• Llamas, J.M.

Sin Perdón, de Clint Eastwood




«Unforgiven». ¿Por qué llamar así a una de las mejores películas del Oeste de todos los tiempos? Esa pregunta me ronda la cabeza siempre que veo esta obra maestra. Y en las muchas críticas que he leído nunca he hallado respuesta.


No: no me voy a poner a detallar aquí las asombrosas cualidades de esta cinta, porque no soy un experto en crítica cinematográfica. Y porque podría estar horas y horas escribiendo: solo la apertura y el cierre, con la misma escena crepuscular y ese texto que marca todo el metraje a fuego, daría para mucho. Para muchísimo.


Pero precisamente el sentido del título puede que esté en su prólogo. Porque Clint Eastwood no hace cine por hacer cine, sino que cuenta historias, normalmente de redención, procurando no condenar a sus personajes, no tomar partido, no caer en la división entre "buenos" y "malos" que se ha vuelto algo tan común y horripilante en nuestra cínica sociedad fariseo-ideológica. Él narra la historia dejando que sean las acciones las que juzguen a cada personaje. Por eso, podemos hacer la pregunta: ¿quién es el que está sin perdón? ¿Quién es el imperdonable? ¿Quizás William Munny, su particular héroe?


Nadie en realidad. Porque el protagonista de esta película no es un hombre, sino una mujer. Una mujer que no aparece nunca, pero que siempre está ahí. Solo vemos su tumba, con un nombre grabado en madera: Claudia Feathers Munny, la difunta mujer del sanguinario pistolero retirado, al que da vida Clint Eastwood. Ella fue la que le cambió la vida, la que lo sacó de la violencia, el robo y el alcoholismo, y le dio paz, una familia y un rincón en el que vivir. Y su sombra se alarga a lo largo de cada escena: aparece en cada conversación y en cada pensamiento de William. De hecho, cuando este se convierte nuevamente en forajido, obligado por el despiadado asesinato de su amigo, su mujer ya no vuelve a coincidir en la memoria con él: en el epílogo será él quien ha desaparecido, y su mujer la que permanece. Pasa exactamente lo mismo que en «Million Dollar Baby»: el protagonista masculino debe tomar una decisión imposible e inaceptable, y después de llevarla a cabo desaparece. Por tanto, el imperdonable protagonista de esta historia ya ha sido perdonado por su mujer, aunque ni él siquiera pueda aceptarlo.


Todos los demás personajes que aparecen son perdedores en un mundo, el Oeste americano, que se va desmitificando hasta que no queda nada en pie: un viejo pistolero de asombrosa puntería que ya es incapaz de matar a nadie; un joven vaquero que, aparentando estar en camino de ser un mito, resulta un pobre diablo; un sheriff justiciero que no es sino injusto y cobarde; un asesino inglés que ha convertido sus macabras matanzas en épicas historias que muestran ser mentira; un biógrafo cobarde que, cual político actual, es capaz de cambiar de bando varias veces en la misma escena por pura supervivencia... El único personaje que no se toma en serio a sí mismo, pero que deja claro que lo que cuentan de él es verdad en una de las mejores conclusiones que ha visto la historia del cine, es William Munny.


Aparte de estas pinceladas, hay muchos valores que merece la pena tener en cuenta a la hora de disfrutar de esta maravilla del séptimo arte.


  • La violencia siempre se pone en entredicho, y su sinsentido queda claro desde el principio hasta el final. Quizás la escena más descriptiva en este aspecto es el absurdo asesinato, en mitad de una colina, del más joven de los dos hombres que habían cortado la cara a la prostituta, acción que desencadena todo lo que ocurre en el film.

  • Es una película feminista en el sentido más profundo de esta palabra, antes de que las ideologías terminaran por convertir en excremento cualquier término. La dignidad de la mujer brilla especialmente: los personajes femeninos, comenzando con la tumba de Claudia Feathers, siguiendo con Sally, mujer de Ned, y su mirada, y terminando con las prostitutas, especialmente Delyla y su cara llena de cicatrices, juzgan a los masculinos sin necesidad de discursos grandilocuentes, simplemente con su presencia. Sin duda, la mirada más sorprendente es la de Delyla hacia el joven vaquero, que la había sujetado mientras el otro le cortaba la cara, cuando este quiere ofrecerle su mejor yegua como remisión por el acto cometido.

  • Ningún personaje resulta ser "el bueno", y ningún personaje es absolutamente "el malo". La complejidad de cada uno de ellos, incluido Little Bill, el violento sheriff incapaz de construir su propio hogar, es impresionante.

  • La amistad es otro de los grandes valores. La última escena, la venganza por el amigo asesinado, no es luminosa. Al contrario: es terroríficamente tenebrosa, pero queda claro que William Munny vuelve a convertirse en el personaje que, gracias a su mujer, dejó, solo para castigar a los responsables de la muerte de su amigo y sus cómplices, como si de un jinete apocalíptico se tratara, claro guiño a «El Jinete Pálido».

  • Las reflexiones de William Munny van más allá del mundo en el que vive. La posibilidad de la conversión, el miedo a la muerte, la amistad, el amor fiel, la misericordia, el respeto a los más débiles quedan muy claros.

  • La impresionante desmitificación que Clint Eastwood realiza sobre el mito del "Western" y, con él, sobre el mundo moderno, es demoledora, siguiendo la estela de John Ford y su «El Hombre que Mató a Liberty Valance». Desde luego, haría falta hacer algo así con el cine de superhéroes, el nuevo mito de la "religión científico-técnica" actual, cuya cúspide es la Marvel. Ha habido algunos intentos, como "Kick Ass", "Watchmen", «Deadpool» o "The Boys", pero ninguno ha llegado a la maestría radical de Eastwood.

  • Terminemos con la escena inicial de la película. En ella resplandece el poder del amor, capaz de cambiar el destino de un hombre que parecía condenado a ser un forajido para siempre. El amor y la fidelidad, tan importantes en el cine del viejo Clint, aquí son una brújula.


En definitiva: si quieres enamorarte del cine y, de paso, disfrutar con la visión del mundo de uno de los más grandes pensadores del celuloide, aquí está «Sin Perdón». Después, Clint Eastwood no ha vuelto a hacer ninguna película del Oeste. Aunque, en el fondo, muchas de sus cintas llevan el sello del Western grabado a fuego: desde «Gran Torino» a «Space Cowboys», desde «Invictus» a «Mula». Porque, aunque el viejo vaquero se vista de astronauta o de Mandela, viejo vaquero se queda.

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