• Llamas, J.M.

El capitán Marcos y el Tesoro del Vivo - Epílogo inconcebible. El Capitán Vivo

Actualizado: abr 26


(Basado en un guion de la Coordinadora de Infancia de ACG Málaga para la convivencia de Cuaresma 2021)

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El capitán Marcos y el Tesoro del Vivo -
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Queridos niños de edad y de corazón: hemos dejado al capitán Marcos y su tripulación de bucaneros valientes y colgados del Vivo con una misión muy particular: Anunciar.


Sin embargo, no puedo marcharme sin contaros la aventura final de aquellos locos de remate, en la que todavía se encuentran embarcados. Quien os habla, por si os estáis preguntando todavía “¿y quién será el narrador, que parece que sabe todo lo que ocurre a bordo de la goleta pirata?”, es Perico. Sí, sí, yo soy el malaguita que se coló por la cara y terminó siendo grumete.

Veréis: cuando uno es marinero y va en un navío, resulta extraño hablar de “la goleta del capitán Marcos” como si el barco no tuviera nombre. Por las noches, a veces, algunos corsarios que nos habíamos hecho amigos nos sentábamos en proa, para tomar un cartuchito de pescaíto1 y beber un poco de aquel vino que hace ya casi dos siglos poblaba las bodegas de La Joven Amelia, el barco pirata en el que estuvo enrolado el Conde de Montecristo: vino de Málaga.2 Y solíamos acabar hablando de lo extraño que era ir en una nave anónima.


Hasta que una mañana, justo al amanecer, cuando se presentan las peripecias más inesperadas, estaba yo limpiando el casco por fuera, ayudado por unas sogas bien tensas sobre una madera, como si de un columpio se tratara, y el brazo formidable y candoroso de Magdalena que me mantenía en equilibrio. Y hete aquí que, de repente, rascando una zona cubierta por una fea costra marina, apareció una letra de color verde esperanza: la G.

- ¿Qué es eso, polizón malaguita? -me preguntó, enarcando las cejas y rascándose un hombro, Magdalena.

- Pues no lo sé, pero si seguimos rozando por aquí a lo mejor lo averiguamos -le respondí. Y eso hicimos. Cuál no sería nuestra sorpresa cuando aparecieron, después de un buen rato, estas letras, que tenían tanto sentido como la “G” sola:


Go’El.


De inmediato llamamos al capitán.

- ¡Vaya, vaya, vaya! Parece que este navío esconde muchos secretos, ¿eh? -nos respondió- Yo diría que es su nombre, ¿no?

- Pero vamos a ver, capitán -le dije-, ¿este no es tu barco? ¿Y no sabías que tiene un nombre tan raro? Pues esto sí que es raro.

- Yo nunca he dicho que sea mío -respondió, para sorpresa de todos, Marcos-. Veréis: yo soy el capitán porque el anterior capitán Marcos me dijo que lo dejaba, que quería dedicarse mejor a cocinar, y yo acepté porque es una manera como cualquier otra de servir. Y creo que el capitán Marcos anterior al capitán Marcos al que yo sustituí tampoco era el capitán Marcos original, ¿sabes? Qué lío, ¿no?

- ¡Venga ya! -respondí, sin poder creer lo que estaba oyendo- ¡Eso suena a película de los ochenta,3 tío!

- Tú dirás lo que quieras, pero así es. ¿Os he mentido yo alguna vez?

- No, claro. Es que me ha resultado, no sé, muy inconcebible4 -le susurré al oído a Magdalena, que soltó una estruendosa carcajada.

- A lo que iba -terminó diciendo Marcos-: que este barco no es de mi propiedad, y que nunca he sabido su nombre. Pero parece que tú lo has descubierto. ¿Y si el primer capitán Marcos tampoco era el capitán original? ¿Y si…? -se preguntó, rascándose una oreja, y, dando media vuelta, se fue rumbo a su camarote.

- ¿Y si qué, capitán Marcos? -pregunté, sin obtener respuesta.


Total. Que el capitán Marcos que no había sido siempre capitán Marcos estuvo un rato allí metido, y solo veíamos su sombra tras los cristales, revolviendo trastos arriba y abajo. Al cabo de dos horas regresó con la cara de satisfacción del que se acaba de merendar un mitad doble con una loca.5


- ¡Ya está! «El que se entrega por los demás».

- ¿Lo qué? -preguntó Cuatro Dedos, mirando a Marcos, luego mirándome a mí y encogiendo después los hombros.

- Go’El. El nombre de nuestra goleta -se explicó el capitán-. Eso es lo que significa: «El que se entrega por los demás». Lo he buscado en los pergaminos de mi camarote, y al final lo he encontrado.


- Pues nada, habrá que hacer una fiesta para celebrar que la goleta en la que navegamos anunciando al Vivo tiene nombre, y que significa eso tan bonito, ¿no? -dijo Juan- ¡Celebremos una boda, por ejemplo!

- Pero, tío, no hay novio -repliqué.

- Ni novia -repuso Magdalena.

- Ni vino6 -añadió Cuatro Dedos.

- Vale, aguafiestas -nos respondió Juan.


- ¡Creo que habrá que dejar para más tarde el tema de la boda! -se escuchó, de improviso, clamar desde la cofa del vigía, en lo alto del palo mayor- ¡Tormenta! ¡Tormenta gorda a babor! ¡Y a estribor! ¡Y… Tormenta en general!

- ¡Vamos, marineros, arriad las velas! ¡Preparaos, hay que resistir! ¡Y, sobre todo, no haced mudanza!7 -gritó Marcos, mientras agarraba con fuerza el timón.

- ¡Es Él, el Vivo! -nos dijo Magdalena a Juan, a Cuatro Dedos y a mí, que nos pusimos a tirar con todas nuestras fuerzas de los cabos de la vela mayor.

- ¿De qué estás hablando? -preguntó Juan.

- ¡El que se entrega por los demás! -gritó ella, mientras el viento empezaba a soplar con furia- ¡Es Él, estoy segura!

- ¿Está aquí? ¡Pero eso no puede ser: se supone que tenemos que buscarlo! -repuso Cuatro Dedos.

- ¿Y si no tenemos que buscarlo, sino dejarnos encontrar por Él? -preguntó Juan.

- ¡Amigos, esta conversación es muy interesante, pero me parece que es mejor que terminemos de prepararnos para el tormentazo gordo! -exclamé antes de recibir el impacto de una ola que estuvo a punto de tirarme por la borda- ¡Que ya está aquí! ¡Estamos rodeados!


La tormenta en cuestión era muy extraña, todo hay que decirlo. El agua era espesa, como el gel hidroalcohólico ese azul tan asqueroso que deja las manos pegajosas, y negruzca, y cuando golpeaba la nave susurraba mensajes como «¡Compra!», «¡Pasa de todo!», «¡Eres más que los demás!», «¡Odia!», «¡Triunfa tú solo!» o «¡La verdad no existe!», y lo dejaba a uno con más mala cara que los pollos del Pryca8. Pronto algunos de los marineros de cubierta, que estaban trajinando a la derecha, empezaron a protestar contra los que se encontraban justo enfrente, a la izquierda, y estuvo a punto de liarse una pelotera tan gorda como si estuviéramos saliendo de la Bobby Logan9 después de una noche de juerga.


Marcos se dio cuenta del entuerto, y nos llamó a los que todavía resistíamos sin discutir, agarrados con manos, piernas, uñas y dientes a lo primero que pillamos:

- ¡Hay que hacer algo! ¡Que zozobramos!

- ¡Pues mejor es que zozobremos que no que zofartemos! -respondí, haciéndome el chistoso.

- No ha tenido ni chispa de gracia, tú -me susurró Magdalena, con los brazos en jarra.

- Yo qué sé. Es que como me ponga serio se me va a ir la olla y me voy a liar a bimbazos del tirón, seguro -le susurré yo-. Me está entrando una mala pipa así, de repente...


- Es la tormenta. Ya la he sufrido antes. Es una tempestad de mundanidad,10 y quiere que dejemos de estar unidos como tripulación para que abandonemos el barco entre sus redes y cadenas.11 ¡Si caemos en su trampa terminaremos por hundirnos! -dijo Juan, mirando hacia las nubes negras.

- ¿Y qué hacemos? -preguntó, aterido de frío, Cuatro Dedos.

- ¡Llamemos al Vivo! ¡Es su barco! ¡El que se entrega por los demás es Él! -gritó Magdalena a Marcos.

Al capitán se le iluminó la mirada, dio un imposible salto hacia donde estábamos nosotros, desafiando las oscuras olas gigantescas, le dio un abrazo a Magdalena y después nos animó a exclamar todos a una:

- ¡Señor, sálvanos, que nos hundimos! ¡Señor, sálvanos, que nos hundimos! ¡Señor, sálvanos, que nos hundimos!12

Entonces ocurrió lo impensable. Hubo un destello de luz en forma de espiga de trigo, luego surgió un rayo con la silueta de una cruz, y al momento el viento cesó y las nubes se disiparon. Nos quedamos sin palabras, no sé, como un guiri al que le pilla la ola del Melillero tumbado en la toalla.13 Y justo después se escuchó una voz que venía de las profundidades del barco:

- ¿Por qué tenéis miedo? ¡Gente de poca fe!14 ¡Paz a vosotros!15 ¡Creed en mí, y felices los que creáis sin haber visto!16

- ¿Eres tú, eres el Vivo? -preguntó Marcos.

- ¡Claro que sí! ¡Yo soy el capitán, siempre he sido el capitán! ¡Adelante, y no seáis incrédulos, sino creyentes!17 ¡Bogad mar adentro!18 ¡Y sabed que yo voy con vosotros todos los días, hasta el fin de los tiempos!19


De repente los marineros dejaron de discutir, y un gran consuelo invadió nuestros corazones. Como un solo pirata cada uno acudió a su puesto, y hombro con hombro, mano a mano, braza a braza nos dirigimos hacia aquella parte del mundo que no aparece en los mapas, a Las Afueras de Las Afueras, donde viven los Últimos.


Allí podrás encontrarnos: Go’El, una goleta de velas negras que ilumina todas las oscuridades con la luz de un amanecer que cambió la historia entera. Una tripulación que navega al ritmo del corazón del Vivo, que con cada latido atraviesa mares y tempestades a las órdenes del que se entrega por los demás.


¡Vamos, únete, boguemos mar adentro, hasta el fin del mundo!



1 Tradicional manjar malagueño.

2 Cf. Alejandro Dumas, El Conde de Montecristo, primera parte, capítulo 21: La Isla de Tiboulen.

3 En concreto se refiere a La Princesa Prometida, de Rob Reiner, 1987. Si no la has llegado a ver, ya tienes algo importante que hacer.

4 Palabra de Vizzini, por si todavía, a pesar de la recomendación, sigues sin ver la cinta en cuestión.

5 Mitad doble: café en vaso largo, mitad de leche y mitad de café. Loca: delicioso dulce típico de Málaga.

6 Cf. Jn 2, 1-11.

7 Cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 318.

8 Dicho malagueño que hace referencia a los hipermercados que hubo en la ciudad hace unas décadas. La palabra es un acrónimo de “Precio y calidad”, aunque este segundo término, por lo visto, no se reflejaba en los pollos.

9 Discoteca ochentera del barrio de Pedregalejo, en Málaga.

10 Cf. Evangelii Gaudium, 93-97.

11 Cf. San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 142.

12 Cf. Mt 8, 25.

13 Escena típica de la playa de la Misericordia, en Málaga.

14 Cf. Mt 8, 26.

15 Jn 20, 19.

16 Cf. Jn 20, 29.

17 Cf. Jn 20, 27.

18 Cf. Lc 5, 4.

19 Cf. Mt 28, 20.


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