Los intereses asesinos

30/04/2017

(Aquí te puedes bajar el libro electrónico en formato .epub)

 

 

 

Hace poco vi una película que merece la pena aconsejar: Cerca de tu casa, de Eduard Cortés. Una sencilla, clara, realista, emocionante y bella cinta musical sobre la crisis hipotecaria y la expulsión de cientos de miles de familias de sus hogares, realidad sangrante que ha sufrido y sufre nuestro país desde hace años.

 

Una de esas historias sin buenos ni malos, poliédrica, en la que se dibuja lo que vemos cada día a nuestro alrededor: parejas jóvenes a las que los bancos han echado de sus viviendas, abuelos que los han acogido, policías que, en contra de su voluntad, tienen que derribar puertas para sacar a rastras a sus habitantes, empleados de bancos a los que la conciencia les martillea el alma, sinvergüenzas que se aprovechan de la desesperación ajena… Eso sí: al final hay un hilo de esperanza.


 

Claro está: si me pongo a hablar, aquí, del tema, probablemente habrá más de uno que me diga: “un cura no debería meterse en política”, estupidez muy recurrente que, no obstante, parte de una triste premisa tan real como históricamente idiota.

 

Y es que muchas veces, pretendiendo preocuparnos de lo social, cristianos curas y no curas hemos sustituido la fe por la ideología, y hemos convertido la denuncia, que parte del Dios en quien creemos, en un abominable ladrido pancartista con regusto a lucha de clases, tan pasado de moda como lejano al Evangelio.


 

Dicho esto, hablemos del tema. Pero no, no voy a proponerte una reflexión sesuda acerca de lo demoníaco que resulta lo que los bancos han hecho con la pobre economía de tanta gente vilmente engañada para poner su firma en una sentencia de esclavitud que ha caído sobre sí misma, su familia y su descendencia. O acerca de la responsabilidad de esta gente, que creyó (o creímos: las parroquias también hemos firmado más de una hipoteca con menos cabeza que Bitelchús después de cambiarle el número al indio Shuar en la sala de espera del Más Allá) que iba a pasar toda su vida en una pedazo de urbanización con piscina, pista de pádel y de tenis, jardín interno y tres plazas de parking, y ha acabado ancá sus padres rezando para poder pagar un mes más, mientras su persona y su familia se desmoronan como un castillo de naipes.
 

De hecho, vamos a escuchar, tú y yo, si te parece, lo que algunos Padres de la Iglesia dicen acerca del tema. ¿Cómo? ¿Gente de hace más de quince siglos, y encima curas y obispos, hablando de la crisis del ladrillo? Pues, aunque te parezca una cosa increíble, aquí están. Y empleando más dureza de la que yo sería capaz de expresar, con toda seguridad.

 

Así pues, adelante, Cipriano, Hilario, Gregorio y Juan: pasen, por favor, y dígannos algo sobre lo que estamos sufriendo en nuestras tierras a causa de los usureros.


 

Estamos a mediados del siglo III. Cipriano vive en Cartago. En su juventud era politeísta, pero luego se hizo cristiano, y es el obispo de la ciudad. Ha sufrido mucho con la persecución del emperador Decio, y después ha tratado de volver a acoger a bastantes de los que renunciaron a su fe por miedo. Al final de su vida, en la próxima persecución, la del emperador Valeriano, acabarán cortándole la cabeza por creer en Jesucristo, después de un tiempo en la cárcel.

 

Es un hombre sobrio, y, cuando le preguntan qué piensa sobre los usureros, contesta así de sencillamente:

 

Que no se debe practicar la usura. Y así lo dice en la Biblia: Salmo 14,5; Ezequiel 18,7-8; Deuteronomio 23,20 (Testimonio 3, 48).

 

 

Hilario es un buen galo, obispo de la Civitas Pictaviensis, hoy llamada Poitiers. También fue politeísta antes de descubrir una frase que cambió su vida: «Yo soy el que soy».

 

Está casado y tiene una hija, Abra. Ha pasado los últimos 5 años, desde el 356, exiliado en Frigia, la actual Turquía, por el emperador Constancio, que no quiere que se diga que Jesús es verdadero Dios.

 

A su vuelta a la Galia está escribiendo una serie de comentarios a los Salmos. Y esto que sigue lo dice con una pacífica energía furiosa, a aquellos que se dicen cristianos y prestan dinero con intereses:

 

«El que no ha dado su dinero como usura». Engañoso se revela un favor así, astuta tal cortesía, dañina esta benevolencia. ¿Qué cosa hay más intolerable que conceder algo a un necesitado provocando que tenga más necesidad, de tal manera que tú, que tendrías que ayudarlo, le aumentas la miseria?

 

»Si eres cristiano, ¿qué recompensa esperas de Dios, que no ha esperado de los hombres beneficios, sino penas? Si eres cristiano, ¿por qué ofreces tu inerte dinero para que te lo devuelvan con intereses, y transformas en un tesoro para ti la pobreza de un hermano tuyo, por el que ha muerto Cristo? Si eres cristiano, no te pido que le hagas un regalo, pero sí, por lo menos, que le exijas lo debido de modo que no lo expolies; y recuerda que aquel del que exiges la usura es pobre y necesitado, y por él Cristo ha querido ser pobre y necesitado.

 

»Cuando, por tanto, prestes al pobre, al que provocas un daño o un beneficio, debes saber que prestas a Cristo. Por aquel, es decir, por el pobre, este, Cristo, de Dios que era, se ha dignado cargar la indigencia y el nombre de pobre (Comentario al Salmo 14, 15).

 

 

Nos vamos ahora al este, y nos acercamos a Gregorio, oriundo de Cesarea de Capadocia y obispo de Nisa. Estamos a finales del siglo IV. Gregorio está muy involucrado en las trifulcas de Constantinopla junto a su hermano, Basilio, y a su amigo de Nacianzo, tocayo suyo. Atención a sus palabras, porque no tienen desperdicio:

 

¿Qué es esta locura irracional por adquirir estas cosas (oro y joyas) - cuyo término es la vanidad -, una locura tal que quienes se lanzan con furor a las riquezas se atreven por esto incluso a muertes y a robos?

 

»Y no solo a esto, sino también a la malvada idea de los préstamos a interés, a la que, si alguien la llamara robo y asesinato, no se equivocaría. ¿Qué diferencia hay entre apoderarse de lo ajeno, por el robo de una casa a escondidas o hacerse dueño de las cosas de un transeúnte después de asesinarlo, y adquirir, por la fuerza de los intereses, lo que no nos corresponde?

 

»¡Oh malvada denominación! Al robo se le da el nombre de interés. ¡Qué amargas bodas! ¡Oh maldita unión! La naturaleza no la conoció, pero la enfermedad de los codiciosos inventó esa unión en los seres inanimados.

 

»¿El fruto del oro, de qué bodas se forma? ¿A partir de qué concepción llega a término? Sé del dolor de tal «fruto», por haberlo aprendido del profeta: He aquí, dice, que parió con dolor injusticia, concibió sufrimiento y dio a luz maldad. Este es el fruto aquel: el que engendra con dolor la ambición, da a luz la maldad y el odio sirve de partera (Homilía 4ª sobre el Eclesiastés, 3).

 

 

Terminamos ya a principios del siglo V, visitando a Juan, al que le han puesto un mote, El boca de oro, o, en griego, Χρυσόστομος, natural de Antioquía, obispo de Constantinopla, y que ha sido depuesto de su cargo unas cuantas veces por la emperatriz Eudoxia, de armas tomar. A él le da igual: nadie lo va a callar. Ahí va eso:

 

Las riquezas no son un pecado: el pecado es no distribuirlas a los pobres, y hacer mal uso de ellas.

 

»¿Cuáles son las palabras de los ricos que hacen esto? Propias de cerdos, de perros, de lobos y de otras fieras salvajes. Pues algunos de ellos disertan continuamente sobre banquetes, y sobre platos, y manjares, y vinos de todas clases, y de ungüentos, y de vestimentas, y del resto de desenfrenos. Y otros sobre intereses y préstamos: adulterando los libros de cuentas, y aumentando la cantidad de deudores hasta una suma intolerable, como si estos hubieran empezado en tiempos de sus padres y abuelos.

 

»A uno le roban su casa, a otro su campo, a otro su esclavo y todas sus posesiones. ¿Por qué hablaría alguien de sus testamentos, escritos con sangre en vez de con tinta? Pues o bien acosándolos con algún peligro intolerable, o bien embrujándolos con algunas promesas baladíes, a quienes vean en posesión de alguna pequeña propiedad los persuadirán para que pasen por alto a todos sus parientes, y eso, a menudo, cuando están pereciendo a causa de la pobreza, y a incluir sus propios nombres en lugar de los de estos, es decir, de sus parientes.

 

»¿Hay alguna locura y ferocidad propia de bestias salvajes de cualquier tipo a la que estas cosas no hagan sombra? (Homilía 13 sobre la 1ª carta de san Pablo a los Corintios, 5).


 

Aquí lo dejamos. No sé qué piensas tú, pero yo estoy completamente de acuerdo con ellos. Lo que han perpetrado y siguen perpetrando los responsables de custodiar los ahorros de nuestra gente es intolerable. Absolutamente intolerable.

 

Cipriano, Hilario, Gregorio, Juan y muchos otros, como Clemente el de Alejandría, Basilio el de Cesarea, Ambrosio el de Milán, Tertuliano el de Cartago o yo mismo lo tenemos claro.

 

Y ninguno, que conste en acta al final de este escrito, por imbéciles razones ideológicas de cualquier tipo, sino por Jesucristo.


 

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