabínicos, y también entiende del campo, de la labranza, y de las cosas del día a día, que seguro que aprendió con José y María.

En la escena del niño encontrado en el templo de Jerusalén hay varios momentos que podemos resaltar. En primer lugar, José no abre la boca, es María quien habla. En segundo lugar, la respuesta de Jesús deja desconcertados a sus padres, y María, que intuye algo extraño en su hijo, un misterio que no es capaz de explicar, confronta las Escrituras con las palabras y hechos de Jesús y los medita en su corazón, es decir, en estos textos del Evangelio tenemos una actitud contemplativa en María especialmente.

Por otra parte, María, que enseñó a Jesús sin duda muchas cosas, también se convirtió en la mejor discípula, una consecuencia de su maternidad, que veremos al final. En María, la maternidad fue un compromiso libre y formal de aceptar el plan de Dios con todo lo que conllevaba, y esto tendrá que ver también, por ejemplo, con su virginidad. Los Padres de la Iglesia han manifestado de varios modos la importancia de la fe y del consentimiento de María en la realización del misterio de la encarnación. Podemos resaltar tres hechos que revelan características únicas de su maternidad con respecto a Jesús:

  • Concibió a Jesús sin el concurso de varón (maternidad virginal).

  • El término personal de la maternidad de María no es una persona simplemente humana, sino una persona divina (maternidad divina).

  • Su maternidad supone una comunicación de gracia extraordinaria: «el Espíritu del Señor te cubrirá con su sombra» (maternidad santificante).


2. La gran cuestión: ¿quién es el hijo de María?

2.1. El problema fundamental

Como hemos dicho, el problema fundamental que se plantea históricamente es que María en realidad no engendra la divinidad, sino la humanidad que está unida sustancialmente a la divinidad del Hijo de Dios. Esto parece un galimatías, pero es importante aclararlo, porque, de hecho, ha sido el quid de la cuestión de muchas herejías de los primeros siglos. Es decir, que el problema es cristológico: la unión hipostática de la naturaleza humana y divina en Cristo, en la única persona divina. La Iglesia tardó cuatro siglos en aclarar este tema teóricamente hablando, y, en la práctica, se puede decir que todavía colea, porque no terminamos de creernos este misterio, y tratamos de explicarlo de la manera más lógica posible, que normalmente es «Jesús parecía humano, pero no lo podía ser del todo». En realidad el Misterio de Jesucristo va más allá de la lógica.

Hablando con propiedad, más que decir «madre de Dios» se debería decir «madre del Verbo encarnado» o «madre del Hijo de Dios hecho hombre». Sin embargo, casi desde el principio tenemos esta manera de hablar de la maternidad de María: «Madre de Dios». ¿Y esto, por qué? Para aclararnos, tenemos que meternos en la piel de aquella sociedad, y de aquella etapa de la historia de la Iglesia, porque supuso un problema grande, y por eso se tuvo que limar a lo largo de mucho tiempo.

2.2. El lío de la «Madre de Dios»

Desde el principio, lo que se plantean los cristianos es quién es Jesús, que nos ha salvado. La pregunta sobre María es consecuencia de esta. Pero los cristianos viven dentro de una sociedad politeísta, y una de las claves de la religiosidad de aquella época, y de la nuestra, es que en toda la cultura mediterránea existe una piedad alrededor de la «Madre de los dioses», o «de este dios en particular», que encontramos repetidamente, con una mitología de trazos similares, y que desemboca en el mundo romano:

  • Istar, la diosa del cielo y madre de los dioses sumerios, responsable del amor y la guerra, de la vida y de la fertilidad;

  • Astarté, la diosa materna fenicia, la diosa más icónica del mundo íbero, asimilándose a deidades indígenas de atributos parecidos relacionadas con la feminidad y la fertilidad cuyo culto se extendió por toda la costa mediterránea, y fue muy importante por aquí;

  • Isis, hermana y esposa de Osiris, dios egipcio, a quien mató y despedazó Seth, y que ella logró recomponer y revivir para acostarse con él y, así, concebir a Horus: por eso es llamada la «Diosa madre»;

  • Cibeles, también llamada «Magna Mater», madre de los dioses romanos, en particular de Coribante, y relacionada con Atis, Yasión, Olimpo, Dioniso, Midas…

En todas las ciudades romanas había culto a alguna de estas diosas, o a varias a la vez. Por tanto, los cristianos tenían que tener cuidado, porque cuando hablaban de la «Madre de Dios» la gente se podía confundir con alguna de estas. Por eso, en los primeros siglos se va explicando esto de la mejor manera posible: porque María no es madre de Dios Padre, ni del Espíritu Santo, ni, desde luego, de Horus o Coribante. Esta expresión se refiere a la encarnación: la acción generativa de María, por obra del Espíritu Santo, es decir, lo que llamamos «La anunciación», tiene como término personal al mismo Hijo de Dios preexistente y eterno, que se ha hecho carne, es decir, el ser humano del que queda embarazada María.

Así lo dice también Tomás de Aquino: «La bienaventurada Virgen se dice madre de Dios, no porque sea madre de la divinidad, sino porque es madre según la humanidad de la persona que posee la divinidad y la humanidad»3.

En definitiva: María no engendra la divinidad, pero al engendrar la humanidad que solo subsiste como un todo en la única persona divina de Cristo, que es el Verbo, que es Dios, María puede llamarse «Madre de Dios».

2.3. La Sagrada Escritura

¿Qué nos dice la Escritura sobre este punto en particular? No tenemos esta afirmación explícita, «Madre de Dios», aunque encontramos otras equivalentes: «Madre del Señor» (Lc 1,43) y madre del «Emmanuel» (Mt 1,23), que significa «Dios con nosotros». Por tanto, existen textos en los que se afirma que Jesucristo es verdadero Dios y que María es madre de Jesucristo. Podemos añadir otros como conclusión: Gal 4,4 —«envió Dios a su Hijo nacido de mujer, nacido bajo la ley»—, o Lc 1,35 —«será llamado Hijo de Dios»—.

Como fruto de lo que la Iglesia iba entendiendo sobre Jesús, y sobre María, y de la piedad popular de la gente sencilla, surgió, partiendo de los textos del NT, la palabra θεοτόκος, «Madre de Dios», probablemente en el siglo III. La primera oración que conservamos, en la que esto está claro, es el «Bajo tu amparo», o, en su versión griega, «Bajo vuestras entrañas de misericordia nos refugiamos, Madre de Dios. Nuestras súplicas no desprecies en tiempos de problemas, sino rescátanos de los peligros, única Pura, única bendita». Esta es la primera oración mariana, que sepamos, de la historia de la Iglesia. Veamos cómo, desde aquí, se llega a definir que María es «Madre de Dios».

2.4. Un poco de historia

En los dos primeros siglos simplemente se confesaba que el Hijo de Dios nació de María virgen. Según el historiador Sócrates, fue Orígenes de Alejandría el primero que explicó las razones por las que María es Madre de Dios, aunque no se conserva este escrito suyo. De finales del siglo III es probablemente la oración de la que hemos hablado.

En el siglo IV son muchos los autores que usan esta palabra. A principios del siglo V se produjo una controversia cristológica sobre la unión entre la divinidad y la humanidad de Jesucristo, que es el nudo gordiano que llevó a definir el dogma que estamos estudiando. Los dos personajes principales de esta trifulca fueron Cirilo de Alejandría, y Nestorio de Constantinopla. Y tenían dos modos diferentes de entender quién es Jesús, es decir, de comprender la «personalidad» de Jesús.

Es curioso que en aquel encontronazo entre Cirilo y Nestorio, a comienzos del siglo V, el primero, el alejandrino, no se distingue por su piedad mariana: afirma, por ejemplo, que María se escandalizó y sufrió una crisis de fe al pie de la cruz, porque «la mente frágil de una simple mujer se deja llevar a pensamientos más débiles» (In Iohannem, 12). Esto, en fin, es una muestra de su manera de pensar en general. Se puede decir que muy feminista no era, desde luego.

Entonces, ¿por qué el “malo de la película” es el bueno de Nestorio, que era monje antes de ser nombrado obispo de Constantinopla, y que al final terminó retirado en un monasterio sin dar ruido? Porque él no servía para mover hilos en la sombra, algo que hacía extremadamente bien su oponente —para que sepamos de quién estamos hablando, Cirilo fue, junto con otros, quien, siendo muy joven, medró para expulsar a Juan Crisóstomo de la sede de Constantinopla—. Aparte de ello, erró el tiro al intentar describir la personalidad de Jesús. Pero vayamos por partes.

Nestorio no ve acertado el título de «Madre de Dios» para María, porque temía que se la confundiera con una de las diosas que hemos nombrado antes: a pesar de que el cristianismo era la religión del Imperio, el politeísmo estaba muy vivo todavía, y el culto a las «diosas madres» no había desaparecido; sin embargo, no tenía reparo en aceptarlo, si se explicaba bien. Ahora bien: prefería «Madre de Cristo», porque pensaba que en Jesucristo convivían, con una unión “moral”, su naturaleza humana y su naturaleza divina; es decir, que en Cristo había, más o menos, dos personas en comunión. Y esto desató la tormenta, porque Cirilo pensaba lo contrario: que Jesucristo era una persona, cuya naturaleza humana en realidad se definía como algo secundario, sin unas características muy claras, y al servicio de su naturaleza divina, que era lo esencial. Nestorio le daba más importancia a la verdadera divinidad y humanidad de Cristo, y ponía en segundo lugar la unión entre ellas; Cirilo daba más importancia a la unión, y lo de la humanidad lo dejaba en segundo lugar.

Así llegamos al concilio de Éfeso, en el año 431, que condenó a Nestorio y aprobó la doctrina de Cirilo de Alejandría expresada en su segunda carta a aquel. De esta forma nos lo dice:

Por eso no dudaron (los Santos Padres) en llamar «Madre de Dios» a la santa Virgen, no porque la naturaleza del Verbo o su divinidad tomaran de la santa Virgen el principio del ser, sino porque de ella se formó aquel sagrado cuerpo animado de un alma racional y al que se unió personalmente el Logos que se dice engendrado según la carne4.

Ahora bien: el concilio de Éfeso resultó muy vergonzoso, con obispos peleados, condenándose unos a otros, incapaces de dialogar… Al final, el emperador tuvo que tomar cartas en el asunto, porque no había manera de que se pusieran de acuerdo, y ni así acabó bien: terminó, como se suele decir, como el rosario de la aurora. Sin embargo, es muy importante para nosotros. Y aquí es donde entra la piedad popular: fue el pueblo de Dios quien dio una lección de eclesialidad asombrosa. Esto nos dice el papa Francisco (homilía del 1/1/2015): «Os propongo que juntos saludemos a María como hizo aquel pueblo valiente de Éfeso, que gritaba cuando sus pastores entraban en la Iglesia: “¡Santa Madre de Dios!”. Qué bonito saludo para nuestra Madre… Os invito a todos a poneros en pie y saludarla tres veces con este saludo de la primitiva Iglesia: “¡Santa Madre de Dios!”».

Claro está: la cosa no terminó ahí. Después, tirando del hilo de Cirilo, que no tenía muy claro del todo para qué servía la humanidad de Jesucristo, uno de sus discípulos, Eutiques, desbarró por ahí, y afirmó que en Jesús solo había una naturaleza, la divina, y que la humanidad era una especie de «cosa» sin identidad, como una marioneta usada por el Hijo de Dios eterno. Y entonces tuvo que intervenir el papa León, el primero, al que llamaron «Magno» porque, además de aclarar este tema, fue capaz de parar a Atila, el rey de los Hunos, a las puertas de Roma, y dialogar con él para que no quemara la ciudad.

En el concilio de Calcedonia se llegó a un equilibrio, gracias al Papa, entre la concepción alejandrina y la antioquena, y se proclamó que hay dos naturalezas en Cristo sin confusión ni cambio, sin división ni separación. También allí se confirmó y canonizó el título de θεοτόκος, ‘Madre de Dios’, para la virgen María.

El papa León Magno se refiere infinidad de veces a María, y siempre en un contexto cristológico y señalando a la historia de la salvación, en concreto a la encarnación, contra el monofisismo —la herejía que dice que en Jesucristo solo había una naturaleza, la divina— de Eutiques, y el nestorianismo. Si decimos que en Jesucristo solo existe la naturaleza divina, entonces solo la divinidad nació realmente de las entrañas de la Virgen, y solo la divinidad, como si se tratara de un juego, hubiera consumido alimentos humanos, hubiera sido crucificada, sepultada y resucitada. Por tanto, quedaría destrozada toda esperanza en la resurrección de los cuerpos, y se destruiría el núcleo del cristianismo, al negarse, en el fondo, la encarnación.

Aquí está el extracto del Concilio donde se afirma que María es «Madre de Dios»:

… Consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, «semejante en todo a nosotros, menos en el pecado» [Hebr. 4,15]; engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad, que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo, Hijo, Señor, Unigénito, en dos naturalezas sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación… 5

3. Significado para nosotros de la maternidad divina

La expresión θεοτόκος pasará a ser, a partir de entonces, un emblema de la verdadera fe. En Calcedonia se afirmó y reafirmó que María es «Madre de Dios», aclarando que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre, y que su humanidad y su divinidad no pueden confundirse, ni cambiarse, ni dividirse, ni separarse. Por eso es por lo que podemos decir que María es madre de Dios: porque es madre de Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre de esta forma, y por eso hemos sido salvados.

Al final, lo esencial es la encarnación, porque por ella hemos sido divinizados, redimidos, a través de toda la etapa de la vida de Jesús, y del Misterio Pascual: nuestra existencia tiene sentido. Por eso digo que, cuanto más nos acercamos al Evangelio, mejor entendemos lo que significa la maternidad de María, y cuanto más nos alejamos de él, más se parece María a Istar, Astarté, Isis o Cibeles. Y esto es así, exactamente así, también en nuestra piedad popular: la soledad de María la acerca a las demás «diosas madres», y entonces le rezamos a ella como si Cristo no existiera o como si Dios no fuera amor; y su unión con Cristo y con la Iglesia la hace única, porque ella es testigo del amor y la misericordia de Dios que nos revela el Hijo, la Palabra que se hace carne en sus entrañas, y que nos ha salvado. Por eso, el Vaticano II, en el capítulo VIII de la Lumen Gentium, insistió mucho en esta relación.


4. Algunas claves para nuestra piedad popular

La maternidad divina de María es la razón de su existencia, y el origen y fundamento de todos los demás privilegios marianos y de su puesto singular en la economía de la salvación. Todas las demás definiciones de fe que se refieren a María o bien detallan la riqueza que incluye esta expresión, este concepto, o bien la despliegan6.

El hecho de la maternidad divina coloca a María en íntima relación con Dios y con la humanidad: es hija predilecta del Padre, y sagrario o templo del Espíritu Santo (el Vat. II evita llamarla «esposa del Espíritu Santo» para no dar lugar a falsas interpretaciones sobre la concepción virginal de Jesús). Su relación de gracia con la Trinidad es santificante: es la «llena de gracia», y da lo que tiene, en su relación con nosotros. Por eso Pablo VI la nombró Madre de la Iglesia: María, al engendrar a Cristo, Cabeza de todos los redimidos, es madre, miembro y tipo de la Iglesia, y coopera a la salvación de toda la humanidad.

El reto, por tanto, que seguimos teniendo, tanto la Iglesia como el mundo cofrade, es conocer y dar más importancia a lo que la Marialis Cultus, del papa Pablo VI, nos dice sobre las orientaciones fundamentales de una piedad mariana madura. Son estas cuatro, y creo que tenemos que grabárnoslas a fuego. Con ellas terminamos.

  • Que sea bíblica. Todo culto y toda forma de piedad deben tener una impronta bíblica. Esto está muy claro en la MC, y el papa Francisco lo recalca profundamente. El culto a la Virgen no puede quedar fuera de esta orientación de la piedad moderna. Las oraciones, las lecturas, los cánticos y reflexiones deben inspirarse en el conjunto de la Biblia. Si no, el peligro es convertir a María en quien no es: y no creo que a ella eso le guste mucho, la verdad.

  • Que sea litúrgica. Los ejercicios de piedad no litúrgicos deben estar en armonía con la liturgia eclesial, inspirarse de algún modo en ella, y conducir a ella. La MC termina, por ejemplo, con unas orientaciones muy ricas para el rezo del Rosario y del Ángelus. Con esta orientación se evitan los extremos: el que quiere suprimir todos los ejercicios de piedad popular sin llenar con algo mejor el vacío que dejan —y esto es algo que hemos sufrido hace años, y que no ha ayudado en nada a la conexión entre la piedad popular y los sacramentos, por ejemplo—, y el que no tiene absolutamente ningún criterio litúrgico o pastoral, sino que une actos piadosos y actos litúrgicos con celebraciones híbridas colmadas de vaciedad —nos podemos tirar dos horas hablando de la pestaña de la Virgen o de su lágrima tercera de la mejilla izquierda mientras el sol sale por Antequera— que ni están en armonía, ni se inspiran en el misterio divino, ni conducen al pueblo de Dios a celebrarlo, sino que resultan normalmente huecas, sentimentaloides y, con mucha frecuencia, vergonzosas.

  • Que sea ecuménica. En el culto a la Virgen se reflejan las preocupaciones de la Iglesia, y la unidad de los cristianos debe ser una de ellas. El culto a María debe ser ocasión para pedirle que interceda ante su Hijo por la unión de todos los bautizados, se deben evitar exageraciones que puedan herir la sensibilidad de los demás cristianos, y el culto debe ser un camino hacia Cristo, que es la fuente y el centro de toda la comunidad eclesial. Por eso, todos los supuestos nuevos dogmas que se quieren definir sobre María, además de ser completamente innecesarios y estar fuera de las claves bíblicas y litúrgicas, chocan directamente con el ecumenismo, y colocan a María en la órbita de las «diosas madres», y en consonancia con un Dios que no es amor.

  • Que sea antropológica. Es decir: debemos aprender a encuadrar la imagen de María en las condiciones de vida real de la mujer hoy día. Para esto resultará de mucha ayuda proponer su imitación por lo fundamental de su vida real: se adhirió total y responsablemente a la voluntad de Dios, acogió su Palabra y la puso en práctica, su acción estuvo animada por la caridad y el espíritu de servicio, y fue la primera y más perfecta discípula de Cristo. Todo esto tiene un valor permanente, y se puede aplicar a cualquier época y en particular a nuestra cultura. Por tanto, no se debe aceptar la desfiguración de la imagen de María que se ofrece en determinadas opciones de culto, que no tienen nada que ver con la figura que de ella nos da la Biblia: María no vivió en un convento, ni en el templo de Jerusalén, sino que la conocemos como madre de familia y esposa. En esto el papa Francisco es muy claro: pone a María como ejemplo de madre, de mujer, de esposa, de joven desde unas claves esencialmente bíblicas que ayudan a encuadrar su culto en nuestra sociedad concreta, desde la Familia de Nazaret como ejemplo para las familias cristianas; concreta su maternidad espiritual, su ser signo de esperanza o su caridad en el pueblo de Dios que lucha y camina, y enfoca la piedad popular desde la presencia de María como Madre de Dios en mitad del pueblo peregrinante, compartiendo sus alegrías y sus dolores.

Terminamos con los dos títulos que nos ofrece el documento Mater Populi Fidelis, que os animo a leer para comprender la riqueza del misterio de María. Estos dos títulos concretan la maternidad de María, y pueden enriquecer mucho nuestra piedad popular.

  • El primero es «La primera discípula» (73-75), valga la redundancia. Partiendo del mismo Evangelio, en el que se nos señala María como la que escucha y cumple la Palabra de Dios, y lo que nos dice Agustín de Hipona, que para María fue más importante ser discípula que madre de Cristo, se nos invita a profundizar en el discipulado de María, en su ser ejemplo de fe y de amor, y maestra en la recepción de la gracia.

  • El segundo es «Madre del pueblo fiel» (76-80), que recoge la teología mariana del papa Francisco, se refiere también a Benedicto XVI, y señala el anuncio del Evangelio, la imagen materna que encontramos en la Palabra de Dios, en referencia a la ternura y el amor divinos que hallamos especialmente presente en María, y pone como claves la piedad popular, la cultura de la gente sencilla, y los pobres.


Notas finales


1De fide orthodoxa, III, 12.

2Sermón 215, 4.

3Suma Teológica, III, q. 35, a.4 ad 2.

42ª carta de Cirilo a Nestorio, Sesión 1ª; Collantes, 281.

5«… ὁμοούσιον τῷ πατρὶ κατὰ τὴν θεότητα καὶ ὁμοούσιον τὸν αὐτὸν ἡμῖν κατὰ τὴν ἀνθρωπότητα, κατὰ πάντα ὅμοιον ἡμῖν χωρὶς ἁμαρτίας· πρὸ αἰώνων μὲν ἐκ τοῦ πατρὸς γεννηθέντα κατὰ τὴν θεότητα, ἐπ' ἐσχάτων δὲ τῶν ἡμερῶν τὸν αὐτὸν δι' ἡμᾶς καὶ διὰ τὴν ἡμετέραν σωτηρίαν ἐκ Μαρίας τῆς παρθένου τῆς θεοτόκου κατὰ τὴν ἀνθρωπότητα, ἕνα καὶ τὸν αὐτὸν Χριστόν, υἱόν, κύριον, μονογενῆ, ἐν δύο φύσεσιν ἀσυγχύτως, ἀτρέπτως, ἀδιαιρέτως, ἀχωρίστως γνωριζόμενον...».

6Cf. Edward Schillebeeckx, María, madre de la redención. Bases religiosas del misterio de María (Ediciones FAX, 1969), 176.

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