• Llamas, J.M.

La tormenta pálida







Escucha, para ir abriendo boca, la banda sonora de mi nueva novela, que se ha publicado en Amazon KDP (pulsa aquí) a finales del mes de mayo de 2022.




Año 2030. La inestabilidad económica, política y social ha llevado a urbes divididas internamente: por una parte, los territorios de ciudadanía, que disfrutan aún de las ventajas de la sociedad del bienestar; por otra, los exteriores, donde malviven miles de personas sin derechos ni oportunidades definidos. La policía militar ha sustituido al ejército, y un nuevo proyecto, «Vigilantes de Primavera», se anuncia como la solución a la cada vez más alarmante inseguridad.


Aquí tienes una novela de ciencia-ficción que comencé a escribir como distopía, pero, por los virajes de este cambio de época, se ha ido pareciendo cada vez más a la realidad a lo largo de su elaboración.


En este fruto de la aventura de «Las Sombras» aquellos niños ochenteros tienen ya más de cincuenta años, y el mundo de su infancia ha desaparecido entre la niebla gris de un radical cambio de época. Paradojas temporales, resistencias, homenajes míticos (los títulos de los capítulos son una sonora muestra de ello), inteligencias artificiales, espías, manipulación genética, crítica social, acción y aventura se entremezclan en el escenario de una Málaga que vive un porvenir caótico de profunda crisis.


Gracias por unirte a las andanzas de Ani, el Figura, el Lopo y sus viejos y nuevos amigos. ¡Disfruta la Vida!




Y aquí, la presentación y el primer capítulo. Por si te animas. Recuerda que todo lo que se saque con esta novela irá destinado a Cáritas. ¡Gracias por leer!



Presentación

¡Hola, querida lectora, o querido lector! Aquí tienes unas breves líneas de presentación de esta locura hecha novela, que, en fin, puedes comenzar a leer sin estas palabras. Sin embargo, quizás te aclaren algunas extrañezas que forman parte de la estructura de estos quince capítulos de ciencia–ficción y aventura enclavados en el cambio de época que vivimos.

En primer lugar, sé que parece muy estrafalario escribir una novela e insertar una banda sonora dentro. Y no voy a decir yo que no lo sea. Pero es algo que ha ido surgiendo a medida que brotaban los párrafos. Primero fueron las cabeceras de cada capítulo, que están escogidas de la discografía del, para mí, mejor grupo de la historia del rock español, 091, con un párrafo de la letra de cada canción como cita introductoria. He pretendido (aunque no sé si lo he conseguido) que el título de la tonada del capítulo en cuestión refleje lo que ocurre en su interior. ¿Y por qué 091, con la de grupos que hay por ahí? Porque, sinceramente, me parece que reflejan como nadie la penumbra de este tiempo que vivimos, y que nos conduce al fin de la modernidad. Partiendo de aquí, he querido añadir dentro de la acción una serie de canciones, fundamentalmente de grandes, al menos para mí, grupos de rock, que también expresan, unas más directamente y otras de forma velada, lo que sienten los personajes, o lo que se refleja en la escena narrada.

En segundo lugar, esta es la continuación de «Las Sombras», novela ochentera que escribí en 2016. Por tanto, lo que pasa aquí está basado en lo que ocurría u ocurrirá allí, y situado en un tiempo intermedio entre los dos extremos. Y esa es otra de las particularidades de estos cientos de páginas: la paradoja espacio–temporal. La estructura de la narración tiene a veces saltos hacia delante o hacia atrás que, con cierta paciencia, hay que recomponer como si el lector se hubiera metido en aquella grieta temporal de la primera novela. Espero que no se te haga muy difícil y que, si lo que era una genial idea se ha convertido en una incomprensible realidad, me perdones.

Otra advertencia: aquí seguirás encontrando múltiples referencias cinematográficas. Me parece que el cine es, al menos en parte y lo queramos o no, la nueva literatura, y soy un cinéfilo empedernido y quizás un poco freak (o mucho). Así que, junto a estilos literarios que he incorporado a base de lectura, tendrás que soportar guiños, algunos muy claros, incluso con notas a pie, y otros más escondidos, a películas variadas.

Una última llamada de atención. Esto es una distopía, pero he querido reflejar de forma realista, y a veces muy surrealista, algunas de las claves que, cuando miro el futuro, veo presentes hoy. Es mi manera de hacer crítica social a la implosión cultural moderna que, me parece, estamos atravesando. La esperanza no es creer que todo va a salir bien, sino entrar en la oscuridad de un futuro próximo que amenaza ser más negro que la boca de un lobo, con la luz de la entrega de la vida. Así me lo han enseñado siempre, y así espero estar aprendiéndolo.

Nada más. Deseo que disfrutes de esta curiosidad literaria, con la que he pretendido que puedas echar un buen rato y, al mismo tiempo, se queden colgando en tu conciencia una, dos o veinte cuestiones. Que esto de ser cura también se tiene que notar en algo, digo yo. ¡Gracias por leer!

A mi familia, que me lo ha dado todo.

A mis padres, Antonio y Gloria;

a mis hermanos, Antonio y Encarni, y a mi cuñado, Ángel;

a mis sobrinos, Victoria, Paula

(que, sorprendentemente para mí,

han disfrutado leyendo «Las Sombras»

y esperaban con impaciencia esta segunda parte)

y Bruno

(que es más de dibujar e imaginar

que de leer, por ahora…).

¡Gracias!

A tantas personas como me han enseñado a vivir

y a narrar; especialmente a mi abuelo, Manuel,

que también está presente en una esquinita

de esta aventura.

A Dios. Porque, sin Él, no seríamos nosotros.


«¿Cuál es el precio de las mentiras? No es que las confundamos con la verdad. El peligro real es que, si oímos suficientes mentiras, ya no podemos reconocer la verdad en absoluto. ¿Qué hacer entonces sino abandonar la esperanza de la verdad y conformarnos con historias? En estas historias no importa quiénes son los héroes: todo lo que queremos saber es

a quién culpar».

Dr. Valery Legasov, Chernobyl.

«Ni siquiera los medios más sofisticados podrán lograr hacer una cosa: la ternura. […] Acercarse al prójimo, para marchar adelante, para curar, para ayudar, para sacrificarse por el otro».

Papa Francisco, audiencia general 30–9–2020.

1. Una sombra

Hay un mar profundo que se agita,

presagiando la tormenta hoy.

091

En cada esquina de la ciudad se reflejaba la herrumbre del brillo de un pasado bullicioso, alegre, próspero, como si una ola de esplendor, tras entrar por la bahía y barrer plazas, calles, hostales, hoteles, restaurantes, chiringuitos, tiendas, museos y monumentos, se hubiera retirado arrasando con todo en un momento, sin dar tiempo siquiera a bajar las cancelas de los negocios.

Terrazas de bar con sillas y mesas de plástico desvencijadas y rotas; monumentos de muros salpicados de musgo al norte y matorrales al sur; hoteles con rótulos en los que sobrevivían la mitad de las letras; museos cerrados a cal y canto por falta de visitantes llegados de allende las fronteras; grúas que nunca terminaron de subir materiales de construcción a rascacielos que jamás se concluyeron; antigua pulcritud enfermiza sustituida por la tradicional dejadez mísera; aceras en otro tiempo resplandecientes convertidas en esquirlas de mármoles o terrazo entre socavones de arena y mezcla.

Una pintada descolorida en plena calle Larios resumía con melancólicos trazos la sensación de cualquier viandante al atravesar aquel deprimido centro histórico:

Habrá que admitir que el futuro ya no es lo que era; a punto de verle la cara a la posteridad. Sé que estoy condenado.1

Nadie paseaba ya despreocupadamente. Habría que estar mal de la cabeza para arriesgarse a caminar sin ninguna razón, aunque no había razón alguna para no hacerlo. El miedo se había instalado en el corazón de los ciudadanos, que no necesitaban prohibiciones para no hacer lo que había dejado de ser costumbre. Aquellos que se jactaban hacía un par de décadas del nivel de progreso alcanzado por la humanidad todavía seguían preguntándose cómo era posible que se hubiera llegado a esta situación y, sobre todo, quién tenía la culpa.

La gente parecía haberse encerrado en sus pequeñas cápsulas de salvación de redes, conexiones y tecnología solo apta para los habitantes con derechos, que no eran todos. Una gran mayoría de personas excluidas de la ciudadanía social inundaba las zonas exteriores a las murallas, que ya no estaban hechas con piedras y terminadas en almenas, sino a base de alarmas y divisiones invisibles controladas por rastreadores de posición y sistemas electrónicos de reconocimiento de identidades. Occidente había pasado en pocos años de ser una balsa de aceite regada con derechos y búsqueda de felicidades superficiales, a entrar en la necesidad imperiosa de proteger a unas élites minoritarias que intentaban resguardarse de la tormenta cruel en que se había convertido la realidad.

El sol de febrero iluminaba débilmente el asfalto desgastado de la calle entre la densa niebla que se arremolinaba por doquier. Dos jóvenes doblaron la esquina corriendo a grandes zancadas. Un pitido molesto los acompañaba.

―¡Calla ya eso, tío! ―gritó uno de ellos.

―¡No puedo! ―contestó el otro, sacando del bolsillo del pantalón un cuadrado iluminado en el que brillaban intermitentemente las palabras «Robo de propiedad privada. Ocupación no autorizada de territorio. Vuelva a su sección», y tocando la pantalla y todos los botones del dispositivo.

―¡Que lo tires, coño! ¿Para qué lo quieres? ¡Tenemos aquí de sobra! ―le espetó el primero, señalando el bolso que llevaba apretado contra el pecho.

El compañero de carrera le hizo caso al fin, y lanzó el artilugio aullador a uno de los balcones del primer piso junto al que pasaban. Era un joven alto, muy delgado, con la cabeza rapada y dos pendientes desmesuradamente grandes en la oreja izquierda. Sus botas de punta metálica chasqueaban al chocar contra el suelo en cada paso.

Justo delante el otro, más bajo, de espalda ancha, melena castaña, barba picuda y nariz aguileña y torcida, buscaba algún escondrijo donde resguardarse, paseando sus inquietas pupilas por cada puerta y ventana, todas cerradas a cal y canto.

―Nos van a pillar. ¡Nos van a pillar!

―Sigue corriendo. ¡Vamos!

En la bocacalle hacia la que se dirigían se encendió una potente luz blanca, que atravesó la espesa bruma y cegó momentáneamente a ambos.

―Les habla la policía militar. Han cometido una infracción por invasión de territorio no autorizado y hurto. Vamos a proceder a su detención. No se resistan, no intenten escapar ni se muevan. Es inútil.

Ambos jóvenes pararon en seco. Miraron de nuevo hacia el extremo por el que habían entrado. Una sirena todavía lejana se dirigía a aquella esquina. Estaban atrapados.

―Si no oponen resistencia la condena será más leve. Ya saben que la justicia tiene que cumplir su obligación: no es culpa nuestra que se hayan saltado la ley.

―¡Que te den a ti y a tus leyes, hijo de puta facha! ―gritó el melenudo, extendiendo el dedo corazón de su mano derecha. Tres soldados se preparaban, detrás del coche patrulla, para aturdirles con armas de mano.

―¿Qué hacemos, tío? ―preguntó el rapado―. Yo lo veo muy complicado. Imposible. De esta no salimos.

―Y yo qué sé. ¿Te has creído que tengo poderes, que sé caminar por las paredes o algo así? ―le respondió el otro, cruzando los brazos―. Eso sí: ¡no me cogeréis sin luchar, cabrones!

―¿Pero qué estás diciendo? ―preguntó, gritando con voz muy aguda, el de los zarcillos―. ¿Has traído un arma secreta que hace desaparecer coches y militares? ¡Pues sácala, tío!

―¡Sí, ja ja ji ji, muy gracioso! ―exclamó, sarcástico, el melenudo―. ¿Entonces qué, nos dejamos coger como corderitos? ¿Me has visto cara de corderito, eh? ¿Te parece esta la cara de un borrego? Beeee, beeee…

―¿Pero qué hacen? ―preguntó un agente a otro, detrás de la luz blanca, al fondo de la calle―. ¿Se están peleando entre ellos?

―Pssst. Pssst ―se escuchó entre las sombras.

La puerta de entrada al edificio junto al que se encontraban los dos jóvenes se entreabrió. Ambos miraron hacia el origen de los susurros en forma de llamada, dirigidos a ellos.

―Rápido. Entrad ―les dijo una voz ronca, al tiempo que un brazo salía y un dedo índice se movía invitándolos a seguirlo.

―¿Eh? ¿Quién eres? ―preguntó, con los ojos entornados, el más bajo.

―Si queréis conservar vuestros culos enteros entrad, imbéciles ―refunfuñó la voz.

Los dos jóvenes se miraron, se encogieron de hombros y corrieron mientras el policía del altavoz les aseguraba que de no permanecer quietos recibirían una descarga. El tiro llegó tarde: justo mientras se cerraba la puerta por la que acababan de desaparecer.

―¿Nos estás ayudando? ¿Quién eres? ―preguntó el pelado, trastabillando y respirando entrecortadamente.

―¡Seguidme, y calladitos! ―respondió el personaje de la voz ronca, vestido de arriba abajo de gris oscuro, con un extraño pasamontañas acabado en unos pequeños triángulos con forma de orejas de gato en lo alto de la cabeza, justo antes de empezar a correr pasillo adelante.

Sin poder perder un instante, sabiendo que era su única vía de escape, los dos jóvenes fugitivos siguieron al personaje a todo lo que daban sus piernas y bajaron de tres en tres los escalones de una escalera a medio iluminar. El guía abría y cerraba puertas aquí y allá, atravesando pasillos, pasadizos, túneles o callejuelas que ahora doblaban hacia la izquierda, ahora hacia la derecha, subían o bajaban. En poco tiempo ninguno de los dos podría haber asegurado dónde se encontraba realmente, o cómo señalar al norte o al sur. Entonces el melenudo dijo, aprovechando la llegada a una puerta cerrada, mientras intentaba tomar aire:

―¡Para, por favor! ¿Qué… es esto? ¿Quién carajo eres? ¿Por qué nos… estás ayudando?

―Os he dicho que me sigáis. Cuando estemos seguros te explicaré lo que pueda. ¡No os paréis, que todavía pueden encontrarnos!

Volvió el silencio, y siguió la huida. Los pasos resonaban huecos en callejones que cruzaban sótanos, galerías escondidas que atravesaban de un edificio a otro, pasarelas y escaleras de mano que conducían desde una terraza a la siguiente. Al fin, llegados a una especie de patio interior techado en medio de un hotel a medio construir, producto de la última fiebre del ladrillo, casi una década atrás, el improvisado guía se volvió. Pidió silencio colocando su dedo índice ante la máscara que le ocultaba el rostro, y se dejó ver. Era una mujer joven que los miraba con las cejas enarcadas y una expresión paradójicamente divertida. Se atusó la melena azabache, cruzó los brazos, suspiró, tomó aire y les dijo:

―Vale. Ahora os puedo contestar, aunque no nos debemos dormir en los laureles. Llevo en el cuello del traje un distorsionador de voz, porque creemos que esos nuevos relojes que salieron hace cosa de un año son capaces de reconocer y seguir el tono del habla no solamente de los dueños, sino de los que están cerca. Todavía nos hacen falta pruebas, y saber calcular la distancia mínima de seguridad, pero estamos en ello. Se ve que es una forma nueva de control de la población que se une a todas las anteriores: lectores de pupilas, GPS, redes sociales, chips en apéndices electrónicos y, en fin, todo eso que ya empieza a ser tradicional. ¿Y por qué os estaba diciendo esto? En fin, da igual. Varias cosas que aclarar. Primero: mi nombre no importa ahora mismo. Lo único que me tenéis que decir es si queréis uniros a nosotros, o coger carretera y manta y poneros en manos de la policía militar, que dará con vosotros, no os quepa duda, en muy poco tiempo. A todo esto, ¿habéis traído encima algún aparato electrónico? Reloj, móvil, pulsera, lentillas inteligentes, auricular, cascos Bluetooth… Lo que sea.

―No. ¿Verdad? ―dijo el melenudo.

―Este… ―repuso el rapado.

―Ponlo aquí en lo alto. He dicho «Lo que sea» ―terció la mujer, volviendo a colocarse el pasamontañas y señalando una mesa que había en el centro de la habitación.

El joven se sacó de la oreja derecha un minúsculo auricular, y un pequeño reloj del bolsillo, y los colocó allí. La mujer cogió un reducido martillo del cinturón que llevaba adherido al mono gris y lo abatió sobre los dispositivos.

―¡Joder! ¡Eran nuevos! ―protestó el joven.

―No te lo crees ni tú ―repuso ella―. Tranquilo, por el tiempo que hace que salimos corriendo no han podido encontrar la señal todavía. Aunque seguro que ya saben perfectamente quiénes sois, dónde vivís y qué lugares frecuentáis. Menos mal que llevabais guantes. Total, que puedo pareceros un poco paranoica, sí. Y no voy a deciros que no lo sea: en estos tiempos todos estamos más o menos colgados. Pero os aseguro que no tenéis ni idea de nada de lo que está pasando. Si fuera así, tendríais más cuidado. Contestad: ¿Os unís, o carretera?

―Pues no sé. Yo estoy ahora mismo flipando en colores. ¿A qué viene tanto ocultarse y tanto… no sé, todo esto? ―preguntó el joven de las melenas, señalando los restos de los artilugios aplastados.

―No queréis uniros. Está bien. Entonces, a tomar por culo. No tengo ni un segundo que perder ―dijo la joven, abriéndoles la puerta que estaba frente a la que habían utilizado para entrar.

―No, mujer: es que… yo qué sé.

―La pregunta es muy sencilla. Y la respuesta debe ser clara: sí, o no.

―Sí ―contestó el de la cabeza rapada, dando una palmada―. Yo me uno. ¡A la mierda, tío! Esta parece que sabe algo de eso que decimos nosotros todos los días: que aquí hay muchas cosas que huelen a podrido. Estoy harto ya de que nos pongamos a hablar de lo mal que está todo, comiendo pipas en cualquier esquina, y después salir a robarle tonterías a los ricos para poder sobrevivir y ya está. Que lo de robar cada día está más difícil, también te lo digo.

―Vale. Pues nada, nos unimos. A ver qué cojones voy a hacer yo solo por esas calles ―dijo, encogiendo los hombros, el de la nariz larga―. Por cierto: me llamo Federico.

―Ramón ―añadió el de los zarcillos.

―Está bien ―la mujer joven se volvió a quitar el pasamontañas―. Gracias por decir cómo os llamáis, aunque en general no es una buena idea, de aquí en adelante, eso de ir anunciando por ahí vuestro nombre real, con vuestra voz auténtica. Pero poquito a poco. Yo todavía no os voy a decir el mío porque no necesitáis saberlo: no nos hemos hecho amigos ni nada de eso. Lo que sí os tengo que explicar brevemente es quiénes somos, por qué os he invitado a que os vengáis conmigo, además de para que no os metan en la cárcel, y qué queremos. ¿Has mirado lo que había dentro de ese bolso que habéis mangado? ―preguntó de repente, señalando el bulto que aún escondía Federico bajo el jersey.

―Esto… Claro que sí, mujer… ―respondió este, sacándolo y enseñándolo―. Verás, hay aquí algunas cosas que están muy bien, como… ―abrió la cremallera y empezó a rebuscar―. La verdad, no sé lo que hay ―reconoció. La mujer se lo quitó de un manotazo.

―¿Que no sabes lo que hay? ―le gritó, furiosa―. ¿Os he traído hasta aquí, y ahora me dices que puede que ahí dentro lleves, no sé, treinta dispositivos señalando nuestra posición, como si fuéramos una atracción de feria, o escuchando nuestras voces, como si fuéramos los mismísimos Arcade Fire?

―¿Como si fuéramos qué? ―preguntó, arrugando la nariz, Ramón.

―Esto… Lo siento ―se disculpó Federico, bajando la mirada―. Te voy a decir la verdad: yo no soy un héroe, ni nada por el estilo. De hecho, soy un ladrón de mierda. Y, en fin, no sé por qué has querido salvarnos, en serio. ¿Pasabas por aquí, o ibas buscándonos por algo que… no me explico?

―Anda, que me tienes contenta. No os he dicho que me sigáis porque seáis héroes, tonto. Yo tampoco soy Wonder Woman, ¿sabes?

―¿Guonder qué? ―preguntó Federico.

Wonder Woman, tío ―le aclaró Ramón―. ¿No te acuerdas de…? La verdad es que yo tampoco me acuerdo. Lo siento.

―¿Cuántos años tenéis, quillo, diez? ―preguntó, retóricamente, la joven―. En fin, es una suerte haber crecido entre frikis. Bueno, a lo que vamos. A ver qué tenemos por aquí ―vació el contenido del bolso encima de la mesa―. ¡Hay dinero! Un punto a vuestro favor, porque de esto queda hoy en día poco. Bien hecho. ¿A quién demonios le habéis robado?

―Yo qué sé ―contestó Federico―. Una señorona de una de esas casas de lujo que hay detrás del monte.

―Vale. Por eso tiene dinero, un bien ya escaso hoy día: esa gente sabe quién manda aquí, y cómo guardarse las espaldas. O a lo mejor pertenece al grupo de los que mandan aquí. Interesante. En fin: lo demás no nos interesa. No hay comida, ni bebida, ni… ¡Oh, medicinas! ―exclamó, sacando un paquete azulado de cápsulas―. Para calmar el dolor. Y para la tensión también ―sacó otro, con una franja anaranjada―. Está bien. Vámonos de aquí zumbando, y dejamos el bolso, que no me fío un pelo ―sacó un mechero y le prendió fuego al interior, metiéndose luego el dinero y las cajas de pastillas en el cinto.

―¿Pero qué haces? ―preguntó, señalando la llamarada, Ramón.

―He dicho que dejamos el bolso, pero imagínate que lleva dentro, no sé, en algún hueco escondido que no voy ahora a ponerme a buscar, un localizador, o un chip, o cualquier monada de esas. Así que lo estoy quemando. ¿Algún problema?

―No, ningún problema ―repuso el joven―. Eso sí: me parece que estás un poco pallá con los localizadores esos.

―¿Dónde habéis estado viviendo los últimos años, por Dios? ―refunfuñó la mujer, cruzándose de brazos―. Me parece que os voy a tener que enseñar un par de cosas o tres. O trescientas. De todas formas, mirándoos así de abajo arriba, tenéis potencial. No se puede negar. Estáis muy verdes, pero tenéis potencial. Y nos hace falta gente con la mano un poquito larga, que sepa entrar en los sitios sin que se note y pillar cuatro cosillas de acá o de allá.

―Oye, tía, ¿a ti qué te pasa? ―refunfuñó Ramón, señalándola―. Estás aquí soltándonos un rollo como si fueras nuestra madre, pero, no sé, a mí me parece que eres más joven que nosotros. Seguro que no has cumplido los treinta, ¿verdad? ¿Eh?

―¿Y quién eres? ¿Se puede saber, ya que estamos cogiendo confianza? ―preguntó Federico, con la cara muy seria.

―No he cumplido treinta, no, pero he vivido una vida dura, chavales. Supongo que igual que vosotros. Y también feliz, aunque no os importe mucho. ¿Que quién soy? Yo soy «La Sombra» ―dijo la mujer, colocándose de nuevo la máscara con las orejas gatunas, con voz de ultratumba.

―¡La Sombra! ―exclamó Ramón, dándose una palmada en la frente―. ¡No me lo puedo creer! He escuchado hablar de ella. ¿Eres tú? ¡Joder, yo pensaba que era un cuento chino!

―Un cuento chino fue con lo que empezó todo esto. Me pilló en el instituto. Vosotros, no sé, seguro que estabais en la guardería ―ironizó―. Después nos dimos cuenta de que no era un cuento, claro ―hizo memoria la mujer―: vinieron las culpas, la mentira aceptada y utilizada como arma, el fiasco de las democracias y del horizonte de la globalización moderna, y así hemos llegado a este momento tan chungo en el que nos encontramos. Total: que no me hables de cuentos chinos. Por ser precisa, os diré que en realidad yo no soy La Sombra ―terminó afirmando, mientras abría una puerta que daba a un pasillo tenebroso―. Nosotros somos La Sombra. Aprended a no desafinar.

Tocó su reloj, y sonaron los acordes de How not to drown.2 Después entró en la oscuridad. Los dos jóvenes permanecieron al otro lado, mirando de reojo hacia delante, sin saber qué hacer. La mano de la mujer surgió, agarró a Federico por la solapa y tiró de él. Fue engullido por las tinieblas, con un gemido de pánico. Ramón miró el umbral lóbrego, sonrió y se colocó las manos en la cintura.

―En fin. No vamos a estar peor que hasta ahora ―y, dando un paso hacia atrás para impulsarse, saltó hacia lo desconocido.

1Condenado, 091, La otra vida, 2019.

2Chvrches & Robert Smith, Screen violence, 2021.

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