Camino de Sùame. Un desencuentro neognóstico
- Llamas, J.M.

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Actualizado: hace 1 hora

En aquel tiempo iban dos personajes andando desde Jerusalén a su pueblo. Ambos tenían el cuello muy alzado, y se miraban por encima del hombro: probablemente, padecían tortícolis. En esto, mientras hablaban de sus cosas, que solamente ellos comprendían, ya que nadie más estaba capacitado para esas profundidades, tropezaron con un peregrino, que se les hizo el encontradizo. Resoplando, aceptaron que les siguiera, pero a cierta distancia.
—¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino? —les preguntó, elevando la voz, porque ellos se le habían adelantado como a un tiro de piedra.
—Vaya por Dios —le contestó uno de ellos—. ¿Qué pasa, no te has enterado de lo que ha ocurrido en Jerusalén?
—¿Qué? —preguntó el peregrino, mientras aceleraba el paso.
—Lo de Jesús, el de Nazaret —replicó el compañero—. Mira que se lo dijimos: «Tendrías que hacer un curso de liderazgo pastoral, que vemos que estás muy verde en esto de mantener a las ovejas dentro». Pues nada, por una oreja le entraba y por la otra le salía. Que no es que nosotros quisiéramos corregirle, entiéndenos. Que sí, que tenía la chispa, y le salía a borbotones la espiritualidad. Pero ya se estaba pasando con eso de andar con gente chunga, qué quieres que te diga. Vale, un apestoso de esos de vez en cuando está bien, para mostrar en público que somos de los buenos, de los espirituales, no sé si me explico: que la dadivosidad forma parte de nuestra entidad más profunda. Pero esto ya era una cosa… Vamos, que parecía que teníamos que ser pobres si queríamos ir detrás de él y entrar en el reino de los cielos ese. Que yo lo de la pobreza de espíritu lo tengo clarísimo, te lo digo como lo pienso. Pero mira, eso es una cosa, y otra muy distinta es estar todo el santo día con enfermos, putas, ladrones, camareros, repartidores ciclistas, inmigrantes, sin techo o miserables en general, y encima tener que llamarlos «hermana y hermano». ¡Por Dios bendito, que tenemos una dignidad! Así que cuando lo crucificaron y resucitó y todo eso, nosotros nos fuimos, y hemos convencido a unos cuantos para que reescriban sus memorias con lo importante, y dejen esos códices del medicucho, el recaudador, el niñato, el rapado y sus colegas, que no se han enterado de qué va el tema. Que eso de que fuera como nosotros, y que hasta meara y cagara como uno más, no pega. Él era diferente, y nosotros también. Él era espiritual, es espiritual, y nosotros seremos, con él, una unidad espiritual adoradora del Uno Silencioso y Abismal. Eso es lo que pedimos en cada adoración. Que, ahora que lo he sacado, la adoración es más importante que todo lo demás, si es que queremos seguir el abecedario del proselitismo misionero: la A, de Adoración, y luego la B, de Bella Comunidad, porque nosotros somos una comunidad adoradora muy preciosísima, no como esa gente puerca que va por esos callejones. A ellos les decimos que, si quieren, se vengan con nosotros, para ser puros y auténticos y bellos y adoradores del Uno. Aunque antes deben confesarse, como nosotros hacemos cada vez que adoramos, de los pecados más importantes, que son los que surgen entre ambas extremidades inferiores.
—Eso es —añadió al larguísimo monólogo, a duras penas, el menos hablador—. Recuerda que Jesús habló una vez de eso. Y si lo dijo una vez, por algo sería.
—Una vez POR LO MENOS, que sepamos —rectificó el pituco parlanchín—. Pero seguro que lo repitió convenientemente, porque el Sumamente Puro y Espiritual lo era también en sus palabras. En fin, que más o menos eso es lo que estábamos hablando, resumiendo mucho.
El peregrino tenía los ojos abiertos de par en par. Iba a decir algo, pero prefirió callar, porque ninguno de los dos estaba dispuesto a escuchar.
—¿Y dónde vais, si puede saberse? —preguntó, después de un largo tiempo de incómodo silencio.
—Al pueblo. Bueno, en verdad vamos a la comunidad, pero no podemos decirte a qué, porque es un secreto. Solo los iniciados pueden saberlo.
—¿Y cómo se llama la comunidad a la que vais, si puede saberse?
—Sùame. Es un nombre en clave, que nos define, pero nadie de fuera puede adivinar su significado.
—Vaya. Qué coincidencia —pensó en alto el peregrino, rascándose la barba—. El pueblo al que vamos a llegar es Emaús, ¿no? Parece el mismo nombre, al revés.
—¡Pero qué blasfemia estás diciendo! —exclamó el de la correntía verbal.
—Hombre, será una blasfemia, pero hay que reconocer que tiene razón —repuso el más reservado—. Lo del nombre del pueblo al revés no ha sido una clave muy inteligente que digamos. Aunque ya da casi igual, porque tú, con tanto hablar, se lo has contado casi to...
—¡Que te calles! ¡Recuerda que nosotros somos espirituales, y él no!
—Bueno, gente, me largo. Que os vaya bien, aunque lo dudo —se despidió el peregrino.
—Fíjate qué pinta —susurró el charlatán de la comunidad de Sùame al otro, mirando por encima del hombro al peregrino, cuando ya estaba lejos—. Tiene todos los andares de Jesús, ¿no? Pero es imposible. Jesús no era verdaderamente humano, era espíritu del Uno Silencioso y Abismal.
—Eso, eso. Tú no lo mires. Ahora llegamos a la comunidad, hacemos la exposición solemnísima del Santisísimo, adoramos, y entramos en comunión absolutipúrima. Y después, en fin, si tenemos que ayudar a algún humano hílico, o psíquico, lo hacemos, pero procurando no contaminarnos, ¿eh? Eso es lo importante.
Más a lo lejos aún, el peregrino se volvió y los miró, con una profunda tristeza. Dos lágrimas escaparon de sus mejillas, y suspiró.
—No me lo explico. Mira que me he esforzado en pensar, sentir, decir y ser amor infinito. Pero nada, casi siempre pasa lo mismo. Cuando se empiezan a creer importantes, al final se hacen un ídolo a la medida de su ego. En fin: que les den, con toda su muerte. Yo me voy a las Afueras, que para eso he venido. Para que entregue la vida quien quiera seguirme y ser feliz.




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