Post Rigorem Mortis

30/12/2015

 

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Málaga, treinta de diciembre del año en curso, dos mil ciento quince.

 

Suelo ser parco, estimado lector, en mis descripciones cuando se trata de acoger, a lo largo de palabras que se van entrecruzando hasta formar expresiones de singulares estructuras y extensiones, en un texto lugares sobre los cuales poco o nada se debe añadir a lo medianamente imprescindible para que una imaginación tenue atine colocando cada objeto en su preciso puesto.

 

 

Tras la caída del día, resucité en la habitación de siempre: cama al centro, sillón a la derecha, armario empotrado al frente, mesilla de noche blanca a la izquierda, cuadro de la Virgen del Carmen encima de esta, Crucificado medio metro sobre el inexistente cabecero de la cama.

 

Se habrá preguntado usted, si ha leído con atención, qué significa la expresión resucité, y habrá llegado, sin mucho esfuerzo, a la conclusión de que el autor pretendía dar un tinte simbólico a la acción o efecto del despertar. Pues no. Resucité. En serio.

 

Cada noche, resucito. No puedo evitarlo, naturalmente, si he muerto durante el día en curso, aunque ni lo último es necesario ni, como consecuencia, lo primero se produce de no haber existido su causa.

 

¿Y qué le voy a hacer? Si quieren buscar culpables, ahí tienen a MC, aunque no les aconsejo que la molesten: por trigésima séptima vez, se le ha muerto el canario. Le he recomendado que no compre uno nuevo, para no tener que soportar, cada pocos años, su depresión posterior al estiramiento de ala del volátil, pero no hay manera. También le he sugerido que al próximo le aplique unas gotas de su viscoso flujo sanguíneo, pero tampoco: dice que con lo que me hizo a mí va habiendo de sobra. Así que aquí estamos, una vez más, de duelo por un puto canario.

 

 

Ya he hablado en otras ocasiones de la singularidad de nuestra posición, así que esta vez seré breve: seguimos siendo los únicos vampiros de Málaga. De hecho, yo soy el segundo porque ella, anteriormente única, vino y me dio su sangre durante una noche adolescente, centurias ha. Y hay varias cosas que, de nuevo, quiero dejar claras:

 

  • No nos convertimos en ceniza al contacto con el astro rey, si bien es verdad que jode bastante, el muy cabrón.

 

  • El ajo no nos parece más desagradable que a cualquiera que esté vivo. No lo comemos a boca llena, pero qué carajo: seguro que usted tampoco.

 

  • Como no somos demoníacos, llevo, además de la cruz que le he mostrado hace poco justo encima de mi testa mientras duermo, otra colgada al cuello. Y no me provoca urticaria.

 

  • No somos adolescentes de cuerpos perfectos estúpidamente conservados a lo largo de los siglos, ni adefesios vomitivos. Mi compañera de andanzas está bastante buena, pero nunca ha querido que vayamos más allá de una sana amistad sin derecho a sobeteo, para mi desgracia. Yo soy un tipo del montón tirando a feote, y desde que tenía un par de décadas, hace ya muchísimas, no he cambiado absolutamente nada.

 

  • Me resulta, por tanto, aburridísimo mirarme al espejo, donde, por cierto, veo mi imagen perfectamente reflejada.

 

  • Si tiene usted la intención de matarnos… Olvídelo, por favor. Más allá de chupar la hemoglobina imprescindible para sobrevivir, no he hecho mal irreparable a nadie. Que no se lo mereciera. De todas formas, si, a pesar de esto, quiere atacarnos, no lo haga con estacas. Es un incordio quitárselas del centro del pecho, con posterioridad al fallido ataque. Se lo digo por experiencia.

 

  • Sí: si me corta la cabeza, muero. Pero eso tampoco es un misterio: los únicos seres vivos, o no-muertos, capaces de resistir a la escisión de la mollera son los políticos. Lo cual no es ejemplo significativo, porque no suelen usarla. Para ellos es, supongo, una especie de adorno inútil.

 

  • Por último, puedo flotar en el aire, soy siete veces más fuerte que usted, y veloz, y suelo estar de buen humor. A no ser que me pille cabreado.

 

Así pues, hemos recorrido juntos, apreciado lector, una vía casi inexistente dentro de la escena que le estoy narrando, y que, hasta ahora, nos ha llevado desde que volví a la vida hasta que dejé la muerte; sin embargo, prometo trotar más ágilmente justo después del fin de este párrafo que, mientras usted pasa sus ojos por encima, está a punto de fenecer.

 

Habían tocado al timbre, causa de mi repentino des-fallecimiento. Esperé que MC, desde su dormitorio, hubiera recuperado el ser y abriera la puerta, pero nada se movió dentro de casa. Volvió a sonar la quisquillosa campana. Fui, por tanto, a abrir. Pasé frente a la habitación de mi amiga y compañera de colmilladas y escuché una sonora risotada. Volví atrás y asomé la cabeza. Allí estaba ella, en ropa interior, partiéndose el culo de la risa. Le pedí explicaciones con un “¿Qué?”, a lo que contestó con un “¿Kéase?” señalándome con dedo acusador y revolcándose después a lo largo del colchón, a carcajada limpia. Entonces comprendí. Volví a mi habitación, me enfundé los pantalones y la camiseta, y reemprendí el camino a la entrada, mientras ella hacía comentarios del tipo “¡Qué tipazo, illo! ¡Noveatú la facha, llega a zé er del Ocazo y le abreh azín la puerta, y ze me zale el hígado riendo, pishita!”.

 

 

Abrí, al fin, el pórtico. Frente a mí se encontraba una señorita de muy buen porte, con un aroma exquisitamente sabroso. A sangre, por decirlo de alguna manera, de reserva. Sin embargo, no me atenazaba el hambre, y no eran lugar o momento propicios para cenar, así que lo dejé estar. Varios detalles, a todo esto, alertaron mis sentidos: corbata, sonrisa Nomelocreoniyo, falda larga y libro sospechosamente encuadernado que sostenía entre sus brazos apretados contra la ciertamente prominente delantera.

 

– Buenos días. Traigo un mensaje de paz y alegría de parte de la Iglesia de los Ocho Días y Medio. ¿Sabe usted que el mundo está mal? -me soltó, sin anestesia ni nada.

– Poh no, miratú. No tenía ni idea -le respondí en perfecto dialecto malagueño, dispuesto a finiquitar la visita lo antes posible.

– Pero le preocupa a usted la violencia, el lenguaje soez y la indiferencia moral, ¿verdad? -continuó ella, como si no hubiera captado la expresión de mi rostro, unida a la más que probable presencia de legañas y la no menos sospechosa apertura de boca en bostezo hipopotámico.

– Zi te digo la verdá, me importa una mielda -contesté, a modo de confirmación de todo lo anterior.

– Esto… ¿No quiere que el mundo vaya a mejor? -Siguió, con un discurso tan memorizado como insoportable.

– No -Vale, sí, quiero que vaya a mejor, pero ello incluía en aquel preciso instante la desaparición del personaje que tenía enfrente.

– ¿Y no querría escuchar una buena noticia? -¿Qué? Aquello empezaba a rebasar el límite de la resistencia.

– Pa güenah noticiah toy yo -acerté a contestar, sin querer usar una neurona más de las suficientes en lo que restara hasta el cierre de la puerta.

– ¿Qué me diría si le aseguro que el mundo puede acabarse en cualquier momento, que los Últimos Días amenazan nuestra época y las Ocho Trompetas y Media están a punto de sonar?

– Zi ze acaba er Mundo, poh mira, shosho, me compro er Marca -tarareé, en un más que meritorio tono de Re, recordando la célebre frase de la chirigota del Lobe y el Cabra.

– Bueno, pues que sepa usted que no estoy de acuerdo para nada con su banalidad. Y que en el Último Día, que está al llegar, con el sonido de la Última Media Trompeta verá cómo su alma maldita es despedida contra las Rocas Innobles, que lo atraparán y lo engullirán durante seis mil seiscientos sesenta y seis días -contestó ella, con la expresión propia del que se da cuenta de que ha estado hablando con un chiflado.

– Vale, prezioza. Zacabó -le respondí, con la expresión propia del que se da cuenta de que ha estado hablando con una perturbada.

 

Acto seguido, ya sin más diálogo, tras pasarme la lengua por los colmillos procedí a abrir mis fauces, agarrar su hermoso pescuezo, conectar las primeras al segundo y chupar hasta que la apocalíptica joven perdió el conocimiento. Luego la metí en el piso, asegurándome de la inexistencia de testigo alguno en descansillo o escalera durante la escenita, y le dije al oído, sabiendo que cuando recuperara el sentido recordaría cada sílaba:

– Mira, niña: la prózima veh que hableh del Apocalihzi, procura que no te ehcushe un No Muerto. Mehó no hableh del Apocalihzi. Mehó vete a la playa y que te dé un poco er Zó por eze cuerpazo blancucío, guapízima.

 

Respiré profundamente, me sequé la comisura de los labios con un pañuelo y me dirigí al cuarto de mi compañera de aventuras y desventuras, con la que tuve esta última conversación:

– Dioh bendito, ehta hente cá día zon máh coñazo. ¡MC! ¿Qué vamoacé ehta noche? ¿Vah a zeguí ahí tirá dehcohonándote de la riza?

– No, ya me’hartao. Cazi me meo a la pata abaho. “Me compro er Marca”, qué cozah tieneh, shiquillo. La de añoh que hace que no ezihte er Marca. Güeno, ni er Mundo.

– Enga, ¿cenamo? Ehta criaturita tenía poca zangre, la verdá. La narí m’a engañao. Ahora tengo que cargá con ella, pa zortal-la en cuarquier ehquina y que ze dehpierte acohoná perdía creyendo que ha vihto ar demonio.

– Totá, ella ze l’ha buhcao. Hoy, pa mordé, toca barrio pihito. Eza hente rica tiene zangre shunga, con tanta verdura y tanto guardá la línea. Lo mihmo nececitamo un par de cuelloh.

– Poh na. A por elloh.

– Oé.

 

Nos fuimos flotando, a merced del viento. Y es que, después de más de cien años, yo sigo creyendo en Dios, y MC sigue siendo agnóstica. Pero, oiga usted, todo tiene un límite.

Que pase, considerado lector, un buen final de año y una digna entrada del siguiente. Tras tantísimos, yo ya vivo uno y otra sin demasiado jolgorio.

 

Siempre suyo, excepto si nos topamos y tengo que hincarle el diente:

 

L, el vampiro malagueño.

 

 

 

N.B. por parte del autor, es decir, de L: para ayudar en la lectura de la grafía del dialecto malagueño, aconsejo cambiar las zetas y haches, en general, por eses, o aspirarlas, excepto por la expresión “kease”, también conocida como “olakease”, saludo tradicional en la zona. Por otra parte, la expresión “Er del Ocazo” hace referencia al trabajador de la funeraria que viene a cobrar la mensualidad puntualmente, llamado así en mi ciudad. Para más información sobre mi persona o historia, no olvide consultar las fuentes: Aprendiendo a vivir sin vida, y El mafioso Hombre Araña.

 

 

 

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