Distopías viejunas cañís

15/04/2017

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“Antes estábamos mejor”, “El mundo se va a la mierda”, “Los jóvenes de hoy no valen para nada”, “Cuando yo era de vuestra edad sí que teníamos eso claro”… 

 

Estas, y muchas otras frases, son más comunes de lo deseable entre nuestra gente y, para qué vamos a negarlo, entre nosotros mismos. Es una tendencia que encontramos por doquier: considerar la época que se vive como la peor de la historia, y añorar otras anteriores y, naturalmente, mejores. 

 

¿Por qué se ve en la cabecera de esta pobre reflexión el anuncio de la película 12 monos (Terry Gilliam, 1995)? Porque nuestra vida, cuando entramos en estas “añoranzas de un pasado triunfal”, se parece a veces a la del protagonista de esta genial distopía cinematográfica, James Cole, un hombre que no sabe en qué época vive, que navega de fecha en fecha sin poder adaptarse a ninguna, y que trata de escapar de todas porque en todas es un prisionero.

 

Esta tendencia, por supuesto, no es nueva. Se ha dado siempre: vivir en desacuerdo con el momento propio y soñar mundos mejores es una inclinación que nos acompaña desde el principio de la historia humana, y no es, dejemos esto claro, algo negativo en sí mismo. De hecho, esos sueños han hecho posibles las grandes gestas… y también las mayores atrocidades del pasado, porque en ellos la esperanza y el miedo se encuentran entrelazados de forma muy estrecha.

 

Lo peor, sin duda, es cuando este soñar tiempos mejores se convierte en una ideología. Ahí es cuando cae la esperanza, derrotada por el ansia de poder, y el miedo se convierte en una arma para controlar a las masas y poner todo al servicio de los generalmente egoístas deseos de aquellos que sostienen la sartén por el mango. 

 

En esto los españoles nos hemos convertido en auténticos maestros: de hecho, somos los autores y defensores de esas malditas “dos Españas” que tanto daño han infligido, infligen e infligirán a nuestra sociedad. 

 

En una esquina están los que creen que el cristianismo ha sido un error garrafal de la historia de nuestro país, y que solo cuando “el pueblo” se ha liberado de él la gente ha disfrutado de un intenso, si bien breve, remanso de paraíso terrenal, el único que, de hecho, existe, porque eso de Dios es un cuento para imbéciles incapaces de comprender el maravilloso océano que se ve a la izquierda de cualquier izquierda. Da igual que les muestres datos, fotos o vídeos reales y poco edificantes de esa mítica época fabulosa de la que hablan, porque la verdad la tienen ellos, y los únicos datos que existen son los que les dan la razón. Así descrito, este tipo de pensamiento suena increíble, pero no: les aseguro que hay muchos que lo sostienen, lo defienden y consideran estúpidos a los que no les damos la razón. Seguro que conocen a alguno.

 

Pero vayamos a la otra esquina, que es, en realidad, la más peligrosa para el que narra, porque es la que normalmente nos afecta internamente a nosotros, es decir, a la Iglesia española. El extremo de la derecha es todavía más increíble (lo cual, todo sea dicho, es bastante difícil), porque se atreve a afirmar que hubo un tiempo en el que España entera era un remanso de catolicismo donde la gente habitaba entre nubes de algodón, una Societas Catholica dentro de la que se vivía con seguridad, donde la gente era buena, crecían árboles de inteligencia y amor sano y santo por doquier y, yo qué sé, se repartía libertad, a los merecedores de ella, para alicatar tres cuartos de baño. Creerá usted que estoy de cachondeo. Algunas veces a mí también me lo parece cuando escucho a cierta gente, entre ellos más de un compañero sacerdote y algún que otro obispo. 

 

 

Para elevar una crítica certera a esta surrealista ideología vergonzosa es mejor no utilizar palabras propias, no vaya a convertirme, a los ojos de tales personajes, en un representante de la esquina contraria. Dejemos que sean algunos Padres de la Iglesia los que muestren lo que piensan.

 

En primer lugar, San Jerónimo (sí, el de la Biblia Vulgata): «He decidido, en efecto, escribir… cómo y en virtud de quiénes nació y maduró la Iglesia de Cristo, ha crecido en medio de las persecuciones, ha sido coronada por los martirios y, después que se ha allegado a los príncipes cristianos, se ha hecho más grande, eso sí, en poder y en riquezas, pero más pequeña en virtudes» (Vida de Malco, 1).

 

También podemos escuchar a San Hilario de Poitiers: «(Este emperador) no golpea la espalda, pero acaricia el vientre; no nos confisca los bienes para la vida, pero nos enriquece para la muerte; no nos amenaza con la cárcel contra la libertad, pero nos abarrota de encargos en su palacio real para nuestra esclavitud; no ata nuestras caderas, pero se adueña de nuestro corazón; no corta la cabeza con la espada, pero asesina el alma con el oro» (Contra el Emperador Constancio, 5).

 

También podríamos citar a San Agustín, San Ambrosio o San Juan Crisóstomo, pero estos ejemplos anteriores son suficientes para hacernos una idea del pensamiento de la Iglesia acerca de los “gobernantes cristianos” históricos, que en realidad nunca lo han sido.

 

 

De hecho, lo más interesante de ambos extremos, el de la derecha y el de la izquierda, es que sus defensores y seguidores viven como si ya estuvieran en el inexistente e imposible, temporal y físicamente hablando, paraíso ideológico añorado, y ninguno de ellos es capaz de comprender lo que pasa en la sociedad real, esta en la que estamos ahora y aquí. Es más: ni siquiera hacen el esfuerzo, porque, naturalmente, es el hoy el que está absolutamente equivocado, y para salir de esta situación hay que darle la revolucionaria vuelta a la tortilla (para, presumiblemente, colocar los huevos propios encima).

 

Aquí es donde podemos insertar las frases con las que comenzábamos, aquellas de “Antes estábamos mejor”, “El mundo se va a la mierda”, “Los jóvenes de hoy no valen para nada”, “Cuando yo era de vuestra edad sí que teníamos eso claro”, y otras muchas.

 

Por suerte, yo viví la infancia en una familia sencilla y nada ideológica, y mi abuelo, que en paz descanse, un hombre bueno que nació a finales del siglo XIX, era un testimonio viviente del horror de la época añorada por la esquina izquierda, y de la irrealidad de los lloros melancólicos de aquellos que se asientan en el extremo ideológico diestro, defensores de esa catolicísima España que nunca existió, le pese a quien le pese. 

 

Y así estamos, encerrados en dos distopías viejunas cañís, igualmente torpes, peligrosas e incapaces de diálogo o de construir el más mínimo puente entre ellas. Al contrario: cada día levantan uno o varios muros que, desde su perspectiva, es decir, desde la parte del que está encerrado dentro, resultan maravillosos, pero desde la mía, es decir, desde la del que lo mira por fuera, son mazacotes podridos que apestan.

 

Y no lo digo solamente yo. Hace no mucho el papa Francisco, en la estancia Clementina del Vaticano (estaba yo presente), lo dejaba muy claro refiriéndose al clericalismo “académico”: «la formación de un sacerdote no puede ser únicamente académica y conformarse con esto solo. De ahí nacen todas las ideologías que apestan a la Iglesia, de un signo o de otro, del academicismo clerical» (Discurso al Colegio Español, 1 de abril de 2017).

 

También lo dice un tal Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios encarnado para salvarnos, cuando, por ejemplo, llama Sepulcros Blanqueados a los maestros de la ley y a los fariseos (Mt. 23,27).

 

 

¿Y qué podemos hacer? No lo sé, pero ahí van algunas ideas:

 

  • En primer lugar, huir de las ideologías de cualquiera de los dos extremos, que huelen a azufre, como de la peste. 

 

  • En segundo lugar, aprender a amar la sociedad en la que vivimos, con todo lo que de bueno y de malo hay en ella. Justo como hizo el Señor, que se encarnó en aquel tiempo y en aquel lugar, Nazaret, un pueblo de mala fama. Si Jesucristo hubiera sido un ideólogo no se le hubiera ocurrido eso, ni nacer en un establo en Belén, ni caminar por la increyente Galilea, ni rodearse de publicanos, prostitutas y gente de mal vivir, ni, desde luego, convertir el agua en vino, anunciar la Buena Noticia, elegir como discípulos a pescadores, dejar que uno de ellos lo traicionara, perdonar y preguntar por tres veces, al que lo había negado tres veces, si lo quería, morir en una cruz… Jesús hizo todo eso porque nos ama, y para cambiar las cosas; y es que, claro, no se trata de querer que la realidad siga tal cual, sino de quererla para poder transformarla desde dentro y desde abajo. Si yo no quiero a esta gente, este pueblo, este tiempo y este lugar, no soy ni puedo ser cristiano. Y no, nunca seré pastor según el corazón del Señor, aunque sea cura y me vista con todos los capisayos del mundo, o, por contra, me ponga la camisa por fuera y un pañuelo palestino al cuello.

 

  • En tercer lugar, dar la vida por la gente. Hasta la última gota. Y no solo por los “puros” que son como yo (me río yo de tales “purezas”), sino por los muchos que vivan a mi alrededor, dondequiera que esté. Porque sí, reconozcámoslo, estamos en una época de cambio profundo, de crisis, pero es aquí y ahora donde yo mismo, y los que me rodean, necesitamos una palabra de aliento, una mano de apoyo, una simple sonrisa de ánimo o un saber compartir el sufrimiento.

 

 

Así pues, fuera las distopías viejunas cañís. Y bienvenido, una vez más, el Evangelio, que, como siempre, sigue siendo un horizonte hacia el que caminar, un camino que seguir, un amigo al que escuchar, un pastor que sale a por mí, un samaritano que me viene a rescatar, un jardín donde vivir.

 

Todo lo demás son mentiras, eso sí, envueltas en pequeñas medias verdades. Pero mentiras gordas.

 

 

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