«La Odisea» de Nolan y las hienas ultrarreaccionarias
- Llamas, J.M.

- hace 36 minutos
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Intro
Antes de empezar, quiero hacer una advertencia: en este texto hay spoilers de la obra de Nolan y de la de Homero. Lo digo para que nadie se lleve un susto si sigue echando un ojo y no ha visto la primero y/o leído la segunda —aunque, la verdad, no sé a qué estáis esperando—.
He de reconocerlo, al inicio: me ha encantado La Odisea, de Cristopher Nolan. Me ha parecido una gran película, en muchos aspectos. Y, a medida que me iba metiendo en la aventura —o más bien la tragedia con tintes de epopeya— de la vuelta a casa de Odiseo, me iba diciendo que me sonaba la música de fondo de la obra de Homero, aunque con distintos enfoques e hilos. De hecho, como de la del griego solo tenía recuerdos muy vagos, decidí repasarla, y me la he leído de cabo a rabo. He esperado a hacerlo para embarcarme en esta crítica, un poco tardía y bastante bárbara, es cierto, sobre todo cuando me refiero a las interpretaciones reaccionarias que han inundado las redes. Porque, en fin, me parece que estas son síntoma de una imbecilidad social cultureta muy peligrosa y, al mismo tiempo, me dan pena porque, como nos señala Nolan a través de su protagonista, apuntan a un final de civilización cada vez más claro, tema que se repite en el cineasta últimamente, por cierto: como ejemplos, El Caballero Oscuro, Interstellar u Oppenheimer.
Por eso, voy a realizar esta tarea por partes. En primer lugar, recordaré a los ilustres críticos envueltos en trajes tradicionalistas que, desde mi perspectiva, no tienen razón en aquello que señalan de la película, y, en la mayor parte de los casos, ni siquiera aciertan en aquello que dicen que dijo o quiso decir Homero —aquí, un claro ejemplo, aunque no el único, de a qué me refiero—.
Una vez hecho esto, identificaré los muchos, muchísimos aspectos en los que Nolan es fiel a Homero.
Y, por último, señalaré los hilos que el director de cine añade, o toma especialmente en consideración, desde la obra original, para convertirla en una necesaria tesis sobre el cambio de época que estamos viviendo.
En fin. Empecemos por el principio: ahí van unos pocos guantazos a diestra.
La paradójica interpretación reaccionaria de La Odisea de Homero
Antes de ser estrenada, la versión nolanesca de la obra de Homero ya traía un largo kilometraje de críticas profundísimas que negaban que su acercamiento fuera siquiera mínimamente digno de la poesía trimilenaria. Que, así para empezar, resulta bastante llamativo: o son gente que ha estado espiando el rodaje tras las cortinas, o han ido en busca de la bruja Lola o la maga Circe. Pues no: simplemente, con ver alguno de los tráileres, ya sabían el fiasco que se nos avecinaba.
Pero lo de después ha sido de circo de tres pistas. De circo de pulgas, quiero decir. A la obra de Nolan se la ha acusado de no respetar la cultura griega, de reírse de La Odisea de Homero, de ser un alegato woke a partir de cuatro trazos del poema original, de negar el estilo aventurero y humorístico del autor clásico —no sé si se referirían a Homero Simpson, porque, desde luego, poco humor he visto yo en el inacabable poema de aquel a quien llamamos «Homero», pero que en realidad no tenemos la más remota idea de quién fue—, de colocarse violentamente en contra del alegato guerrero de la obra escrita, de alargar de manera insolente y aburrida la escena del regreso del héroe a Ítaca, o de poner a una mujer negra como Penélope, meter a una transexual por todo el careto, o dar al perro Argos una importancia incomprensible. Todo ello son ejemplos que, según ellos —y ellas— muestran que la peli es una mojonada woke para, yo qué sé, adornar el día del orgullo LGTBI+ o algo así.
Pues bien: me atrevo a afirmar que quienes han elaborado estas críticas no se han leído nunca La Odisea, o lo hicieron hace ya lustros, y no se acuerdan prácticamente de nada. Y lo digo después de habérmela acabado, no sin mucho esfuerzo, porque, he de reconocerlo, hay partes que me han resultado difíciles de digerir por lo tremendamente aburridas que las he visto: por poner un ejemplo, los interminables diálogos entre los dioses y los personajes principales, con repeticiones abundantes e innecesarias, literariamente hablando. Pero esto es lo primero que tenemos que tener en cuenta: estamos ante una obra de literatura religiosa para ser representada, no leída, y, por tanto, esas repeticiones son necesarias para enganchar unos cantos con otros que, probablemente, serían representados en momentos diferentes; y, además, como todo en aquella sociedad, la moraleja divina se repite machaconamente a lo largo de cada uno de sus 24 cantos, para que quienes asisten a la obra se enteren bien de lo que hay que hacer para estar a bien con los dioses. Esto es así, y el que no lo quiera ver, que imagine que Odiseo era una especie de Indiana Jones. Aunque, ahora que lo pienso, entre aquel y este sí que hay un hilo religioso muy interesante que, de alguna manera, los une: cada película de Indy tiene detrás un objeto trascendente - poderoso que, generalmente, termina abandonando, y esto acerca al del Fedora y el látigo a la clave del antihéroe que, lo quiera o no, comparte con el del casco y la aguda espada colgando del muslo, ya que, al final, a ambos solo les quedan los amigos y la familia... En fin, vamos a lo que vamos, que me pierdo.
Expongo a continuación las críticas, y las respuestas que yo he visto en la propia obra de Homero.
Primera crítica: el Odiseo de Homero tiene un humor para morirse de risa, y un sarcasmo genial, y en la película es un blandengue que llora, llora y llora. Pues bien: en la obra literaria, Odiseo empieza llorando, ¡siete años, en una playa, sin parar!, y sus lágrima duran hasta la última escena del poema. Llora en cada lugar donde aparece, y con cada personaje con quienes dialoga, incluida, por supuesto, la conversación con su mujer, Penélope, antes de que esta descubra su identidad: él ocultaba su llantera, pero la tenía, y ella lloraba sin parar (canto XIX) «abundantes y calientes lágrimas». ¡Homero hace llorar a todo bicho viviente, y a Odiseo frente a todos ellos, incluido Argos, su perro, que sí, aparece en el poema! En el certamen final, por ejemplo, lloran Penélope, Eumeo el porquero, Filetio el boyero, Euriclea… Es impresionante, pero más impresionante me parece que en las interpretaciones reaccionarias de la obra de Homero se hable del «humor» de este como si la obra fuera un jajá jijí aventurero continuo. Quizás quien dice esto ha visto la versión de los Lunnis, que supongo que será más entretenida que la original, aunque yo no he llegado a disfrutarla. El humor de Homero —y me acabo de repasar la obra, repito, de cabo a rabo— es comparable al de, yo qué sé, la película El árbol de la vida. El único chiste para descojonarse que recuerdo es el de Nadie, que, vale, no aparece en la película. Pero la escena en sí, la de Polifemo, tiene poco de graciosa en el texto griego, desde luego.
Segunda crítica: la obra de Homero es cruel, violenta, y la guerra aparece como algo positivo; el antibelicismo de Nolan es una negación del original. Pues bien, veamos cómo define la guerra, en el texto escrito, no cualquier personaje, sino la diosa Atenea, en una conversación con Zeus: «¿Cuál es el propósito que interiormente has formado? ¿Llevarás a efecto la perniciosa guerra y el horrible combate, o pondrás amistad entre unos y otros?» (Canto XXIV). También Telémaco, el clásico, no el de Nolan, dice algo parecido: «No me lamentaría yo tanto por él —Odiseo— aunque estuviera muerto, si hubiera sucumbido entre sus compañeros en el pueblo de los troyanos o entre los brazos de los suyos, una vez que hubo cumplido la odiosa tarea de la guerra» (Canto I). Así que no me digan los tradicionalistas modernos estos que Homero hace un canto a la guerra en la Odisea, porque no es verdad: la guerra es, en palabras del autor griego, perniciosa, horrible, odiosa. ¿Nolan tira de este hilo, y lo exagera? Vale. Pero el hilo está ahí.
Ahora me voy a centrar en una clave de la obra poética que queda muy rebajada en el filme: el determinismo religioso. Porque, curiosamente, no he visto ninguna crítica en este sentido, entre los ultrarreaccionarios que han puesto a parir la peli, y esto me ha parecido también interesantísimo. En La Odisea todo está determinado por los dioses, y ellos —o ellas— son quienes manipulan la realidad para ayudar o castigar a los seres humanos, en todo momento. Como he dicho antes, esta es una obra de teatro religiosa, algo que no parece haber tenido en cuenta nadie, y se representaba en los teatros griegos —y también en los del Imperio romano: de hecho, es citada en multitud de ocasiones por Clemente de Alejandría, incluso poniéndola como ejemplo, en algunos de sus puntos secundarios, para el estilo de vida cristiana, como puedes ver al final de este escrito—. Su moraleja está clara: el pueblo debe aprender de Odiseo algo muy particular, y es que si desafías a los dioses, serás castigado por ellos. Ese es el principal hilo conductor del interminable diálogo homérico, durante el cual el propio protagonista no entiende la razón de su castigo —como si se tratase, por ejemplo, de Job—: sin embargo, los demás se lo hacen ver, empezando por su propia tripulación. Odiseo no es un héroe, sino un antihéroe absoluto, que, con sus decisiones, hace morir a todos y cada uno de quienes le han sido encomendados como capitán, porque ha cabreado a algún dios, especialmente a Poseidón. Y, además, no puede hacer nada para evitar su destino: Circe y Tiresias no le dan opciones, sino que le dicen lo que va a pasar. Por eso Odiseo es un personaje que llora, llora y llora desconsoladamente —estoy hablando de la obra de teatro, no de la película, como he explicado justo antes—. Incluso los dioses que ayudan a los personajes principales —y entre ellos destaca Atenea, que se disfraza de cualquier cosa como si fuera Mortadelo—, van manipulando a su gusto las vidas de los pobres humanos que, lo quieran o no, se ven insertos en un hado que se alarga más allá de sus acciones, porque todo está ya escrito. ¿No es realmente extraño que esos críticos tan supuestamente cultos no hayan caído en la cuenta de que Nolan ha pasado tres kilos, en general, y quitando alguna escena como la de la partida de la isla de Calipso, de este hilo homérico porque no le sirve para su propia tesis fílmica? Y que conste que yo aplaudo ferozmente esta decisión del director.
Siguiente crítica: la peli está bien hasta la llegada a Ítaca, pero a partir de ahí se pierde, se recrea demasiado en lo que pasa a la vuelta en vez de profundizar más en lo anterior. Estimados críticos: al menos un tercio de la obra original se desarrolla después de la vuelta de Odiseo. Es decir: que Nolan se queda un poco corto con lo que cuenta sobre el regreso del «divino astuto Odiseo Laertíada». Además, lo que ocurre en el diálogo y lo que tiene lugar en la película se parecen mucho, muchísimo, aun con la diferencia del hilo que desarrolla Nolan, que explicaré luego. La única escena que es muy diferente en esta larguísima parte es el momento en que Telémaco reconoce a Odiseo, porque en la cinta no depende de ningún dios, sino que se da después de una escena que no aparece en el diálogo escrito: Telémaco es asaltado en su viaje de vuelta, y Odiseo lo salva. Pero, en fin, a mí me gusta más la versión de Nolan, porque en la de Homero la pesada de Atenea manipula a los personajes para que el hijo pueda reconocer al padre.
Pasemos a la clave racista de las críticas de algunas hienas reaccionarias. Dicen que es una vergüenza que Helena sea negra, por ejemplo. Como si en la obra de Homero tuviera importancia el color de la piel, o algo así: como si fuera una aventura hecha por un autor, yo qué sé, ario profundo. ¡Pero vamos a ver, señores españolísimos o pseudoindoeuropeos en general! ¡Que la civilización griega se extendió por el sur de Europa y el norte de África, y que en ella muy probablemente las razas importaban un pimiento! De hecho, en una de las escenas en las que aparece Helena, en el libro, se dice de ella que era de una raza diferente (canto XIV). ¡Oh, no, santo dios europeo, Homero era también woke! Otro ejemplo: al narrar Odiseo su inventada historia particular a Penélope, antes de traspasar cascos, cráneos, pechos y extremidades varias de pretendientes malvados, dice que «le acompañaba —a Odiseo, está hablando de él mismo en tercera persona— un heraldo un poco mayor que él, de quien también te voy a decir cómo era exactamente: caído de hombros, negra la tez, rizado el cabello y de nombre Euribates. Odiseo le honraba por encima de sus otros compañeros» (Canto XIX). ¡Es decir, que uno de los compañeros de aventuras, su amigo más querido, Euribates, era negro, válgame el cielo! Pues sí: nuestro rancio racismo moderno europeo no tiene nada que ver con aquellos tiempos.
De la presencia de Elliot Page como Sinón, el personaje que no aparece en la obra de Homero, pero sí en La Eneida, de Virgilio, y de la somanta de palos que le ha caído porque antes era Ellen Page, muy buena actriz, mejor ni hablo: solo digo que su actuación me ha parecido espléndida, y es muy importante para el hilo que nos quiere señalar Nolan, que considero esencial en estos tiempos.
Después de despacharme a gusto a partir de algunas de las críticas retrógradas que he leído y visto, ahora veamos si Nolan respeta lo esencial de Homero, o no.
El respeto de Nolan por la estructura de la obra original
La verdad es que leerme la obra de Homero ha sido un continuo: «¡Toma ya! ¡Pero si esto es casi igual en la peli!»; y eso me ha resultado genial, porque al mismo tiempo era un «¡Toma ya! ¡Esos listorros tampoco tienen razón en esto!». Voy a poner solo algunos ejemplos, aunque hay muchos más.
El inicio de la película y de la obra homérica son muy, pero que muy similares. Ítaca, la crisis de los pretendientes, Telémaco decidiendo que se va en busca de su padre, y su padre encerrado, durante siete años, en la isla de Calipso, que está enamorada de él y quiere correspondencia, pero no la consigue.
Luego, el esquema de presentación de las aventuras y, sobre todo, desventuras de Odiseo tiene también la misma estructura: aunque —supongo que por unificar y dar consistencia visual— algunos personajes de Homero se integran dentro de otros en la versión fílmica, lo que vamos viendo son los recuerdos de Odiseo, o de sus compañeros de fatigas, en la ida a Troya y, sobre todo, la vuelta a casa.
Los personajes esenciales están muy bien descritos, y de un modo muy parecido a lo que nos narra Homero: Penélope, Eumeo, Euriclea, Antínoo se asemejan mucho a los originales, pero también Menelao, Circe, Calipso o Atenea, que, configurados de un modo diferente al escrito, conservan, me parece, lo esencial de sus personalidades literarias.
En cuanto a las escenas de la narración de Odiseo, y a esa crítica sobre que parece que nuestro protagonista está siempre huyendo como si se tratara de un videojuego de plataformas, esa es precisamente la realidad de la obra de Homero: Odiseo y su tripulación acaban huyendo de casi todas las islas a las que llegan. Y, en fin, vale que la escena de los lestrígones —los gigantes—, sea breve en la película, pero es que en el libro lo único que se añade es un puerto, y al rey zampándose para el desayuno a uno de los hombres de Odiseo, y ni siquiera hay posibilidad de lucha, sino que directamente los gigantes hunden todos los barcos menos uno.
Incluso lo que ocurre en Ítaca, antes de la vuelta de Odiseo y durante ella, es muy, pero que muy parecido a lo que pasa en el libro. Vale: se añade una escena, y varias se retocan o eliminan, pero eso es normal, porque estamos hablando de una versión fílmica de una obra poético-teatral. Y porque, en fin, si lo que se está deseando es, por ejemplo, que se muestre a un personaje mientras le cortan las orejas, la nariz y la lengua, o el crudo ahorcamiento en masa de las siervas infieles que se han acostado con los pretendientes —esto lo narra Homero con pelos y señales—, yo qué sé, a lo mejor quien lo ansía debería hacerse ver cuáles son sus gustos, ¿no?
Hay, de hecho, algunas escenas que me parece que están muy bien narradas cinematográficamente hablando: el descubrimiento del engaño en el tejido y destejido del sudario, el modo en que Euriclea, la anciana sierva, reconoce a Odiseo por la cicatriz que le produjo el bocado de un jabalí, el sonido de la cuerda del arco, que, según el libro, es «semejante al hermoso trino de una golondrina» (Canto XXI), o el perro Argos son respetados por Nolan.
Incluso hay críticos que han señalado no sé qué de las vestiduras griegas, que si los cascos no tenían penachos ni nada de eso. No soy experto en el tema, pero Homero nos dice que Odiseo, en su venganza, se puso «un labrado casco —el penacho de crines de caballo ondeaba terrible en lo alto—» (Canto XXII). O es una equivocación que tiene dos mil y pico años de historia, o, al final, va a resultar que las pelis de romanos de toda la vida no eran tan erróneas.
Eso sí: tengo que reconocer que me ha dado un poco de pena que no aparezca Nausícaa —en realidad me da pena porque me encanta la película de animación de Hayao Miyazaki, Nausicaa del Valle del Viento, una maravilla de obligada visión—, ni su padre, el rey Alcínoo, pero, en fin, siempre es mejor que no aparezca, a que la conviertan en novia de Odiseo —un sueño húmedo para ciertos críticos que, por cierto, no se encuentra en el texto de Homero ni por asomo—, como pasa en la versión clásica, la de Kirk Douglas: me quería sacar los ojos al ver lo que pasaba allí con la jovencita, además de con sus vestimentas; o con la escena de Polifemo y su final de juego de campamento adolescente. Qué cosas. Prefiero al monstruo callado de Nolan, la verdad sea dicha, aunque el director se haya saltado el maravilloso chiste de «Nadie» (Canto IX).
La caída de una civilización como necesaria actualización
Voy terminando. Y lo hago con una reflexión, espero que breve, sobre el meollo de lo que Cristopher Nolan nos cuenta, partiendo de la obra de Homero.
Porque la mayoría de lo que no está en La Odisea de Homero, o lo que transforma el director de cine, tiene una razón profunda: la película es, además de un homenaje a la obra original, una reinterpretación desde el cambio de época en el que una civilización, en este caso la griega, pero en el fondo nos está señalando a nuestra modernidad, cae sin remedio por su traición a aquello que nos hace humanos.
Esto se ve en muchos puntos de la película que se convierten en parábolas de nuestra propia sociedad: el cambio entre Antínoo y Sinon como guiño a la injusticia de los tratos políticos de Occidente; la caída de Troya como parábola de la implosión de una civilización por su falta de respeto a lo mínimamente humano y sus consecuente brutalidad, siempre barnizada de supuestas virtudes como el honor y el triunfo; el discurso antibelicista que se da en las reflexiones de Odiseo, y que es consecuencia de lo que ha vivido y ha sufrido a causa de la guerra; su profundo sentimiento de culpa al haber perdido, como capitán, a toda su tripulación por no haber escuchado sus consejos, y que sustituye, en cierta forma, al determinismo religioso de la obra original, como he señalado más arriba; la pérdida de la memoria del protagonista como clave de la crisis que vive en la isla de la ninfa Calipso, y que me recuerda a la crisis de las redes sociales y la IA, cuyas consecuencias son, en cierto modo, muy parecidas a lo que le ocurre a Odiseo allí —y que también he observado, por ejemplo, en otra película que me ha parecido una bestialidad de obligado visionado, Buena suerte, pásalo bien, no mueras—, los cambios introducidos en la isla de Circe como parábola sobre el consumismo —y que, sin duda, son un homenaje a la mejor película de animación de la historia, El viaje de Chihiro—, la familia como único asidero posible en mitad del hundimiento de todo en la propia vida, o el final de la obra como búsqueda de la paz y de la reconciliación con todos, vivos y muertos —que, en fin, no puede no recordarme a la conclusión de la trilogía El Señor de los Anillos—…
Un último apunte, que me ha parecido especialmente significativo. El personaje de Antínoo, el más perverso también en el poema, en la película es desarrollado con más saña, y su muerte es, sin duda, lo que más diferencia ambas, porque muestra, creo yo, una distinción entre lo escrito y lo filmado. En la obra de Homero debe ser el primero enviado al Infierno, al Hades, con el arco de Odiseo, como clave de la venganza final. Pero en la obra de Nolan el antagonista debe morir el último, y toda la escena de acción conduce hacia ese enfrentamiento; aparte, en el filme esta batalla conclusiva está centrada en Odiseo y Telémaco, mientras en el libro Eumeo y Filetio forman parte más activa de la cruel salvajada final, y Penélope está dormida por obra de Atenea. Son dos formas complementarias, creo yo, de narrar una realidad para ofrecer una moraleja diversa: la escrita invita a quienes leen o asisten a la representación a volver a los dioses, al sacrificio, a la sumisión a la voluntad de aquellos de los que depende todo lo humano; la rodada, nos hace conscientes de que estamos al final de una época histórica, y nos invita a volver a la familia y a las raíces, y a navegar más allá de todos los mares buscando un amanecer nuevo.
Conclusiones «de aguda espada colgando del muslo»
En definitiva, creo que Odiseo es, para Homero y Nolan, un antihéroe total, y que en él se dibuja todo aquello que forma parte de la crisis de la vida, para enseñarnos, con todo lo que le pasa a él, aquello que no hay que hacer, y también las decisiones que se deben tomar si se quiere volver a la serenidad y a la paz. Esto se cuenta de un modo diferente en ciertos personajes, situaciones y escenarios, pero la coincidencia de ambas tragedias me parece que es muy clara, y me gusta cómo Nolan, partiendo de lo original, ha construido su propia visión de un personaje cuyo significado va más allá de la literatura, el cine o la cultura.
Por supuesto, se puede interpretar la visión de Nolan como una horrible herejía «de eunuco» contra la obra de Homero. Yo solo pido que, si se hace esto, se sea coherente, y no se tome como inamovible, de la obra casi trimilenaria, solamente aquello que al crítico le sale de debajo de la cintura —cuando, encima de todo, en gran parte se lo inventa, todo hay que decirlo—, porque eso, permitidme la osadía, huele a podrida ideología a kilómetros de distancia. Esto es precisamente lo que he visto en la gran mayoría de supuestos culturetas hispanos retrógrados que ansían que, yo qué sé, La Odisea fuera una obra de un tradicionalismo al que hubiera que regresar o algo así, y que deducen que Nolan, por tanto, es el mismo demonio porque la ha convertido en un panfleto woke vomitivo. Solo puedo decirles que esta opción interpretativa habla muy poco de lo que narra Homero, y mucho más de las deleznables ideas idiotas y asombrosamente imbéciles —porque, como he señalado, nada tienen que ver con el texto original— de ellos mismos, dado que son quienes están traicionando a la obra homérica con sus propios rebuznos.
Termino con un texto de Clemente de Alejandría, que pone al héroe griego como ejemplo de lo que un cristiano debe hacer. Porque, aunque los cristianos de los primeros siglos no solían ir al teatro a ver producciones politeístas, sí que aprendían de los personajes de su propia cultura, y los usaban como parábola de la propia vida. Ahí va eso, como homenaje a Odiseo escuchando el canto de las sirenas, atado al mástil de su negro navío.
Huyamos, compañeros de navegación […]; esquiva el canto que trama muerte; con solo quererlo habrás superado la perdición y atado al mástil estarás libre de toda corrupción; el Logos de Dios será tu piloto, y el Espíritu Santo te hará desembarcar en los puertos de los cielos. […] Apresurémonos, corramos, los seres humanos que somos imágenes del Logos, enamorados de Dios y semejantes a Él. Apresurémonos, corramos, tomemos su yugo, lancémonos a la incorruptibilidad, amemos a Cristo, el hermoso conductor de la humanidad —El Protréptico, libro XII, 118.2.4, 121.1—.

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