"El día de la revelación", de Steven Spielberg
- Llamas, J.M.

- hace 8 horas
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Actualizado: hace 2 minutos

Asombrosa, de principio a fin. Así he vivido esta experiencia cinematográfica que nos ha brindado el abuelo Spielberg, que señala a Encuentros en la tercera fase, E.T., Inteligencia Artificial, y, en general, al cine de la inigualable década de los 70 del siglo pasado, y que tiene, me parece, un hilo de fondo en El Mago de Oz, con una historia, recorrido iniciático y de redención, que arranca y termina en Kansas, al menos desde la clave de su personaje femenino, que, curiosamente, nos muestra los zapatos como queriendo decirnos que ha entrado en un torbellino tan desconocido para ella como para nosotros.
Esta película de ciencia-ficción empieza metiéndonos de lleno en la acción, con una pelea de Wrestling americano narrada en cámara subjetiva que, poco a poco, nos hace pasar a un personaje perseguido por unos «hombres de negro», y nos introduce en un thriller de conspiración, llevándonos, sin que nos demos cuenta, a acompañar a sus protagonistas, con una empatía que, si nos dejamos, consigue que vivamos lo que está ocurriendo sin revelarnos en qué están inmersos, hasta el momento oportuno. Pero no es solamente una cinta de ficción sobre extraterrestres, que también. En ella se nos muestra una reflexión sobre nuestra sociedad, la esperanza, la escucha, la fe, la empatía y el amor, de la mano de sus personajes y las situaciones que viven. En fin, vayamos por partes.
La dirección del mago del séptimo arte hace que los actores y actrices principales den lo mejor de su capacidad interpretativa en cada escena: Emily Blunt está impresionante en su papel de Margaret, y Josh O’Connor también lo borda, como Daniel. Quienes les rodean dan una profundidad y una seriedad a sus personajes que hacen creíble lo que, en algunos momentos, puede resultar incluso absurdo: Colin Firth como Noah, el malo que ha sido corrompido por el poder, pero que quizás pueda todavía tener salvación y recuperar su humanidad; Colman Domingo como Hugo, el gurú y guía, sobresale especialmente en su duelo con Colin, en una particular escena que me parece grandiosa, y Eve Hewson —la hija del cantante Bono, de U2— es una sorpresa maravillosa —si no se ha visto, por ejemplo, Flora y su hijo Sam, en la que hace un papel extraordinario— en su rol de Jane, espejo del espectador, que debe decidir qué postura tomar a partir de la verdad que le ha sido revelada.
Su construcción de personajes nos aleja de la típica historia de buenos buenísimos y malos malísimos. Aquí todos tienen sus recovecos. Quiero destacar especialmente el personaje de Jane, que ofrece, en su particular desarrollo, dos escenas en las que las claves trascendentes del film quedan muy claras, y que nos muestran, además, lo que Spielberg desea que veamos que es central. Ambas tienen referencias bíblicas y religiosas claras: la primera, la oración de Jesús en Getsemaní, durante un interrogatorio muy sombrío, hasta tocar lo terrorífico, y que, curiosamente, nos hace ver que para escapar de la posesión del mal hay que agarrarse a la cruz y al amor. La segunda, una conversación por teléfono con una monja —interesantísimo personaje secundario—, en la que el horizonte de Jane, con la escena de la creación de la humanidad del libro del Génesis como cuestión, se abre a una visión universal de lo divino, y a superar una crisis de fe que, en realidad, era desconfianza en el ser humano. De hecho, se me está viniendo a la cabeza que el mismo título del filme hace referencia al libro del Apocalipsis, igual que su guion: en el comienzo, el mundo está a punto de meterse en la tercera guerra mundial, y la gente parece haber perdido la esperanza.
Pero pasemos a los dos personajes principales, Margaret y Daniel, porque en ellos y su antagónico enemigo, Noah, se reflejan las claves contrapuestas entre la humanidad que busca, y que lucha contra las causas del mal, como un pequeño resto, y el poder corrupto, fuente de esa sensación inicial de «fin del mundo». Así, por parte de Margaret y Daniel tenemos la empatía, el amor, la escucha, la búsqueda, la visión universal, la importancia de lo público, la confianza en el ser humano, la determinación, la esperanza o la libertad, y en la zona contraria están el poder, la manipulación, la ocultación, la violencia, la mentira, la adoración de lo privado, la desconfianza, la sumisión o el control.
En esto, hay un punto que me ha parecido muy interesante: la empresa de Noah, Wardex, utiliza la tecnología alienígena con fines lucrativos, violentos y manipuladores, mientras Margaret o Daniel la emplean para protegerse, liberarse o liberar, y para proclamar la verdad. Así pues, la tecnología, parece señalarnos Spielberg, no es buena ni mala: depende de los fines que le dan quienes la usan y gestionan. Esto, curiosamente, coincide con lo que afirma el papa León en Magnifica Humanitas, o con lo que el propio director nos enseñó, por ejemplo, en Ready player one.
Otra cuestión que me parece muy interesante es la conexión entre estos dos personajes principales, que se desarrolla durante toda la película, y que tiene un hilo claro en la vocación a la que ambos han sido llamados, con una misión común que va más allá de sus propias vidas, y que abraza a toda la humanidad y a todo el Universo. Esta vocación se manifiesta con la presencia de un pájaro cardenal rojo, que representa, en la cultura nativa americana, el mensajero de la esperanza.
El tema de la verdad me parece también central, en dos dimensiones que se van desenvolviendo en los caminos de cada personaje. Daniel lleva consigo la verdad que se debe hacer pública, porque esconderla es manipular a la población, a la humanidad, bajo la excusa del «miedo a las consecuencias»: la desconfianza en el ser humano, unida al poder corrupto, conduce necesariamente a querer encubrir o velar la verdad —eso, se me ocurre, nos pasa también dentro de la Iglesia: «No hay que hacer público esto» es, normalmente, una frase de alguien que quiere «salvar su trasero», y parte del supuesto de que la gente es tonta, y que no podemos confiar en «el pueblo»—. Sin embargo, hacer pública la verdad requiere de un proceso, y eso también se deja claro en la película, especialmente con el personaje de Hugo.
Pero Margaret nos muestra que la verdad va más allá, o más bien está más acá, porque en la vida de cada persona hay unas verdades, una historia a veces oscura y traumática, que cuando se esconde o se niega hiere y hunde a la gente. Liberarse de esas mentiras, manipulaciones y negaciones internas nos humaniza, y esa línea argumental, genial, bajo mi punto de vista, recorre la historia de Margaret de un modo sorprendente, asombroso y, en algunos momentos, tremendamente surrealista.
A esto hay que añadir, con admiración profunda, al menos por mi parte, esa forma de filmar de Spielberg, que nos recuerda al mejor cine de toda la vida, y que resulta especialmente novedosa porque encuadra las escenas y los personajes de un modo totalmente alucinante, dejando en paños menores a esos blockbusters actuales que se realizan de memoria, en los que todas las peleas son iguales, y todas las persecuciones tienen la misma estructura. Su forma de manejar la cámara nos lleva de la mano mientras nos vamos introduciendo en la historia o tratamos de comprender lo que está ocurriendo, y nos pone los vellos a cuartas cuando dos personajes se enfrentan inesperadamente en una conversación que llega hasta lo más profundo de su pasado, cuando un ciervo mira fijamente a una niña y, en un encuadre circular, ese ojo se ha transformado sin que nos hayamos dado cuenta, o cuando nos encontramos con dos coches y dos trenes en una escena rodada con tal maestría que ya le falta a uno butaca para hundirse en ella, más tenso que los tornillos de un submarino, y en la que puedo ver, al otro lado de la cámara, a aquel niño extasiado de Los Fabelman. Añadamos a esto, que casi se me olvidaba, la fabulosa banda sonora del gran John Williams, y la deslumbrante fotografía de Janusz Kaminski. Porque ellos son también parte de la experiencia.
En definitiva, si te gustó Encuentros en la tercera fase, o Inteligencia Artificial —de hecho, la última parte de la cinta, la de la casa y el plató, me parece un homenaje al emocionante final de AI—, y reconoces en el abuelo Spielberg a un gran humanista que no ha perdido la esperanza, a pesar de todo —como nos recuerda el papa León, también en Magnifica Humanitas—, y uno de los mejores directores de la historia del cine, merece la pena ver esta muy, muy buena peli. Y en pantalla grande.
P.D.: atención a la última palabra de la película. Es la más importante. Sinodalmente esencial…

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