• Llamas, J.M.

La hierba


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A Samuel le pareció mal que hubieran dicho:

«Danos un rey, para que nos gobierne».

Y oró al Señor. El Señor dijo a Samuel:

«Escucha la voz del pueblo en todo cuanto te digan.

No es a ti a quien rechazan, sino a mí».

1 Samuel 8, 6-7.





Amaneció un día despejado, alegre y claro en el campo. El sol brillaba con fuerza, y los animales estaban ya despiertos, desde antes de la alborada, y se dirigían a un lugar en el que habían sido convocados.


Os preguntaréis la razón de aquella convocatoria que pretendía congregar a miles y miles de pobladores de la tierra. Veréis: los animales querían que alguien los gobernara, es decir, que alguno de entre ellos dijera lo que tenían que hacer, por dónde podían o no podían ir, qué estaba prohibido y qué estaba permitido... O sea, y resumiendo: querían un animal poderoso que les ordenara, y al que todos debieran obedecer.


Fueron llegando, uno a uno, al lugar de la asamblea. En medio había un árbol enorme de sombra aún más enorme; era tan grande que los pájaros se acomodaron entre sus ramas, los animales terrestres se cobijaron bajo sus hojas y los del mar se metieron en el agua de sus raíces. Dejaron un hueco en el centro, para ver a los que participarían en el gran duelo del que saldría el jefe que iba a gobernar a todos con pata, ala, aleta o apéndice de hierro. Se hizo un estruendoso silencio mientras salía el primer candidato.


Llegó el perro. Un perro de presa musculoso, con las patas arqueadas y las mandíbulas tan fuertes que, según se decía, era capaz de arrancarle la cabeza a un toro. El perro se paseó, ladró con fuerza, enseñó los afilados colmillos, corrió y saltó, se rió de los roedores que miraban, asustados y con la boca abierta de par en par, la exhibición del animal. Cuando el perro terminó de hacerles ver a todos aquello de lo que era capaz, los animales, todos menos uno, votaron que el perro era el más fiero.


Llegó el águila. Subió alto, muy alto, hasta que ninguno de los animales presentes, ni siquiera el búho, podía acertar a divisarla. Luego cerró sus alas y se dejó caer en picado. Cayó, cayó y cayó, rápido, rapidísimo, encima del perro. Cuando estaba a punto de estrellarse contra el suelo abrió las alas, extendió las garras y capturó al animal, que había perdido cualquier atisbo de su altivez, por el lomo. Volvió a subir, lo dejó caer desde el cielo y después lo destrozó con el pico. Cuando el águila terminó con el perro y puso sus uñas encima, los animales, todos menos uno, votaron que el águila era más ágil que el perro.


Llegó el león. Llegó corriendo y rugiendo, sobre sus poderosas patas, revolviendo la melena al viento, mientras la rapaz reposaba, extenuada tras su caza. Saltó con todas sus fuerzas, se elevó en el aire y cayó sobre el águila. Esta intentó volar, pero no pudo, pues el león la mordió y la aplastó contra el suelo de un zarpazo. Después, cuando estaba indefensa, la mató de un bocado en el cuello. Luego rugió aterradoramente, elevando la cerviz, creyéndose rey de todos. Cuando puso sus zarpas sobre el águila muerta, los animales, todos menos uno, votaron que el león era más rápido que el águila.


Llegó el elefante, a la carrera, pisoteando todo lo que encontraba a su paso, apartando a los animales reunidos con su trompa, haciendo retemblar la tierra a cada paso que daba, echando espuma por la boca, y entró en el círculo en tromba. Miró al león, que estaba despedazando aún al águila, y se fue hacia él con sus pezuñas, apisonándolo sin compasión y acabando con su vida. Después atronó con la trompa, y miró desafiando a toda la asamblea. Cuando el elefante puso su pezuña sobre el león muerto, los animales, todos menos uno, votaron que el elefante era más fuerte que el león.


El elefante, henchido por la soberbia, bajó la trompa para beber, ya que se le había quedado reseca la garganta. Entonces el tiburón saltó, oliendo desde kilómetros la sangre que goteaba en el agua, y cerró sus cinco hileras de dientes sobre la cabeza del cuadrúpedo, haciéndolo caer, arrastrándolo al agua y destrozándolo a mordiscos. Después saltó y aleteó, todavía con las fauces llenas de restos, y escupió el cráneo del elefante en el hueco que había en el centro. Los animales, todos menos uno, votaron que el tiburón era más voraz que el elefante.



Entonces, aleteando torpemente, sin que nadie se diera cuenta, apareció en medio de ellos un cuervo, que se dirigió hacia la rama más alta del árbol para hacerse ver por todos; él era el único que no había votado por ningún animal de los anteriores. Desde allí, erguido, mirando fijamente con sus ojos negros, graznó:


- Acabo de ver, queridos amigos animales, nuestro fin. Queréis elegir a uno que os dirija, y creéis que debe ser el más fuerte, el más ágil, el más rápido, el más fiero o el más voraz. Pero yo os digo que si aclamamos a uno que imponga orden matando acabaremos todos muertos si no hacemos lo que nos dice, o agachando la cabeza y cumpliendo sus órdenes sin rechistar; y probablemente alcancemos el éxito, pero ¿merece la pena, si perdemos la libertad? No sé vosotros, pero yo quiero ser libre. Me diréis que no soy el animal más fiero, ni el más ágil, ni el más rápido, ni el más fuerte. No os preocupéis: no quiero mandar sobre vosotros. Solo os digo que quien nos debería gobernar es la que ha sufrido más por nuestra culpa, aquella a la que todos pisamos, comemos o deshacemos: la hierba verde que crece bajo nuestras patas y en nuestros mares. Ella sabe lo que le hace falta a cada uno.


Entonces todos los animales guardaron un respetuoso silencio. Después regresó cada uno a su lugar, sigilosamente, cuidando pisar, reptar, volar o navegar con cautela.


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