Neptuno, Venus, Marte y otros dioses pa jartarte
- Llamas, J.M.

- hace 3 horas
- 15 Min. de lectura

Si quieres esta narración como libro electrónico (epub), aquí la tienes.
Caerán los imperios, caerán los estadios,
pero antes tendrán que caer nuestros santos.
Vetusta Morla, Consejo de sabios.
Taberna a las afueras de Malaca. Vino, pan, boquerones asados y garum en la mesa. Un hombre come. Es pequeño, de anchas espaldas, barrigón y medio calvo. Su barco acaba de atracar en el puerto tras un largo viaje, y en el salitre de sus manos y su rostro se nota que aún no ha podido llegar a su casa ni acicalarse. A su lado pasa otro hombre, repeinado hacia atrás y arrebujado en su toga, y lo saluda.
—¡Salve, Caesio! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo va esa vida?
—¡Hombrfspts, Cornggsftp! —le escupe a la cara Caesio, que está mascando a dos carrillos, entre toses. El hombre que acaba de llegar se quita los salpicones de boquerón del rostro, mientras él se limpia la boca con la manga.
—Por Venus y Júpiter Augusto, qué puerco eres, pedazo de bestia. ¡Comiendo no se habla, hombre!
—Buenas tardes, Cornelio —dice, sonriendo, Caesio, después de tragarse lo que masticaba—. Es que tengo más hambre que un piojo aquí —Se golpea la calva—. Ni te imaginas el viaje del que acabo de regresar. ¡He llegado hasta Jerusalén! Y vengo con unas ideas en la cabeza, que en verdad te lo digo: esto va a ser un triunfo. ¡Siéntate, hombre, y toma un vinito!
—No voy a decirte que no —le contesta Cornelio, y se sienta—, aunque en verdad estaba de camino al Aedes Nigri Factae para sacar unos permisos. Pero no me vuelvas a escupir, cabrón. ¿Esa idea no será como aquella que tuviste de vender piedras con el emblema de Majencio, justo antes de que separaran su cabeza del cuerpo y la pasearan en lo alto de una pica por Roma, después de su batalla contra Constantino? ¿Verdad?
—Muy gracioso. Qué culpa tengo yo de que el emperador imbécil aquel no supiera nadar… No, la idea que he traído tiene que ver más con esto —y señala la comida de la mesa.
—¿Vas a abrir una taberna? Pues ya te digo yo que es mala idea: no caben más en la ciudad. Venga, cuenta.
—No, no. Venta ambulante. Morros de nutria —susurra Caesio, acercando su boca a la oreja de Cornelio.
—¿Qué? —Cornelio entorna los ojos.
—Por lo visto, en Jerusalén hace muchos, pero muchos años que se vende como pasarratos en el circo romano, yo qué sé, desde los tiempos de Tiberio por lo menos. Están que te mueres. Hay que curarlos y eso, pero vamos, yo creo que es fácil. Los probé, y me encantaron. Es verdad que hay algunos que dicen que son aperitivos imperialistas, pero, en fin, a esos es mejor no hacerles caso, porque…
—No tengo ni idea de quién es Tiberio —repone Cornelio.
—¿En serio? Yo tampoco, pero por lo visto fue un hombre importante hace ya un montón, en tiempos antiguos y eso. Bueno, a lo que iba: que nos podemos forrar.
—¿Y dónde están las nutrias? Digo, porque habrá que arrancarles los morros y demás, ¿no?
—Bueno, tampoco hay que pensarlo todo de una vez, hombre. Ya iremos viendo. Podemos criarlas, o cazarlas en el bosque, que alguna habrá, digo yo.
—No he visto yo muchas nutrias por ahí en los montes de Malaca, si te digo la verdad. ¿Tú has visto alguna? ¿Te ha mordido el culo una nutria mientras cagabas en la letrina, por ejemplo?
—Mira que te gusta talar los sueños, payaso.
—Bueno, anda, vamos a dejar los morros para cuando encontremos nutrias. En fin: centrémonos en la época que nos viene, que yo antes de tropezarme contigo le estaba dando vueltas a un tema. Que ya mismo está aquí, sin que nos demos cuenta, porque el tiempo pasa volando. ¿Tu hijo al final va a salir en la banda de flautistas y tímpanos, o no?
—¿Te refieres a las pompas circenses?
—Pues claro. A qué me voy a referir. Son los próximos días de fiesta, ¿no?
—Es que llevo por lo menos tres meses fuera, ¿sabes? Y no sé ni en qué día estoy, para qué te voy a engañar. En fin: que yo sepa, antes de irme, el menor, Julio, yo creo que me dijo que sí. Que iba con tu Lorenzo, no sé si de flautista o de tímpano. El mayor va este año por primera vez debajo del trono de Marte, que a ver si lo sacamos y llueve, porque la sequía que estamos pasando no es normal. Bueno, eso si ha ido a tallarse, que espero que sí, pero no lo sé. Hace ya tres meses que estoy fuera, ¿sabes?
—Que ya me lo has dicho, no hace falta que te repitas. Verás: es que mi Lorenzo al final ha conseguido ir en la segunda fila de cítaras. Se ha esforzado mucho, y yo también —Golpea el puño de su mano izquierda contra la palma de la derecha, repetidas veces—. El menor, Marco, se ha metido en la cuarta banda de danzarines. No sé si me entiendes, no lo veo yo a este en el ejército, fíjate lo que te digo.
—Pues yo no te puedo concretar más. Si mi Julio no va con tu Lorenzo, en fin, a ver qué ha hecho. Como llevo tres meses fuera, pues eso. Primero tendré que llegar a la casa, y quitarme toda esta mierda que llevo encima.
—Hueles a letrina, sí. No te lo quería decir, pero ya que has sacado el tema…
—Hombre, el mar es lo que tiene. Por cierto, tengo aquí una cosa de lo más rarísima. ¿Quieres verla?
—¿Qué es, una nutria amaestrada? —pregunta Cornelio, mirando de reojo el macuto que le muestra Caesio.
—¿Van a querer algo más los señores? —El camarero cruza los brazos después de preguntar.
—Nada, nada —responde Caesio, señalando la mesa—. Estamos bien con esto. Bueno, ¿tú quieres algo?
—Tráeme un vaso, para el vino —dice Cornelio—. ¿No dijiste que ibas a invitarme, amigo?
—Ipso facto —dice el camarero, antes de retirarse.
—Amigo para cuando te interesa, ¿verdad? En fin, sobre esto que tengo aquí —responde Caesio, susurrando—, es un libro muy antiguo. No sé, sumerio o algo así.
—Habla más alto, que no te escucho bien.
—Es que es un secreto.
—¿Tú te crees que en esta ciudad alguien se va a poner a escuchar tus secretos? —susurra Cornelio, con tono irónico, para continuar alzando la voz—. Podría ponerme a bailar en lo alto de la mesa, y a nadie le importaría una boñiga de toro. Que, por cierto, los toros del sacrificio, que este año, como novedad, van en la procesión detrás de los objetos sagrados de plata y oro del templo de Júpiter Augusto, son de mi cuñado, que se lo ha pedido la sodalidad en la que está apuntado, porque el tío tiene sólidos que le sobran para formar parte de esas hermandades, ya sabes, y llegó uno de los tres magistrados que dirigen la cofradía de Júpiter aquí en la ciudad, y le dijo que si hacía el favor, y, hombre, ¿cómo se va a negar? Eso es un empujón grande para él, para subir de clase y estar más arriba.
—Un empujón, sí, pero más bien por detrás. Tu cuñado es un imbécil, Cornelio.
—Ya lo sé, pero es un imbécil rico.
—Tampoco es que eso te sirva a ti para mucho, porque tu cuñado es más encogido que Probo Ulpio, el curial, que a ver cuándo mueve un dedo para que se arregle la calzada que va a Anticaria y eso, que pasa cerca de mi casa, y tiene unos pedazos de agujeros entre laja y laja, vamos, que se cuelan las ruedas de los carros, por Apolo bendito.
—Bueno, deja de hablar de mi cuñado, ¿no? Ni que fuera cristiano. Que en mala hora Constantino, que la tierra le sea grave, les dijo que eran libres. Que vaya regalito nos dejó, el muy ladrón.
—Esos son los que tienen la culpa de todo lo que está pasando. Que hemos tenido que dar remos como si no hubiera un mañana para que no nos asaltaran el barco mientras regresábamos. Que está todo que es horroroso, entre piratas por el mar, godos por las calzadas y mendigos pidiendo en todas las esquinas. Y esta gente nueva, estos fanáticos de mierda nos están quitando las tradiciones. ¡Vamos, que a ver si llega algún emperador que los vuelva a perseguir! Porque me parece increíble que tengamos cada año que echar más dinero a las pompas porque estos dicen que ellos no quieren saber nada. ¡Si es que hasta se ponen a reírse de nuestras estatuas mientras vamos de procesión! Yo es que en verdad me pongo que se me sale la vena esta del cuello y todo.
—Bueno, tampoco te pases. Que hace cinco meses —apunta Cornelio— me dijiste que tú no crees en los dioses ni nada de eso.
—¿Serás idiota? Una cosa es que la historia esa de los dioses, no sé, tenga agujeros más grandes que las rajas del teatro, que como siga así se nos va a venir abajo, que esa es otra, a ninguno de los hipócritas estos que mandan aquí parece que le importe mucho…, pero otra cosa es que esos perros ateos estén echando por tierra nuestras tradiciones. Yo por ahí no paso. Que si quieren seguir al crucificado ese, por mí como si lo montan en un trono y lo pasean, pero que nos respeten a los demás. Que a nadie le hace daño que celebremos ahora, por ponerte un ejemplo, la Floralia, aunque ellos no quieran ni venir ni participar.
—Pues sí. Bueno, mi mujer Junia tiene una amiga que es cristiana, y la verdad es que me parece muy buena gente. Que una cosa no quita la otra. Eso sí: nunca en la vida se le ocurrirá salir en las pompas feriales o circenses de la ciudad. Y como ya pueden practicar sus creencias con libertad, pues hale, normalmente no hablamos del tema, y ya está, nos quitamos discusiones. Que, además, con eso de que es cristiana, ella puede ir con su esposo a sus fiestas y reuniones y todo, y da su opinión ahí como si fuera uno más, ¡e incluso ha aprendido a leer, y no sé si a escribir! Qué cosas, dónde iremos a llegar.
—Total, que a lo que vamos, que no tengo yo ganas de seguir hablando de los antiimperio estos. Lo que te iba a enseñar —Caesio abre el macuto, y saca un libro de piel, con una cubierta oscura en la que parecen adivinarse dos cuencas oculares y una boca terroríficamente muertas—. Esto me lo dieron en el puerto de Carthago. Estábamos allí recogiendo unas provisiones que había que llevar a Sardinia, y llegó una embarcación medio a la deriva. Habían muerto todos a bordo, no sé si fue cosa de una peste, o algo así. Menos un marinero, que saltó antes de llegar a tierra. Total, que eso me lo contó él, porque me lo encontré en una esquina, estaba escondido detrás de unos sacos para que los soldados no lo trincaran. Ya sabes: si eres el único superviviente, te pueden acusar de ser el asesino. Y me contó una historia de lo más rara sobre el libro este, que por lo visto se llama «El Necronomicón de los Muertos», o algo así me dijo, la verdad es que no me acuerdo de cada letra, pero no creo que importe mucho y eso. Por lo visto unos demonios habían atacado a la tripulación, y él había conseguido expulsarlos a otro sitio, o a otro tiempo, o a otro tiempo en otro sitio o algo así, pero estuvieron a punto de arrastrarlo con ellos. Yo qué sé, parecía que estaba un poco loco en verdad. Se me murió allí entre las manos, tenía un agujero en las tripas que era horroroso y se le salía todo y eso, ahí sangre por todas partes. Y antes de morir —mientras habla, busca entre las hojas, la mayoría de ellas con los bordes destrozados— me dijo que esta página es la que utilizó para mandar a los infiernos a los demonios esos.
—Pero esto no es latín, ¿no? —Cornelio mira con atención el lugar que le señala Caesio—. Y lo que hay encima de las letras del conjuro, o lo que sea eso, parece, no sé, un dibujo de un agujero que se traga las cosas, y un… hombre raro con una especie de espada chata en vez de mano… Mira, Caesio: esto parece una broma de mal gusto, ¿sabes? Bueno, no la muerte del marinero aquel, entiéndeme, eso debió ser horroroso, pero lo demás…
—A lo mejor, quién sabe. En fin: se supone que lo importante es esta frase que hay aquí, que dice…
—KLAATV… —exclama Cornelio, entornando la mirada y tratando de descifrar las letras, e imitando, con algo de sorna, un tono como de sacerdote de las Saturnales—… y…
—BARADA… NIKTO, ¿no? —sigue Caesio, con el mismo tonillo socarrón—. Yo diría que es eso. Aunque en verdad las letras… Me parece que quien lo escribió bebió más vino de la cuenta. Qué cosa tan terrible. Total, que lo que te decía: yo creo…
—Oye, ¿qué es eso?
Ante ellos aparece un agujero negro que surge de dentro del libro, se convierte en vórtice y los va arrastrando, como un vendaval incontrolable. Caesio se agarra a la mesa, pero se le va alargando la frente, y después los ojos, la nariz, la boca y la cabeza entera, hasta que se introduce en el torbellino, con un alarido desgarrador cada vez más apagado. Cornelio coge a Caesio por el brazo, pero el taburete se desliza y ambos, gritando de terror, desaparecen dentro del libro, que también es absorbido.
El embudo temporal se vuelve a abrir en mitad del cielo nocturno, y Cornelio, Caesio, la mesa, los taburetes, la comida, el vino y el libro caen a plomo justo delante de las estatuas de Neptuno y Venus que dan entrada al Muelle Uno, en la Málaga del siglo XXI. Caesio abre un ojo, y después el otro.
—¿Estoy muerto? ¿Estamos muertos? ¡Su puta madre, el libro ese!
—Yo creo que no —contesta Cornelio, también tumbado, tocándose un dolorido hombro—. Eso sí: me he cagado encima.
—¿Dónde estamos? ¡Por todos los dioses, se me ha caído el garum en lo alto, qué asco!
—No tengo ni idea. Pero eso de ahí delante parece una estatua de Venus, ¿no?
—Y esa es de Neptuno. ¿Qué cojones hacen juntas? ¿Venus también yació con Neptuno? Pues vaya. Tenía que estar contento Vulcano: primero Marte, luego Neptuno…
—Yació, sí. Y ya está. ¿Qué pasa, que el golpe te ha vuelto fino de repente, o qué?
—¿Eh? ¿De qué estás hablando?
—En fin, yo qué sé de Venus ni de Neptuno —Cornelio se sienta en el suelo. A su alrededor se va apiñando gente con vestidos que resultan de lo más estrafalario para nuestros dos viajeros—. ¿Pero qué es todo esto? ¡Mira qué luces más raras! —Señala la farola que tiene enfrente.
—¡Por todos los Manes! ¿Dónde estamos? —grita Caesio, mirando alrededor.
—Illo, qué hente máh rara. Zan pegao un guarrazo ahín como der tirón cayéndoze de ningún zitio —Una joven que se encontraba por allí cerca, en un puesto de golosinas, se acerca, con una bolsa de chochitos en la mano, y los mira enarcando las cejas—. La hente ya no zabe lo que hacé pa llamá la atención, zuh muerto (se coloca aquí la transcripción de sus palabras, ya que el idioma que habla no es latín).
—¿Qué está diciendo esa joven? —Cornelio la mira de arriba abajo, y va subiendo el tono de voz hasta acabar gritando—. ¿Y por qué va así vestida, que se le señala todo? ¿Por qué nos miras así? ¿Dónde estamos, mujer?
—Quillo, ehtoy hartita ya de tanto guiri der quinto coño que llega aquí a vasilá, con un ciego como un pioho. ¿Qué te pazan la boca, maharón? ¡Que ehto eh Málaga!
—¿Ha dicho Málaca? —pregunta Cornelio a Caesio—. ¿Estanos en otro tiempo, pero no en otro lugar? ¿Hemos viajado al pasado?
—¿Y qué quieres que te diga yo? Desde luego, esto no se parece a ninguno de los puertos en los que yo haya estado nunca. Bueno, vamos a levantarnos despacito —susurra Caesio—, hacemos un saludo y eso, y nos alejamos, que estamos llamando la atención de esta gente tan… ¿Qué pasa, que todos aquí trabajan en el circo, o están en mitad de las Saturnales? ¿Por eso van así vestidos? ¿Es que se han vuelto todos locos, o qué?
—Venga, tú sonríe, coge el libro —precisa Cornelio—, que habrá que averiguar cómo salir de aquí, y vamos, no sé, a un sitio más tranquilo. Que le tengo que comprar el traje de la banda a mi Lorenzo, y el de los danzarines a mi Marco, y como mi mujer vea que se hace muy tarde y no vuelvo, va a la taberna a por mí, y ya verás qué vergüenza.
Se levantan, se sacuden la ropa, llena de restos de comida y de vino que se han desparramado, y se ponen a caminar. Después de hacerles algunas fotos, los transeúntes siguen cada uno su itinerario, sin prestarles atención. De repente, se oye un redoble de tambores.
—¡Pero bueno! —grita Cornelio—. ¡Que eso que se escucha es una banda! Suena raro, porque esas flautas parecen como muy chillonas, ¿no? ¡Pero hemos llegado aquí, donde sea, en el momento de las pompas circenses!
—Que no, que no. Que ese libro nos ha hecho algo raro, y peligroso. Mira esos árboles con luces rojas y verdes. Y esos carros brillantes que corren tanto, y que van sin caballos ni nada. Y… Que no puede ser. Que esto es una maldición de esas de Vulcano, por habernos metido con su mujer y eso.
—Sí, claro. Te recuerdo que lo de la infidelidad de Venus no lo hemos inventado nosotros. Además, ya estábamos aquí cuando lo has pensado en alto. Te digo yo a ti que ahí delante se escucha una fanfarria de tímpanos y algo parecido a las flautas o los aulos nuestros. Que eso es una pompa circense, hombre.
—Sí, la verdad es que suena a algo así. Yo, aunque no me haya cagado en el viaje, estoy muy asustado, en serio. Esto es cosa del libro, que no sé cómo estuve para cogerlo, o… ¿No habremos entrado, yo qué sé, en el tiempo de los dioses, en el monte ese raro donde viven, y por eso es todo tan así?
—Puede ser —Cornelio y Caesio siguen caminando, mirando a diestro y siniestro y señalándolo todo—. ¡Escucha, pero si ahí se ve un trono y todo! ¡Y en lo alto va…! ¿Quién es esa? Parece Venus, pero va llorando. Lo mismo es Proserpina, ¿no? Esa sí que lloraba, la pobre. O Isis, la madre de un dios, ya sabes, del Horus aquel de Egipto.
—Pues sí que sabes tú de cosas de dioses. Aunque en Malaca nunca hemos venerado a Isis, en verdad. Que yo sepa, aunque seguro que alguien le hace sacrificios, vete tú a saber. Tú ves, a Cibeles sí, que también es la madre de los dioses, como Isis, ¿no? Aunque esa corona tan exagerada, no me pega en verdad.
—Bueno, siempre hay una primera vez. Tampoco habíamos visto nunca a Venus y a Neptuno juntos, y ahí detrás estaban. Si han cambiado a Marte por Neptuno, ¿por qué no iban a poner a Isis, o a Cibeles, en vez de Venus?
—Pero mira más adelante —dice Caesio, señalando otro trono—… Yo diría que el que va ahí lleva una cruz encima, ¿no? ¿Es el dios cristiano?
—¡Que no, hombre, cómo va a ser el dios cristiano! Vamos —replica Cornelio—, esa gente se cortaría el gaznate antes que hacer una imagen de madera de su dios y sacarla de paseo por ahí, como nosotros. Te lo digo en verdad, que no, que es imposible. Me imagino yo a mi vecina cristiana, la Antonia se llama, y qué va. Prefiere que la quemen en una hoguera, o que se la coman los leones, antes que meterse en un desfile como este. Que me lo ha dicho ella, ¿sabes? ¡Pero hombre, por todos los dioses y los héroes juntos, si esto que estamos viendo es lo mismo que hacemos nosotros! ¡Pero calcado, míralo! ¡Si hasta algunos llevan cosas de plata y de oro en las manos, que deben ser de los templos, como los cacharros sagrados de nuestras pompas, ya sabes! Por lo que veo, me parece que faltan nada más los danzarines. ¿Cómo va a ser esto cosa de los cristianos? Qué va, qué va. Te lo digo en serio.
—Pues yo qué sé. Vale, a lo mejor es otro dios —acepta Caesio, encogiendo los hombros—. Tampoco me sé las historias de todos los dioses y los héroes del panteón de Malaca y eso, ¿entiendes? Aunque viéndolo así… A ver si va a ser Prometeo. Eso me pegaría más. Pero le han cambiado la piedra y las cadenas por una cruz. Qué cosa más estrafalaria, ¿no? Pero en verdad ese oro y todas esas cosas, bueno, que sí, que es muy parecido a lo nuestro de las pompas, ahí llevas razón. Con sus bastones relucientes y todo, míralos. Y disfrazados. Me has convencido: imposible que esta gente sea cristiana. Lo que son las cosas, ¿eh? Si esto fuera el futuro, resulta que al final los dioses le han ganado la batalla al dios cristiano ese. Tanto reírse de nosotros y criticarnos, y aquí se sigue creyendo en los dioses y sacándolos por las calles. Qué cosa. Y que lo diga yo, que ni creo, y que salgo en las pompas y hago sacrificios solo por tradición, eso sí que tiene narices.
—Mira, tú dirás lo que quieras, sigue hablando de si es Prometeo o Apolo o Hércules, pero ahí delante hay una taberna. Sea esto la tierra de los dioses, o la Malaca del pasado, o la del futuro, o un sitio lleno de demonios al que nos ha traído el libro de perra mala ese que hemos leído, yo no entiendo nada y, qué quieres que te diga, prefiero no entenderlo, porque en verdad me da lo mismo: tampoco creo mucho en los dioses de Malaca, ni en ese que va ahí, sea el que sea. Así que vamos a pedirnos un vinito, o la bebida que nos pongan, y un lo que sea que tengan por aquí para mover las muelas, que me quedan por aquí algunos follis —Se saca la mano de la alforja, y muestra media docena de monedas de bronce—, y hale, ya preguntamos, si hay alguien aquí que hable nuestro idioma. Porque, por lo que estoy escuchando, todo el mundo tiene una lengua que no se entiende, y cada uno va a lo suyo.
—Pues como en nuestra Malaca, más o menos.
—Ahí llevas razón.
Y así, Caesio y Cornelio se sientan en dos taburetes, en una taberna malagueña, y discuten, con el Necronomicón por delante, cómo volver a su Malaca, y qué estatuas de dioses están pasando por la Alameda, delante de sus atónitas miradas, y llegan a la conclusión de que sus hijos podrían ir perfectamente insertos en estos cortejos sin que nadie sospeche nada, a excepción quizás de Marco, que debería cambiar su traje de danzarín por el de pertiguero, más apropiado para tan futurista tipo de pompa circense.
Nota del autor: los insultos y palabras malsonantes han sido tomados directamente de sus originales latinos; las referencias procesionales han sido recolectadas de los diversos modos de pompas religiosas dentro de la sociedad romana imperial; los morros de nutria están cogidos de la película Life of Brian, de los Monty Python; y el Necronomicón y su consecuente viaje temporal, de la trilogía Evil dead, de Sam Raimi.




Comentarios